- Botero esculturas (1998)
- Salmona (1998)
- El sabor de Colombia (1994)
- Wayuú. Cultura del desierto colombiano (1998)
- Semana Santa en Popayán (1999)
- Cartagena de siempre (1992)
- Palacio de las Garzas (1999)
- Juan Montoya (1998)
- Aves de Colombia. Grabados iluminados del Siglo XVIII (1993)
- Alta Colombia. El esplendor de la montaña (1996)
- Artefactos. Objetos artesanales de Colombia (1992)
- Carros. El automovil en Colombia (1995)
- Espacios Comerciales. Colombia (1994)
- Cerros de Bogotá (2000)
- El Terremoto de San Salvador. Narración de un superviviente (2001)
- Manolo Valdés. La intemporalidad del arte (1999)
- Casa de Hacienda. Arquitectura en el campo colombiano (1997)
- Fiestas. Celebraciones y Ritos de Colombia (1995)
- Costa Rica. Pura Vida (2001)
- Luis Restrepo. Arquitectura (2001)
- Ana Mercedes Hoyos. Palenque (2001)
- La Moneda en Colombia (2001)
- Jardines de Colombia (1996)
- Una jornada en Macondo (1995)
- Retratos (1993)
- Atavíos. Raíces de la moda colombiana (1996)
- La ruta de Humboldt. Colombia - Venezuela (1994)
- Trópico. Visiones de la naturaleza colombiana (1997)
- Herederos de los Incas (1996)
- Casa Moderna. Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana (1996)
- Bogotá desde el aire (1994)
- La vida en Colombia (1994)
- Casa Republicana. La bella época en Colombia (1995)
- Selva húmeda de Colombia (1990)
- Richter (1997)
- Por nuestros niños. Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia (1990)
- Mariposas de Colombia (1991)
- Colombia tierra de flores (1990)
- Los países andinos desde el satélite (1995)
- Deliciosas frutas tropicales (1990)
- Arrecifes del Caribe (1988)
- Casa campesina. Arquitectura vernácula de Colombia (1993)
- Páramos (1988)
- Manglares (1989)
- Señor Ladrillo (1988)
- La última muerte de Wozzeck (2000)
- Historia del Café de Guatemala (2001)
- Casa Guatemalteca (1999)
- Silvia Tcherassi (2002)
- Ana Mercedes Hoyos. Retrospectiva (2002)
- Francisco Mejía Guinand (2002)
- Aves del Llano (1992)
- El año que viene vuelvo (1989)
- Museos de Bogotá (1989)
- El arte de la cocina japonesa (1996)
- Botero Dibujos (1999)
- Colombia Campesina (1989)
- Conflicto amazónico. 1932-1934 (1994)
- Débora Arango. Museo de Arte Moderno de Medellín (1986)
- La Sabana de Bogotá (1988)
- Casas de Embajada en Washington D.C. (2004)
- XVI Bienal colombiana de Arquitectura 1998 (1998)
- Visiones del Siglo XX colombiano. A través de sus protagonistas ya muertos (2003)
- Río Bogotá (1985)
- Jacanamijoy (2003)
- Álvaro Barrera. Arquitectura y Restauración (2003)
- Campos de Golf en Colombia (2003)
- Cartagena de Indias. Visión panorámica desde el aire (2003)
- Guadua. Arquitectura y Diseño (2003)
- Enrique Grau. Homenaje (2003)
- Mauricio Gómez. Con la mano izquierda (2003)
- Ignacio Gómez Jaramillo (2003)
- Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. 350 años (2003)
- Manos en el arte colombiano (2003)
- Historia de la Fotografía en Colombia. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1983)
- Arenas Betancourt. Un realista más allá del tiempo (1986)
- Los Figueroa. Aproximación a su época y a su pintura (1986)
- Andrés de Santa María (1985)
- Ricardo Gómez Campuzano (1987)
- El encanto de Bogotá (1987)
- Manizales de ayer. Album de fotografías (1987)
- Ramírez Villamizar. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1984)
- La transformación de Bogotá (1982)
- Las fronteras azules de Colombia (1985)
- Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004 (2004)
- Gonzalo Ariza. Pinturas (1978)
- Grau. El pequeño viaje del Barón Von Humboldt (1977)
- Bogotá Viva (2004)
- Albergues del Libertador en Colombia. Banco de la República (1980)
- El Rey triste (1980)
- Gregorio Vásquez (1985)
- Ciclovías. Bogotá para el ciudadano (1983)
- Negret escultor. Homenaje (2004)
- Mefisto. Alberto Iriarte (2004)
- Suramericana. 60 Años de compromiso con la cultura (2004)
- Rostros de Colombia (1985)
- Flora de Los Andes. Cien especies del Altiplano Cundi-Boyacense (1984)
- Casa de Nariño (1985)
- Periodismo gráfico. Círculo de Periodistas de Bogotá (1984)
- Cien años de arte colombiano. 1886 - 1986 (1985)
- Pedro Nel Gómez (1981)
- Colombia amazónica (1988)
- Palacio de San Carlos (1986)
- Veinte años del Sena en Colombia. 1957-1977 (1978)
- Bogotá. Estructura y principales servicios públicos (1978)
- Colombia Parques Naturales (2006)
- Érase una vez Colombia (2005)
- Colombia 360°. Ciudades y pueblos (2006)
- Bogotá 360°. La ciudad interior (2006)
- Guatemala inédita (2006)
- Casa de Recreo en Colombia (2005)
- Manzur. Homenaje (2005)
- Gerardo Aragón (2009)
- Santiago Cárdenas (2006)
- Omar Rayo. Homenaje (2006)
- Beatriz González (2005)
- Casa de Campo en Colombia (2007)
- Luis Restrepo. construcciones (2007)
- Juan Cárdenas (2007)
- Luis Caballero. Homenaje (2007)
- Fútbol en Colombia (2007)
- Cafés de Colombia (2008)
- Colombia es Color (2008)
- Armando Villegas. Homenaje (2008)
- Manuel Hernández (2008)
- Alicia Viteri. Memoria digital (2009)
- Clemencia Echeverri. Sin respuesta (2009)
- Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias (2009)
- Agua. Riqueza de Colombia (2009)
- Volando Colombia. Paisajes (2009)
- Colombia en flor (2009)
- Medellín 360º. Cordial, Pujante y Bella (2009)
- Arte Internacional. Colección del Banco de la República (2009)
- Hugo Zapata (2009)
- Apalaanchi. Pescadores Wayuu (2009)
- Bogotá vuelo al pasado (2010)
- Grabados Antiguos de la Pontificia Universidad Javeriana. Colección Eduardo Ospina S. J. (2010)
- Orquídeas. Especies de Colombia (2010)
- Apartamentos. Bogotá (2010)
- Luis Caballero. Erótico (2010)
- Luis Fernando Peláez (2010)
- Aves en Colombia (2011)
- Pedro Ruiz (2011)
- El mundo del arte en San Agustín (2011)
- Cundinamarca. Corazón de Colombia (2011)
- El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei (2014)
- Artistas por la paz (1986)
- Reglamento de uniformes, insignias, condecoraciones y distintivos para el personal de la Policía Nacional (2009)
- Historia de Bogotá. Tomo I - Conquista y Colonia (2007)
- Historia de Bogotá. Tomo II - Siglo XIX (2007)
- Academia Colombiana de Jurisprudencia. 125 Años (2019)
- Duque, su presidencia (2022)
Etnobotánica de la Amazonía Colombiana

Indio Tatuyo pulverizando hojas de coca, Erythroxylum coca, en un tronco hueco de palma, antes de mezclarla con ceniza. Piraparaná, Vaupés
Indígena Barasana aspirando rapé narcótico. Piraparaná, Vaupés.
Joven indio Tatuyo con bastones de guarumo, Cecropia sp., Utilizado para marcar el compás del baile. Piraparaná, Vaupés
Indígena Emberá, Chocó.
India Emberá pintando una talla de balso Ochroma sp., para un ritual de curación. Río Suiguirisúa, Chocó.
Chamán Noanamá, con pintura ritual del jaguar, Genipa americana Río Docordó , Chocó.
Chamán Barasana asegurando el mango de su maraca ritual. Pira-paraná, Vaupés.
Indio Tatuyo pulverizando hojas de coca, Erythroxylum coca, en un tronco hueco de palma, antes de mezclarla con ceniza. Piraparaná, Vaupés
Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.
Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.
Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.
Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.
La confeccion de articulos de corteza vegetal, requiere de complejas tecnicas de seleccion de materias primas y de procedimientos para su manufactura y acabado final. Aqui se puede obser-var el proceso mediante el cual templan y secan la corteza hasta dejarla blanda y suave.
Traje ceremonial elaborado con corteza de Ficus glabrata y maderas livianas como balso, Ochroma sp., por parte de indígenas Tikunas y Makunas . Amazonía colombiana .
Mascara ceremonial, elaborada con los mismos materiales , que simboliza al jaguar, el animal más importante en la simbología indígena.
Pintura policromada en la pared de una maloca de indígenas Taibano. Representa al dueño de los animales rodeado de motivos geométricos.
Grupo de bailarines Tatuyo en una danza ritual, adornados con plumón de águila harpía y de oropéndola. Portan bastones sonoros de guarumo, con decoraciones geométricas de significado mágico- religioso. Piriparaná, Vaupés.
Muchacha Barasana. Piraparaná, Vaupés.
Indio Tatuyo tostando hojas de coca. Piraparaná, Vaupés.
Indígena Taibano con su cerbatana elaborada con el delgado tronco de la palma paxiuba, Socratea exorrhiza. Piraparaná, Vaupés.
Pesca en los rápidos del río Caquetá.
Pescador en la laguna de Pancocha, Amazonía.
Laguna Taraira, río Apaporis, Amazonia Colombiana.
Vegetación de las riberas del río Caquetá, con palmas de Maurittiella aculeata, en primer plano.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.
Flor de Costus sp. Bahía Solano, Chocó.
Flor de Anthuriumsp. Bahía Tebada, Chocó.
Indígenas "cholas". Bahía Solano, Chocó.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.
Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Texto de: Richard Evans Schultes
“Oh espíritu poderosísimo del arbusto, con las hojas fragantes. Estamos aquí nuevamente para buscar sabiduría. Dándonos tranquilidad y guía para entender los misterios del bosque y el conocimiento de nuestros ancestros”.
–Jefe Xumu de la tribu Humi Kuni, Amazonas.
Aunque la etnobotánica es un antiguo interés humano, que se remonta a épocas anteriores a los primeros escritos de la China, India, Egipto, y otras partes del viejo mundo, las sociedades primitivas, sin duda, tuvieron con anterioridad, un conocimiento notable de las propiedades de los vegetales, antes de establecer vida sedentaria. La más antigua clasificación de las plantas distinguía, únicamente, las utilizadas para sostener la vida humana o para hacerla más llevadera, las perjudiciales para el hombre, y las inútiles e inocuas.
El término Etnobotánica fue empleado hace solo 100 años, en 1895, por el botánico norteamericano Harshberguer. Durante los últimos cien años, la etnobotánica ha experimentado un renacimiento extraordinario, debido, en primer lugar, a los estudios de las culturas indígenas del Nuevo Mundo. Los primitivos habitantes de Norte, Centro y Suramérica -los amerindios- nos ofrecen un tesoro de conocimientos etnobotánicos, acumulado en el transcurso de milenios y transmitido por tradición oral hasta el presente. Este tesoro de conocimientos de las propiedades de las plantas, se encuentra en grave peligro de desaparecer, y, de hecho, puede no sobrevivir demasiado tiempo. La vertiginosa rapidez con que las culturas indígenas se occidentalizan, transformando las tradiciones primitivas, como resultado de actividades misioneras, comerciales o de otra índole, señala la inminente desaparición de las comunidades indígenas supérstites. Unas de las primeras cosas que se pierden en este proceso, son las tradiciones nativas sobre las propiedades de las plantas. Con la llegada de los productos medicinales modernos, baratos y efectivos, el conocimiento y utilización de las propiedades terapéuticas de las plantas nativas de una región, desaparece rápidamente, olvidándosele, a veces por completo, en el transcurso de una sola generación. Esta tendencia, al parecer inexorable, constituye una pérdida catastrófica para toda la humanidad. Pero en regiones aisladas, no sometidas aún, por completo, a la aculturación occidental, o a la destrucción física, todavía se conserva un extenso conocimiento de los aspectos prácticos, mágico-religiosos, supersticiosos y mitológicos de la sabiduría indígena de las propiedades de las plantas. La Amazonia colombiana, por fortuna, es una de esas regiones.
La cuenca del río Amazonas representa, en sus aspectos florístico y demográfico, una de las más grandes maravillas del planeta. Aunque la porción colombiana abarca tan sólo una tercera parte del país, aproximadamente, y apenas representa una pequeña porción de la márgen norte de la inmensa hilea amazónica, su flora no tiene paralelo en el mundo del trópico, ostentando la mayor diversidad de especies nativas de toda la Amazonia. Es, además, en muchos aspectos, la parte menos estudiada por los especialistas, y la menos conocida, aún por los mismos colombianos. Se calcula que la Amazonia entera alberga ochenta mil especies vegetales. La porción amazónica colombiana tiene, sin lugar a dudas, la flora más variada de la cuenca debido, en parte, a su compleja estructura geológica. Cualquier estimativo que se haga hoy, del número de especies contenidas en este rincón de la Amazonia, debe ser tenido como muy aproximado, ante la carencia de colecciones botánicas del área. Aún más, multitud de géneros de plantas de la márgen norte del Amazonas, -el área más próxima a la cordillera de los Andes- exhiben una insólita variabilidad que, genéticamente, posee gran importancia desde el punto de vista de la preservación de la diversidad biológica, un aspecto de la ciencia de la conservación ambiental, que cada vez suscita mayor interés entre los científicos. Cualquier conjunto de flora tropical tan rico como el de la Amazonia colombiana, donde gran número de especies permanecen química y genéticamente no estudiadas, es un venero de riqueza natural, que las modernas capacidades técnicas de la ciencia, tienen que considerar de una importancia extraordinaria para toda la humanidad.
Los dos aspectos más importantes relacionados con la conservación de la diversidad biológica, son: en primer lugar, la preservación de las floras del mundo del peligro de la devastación generalizada y caótica; y en segundo lugar, la intensificación del estudio de los conocimientos florísticos que poseen las tribus aborígenes. Las numerosas tribus y subtribus, se expresan en una multitud de lenguas y dialectos diferentes, pertenecientes a familias lingüísticas sin semejanza entre sí. Los que hablan Tukano, se dividen en los Tukanos del grupo oriental, que habitan el Vaupés, -Tukanos, Gwananos, Taiwanos, Kubeos, Karapanas, Desanos, Barasanas y Makunas-; y dos grupos occidentales: los Sionas y los Koreguajes.
En la comisaría del Amazonas existen varias tribus del grupo Witoto: Boras, Wuitotos, Mirañas, Kahuinaris, Andokes, y Muinanes. En el Trapecio Amazónico, los Tikunas y la tribu de los Arawakos han sido siempre allí los mayores grupos étnicos, aunque algunos Witotos han emigrado a esta parte de la comisaría. En este mismo territorio, a lo largo del río Miritiparaná y sus afluentes, se encuentran tribus que hablan dialectos Arawakos: los Yukunas, Matapies, Tanimukas y Kawiyaris; y en las márgenes del río Guainía, habitan otros grupos, que incluyen los Kuripacos y Baniwas. En el Vaupés se encuentran, así mismo, otros varios grupos pequeños: los Piapocos, Sirianos, Tarianos, Tatuyos y Tuyukas. Muchos indios Puinave han emigrado también al área del Vaupés desde los Llanos Orientales colombianos, y hablan una lengua todavía sin clasificar, que se cree emparentada con la de los Makús, que conforman una tribu nómada muy primitiva, que habita en toda la región del río Piraparaná, entremezclada con los grupos Tukanos orientales. Quedan aún algunos vestigios de la antigua y poderosa tribu guerrera de los Karijonas, la familia de habla Karib, antes pobladores de las cabeceras del río Apaporis; hoy, los pocos supervivientes de los Karijonas habitan en el alto Vaupés, cerca del poblado de Miraflores, y en La Pedrera, sobre el río Caquetá. En las partes andinas más altas del río Putumayo, pero todavía dentro del área de drenaje del Amazonas, habitan los indios Kamsá, de Sibundoy, cuyo dialecto no ha sido todavía clasificado, pero que también se cree emparentado con el idioma de los chibchas; y los Inganos, del Valle de Sibundoy y de la región de Mocoa, que hablan Quechua. Los Kofanes viven a lo largo de los ríos Sucumbíos y Guaumués, en la vecina República del Ecuador; su idioma, como tantos otros, está aún por clasificar, aunque algunos especialistas lo relacionan así mismo, con el Chibcha.
La riqueza de conocimientos etnobótanicos de cada una de estas tribus es, en gran parte, sensiblemente diferente. Algunas poseen mayor acopio de conocimientos sobre las plantas útiles de su entorno habitacional, que otras. Nada que no sea un resumen conciso de unos pocos aspectos sobresalientes del tesoro etnobotánico de la Amazonia colombiana, es posible encerrar en este breve compendio del vasto acerbo de conocimientos que se tiene sobre el caudal de este riquísimo territorio florístico, que comprende cerca de un 17% de las especies botánicas superiores de la flora del globo.
Las selvas amazónicas son el hogar de muchas especies vegetales que, una vez estudiadas y domesticadas, serán, sin duda alguna, de gran beneficio para la humanidad. Existen, por lo menos, setenta especies de plantas salvajes de la Amazonia colombiana que, si hemos de juzgar por el uso que les dan los naativos de la región, merecen atención urgente, como potenciales fuentes de productos útiles del trópico húmedo: alimentos, medicinas, aceites, gomas, resinas y ceras. ¿Y qué decir de las incalculables perspectivas de aquellas especies -plantas medicinales sobre todo- cuya utilidad depende de las substancias químicas que contienen, todavía desconocidas, a causa del poco estudio que se ha dado a la flora amazónica?
La futura investigación etnobotánica de la Amazonia colombiana, debe conceder importancia especial a la riqueza de conocimientos indígenas sobre utilización de las plantas, en aspectos de singular interés, como los siguientes: a) venenos para flechas y para pesca; b) especies medicinales; c) usos ceremoniales y diversos de alucinógenos, narcóticos y estimulantes; y d) especies alimenticias. La biodiversidad que es evidente en zonas de la región más occidental del Amazonas, ofrece gran cantidad de variedades desconocidas, de esta última categoría -yuca, ananás, chontaduro y palma de seje, para nombrar sólo unas pocas- que podrían ser de capital importancia en el mejoramiento de “clones”, ya a disposición de los agricultores. En este contexto, la casi ilimitada producción de la inmensa fabrica química natural, casi desconocida todavía, podría, en algunos casos, desencadenar una revolución en las prácticas médicas y agrícolas, y una bonanza para el género humano, en particular para quienes habitan los trópicos húmedos y selváticos del mundo, y que anhelan nuevas fuentes de productos exportables. La Amazonia colombiana puede ser una respuesta a esta necesidad universal, sin embargo, la parte más importante de su contribución, puede estar en la investigación botánica y etnobotánica de su incomparable mundo vegetal y aborígen. Pero es necesario tener presente, que ya no queda mucho tiempo disponible para rescatar los conocimientos botánicos nativos, y para preservar intacta la flora amazónica, con los maravillosos conocimientos que sus moradores aborígenes pueden todavía ofrecer a la raza humana.
Como consecuencia, más que todo, de los excesos supersticiosos de la medicina herbolaria en la Europa medieval, la ciencia frarmacéutica de la última parte del siglo XIX y principios del XX, se mostró enemiga de las medicinas vegetales, creyendo que la química sintética solucionaría cualquier problema. A partir de la década de 1930, se produjo una serie de extraordinarios descubrimientos de nuevos fármacos -las llamadas drogas milagro- que han revolucionado las prácticas de la medicina moderna, dentro de las cuales están, el curare (relajantes musculares derivados del veneno utilizado para sus flechas por los aborígenes suramericanos); la penicilína, y un ejército de otras substancias antibióticas (todas provenientes de vegetales inferiores); la cortisona (derivada del ñame mejicano); la reserpina (de la “raíz de culebra” de la India); la vincoleucoblastina (agente anticanceroso, sacado de la pervinca), los alcaloides del veratrum (hipotensores); la podofilotoxina (resina citotóxica derivada del manzanillo); la estrofantina (cardiotónico, derivado de una planta utilizada en Africa como veneno para dardos), y otras más, todas descubiertas y aisladas las más de las veces, de plantas que desempeñan un papel importante en la medicina aborígen. Como resultado de estos maravillosos descubrimientos, las ciencias farmacéuticas han regresado, poco a poco, al Reino Vegetal, como a un campo casi inexplorado, en busca de substancias biológicamente activas. Se ha dicho, con razón, que en la medicina primitiva con su conocimiento de las plantas, puede hallar el hombre la clave de grandes avances para la medicina moderna.
La investigación etnobotánica tiene varios aspectos de vital importancia, que pueden contribuir, en forma notable, al progreso de la ciencia. Hay tres de éstos que yo encuentro de singular interés, y que, sin pérdida de tiempo, merecen una atención amplia y constructiva: 1) la protección de las especies vegetales en peligro de extinción; 2) el rescate de los conocimientos sobre los vegetales y sus propiedades, que poseen las culturas que están en peligro de rápida desaparición y 3) la domesticación de nuevas plantas útiles, o en términos más amplios, la conservación del plasma genético de plantas económicamente prometedoras.
Un enorme progreso ha tenido lugar, en épocas recientes, en relación con la protección de especies en peligro de desaparecer, aunque todavía es mucho lo que falta por hacer, sobre todo en los trópicos. Ecosistemas de gran fragilidad, como el de la cuenca amazónica, son demasiado suceptibles a la extinción de especies. Tal suceptibilidad se debe, más que todo, al gran porcentaje de especies de alto endemismo local, que con la rápida e incontrolada destrucción actual de enormes áreas selváticas, corren el ries-go de ser exterminadas, aún antes de ser des-cubiertas y clasificadas por los botánicos. Este aspecto de la conservación puede ser el más im-portante, porque si las plantas mismas desaparecen, ¿qué es lo que queda para ser conservado?
El segundo aspecto, que hemos llamado conservación etnobotánica no es aún generalmente reconocido; pero desde el punto de vista de la creciente dependencia humana del Reino Vegetal, y de la pérdida del folkore aborígen es, un asunto que reclama prioridad especial, sobre todo, en relación con la investigación de nuevas substancias asociadas a la práctica médica. El tercero y más significativo de estos aspectos, ha permanecido latente en el subconsciente humano, durante milenios, es decir, desde el descubrimiento de la agricultura, hace aproximadamente 10.000 años en el Viejo Mundo y 7.000 en el Nuevo. Pero es ahora, cuando ha adquirido su verdadera dimensión desde el punto de vista científico, porque la recolección y almacenamiento del plasma genético deben ser considerados como aspectos integrales básicos en la conservación de las reservas naturales del planeta. Es sorprendente que muchas de nuestras especies botánicas más importantes económicamente, fueran descubiertas, domesticadas, modificadas y mejoradas por el hombre en sociedades primitivas, mucho antes de que civilizaciones avanzadas las heredaran y comenzaran a someterlas a modernos y refinados procesos técnicos, con el fin de hacerlas de mayor utilidad.
De las doce ó trece plantas alimenticias más importantes en el mundo, arroz, trigo, maíz, fríjol común, fríjol soya, cacahuete, patata blanca, batata, tapioca, caña de azúcar, remolacha, banana y cocotero, sólo una, la remolacha, no llegó hasta nosotros como herencia de sociedades primitivas. Esta planta fue desarrollada en tiempos históricos, siguiendo un plan deliverado de cruzamiento y selección, emprendido en Francia hace 170 años.
Consideremos ahora, brevemente, dos ejemplos de domesticación agrícola como nueva forma de conservación: el primero, como una nueva concepción de la domesticación; y el segundo, en relación con uno de los más importantes productos agrícolas del mundo. Fue, con ocasión de la preparación de un estudio sobre un veneno nativo para flechas, cuando visite el Amazonas, por primera vez, en 1941. Se decía -y más tarde comprendí que así era- que los nativos de la región conocían complicadas fórmulas y utilizaban gran cantidad de plantas en la preparación del curare. Cada tribu y cada curandero tenían sus propias recetas. En efecto, una de estas recetas requiere la combinación de diferentes ingredientes, desde uno sólo hasta 15 de ellos y aún más. Un alcaloide, la tubocurarina, obtenido de diversas lianas de la familia de la “semilla de luna”, ha adquirido una importancia singular en el campo de la medicina moderna, como relajante muscular. Pero el alcaloide sintético no tiene las mismas propiedades que el que se obtiene de la corteza de las lianas. En consecuencia, las industrias farmacéuticas siguen com-prando el concentrado preparado por los indios del Amazonia ecuatoriana y peruana, para la ex-tracción de la tubocurarina. Esta liana, además, es de muy lento crecimiento, y los indios deben cortar la planta para despojarla de su corteza, de modo que cada año deben penetrar más pro-fundamente en la selva para encontrarla, y la liana se hace cada día más escasa. De otra parte, ricos yacimientos de petróleo, se están explotando en la región, y cada año es más difícil encontrar nativos que quieran hacer la recolección. El autor ha considerado la posibilidad de obtener plasma genético de lianas de alto rendimiento para ensayar su cultivo artificial en invernaderos. Los tallos tiernos pueden ser cosechados re-petidamente para la extracción del alcaloide, de-jando que crezcan de nuevo, asegurando así una fuente del alcaloide más o menos permanente.
Una especie amazónica de muy reciente domesticación y que el autor conoce íntimamente por haber trabajado con ella desde 1942, es el árbol del caucho de Pará, cuyo cultivo artificial se inició hace apenas 100 años. No existe otra planta que haya alterado la vida humana tan drásticamente y en tan corto tiempo. Antes de la domesticación de su cultivo, la mayor parte del caucho natural del mundo provenía de árboles salvajes del Amazonas. Era producido por indios que vivian en las más deplorables y subhumanas condiciones, en selvas infestadas de malaria y lejos de sus aldeas. Su situación laboral lindaba con la esclavitud, o peor aún, sometidos a una alimentación deficiente, a carencia absoluta de servicios sanitarios contra las enfermedades tropicales, a la tortura, y a veces, a la muerte, como castigo cuando no lograban cosechar suficiente látex. Esta infame industria, diezmó, o mejor dicho exterminó, tribus enteras de una maravillosa raza aborígen.
En 1876, los británicos lograron dominar el cultivo artificial del árbol del caucho. Dos mil semillas, de las 70.000 recogidas, germinaron en invernaderos de los jardines Kew de Londres. Al final, veintiseis árboles jóvenes sobrevivieron al ser enviados a Ceilán. Aunque las semillas eran exportadas profusamente con la intervención de empleados del gobierno, el Brasil acabó por prohibir la exportación de semillas del árbol del caucho. Todos los miles de hectáreas de los actuales cultivos asíaticos de caucho, están formados por los descendientes de aquellos pocos árboles que llegarón a Ceilán. Las semillas originales fueron recogidas en una pequeña localidad, y representaban una única variedad del árbol que no era la mejor. Sin embargo, ¿cuán importantes han sido las mejoras introducidas a la variedad salvaje en sólo 100 años? el rendimiento obtenido en la primera plantación fue de 450 libras por acre, por año (unas 1110 libras/hectárea/año); algunas plantaciones modernas, basadas en la clonación, producen más de 3500 libras/acre/año (unas 8645 libras/hectárea/año).
El cultivo artificial inglés del árbol del caucho produjo dos resultados, ambos importantes, desde el punto de vista práctico de la etnobotánica y de la conservación. Empezó por hacer posible un abastecimiento contínuo, suficiente y barato de caucho, sin el cual el mundo moderno, en especial sus sistemas de transporte, no habría podido hacerse realidad. Y luego, salvó del aniquilamiento completo a tribus enteras de indígenas amazónicos.
Unos pocos ejemplos, tomados de la experiencia personal del autor como investigador etnofarmacólogo, bastarán para apreciar la perspicacia de los indios del noroeste amazónico, colombianos en primer lugar, y las razones fundamentales por las cuales la conservación de la información etnobotánica es tan promisoria. De la parte noroccidental del Amazonas, el autor posee anotaciones de campo de más de 1500 especies tenidas en gran estima por los pobladores aborígenes, debido a su acción biológica como medicinas curativas, narcóticos y venenos. Casi todas estas plantas, merecen ser estudiadas, pues muchas de las especies, y aún géneros y familias, no han sido, siquiera, someramente examinadas por los fitoquímicos.
Incluídas en esta lista de 1.500 especies, se encuentran 44 que son utilizadas en la preparación de venenos para dardos y flechas; 40 son venenos para peces; 59 son útiles en el tratamiento de las fiebres, en particular del paludismo; 4 son contraceptivos orales; 31 se utilizan como insecticidas o repelentes de insectos; 36 son vermífugas; 6 son estimulantes; 13 son empleadas como alucinógenos rituales, o para otros usos narcóticos; 7 por lo menos, parecen ser de aplicación recomendada en problemas cardiovasculares; 28 son purgantes; 8 tienen acción curativa en las conjuntivitis; 94 actúan en la curación de problemas respiratorios (incluyendo la tuberculosis); 132 tienen aplicación sobre una amplia gama de enfermedades de la piel, incluyendo las producidas por hongos; 74 ayudan en la solución de los problemas dentarios, y la lista podría prolongarse.
Puede ser interesante tratar con más amplitud, la etnobotánica de varias plantas de singular importancia en la etnofarmacología de los indios de la Amazonia colombia.
Uno de los ejemplos más interesantes es, tal vez, el alucinógeno conocido con los diversos nombres de ayahuasca, caapi, natena o yajé, en el oeste amazónico. Es preparado con la corteza de una especie de liana del género Banisteriopsis de las Malpighiáceas, B. caapi, cuya corteza contiene alcaloides ß-carbólicos -harmina, harmalina y tetrahidroharmina-, capaces de inducir visiones, generalmente en colores azules, grises o púrpuras. El autor tomó esta infusión participando con los indígenas en sus ceremonias rituales, y puede dar fe de sus extraordinarios efectos. Para aumentar la duración e intensidad de la embriaguez, sin embargo, los nativos -en especial los de Colombia, Ecuador y Perú- agregan, algunas veces, a la bebida, las hojas de otra liana de la misma familia, Diplopteris cabrerana (conocida antes como Banisteriopsis rusbyana), o las de un arbusto perteneciente a las Rubiáceas -Psychotria viridis- de las cuales han sido aislados otros tipos de alcaloides psicoactivos: las triptaminas. Las triptaminas son inactivas en el cuerpo de los mamíferos, a menos que sean protegidas por un ingrediente que contenga inhibidores de la aminooxidasa. ¿Cómo pudieron, indígenas ignorantes, encontrar la interrelación de estas dos substancias, entre las 80.000 especies de sus bosques? ¿Y cómo se enteraron de que las triptaminas, en las hojas de estas plantas, cobraban actividad al ser ingeridas con una infusión preparada con la Banisteriopsis, rica en alcaloides ß-carbólicos?
Una peculiaridad similar, e igualmente extraordinaria, se relaciona con un rapé alucinógeno, preparado con el exudado rojo y resinoso de la corteza de ciertos árboles americanos de la familia de las Miristicáceas, conocidos como Virola. La corteza pulverizada contiene un alto porcentaje de triptaminas, más del 11%, del cual 8% corresponde al 5-metoxi-N, N-dimetiltriptamina, de gran poder psicoactivo. Estos alcaloides triptamínicos pueden ser, por su puesto, utilizados en forma de rapé. El autor descubrió sin embargo, que los Boras y los Witotos de Colombia y Perú, no utilizan estas plantas narcóticas en esta forma sino que con ellas preparan píldoras, sin otro aditivo que una cubierta superficial inerte de ceniza. ¿Cómo pueden entonces, activarse las triptaminas, recibidas por vía oral?. Un análisis químico más detallado permitió detectar en el exhudado resinoso, trazas de ß-carbólicos, que, por su puesto, sirven como inhibidores incorporados de la monoaminooxidasa.
Este género de Virola tiene otras aplicaciones de interés quimiofarmacológico. Numerosas tribus de la Amazonia colombiana, aplican su exudado resinoso fresco en las infecciones fungosas de la piel con buenos resultados, que pueden llegar a ser curativos u obrar como simples paliativos. En dos oportunidades el autor envió muestras de la corteza de Virola desecada para su análisis en laboratorios del exterior, sin que se encontrara ningún agente fungicida en las muestras. Trabajos químicos recientes, efectuados en el Brasil, sobre muestras frescas de corteza, han permitido aislar varios componentes -lígnicos y neolígnicos- que pueden explicar la actividad antifungosa del vegetal. Probablemente, la corteza expuesta al secado bajo el sol del trópico pudo haber alterado su composición química, quizás a causa de acciones enzimáticas.
Uno de los fenómenos etnofarmacológicos aún no explicados, es la habilidad de algunos indígenas del noroeste amazónico, para distinguir visualmete, en medio del bosque, a menudo a gran distancia, diferencias en las plantas, que aún para el más experto taxonomista botánico, pasarían desapercibidas. Dos ejemplos servirán para ilustrar esta asombrosa familiaridad del indígena con las plantas que utiliza.
El yoco es un bejuco rico en cafeína, que se encuentra en el extremo occidental de la Amazonia, en tierras de Colombia y Ecuador. Su denominación técnica es Paullinia yoco, de la familia de las Sapindáceas. Su alto contenido de cafeína (3%), está localizado en la corteza, de la que los Kofanes, Sionas, Inganos y otros indígenas colombianos y ecuatorianos preparan una bebida fría, que se toma temprano en la mañana como fuerte estimulante. Estos aborígenes distinguen y denominan, por lo menos, nueve “variedades” de esta planta, algunas de ellas reputadas como “más potentes”, otras utilizadas para diversos propósitos (su ingestión en los días dedicados a la caza), y otras más, calificadas como “inferiores”. El autor ha investigado personalmente el yoco durante muchos años, y otros botánicos han coleccionado especímenes de las diferentes “variedades”, sin que ninguno haya podido detectar diferencia morfológica alguna. Es posible que las diferencias se deban a ejemplares de la planta de más o menos edad, a adaptaciones ecológicas especiales, a variaciones químicas de los principios activos de la planta, o a otras causa; pero el hecho es que el indígena que recolecta una variedad determinada para el coleccionista, jamás se equivoca, sin que le sean necesarias comprobaciones táctiles o gustativas, a menudo señalando el tronco de la liana desde una distancia de muchos metros, sin que haya podido ver sus hojas, generalmente fuera del alcance de su vista en lo alto del dosel del bosque. No se ha presentado aún oportunidad propicia para analizar la corteza de estas diferentes variedades, y aún si se llegaran a conocer las diferencias químicas existentes entre ellas, la cuestión subsiste: ¿Cúal es la facultad que permite al indígena la rápida identificación de las lianas salvajes del bosque?
Otro ejemplo, aún más sorprendente, se refiere a la identificación de las distintas variantes de la liana narcótica yajé, Banisteriopsis caapi. En el Vaupés colombiano, los Kubeos, Tukanos, Barasanas, Makunas y otras tribus, tienen nombres para las distintas “clases” y aplicaciones de la Banisteriopsis caapi. Y, como en el caso anterior, los científicos no encuentran características morfológicas que les permitan diferenciar estas clases, a pesar de que el indígena puede distinguirlas a simple vista. Los nativos diferencian estas clases, en primer lugar, por sus efectos biodinámicos, aunque insisten en que para su correcta identificación, deben tener en cuenta la naturaleza del suelo; si la liana crece en lo espeso del bosque, o cerca a lugares despejados; si la zona en que se encuentra es lugar sagrado o embrujado; a que distancia está la planta de un río o de una cascada, edad y grosor del tallo; parte de la planta de donde deben tomar el material vegetal; y si la bebida que con este va a preparase será consumida en un ritual curativo, o en una ceremonia magico-religiosa, entre muchas otras particularidades y condiciones. Hasta el método mismo para preparar la poción embriagante debe corresponder a la clase de planta utilizada. Aún más, los efectos que la poción producirá varían radicalmente: los colores de los objetos que se perciben durante las alucinaciones pueden cambiar según el bebedizo; ciertas “clases” de éste propician una más fácil comunicación con los antepasados, o con fuerzas espirituales favorables; otras, confieren al “payé” poderes para diagnosticar más fácilmente una enfermedad y producir la receta curativa apropiada; todavía otras, según la creencia aborígen, hacen que la profecía de acontecimientos venideros resulte más acertada. Sin duda, hay mucho de superstición en este método de clasificar y utilizar el vegetal narcótico, sin embargo, existen suficientes coincidencias entre numerosas tribus indígenas, y bastantes factores de reto involucrados en el proceso, para justificar una intensa investigación etnológica, botánica y química de los métodos de diferenciación y reconocimiento de las diversas clases de Banisteriopsis caapi.
La América del Sur -en especial el Amazonas- es el centro mundial de las ponzoñas para flechas, aunque otros pueblos del mundo han conocido el uso mortífero de flechas y dardos envenenados. Con todo, y a pesar de la extraordinaria acumulación de investigaciones dedicadas al estudio de los curares, o venenos para flechas, en los últimos cincuenta años, parece que el conocimiento de los componentes y mezclas de las fórmulas, a menudo, complicadas en extremo, es todavía incipiente. Esta deficiencia de conocimientos es notoria por la incapacidad de explicar el papel desempeñado por los múltiples aditivos incorporados a las mezclas de plantas tóxicas. ¿Cuáles de estos aditivos incrementan la toxicidad de los ingredientes venenosos; cuáles refuerzan la capacidad de la mezcla para adherirse a los dardos; cuáles propician la difusión de los venenos bioactivos en el torrente sanguíneo de la víctima; cuáles confieren cualidades sinergísticas a los componentes de la mezcla; y, finalmente, cuáles son agregados sólo por razones mágicas o supersticiosas?
Mucha parte de las investigaciones realizadas -en realidad casi toda- se ha limitado a algunos géneros de Menispermáceas -Abuta, Chondrodendron, Curarea, Sciadotecnia y Telitoxicum- y al género Strycnos de las Loganiáceas, todos ellos componentes básicos de los curares amazónicos. Pero se han descubierto muchas otras plantas utilizadas, ya individualmente, ya mezcladas, en la preparación de venenos menores para flechas, muy pocas de ellas estudiadas químicamente.
El género Ormosia de las Leguminosas, rico en alcaloides, en especial la O. machrophyla, que contiene un ingrediente del veneno para flechas, merece estudio prioritario. Los indios Kofanes de Colombia y Ecuador, que parecen ser los que utilizan la mayor variedad de plantas en sus mezclas de venenos para flechas, preparan su más efectiva y apreciada fórmula de curare, a base del fruto y de las raíces de la thymeliácea Schoenobiblus peruvianus, sin mezcla ninguna. Esta planta, además, se utiliza como veneno para peces entre estos indios. Aunque los derivados de la cumarina son conocidos como provenientes de las Thymeliáceas, no existen pruebas de que sean empleados para matar animales. Estos indígenas recurren también en sus mezclas a los frutos de la Unonopsis veneficiorum de las Anonáceas, según informe de von Martius sobre el río Caquetá, escrito a finales del siglo pasado. Los Barasanas del Vaupés colombiano, todavía preparan uno de sus mejores curares con la corteza de este árbol. Y aunque el Unonopsis fue reconocido como componente del curare hace ya cientocincuenta años, su contenido en alcaloides no fue definido sino en 1959. Es interesante que los indios del Vaupés todavía utilizan especies cercanas de la familia Guatteria, ricas en alcaloides, como ingredientes en la preparación de venenos menores. Los Kofanes tienen en gran estima la corteza de otro arbusto anonáceo -una especie de Anaxagórea- para preparar un tipo de curare. Se sabe que una especie de este género, nativa de las Filipinas, produce cianosis. Los indios Waika del norte del Brasil, enherbolan la punta de sus flechas con el exudado resinoso de la corteza de la Virola theiodora, la misma exudación rica en triptaminas, ingrediente de sus bebedizos alucinógenos; y aunque estos nativos preparan un curare basado en los Estrychnos, parece que la exudación de la Virola, sin mezcla de otras substancias, es su veneno preferido. Ninguna substancia química, capaz de obrar como curare, ha sido aislada de la planta. Un informe muy sugestivo sobre una planta para curare se refiere al uso que hacen los indios Macú del río Piriparaná, de la corteza de la Vochysia columbiensis. Estos indios nómades, que tienen fama en la Amazonia colombiana, de preparar el curare más potente, consideran la Vochysia -que parecen emplear sin mezcla distinta a las hojas de Urospatha- como su componente más activo. Sin embargo nuestros conocimientos sobre las substancias químicas que contienen las Vochysiáceas son casi nulos. Como ocurre con el curare, la cuenca amazónica parece ser la región donde se encuentra el mayor número de plantas ictiotóxicas. Y a pesar de que los más comunes de estos tóxicos pertenecen al género Lonchocarpus, (barbasco), Phyllanthus (barbasquillo), y Tephrosia, son muchas las plantas utilizadas en regiones remotas como venenos menores para la captura de peces, en tiempos de emergencia alimenticia, o cuando la adquisición de venenos mayores se dificulta por alguna circunstancia. Un curioso veneno de este género es preparado por los indios del Vaupés, con las hojas de la arácea Philodendron crasspedodromum. Sus hojas, atadas en haces, se ponen a fermentar durante varios días y luego, maceradas y arrojadas en aguas tranquilas. Los Kofanes mezclan las hojas de la Phytolacca rivinoides con las del Phyllanthus. En el río Kuduyarí, el arbusto Conomorpha lithophyta de las Mirsináceas, es utilizado para la pesca; y es interesante que otra especie emparentada con las de este género, se utilice como veneno potente para la pesca, en la Guayana Inglesa. Entre las varias tribus del río Vaupés, la pulpa del fruto de una especie de Caryocar, muy rico en saponinas, se usa mezclada con lodo para atontar los peces. Los Witotos arrojan al agua la corteza triturada de la Rourea glabra, con el mismo propósito. Los Tikunas del río Loretoyacú, dejan secar la pulpa del voluminoso fruto de la bombácea Patinoa icthyotoxica, y la conservan seca durante todo el año, como veneno menor que utilizan para la pesca en cortas excursiones en canoa. Hasta hoy, nada se conoce de la constitución química biodinámica de esta pulpa. Los indios Waorani del Ecuador, tienen en gran aprecio la corteza de la Bignoniácea Minquartia guianensis, como planta ictiotóxica. El Anthodiscus obovatus y el A. peruviensis se utilizan también como tóxicos para la pesca en el Amazonas colombiano. Poco se conoce todavía del contenido químico de las Connaráceas Connarus opacus y C. sprucei, aprovechados como ictiotóxicos; la química de las connaráceas, en general, es bastante desconocida, y esta familia, sin duda, representa una de las áreas de las angiospermas en la que los fitoquímicos deberían concentrar su atención.
Entre los vegetales más apreciados como insecticidas, o como repelentes de insectos, se encuentran varias especies que merecen un estudio detenido. Quizás la más interesante es una maleza leguminosa arbustiva muy común, del género Cassia, vulgarmente conocida como “yerba pulga”. Los indios de varias tribus del Vaupés espolvorean sus vestidos y hamacas con sus hojas secas y molidas.
Las plantas utilizadas en medicina son demasiado numerosas para ser detalladas aquí, pero unas cuantas son lo suficientemente interesantes para merecer una descripción más amplia.
Los curanderos Makunas y otros, cultivan la Cayaponia ophthalmica, una Cucurbitácea, preparando con sus hojas un lavado ocular como remedio de la conjuntivitis, común entre los indígenas, con buenos resultados; otros vegetales con propiedades semejantes, y también eficaces al parecer, son dos lianas de las Malpighiáceas, la Hiraea apaporiensis y la H. schultesii. Al respecto, un estudio etnobotánico reciente sobre la Martinella, un género de las Bignoniáceas, que incluye varias especies que se encuentran desde México hasta el Amazonas, es de gran importancia; un extracto de la raíz de la Martinella obovata, es de uso muy difundido entre grupos aborígenes de Norte y Sur América, como remedio ocular. Existen numerosas referencias sobre su uso en estudios botánicos procedentes de regiones muy apartadas unas de otras. Estas referencias, según los autores de los estudios, suministran “pruebas convincentes de que la Martinella posee propiedades curativas importantes”, que justifican su estudio químico y su evaluación clínica. En sus estudios etnobotánicos personales, el autor ha hallado que los indios Barasanas usan la corteza de esta planta como febrífugo pero en relación con sus aplicaciones como medicamento oftálmico, sus anotaciones indican que otra liana Bignoniácea, emparentada con aquella, la Arrabidaea xanthophylla, es apreciada en el Vaupés como tratamiento en las conjuntivitis.
La incidencia del parasitísmo intestinal es alta, y son muchas las plantas consideradas como vermífugos eficaces. Entre las substancias vermífugas más notables se encuentra un aceite extraído de las semillas de dos árboles de las leguminosas, el Monopteryx angustifolia y el M. uaucu, así como la infusión de la corteza del Corynostylis volubilis, una violácea. Muchas especies de Ficus son utilizadas con el mismo propósito parasiticida.
Así mismo el autor ha encontrado que a varias plantas se les atribuyen propiedades contraceptivas, entre éstas el Philodendron dyscarpium, la Urospatha antisyleptica y el Anthurium tessmannii -todas ellas de las Aráceas y apreciadas como contraceptivas. Los Bara-Macú del río Piriparaná en Colombia llaman a la Pourouma cecropiaefolia, ui-uit-cattu, que significa “medicina de no niños”; raspaduras de sus raíces son deshechas en agua, y el líquido resultante administrado a las mujeres, en quienes, según los nativos producen esterilidad permanente.
Un abortivo interesante que se tiene por altamente eficaz entre los indios Mcú, se prepara con las hojas de la Vochysia lomatophylla, sumergidas en chicha caliente producida, a su vez, de la fermentación suave de la yuca amarga, Manihot esculenta. La misma especie abortiva es usada por los indios Campa del Perú, como contraceptivo.
Como es fácil imaginar, los vegetales utilizados como febrífugos son legión. Los que parecen justificar un especial interés químico y farmacológico son las solanáceas Brunfelsia grandiflora y B. chiricaspi, cuyos compuestos químicos son en extremo complejos, y aún están lejos de ser comprendidos a cabalidad. Otros febrífugos importantes son, entre las Malpighiáceas, la Tetrapteris styloptera; entre las Apocináceas la Aspidosperma schultesii, la Himatnathus bracteatus y la H. phagendoenicus. Una fórmula interesante de pócima vermífuga, se obtiene hirviendo en agua las cortezas de la Menispermácea Adontocarya tripetala y de la Sapotácea Matisia cordata con los frutos del Capsicum annuum.
Varias especies de plantas se utilizan como hemostáticos, para detener hemorragias causadas por heridas; entre éstas la Helosis guianensis de las Balanoforáceas. Para detener las hemorragias nasales, la Costus erythrocoryne y la Quiina leptoclada de las Zingiberáceas y Quiináceas, respectivamente.
Diversas infecciones de la piel, tales como ulceraciones y heridas de curación lenta, son tra-tadas con cataplasmas de cenizas provenientes de varias especies de Tetrapteris, mezcladas con un aceite generalmente extraído de los frutos de la palma Jessenia bataua. Las hojas picadas y her-vidas de la Mascagnia glandulifera (Malpighiáceas), aplicadas en emplasto sobre los forúnculos, se dice que los hace “madurar” más pronto.
Existen numerosas especies valiosas para el tratamiento de enfermedades de la piel, de posible origen fungoso, dolencia muy común en la humedad del trópico. Se utilizan para ello el exudado resinoso de la Compsoneura debilis, y el de varias especies de Iryanthera, Dialyanthera y Virola, (especialmente de la Virola theiodora), todas de las Miristicáceas; así como, por lo menos, dos especies del género Vismia, de las Gutíferas -Vismia angustifolia y V. guianensis- que secretan una resina rojiza. La goma extraída de los seudobulbos de la abundante orquídea Eriopis sceptrum; las infusiones de corteza de varias especies de Vochysia; la infusión de hojas de la Souroubea crassipetala (Marcgraviácea); y la corteza pulverizada de Calycophyllum acreanum y C. spruceanum (Rubiáceas), son todas empleadas con el mismo propósito. Un cocimiento caliente de las hojas de la Arácea Anthurium crassinervium variedad caatingae, es empleada por los Kubeos para el lavado de los oidos afectados por infecciones de probable origen fungoso.
Una de las plantas más comúnmente usadas por los Makunas es la malpighiácea Mezia includens, cuya raíz triturada, remojada en agua, en la que se ha agregado “fariña” de Manihot esculenta, y reposada por algunas horas, es un laxante poderoso. Las hojas hervidas de esta planta producen una enérgica infusión emética; y cuando se aplican en cataplasma sobre el abdomen, parecen tener efecto curativo sobre una dolencia seria, tal vez la hepatitis. A pesar de su toxicidad, la Aristolochia medicinalis es administrada como infusión en el Vaupés entre los Kubeos, para calmar ataques, quizás de origen epiléptico. El tratamiento, según se dice, puede, a veces, resultar peor que la enfermedad, ya que la ingestión de la pócima, si no es administrada con gran precaución, puede producir locura permanente. Otra planta que se usa como una forma de tranquilizante es la miristicácea Compsoneura capitellata, cuyas hojas y retoños tiernos preparados en infusión, calman la agitación del paciente, cuando, al decir de los indios, “se enloquece y tiembla todo”.
El número de plantas reputadas como de gran efectividad en el tratamiento de problemas tan frecuentes como los dolores reumáticos y artríticos, las diarreas y disenterías, úlceras de la boca, llagas infectadas, dolores en el pecho, edema, tos persistente y otras dolencias pulmonares, debilidad causada por la vejez y una multitud de otros problemas físicos y anormalidades patológicas, es excepcionalmente extenso.
Considero que sería económicamente productivo, aplicar los datos etnobotánicos y conocimientos quimotóxicos que poseemos, en programas de investigación fitoquímica. La búsqueda de nuevos componentes biodinámicos en zonas del Reino Vegetal conocidas como poseedoras de abundantes substancias activas en este campo, constituye, sin lugar a dudas, un excelente derrotero para la investigación. Aprovechar los conocimientos que las comunidades aborígenes han acumulado en el transcurso de los siglos, puede proporcionar a la ciencia moderna, una especie de “atajo”, que le permita decidir, con mayor rapidez, cuáles, entre las 500.000, o más especies vegetales del mundo, requieren, con urgencia, ser investigadas. Porque, si los químicos tienen que dedicarse a analizar, una por una, las 80.000 especies vegetales del Amazonas, es probable que el programa se quede inconcluso. Por lo tanto, conviene aprovechar el cúmulo de conocimientos en poder de payés, brujos y curanderos de las llamadas sociedades primitivas del mundo.
Este breve resumen dará al lector un indicio, aunque muy superficial, del tesoro de conocimientos etnobotánicos de los indígenas de la Amazonia colombiana. El convencimiento de lo acertado de esta actitud, y la convicción de que mucho de este conocimiento está en camino de desaparecer, aún más rápidamente que las plantas mismas, son base indispensable para el lanzamiento de una nueva ofensiva de preservación y defensa de la etnobotánica.
En las páginas precedentes, se ha hecho mención de la etnofarmacología, como el estudio de las plantas nativas medicinales. Pero más exactamente, ?qué es la etnofarmacología? Esta ciencia hace referencia, por supuesto, a una serie de disciplinas interesantes, en el campo médico y seudomédico, relacionadas con la utilización de las plantas en sociedades prehistóricas e iletradas.
Una publicación muy reciente titulada “Etnofarmacología: Un desafío”, presenta una breve definición de esta ciencia como “la observación, identificación, descripción e investigación experimental, de los ingredientes y efectos de los medicamentos nativos”. Los autores de la publicación, químicos ambos, explican además que “la etnofarmacología no es sólo una ciencia del pasado, que utiliza métodos anticuados. Es, en realidad, un eje científico esencial para el desarrollo de una terapéutica dinámica, basada en la medicina tradicional de varios grupos étnicos. A pesar de no ser tenida en alta estima actualmente”, -agregan los autores-, “es un reto para los farmacólogos modernos”. “El propósito final de la etnofarmacología, es la validación (o invalidación) de los preparados medicinales tradicionales, ya por medio del aislamiento de sus substancias activas, ya por medio de nuevos descubrimientos farmacológicos”. Persiste, no obstante, el hecho de que sólo la tenaz labor de campo, evitará la desaparición del conocimiento etnofarmacológico, y que deben tomarse, medidas para la preservación botánica y etnobotánica, con urgencia inmediata, si se quiere preservar este conocimiento para un exámen posterior más crítico y profundo.
Y quedamos, así, con la incontrovertible realidad de que el Reino Vegetal sigue siendo un venero riquísimo, y en gran parte inexplotado, para los científicos interesados en el hallazgo de nuevos compuestos con actividad biológica, que en silencio, esperan todavía ser descubiertos. El Reino Vegetal, en otras palabras, es un verdadero emporio de substancias químicas, muchas de ellas dotadas de propiedades biodinámicas, otras con un potencial indudable como valiosos agentes terapéuticos, o como elementos básicos para nuevos compuestos semisintéticos.
La industria farmacéutica de los Estados Unidos ha alcanzado, en el campo de los preparados sólamente, ventas anuales de tres mil millones de dólares (US$3.000.000.000), con medicamentos derivados, originalmente, de especies vegetales, muchos de ellos descubiertos, cuando eran aplicados en grupos aborígenes iletrados en algún lugar del globo. ?Es lógico que continuemos descuidando este precioso y abundante tesoro de conocimientos, relegando la etnobotánica, que es la clave para acceder a é, en beneficio de la humanidad?
Los estudios etnobotánicos de la Amazonia colombiana han tenido un comienzo exitoso, pero queda aún mucho por investigar. Es una fortuna que Colombia esté preparando etnobótanicos capaces -orientados tanto hacia el campo biológico como al antropológico- con el fin de propiciar una mayor actividad exploratoria, antes de que se haga demasiado tarde. A pesar del hecho de que los aborígenes de gran parte de las comisarías de la cuenca amazonica, han tenido contacto con misioneros religiosos y promotores comerciales, y de que muchas de las tribus han padecido, en el pasado, una explotación implacable, llegando casi al aniquilamiento, (como ocurrió a manos de la Casa Arana del Perú, durante la llamada “fiebre del caucho”), han demostrado siempre profundo orgullo de su raza y tradiciones, conservando un gran respeto por sus conocimientos ancestrales etnobotánicos y por las creencias primitivas sobre su origen, su relación con la naturaleza y su habilidad para la utilización del medio botánico y zoológico que los rodea. Además, el indígena es, por la fuerza de los hechos, un conservacionista innato, de modo que sólo abre la selva en cuanto es estrictamente necesario para sus prácticas agrícolas.
Antiguos y esporádicos informes etnobótanicos se encuentran en los escritos del botánico alemán Theodor von Martius; del naturalista británico Richard Spruce y de Alfred Ruseell Wallace; del geógrafo británico Thomas Wiffen; del viajero norteamericano W. E. Hardenburg, uno de los primeros en denunciar las atrocidades de la Casa Arana, y quién incluyó en su libro un invaluable aporte de anotaciones etnobotánicas; y, finalmente, del viajero francés Crévaux.
Durante la primera década de este siglo, el antropólogo alemán Theodor Koch-Grünberg, pasó largos períodos en el Vaupés colombiano, y escribió un detallado estudio, en dos volúmenes, de los indios de la reigión; esta obra contiene un extraordinario acopio de anotaciones de interés etnobótanico.
En los extensos escritos antropológicos del R. padre Marcelino de Castelví, ya fallecido, misionero capuchino que vivió en Sibundoy, se encuentran, aquí y allá, referencias etnobotánicas importantes.
Otros miembros de esta orden, en particular el finado R. Gaspar de Pinelli y sus misioneros, hicieron numerosas observaciones de importancia etnobotánica en sus escritos.
El explorador y botánico belga Florent Claes, visitó los indios Witotos y Koreguajes a comienzos de la década de 1920, publicando, más tarde, un informe en el que incluyó observaciones de gran interés etnobótanico, en particular sobre el “yajé” y el “yoco”.
En la década de 1930, el famoso botánico colombiano Enrique Pérez Arbeláez, publicó la primera de cuatro ediciones de su obra Plantas útiles de Colombia, un trabajo repleto de anotaciones etnobótanicas, muchas de ellas relacionadas con la Amazonia. En los años 70, el notable botánico y coleccionista Hernando García Barriga, publicó su tratado Flora medicinal de Colombia, en tres volúmenes, rico en informaciones etnobotánicas, muchas de las cuáles fueron fruto de sus observaciones personales, en especial, de la región del Vaupés.
En el curso de los años 30 y 40, Boris Krukoff y sus compañeros de trabajo, condujeron estudios detallados sobre el veneno utilizado en sus flechas por los indígenas; y aunque muchas de sus investigaciones fueron hechas en el Brasil, abundan las referencias a las fórmulas de curare de los indios de la Amazonia colombiana.
Un informe olvidado, reproducido en copia mimeográfica, sobre los indios Tikunas del trapecio amazónico, fué escrito en 1936 por la etnógrafa colombiana Gloria Fajardo.
El botánico norteamericano Paul Allen, mientras trabajaba en el programa de emergencia para el abastecimiento del caucho, durante la segunda guerra mundial, publicó, en 1947, un ensayo importante sobre los indios del Vaupés.
En 1959, el etnobótanico Néstor Uscátegui, publicó los resultados de una completa investigación acerca del uso y distribución de narcóticos y estimulantes por los indígenas colombianos. Más adelante, se unió a una expedición al Vaupés, organizada por dos escritores británicos, Brian Moser y Donald Taylor, que condujo a la divulgación de numerosos datos etnobótanicos de interés, en un libro sobre los indígenas del río Piraparaná, con especial énfasis en el consumo de coca. En ese mismo año, el etnólogo colombiano Mark Fulop, preparó un ensayo sobre su investigación de la cultura Tukana, con datos interesantes sobre las creencias de los nativos en relación con el orígen de la coca y del tabaco.
Homer Pinkley, graduado de la Universidad de Harvard, en los últimos años de la década del 60, condujo investigaciones etnobótanicas entre los indios Kofanes, y aunque gran parte de su trabajo se llevó a cabo entre los indígenas ecuatorianos, parte de éste se relacionó con los Kofanes residentes en la Comisaría del Putumayo, principalmente a lo largo de los ríos Sucumbíos y Guaumués.
La etnobotánica del Valle de Sibundoy, excepcionalmente rica, fue estudiada, en primer lugar, por Hernando García Barriga, a raíz de su expedición para recoger muestras de ejemplares botánicos en la década de los 50, en esta interesantísima zona. En 1953, Silvio Yepes, publicó una amplia Introducción a la etnobotánica colombiana, que se apoyaba en los datos obtenidos durante sus exploraciones en Sibundoy.
En los primeros años de la década de los 60, Melvin Bristol pasó un año entero en Sibundoy, y escribió su valiosa tesis para optar el doctorado en filosofía en la Universidad de Harvard, con el tema de Etnobotánica de Sibundoy, trabajó basado en la información recogida durante un año de residencia en el lugar. Como secuelas a su instructiva tesis, publicó una serie de ensayos dedicados a plantas exóticas de la región, a sus aplicaciones, y a la descripción de las prácticas agrícolas nativas de Sibundoy. Un indígena Kamsá de Sibundoy, Pedro Juajibioy, entrenado primero por R. E. Schultes en 1941, y más tarde por Bristol y otros botánicos de paso, ha puesto todo su interés en la etnobotánica local, especialmente en plantas medicinales, y ha fundado y sostenido un jardín donde cultiva las plantas que utilizan los curanderos de Sibundoy en sus prácticas.
El misionero Alves da Silva Brüzi, que vivió entre los Tukanos del Brasil, muy cerca de la frontera con el Vaupés colombiano, publicó un libro importante en 1962, acerca de la civilización de los aborígenes de la zona, en el que se encuentran muchos datos etnobotánicos importantes.
Otro trabajo notable fue impreso en 1964: la monografía de Irving Goldman sobre los Kubeos del Vaupés. Un significativo aporte de datos etnobotánicos se encuentra en sus escritos etnográficos.
En 1969, la antropóloga venezolana Haydee Seijas, sacó a luz un estudio sobre etnomedicina de los indios sibundoyes.
Una útil reseña bibliográfica sobre el curare apareció en 1967 y 1968, preparada por Jeannine Sujo.
Los años de las décadas de los 70 y 80, fuerón época de intensificación de estudios etnobotánicos y de publicaciones referentes a la Amazonia colombiana.
El antropólogo inglés Stephen Hug-Jones, llevó a cabo extensas investigaciones entre los indios barasanas del río Piraparaná, en los años 70, publicando profusa información etnobotánica de mucho interés. Otro antropólogo británico, Peter Silverwood-Cope, trabajando con los indígenas macú del río Piraparaná, coleccionó una serie de plantas medicinales utilizadas por esta tribu, excepcionalmente primitiva, también de sumo intéres.
Entre las principales contribuciones a la etnología de los indios Tukanos del Vaupés, debe mencionarse la extraordinaria serie de publicaciones del antropólogo colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff. Sus investigaciones han profundizado más que la mayoría de los estudios antropológicos anteriores, en cuanto parecen penetrar hasta el “fondo del alma” indígena, trantando de explicar, con gran sensibilidad, el sentir nativo del indio, haciéndolo comprensible al hombre de culturas occidentales. Sus contribuciones a la etnobotánica de la Amazonia colombiana, lo califican como un etnobotánico eminente.
El antropólogo colombiano Camilo Dominguez, examinó ciertos aspectos de la agricultura nativa del bajo Apaporis. Y en el transcurso de los años 70 y siguientes, la nutricionista norteamericana Dorna L. Dufour especializada en los Estados Unidos, estudio las plantas alimenticias características de los indios del Vaupés.
En el libro Alucinógenos y chamanismo, editado en 1973 por el antropológo norteamericano Michael Harner, hay numerosas referencias etnobotánicas, relacionadas, principalmente, con la planta psicoactiva “caapi”.
El etnógrafo norteamericano E. Jean Langdon, publicó varios escritos etnobotánicos valiosos, basados en sus trabajos investigativos con los sionas del Putumayo, durante los años 70.
En la década de los 70, un graduando de la Universidad de Harvard, Tommie Lockwood, durante sus estudios de campo en Suramérica, sobre la taxonomía de la Brugmansia, llevó a cabo una serie de observaciones etnobotánicas importantes en los Andes y en la Amazonia, sobre los usos y efectos de este género de plantas psicoactivas. Otro graduando de Harvard, James Zarucchi, perfeccionando sus estudios de taxonomía sobre plantas de la familia Apocináceas, en el Vaupés, en los últimos años de la década de los 70, realizó varias observaciones interesantes; una, en especial, que transcribió en su informe sobre una nueva planta comestible llamada localmente”ijapichuna”.
Las perspicaces observaciones en los años 70, del finado botánico norteaméricano Timothy Plowman, contribuyeron con nuevos e importantes datos al conocimiento del uso de la coca y de varias especies del género narcótico Brunfelsia.
En 1975 y 1976, Angel Herrera publicó interesantísima información sobre mitos indígenas de los matapies del río Miritiparaná, relacionada con numerosas plantas.
Una documentada comparación entre las prácticas medicinales de la Amazonia y las de la medicina clásica, fue publicada en 1986 por Horacio Calle.
Los años 70 presenciaron la intensa labor investigativa de Patricio y Elizabeth von Hildebrand en los ríos Caquetá y Miritiparaná, que incluyó notables estudios basados en trabajos de campo, teniendo como telón de fondo el interés por la conservación del medio ambiente; estos trabajos fueron ampliados más tarde. La interesante publicación sobre los petroglífos del río Caquetá y sobre las plantas usadas por los Tanimukas, constituyen contribuciones muy valiosas.
En el decurso de los años 80, la Corporación de Araracuara patrocinó la investigación etnobotánica de la región Caquetá-Amazonas. En 1982 apareció el informe de Luis Enrique Acero sobre las propiedades y aplicaciones de las plantas de la Amazonia colombiana, que fue seguido por las investigaciones etnobotánicas de Constanza La Rotta, realizadas entre los Andokes y los Mirañas, estudios que aparecieron en 1983 y 1988 respectivamente, y que fueron el resultado del trabajo de la autora con estas tribus indígenas.
Un estudio sobresaliente sobre el tabaco y el chamanismo en Suramérica, publicado en 1987 por el antropólogo Johannes Wilbert, contiene numerosas referencias etnobotánicas concernientes a la Amazonia colombiana. En 1987, Pablo Palacios escribió un breve análisis sobre algunas plantas utilizadas por los Andokes, Witotos y mirañas del río Caquetá.
En 1983, un excelente trabajo de tesis basado en trabajos de campo, fue publicado por Linda Glenboski, con el auspicio de la Universidad Nacional de Colombia, sobre la etnobotánica de los indios Tikunas del trapecio amazónico.
Desde 1941 hasta el presente, el autor ha estado dedicado a la exploración etnobotánica en varias Comisarías de la región amazónica colombiana. Su mayor interés se ha dirigido a las plantas medicinales, alucinógenas y tóxicas de la región. Ha colaborado con botánicos colombianos y ha entrenado a sus alumnos de Harvard, y a estudiantes colombianos, en técnicas de campo. Sus aportes investigativos más notables se relacionan con la investigación del “yoco” del Putumayo, planta rica en cafeína, y con el descubrimiento de varias plantas alucinógenas, entre muchas otras observaciones en el campo de la etnobotánica médica y toxicológica. Más de 1500 especies de plantas medicinales y venenosas empleadas por muchas de las numerosas tribus, han sido registradas por el autor, con la correspondiente comprobación de especímenes certificados del herbario recolectado y preservado por él, que registra, en muchos casos, los nombres de las plantas en varios dialectos nativos. Estas investigaciones han sido relacionadas en más de 45 artículos y en varios volúmenes separados.
Sin lugar a dudas, una de las más destacadas contribuciones a la etnobotánica de Colombia -en especial de las regiones amazónicas- ha sido la obra múltiple de Victor Manuel Patiño, quién ha hecho un profundo estudio de la antigua literatura existente sobre el tema, sacando a la luz datos etnobotánicos contenidos en los escritos de los primeros científicos europeos que entraron en contacto con los pobladores nativos de la Amazonia. Su reciente y utilísima publicación, contiene la lista biográfica de autores de temas etnobotánicos de Colombia y países vecinos, que está destinada a ser un estímulo de valor incalculable, en relación con futuras investigaciones etnobotánicas en la Amazonia colombiana.
Esta breve reseña sobre el tema, así como la enumeración de los trabajos de investigación dedicados a la etnobotánica de la región amazónica de Colombia, son suficientes para demostrar los grandes avances que han tenido lugar en esta ciencia en territorio colombiano. Ellos son también, guía alentadora para futuras exploraciones, y modelo que deben seguir, no sólo las demás naciones amazónicas, sino todos aquellos países que aún poséen grandes extensiones de selva húmeda tropical, habitados por pobladores aborígenes.
Porque, como lo expresó S.M. el Principe Felipe de Inglaterra, “Las selvas tropicales y sus habitantes aborígenes, están seriamente amenazados por el ataque del hombre civilizado, y resulta tristemente inevitable, que muchas de sus valiosas especies vegetales, así como las tribus indígenas que conocen su utilización, van, rápidamente, camino de su desaparición definitiva”.
No es posible siquiera imaginar las aplicaciones que podrán ser encontradas en el futuro, para los miles de géneros vegetales de la flora amazónica.Por el bien de nuestros descendientes, por el progreso de la civilización, y, quizáa también, por la supervivencia de la especie humana, es conveniente -mejor, es imperativo-, que protejamos este don no-renovable de la Naturaleza, preservando los conocimientos aborígenes etnobotánicos y sus aplicaciones para bien del género humano.
#AmorPorColombia
Etnobotánica de la Amazonía Colombiana

Indio Tatuyo pulverizando hojas de coca, Erythroxylum coca, en un tronco hueco de palma, antes de mezclarla con ceniza. Piraparaná, Vaupés

Indígena Barasana aspirando rapé narcótico. Piraparaná, Vaupés.

Joven indio Tatuyo con bastones de guarumo, Cecropia sp., Utilizado para marcar el compás del baile. Piraparaná, Vaupés

Indígena Emberá, Chocó.

India Emberá pintando una talla de balso Ochroma sp., para un ritual de curación. Río Suiguirisúa, Chocó.

Chamán Noanamá, con pintura ritual del jaguar, Genipa americana Río Docordó , Chocó.

Chamán Barasana asegurando el mango de su maraca ritual. Pira-paraná, Vaupés.

Indio Tatuyo pulverizando hojas de coca, Erythroxylum coca, en un tronco hueco de palma, antes de mezclarla con ceniza. Piraparaná, Vaupés

Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.

Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.

Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.

Los indígenas utilizan la corteza del Ficus glabrata var oobtuso, para la elaboración de las “yanchamas”. Con la ayuda de pinceles vegetales, y tintes prove-nientes del fruto del “morado”, Renealmia alpinia, del achiote, Bixa orellana y de ciertos tubérculos, producen pinturas, mascaras, vestimentas y otros objetos para sus ceremonias rituales.

La confeccion de articulos de corteza vegetal, requiere de complejas tecnicas de seleccion de materias primas y de procedimientos para su manufactura y acabado final. Aqui se puede obser-var el proceso mediante el cual templan y secan la corteza hasta dejarla blanda y suave.

Traje ceremonial elaborado con corteza de Ficus glabrata y maderas livianas como balso, Ochroma sp., por parte de indígenas Tikunas y Makunas . Amazonía colombiana .

Mascara ceremonial, elaborada con los mismos materiales , que simboliza al jaguar, el animal más importante en la simbología indígena.

Pintura policromada en la pared de una maloca de indígenas Taibano. Representa al dueño de los animales rodeado de motivos geométricos.

Grupo de bailarines Tatuyo en una danza ritual, adornados con plumón de águila harpía y de oropéndola. Portan bastones sonoros de guarumo, con decoraciones geométricas de significado mágico- religioso. Piriparaná, Vaupés.

Muchacha Barasana. Piraparaná, Vaupés.

Indio Tatuyo tostando hojas de coca. Piraparaná, Vaupés.

Indígena Taibano con su cerbatana elaborada con el delgado tronco de la palma paxiuba, Socratea exorrhiza. Piraparaná, Vaupés.

Pesca en los rápidos del río Caquetá.

Pescador en la laguna de Pancocha, Amazonía.

Laguna Taraira, río Apaporis, Amazonia Colombiana.

Vegetación de las riberas del río Caquetá, con palmas de Maurittiella aculeata, en primer plano.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Diversos tipos de cortezas de árboles selváticos, cuyo estudio, así como el de sus resinas, sirve para la clasificación y reconocimiento de las especies arbóreas.

Flor de Costus sp. Bahía Solano, Chocó.

Flor de Anthuriumsp. Bahía Tebada, Chocó.

Indígenas "cholas". Bahía Solano, Chocó.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos frutos e inflo-rescencias de palmas neotropicales.

Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.

Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.

Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.

Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.

Diversos tipos de lianas, bejucos y estranguladoras de la región amazónica colombiana. Página opuesta: interior de la selva donde se apre-cian troncos con epífitas y diversas clases de trepa-doras, en inmediaciones del río Apaporis.
Texto de: Richard Evans Schultes
“Oh espíritu poderosísimo del arbusto, con las hojas fragantes. Estamos aquí nuevamente para buscar sabiduría. Dándonos tranquilidad y guía para entender los misterios del bosque y el conocimiento de nuestros ancestros”.
–Jefe Xumu de la tribu Humi Kuni, Amazonas.
Aunque la etnobotánica es un antiguo interés humano, que se remonta a épocas anteriores a los primeros escritos de la China, India, Egipto, y otras partes del viejo mundo, las sociedades primitivas, sin duda, tuvieron con anterioridad, un conocimiento notable de las propiedades de los vegetales, antes de establecer vida sedentaria. La más antigua clasificación de las plantas distinguía, únicamente, las utilizadas para sostener la vida humana o para hacerla más llevadera, las perjudiciales para el hombre, y las inútiles e inocuas.
El término Etnobotánica fue empleado hace solo 100 años, en 1895, por el botánico norteamericano Harshberguer. Durante los últimos cien años, la etnobotánica ha experimentado un renacimiento extraordinario, debido, en primer lugar, a los estudios de las culturas indígenas del Nuevo Mundo. Los primitivos habitantes de Norte, Centro y Suramérica -los amerindios- nos ofrecen un tesoro de conocimientos etnobotánicos, acumulado en el transcurso de milenios y transmitido por tradición oral hasta el presente. Este tesoro de conocimientos de las propiedades de las plantas, se encuentra en grave peligro de desaparecer, y, de hecho, puede no sobrevivir demasiado tiempo. La vertiginosa rapidez con que las culturas indígenas se occidentalizan, transformando las tradiciones primitivas, como resultado de actividades misioneras, comerciales o de otra índole, señala la inminente desaparición de las comunidades indígenas supérstites. Unas de las primeras cosas que se pierden en este proceso, son las tradiciones nativas sobre las propiedades de las plantas. Con la llegada de los productos medicinales modernos, baratos y efectivos, el conocimiento y utilización de las propiedades terapéuticas de las plantas nativas de una región, desaparece rápidamente, olvidándosele, a veces por completo, en el transcurso de una sola generación. Esta tendencia, al parecer inexorable, constituye una pérdida catastrófica para toda la humanidad. Pero en regiones aisladas, no sometidas aún, por completo, a la aculturación occidental, o a la destrucción física, todavía se conserva un extenso conocimiento de los aspectos prácticos, mágico-religiosos, supersticiosos y mitológicos de la sabiduría indígena de las propiedades de las plantas. La Amazonia colombiana, por fortuna, es una de esas regiones.
La cuenca del río Amazonas representa, en sus aspectos florístico y demográfico, una de las más grandes maravillas del planeta. Aunque la porción colombiana abarca tan sólo una tercera parte del país, aproximadamente, y apenas representa una pequeña porción de la márgen norte de la inmensa hilea amazónica, su flora no tiene paralelo en el mundo del trópico, ostentando la mayor diversidad de especies nativas de toda la Amazonia. Es, además, en muchos aspectos, la parte menos estudiada por los especialistas, y la menos conocida, aún por los mismos colombianos. Se calcula que la Amazonia entera alberga ochenta mil especies vegetales. La porción amazónica colombiana tiene, sin lugar a dudas, la flora más variada de la cuenca debido, en parte, a su compleja estructura geológica. Cualquier estimativo que se haga hoy, del número de especies contenidas en este rincón de la Amazonia, debe ser tenido como muy aproximado, ante la carencia de colecciones botánicas del área. Aún más, multitud de géneros de plantas de la márgen norte del Amazonas, -el área más próxima a la cordillera de los Andes- exhiben una insólita variabilidad que, genéticamente, posee gran importancia desde el punto de vista de la preservación de la diversidad biológica, un aspecto de la ciencia de la conservación ambiental, que cada vez suscita mayor interés entre los científicos. Cualquier conjunto de flora tropical tan rico como el de la Amazonia colombiana, donde gran número de especies permanecen química y genéticamente no estudiadas, es un venero de riqueza natural, que las modernas capacidades técnicas de la ciencia, tienen que considerar de una importancia extraordinaria para toda la humanidad.
Los dos aspectos más importantes relacionados con la conservación de la diversidad biológica, son: en primer lugar, la preservación de las floras del mundo del peligro de la devastación generalizada y caótica; y en segundo lugar, la intensificación del estudio de los conocimientos florísticos que poseen las tribus aborígenes. Las numerosas tribus y subtribus, se expresan en una multitud de lenguas y dialectos diferentes, pertenecientes a familias lingüísticas sin semejanza entre sí. Los que hablan Tukano, se dividen en los Tukanos del grupo oriental, que habitan el Vaupés, -Tukanos, Gwananos, Taiwanos, Kubeos, Karapanas, Desanos, Barasanas y Makunas-; y dos grupos occidentales: los Sionas y los Koreguajes.
En la comisaría del Amazonas existen varias tribus del grupo Witoto: Boras, Wuitotos, Mirañas, Kahuinaris, Andokes, y Muinanes. En el Trapecio Amazónico, los Tikunas y la tribu de los Arawakos han sido siempre allí los mayores grupos étnicos, aunque algunos Witotos han emigrado a esta parte de la comisaría. En este mismo territorio, a lo largo del río Miritiparaná y sus afluentes, se encuentran tribus que hablan dialectos Arawakos: los Yukunas, Matapies, Tanimukas y Kawiyaris; y en las márgenes del río Guainía, habitan otros grupos, que incluyen los Kuripacos y Baniwas. En el Vaupés se encuentran, así mismo, otros varios grupos pequeños: los Piapocos, Sirianos, Tarianos, Tatuyos y Tuyukas. Muchos indios Puinave han emigrado también al área del Vaupés desde los Llanos Orientales colombianos, y hablan una lengua todavía sin clasificar, que se cree emparentada con la de los Makús, que conforman una tribu nómada muy primitiva, que habita en toda la región del río Piraparaná, entremezclada con los grupos Tukanos orientales. Quedan aún algunos vestigios de la antigua y poderosa tribu guerrera de los Karijonas, la familia de habla Karib, antes pobladores de las cabeceras del río Apaporis; hoy, los pocos supervivientes de los Karijonas habitan en el alto Vaupés, cerca del poblado de Miraflores, y en La Pedrera, sobre el río Caquetá. En las partes andinas más altas del río Putumayo, pero todavía dentro del área de drenaje del Amazonas, habitan los indios Kamsá, de Sibundoy, cuyo dialecto no ha sido todavía clasificado, pero que también se cree emparentado con el idioma de los chibchas; y los Inganos, del Valle de Sibundoy y de la región de Mocoa, que hablan Quechua. Los Kofanes viven a lo largo de los ríos Sucumbíos y Guaumués, en la vecina República del Ecuador; su idioma, como tantos otros, está aún por clasificar, aunque algunos especialistas lo relacionan así mismo, con el Chibcha.
La riqueza de conocimientos etnobótanicos de cada una de estas tribus es, en gran parte, sensiblemente diferente. Algunas poseen mayor acopio de conocimientos sobre las plantas útiles de su entorno habitacional, que otras. Nada que no sea un resumen conciso de unos pocos aspectos sobresalientes del tesoro etnobotánico de la Amazonia colombiana, es posible encerrar en este breve compendio del vasto acerbo de conocimientos que se tiene sobre el caudal de este riquísimo territorio florístico, que comprende cerca de un 17% de las especies botánicas superiores de la flora del globo.
Las selvas amazónicas son el hogar de muchas especies vegetales que, una vez estudiadas y domesticadas, serán, sin duda alguna, de gran beneficio para la humanidad. Existen, por lo menos, setenta especies de plantas salvajes de la Amazonia colombiana que, si hemos de juzgar por el uso que les dan los naativos de la región, merecen atención urgente, como potenciales fuentes de productos útiles del trópico húmedo: alimentos, medicinas, aceites, gomas, resinas y ceras. ¿Y qué decir de las incalculables perspectivas de aquellas especies -plantas medicinales sobre todo- cuya utilidad depende de las substancias químicas que contienen, todavía desconocidas, a causa del poco estudio que se ha dado a la flora amazónica?
La futura investigación etnobotánica de la Amazonia colombiana, debe conceder importancia especial a la riqueza de conocimientos indígenas sobre utilización de las plantas, en aspectos de singular interés, como los siguientes: a) venenos para flechas y para pesca; b) especies medicinales; c) usos ceremoniales y diversos de alucinógenos, narcóticos y estimulantes; y d) especies alimenticias. La biodiversidad que es evidente en zonas de la región más occidental del Amazonas, ofrece gran cantidad de variedades desconocidas, de esta última categoría -yuca, ananás, chontaduro y palma de seje, para nombrar sólo unas pocas- que podrían ser de capital importancia en el mejoramiento de “clones”, ya a disposición de los agricultores. En este contexto, la casi ilimitada producción de la inmensa fabrica química natural, casi desconocida todavía, podría, en algunos casos, desencadenar una revolución en las prácticas médicas y agrícolas, y una bonanza para el género humano, en particular para quienes habitan los trópicos húmedos y selváticos del mundo, y que anhelan nuevas fuentes de productos exportables. La Amazonia colombiana puede ser una respuesta a esta necesidad universal, sin embargo, la parte más importante de su contribución, puede estar en la investigación botánica y etnobotánica de su incomparable mundo vegetal y aborígen. Pero es necesario tener presente, que ya no queda mucho tiempo disponible para rescatar los conocimientos botánicos nativos, y para preservar intacta la flora amazónica, con los maravillosos conocimientos que sus moradores aborígenes pueden todavía ofrecer a la raza humana.
Como consecuencia, más que todo, de los excesos supersticiosos de la medicina herbolaria en la Europa medieval, la ciencia frarmacéutica de la última parte del siglo XIX y principios del XX, se mostró enemiga de las medicinas vegetales, creyendo que la química sintética solucionaría cualquier problema. A partir de la década de 1930, se produjo una serie de extraordinarios descubrimientos de nuevos fármacos -las llamadas drogas milagro- que han revolucionado las prácticas de la medicina moderna, dentro de las cuales están, el curare (relajantes musculares derivados del veneno utilizado para sus flechas por los aborígenes suramericanos); la penicilína, y un ejército de otras substancias antibióticas (todas provenientes de vegetales inferiores); la cortisona (derivada del ñame mejicano); la reserpina (de la “raíz de culebra” de la India); la vincoleucoblastina (agente anticanceroso, sacado de la pervinca), los alcaloides del veratrum (hipotensores); la podofilotoxina (resina citotóxica derivada del manzanillo); la estrofantina (cardiotónico, derivado de una planta utilizada en Africa como veneno para dardos), y otras más, todas descubiertas y aisladas las más de las veces, de plantas que desempeñan un papel importante en la medicina aborígen. Como resultado de estos maravillosos descubrimientos, las ciencias farmacéuticas han regresado, poco a poco, al Reino Vegetal, como a un campo casi inexplorado, en busca de substancias biológicamente activas. Se ha dicho, con razón, que en la medicina primitiva con su conocimiento de las plantas, puede hallar el hombre la clave de grandes avances para la medicina moderna.
La investigación etnobotánica tiene varios aspectos de vital importancia, que pueden contribuir, en forma notable, al progreso de la ciencia. Hay tres de éstos que yo encuentro de singular interés, y que, sin pérdida de tiempo, merecen una atención amplia y constructiva: 1) la protección de las especies vegetales en peligro de extinción; 2) el rescate de los conocimientos sobre los vegetales y sus propiedades, que poseen las culturas que están en peligro de rápida desaparición y 3) la domesticación de nuevas plantas útiles, o en términos más amplios, la conservación del plasma genético de plantas económicamente prometedoras.
Un enorme progreso ha tenido lugar, en épocas recientes, en relación con la protección de especies en peligro de desaparecer, aunque todavía es mucho lo que falta por hacer, sobre todo en los trópicos. Ecosistemas de gran fragilidad, como el de la cuenca amazónica, son demasiado suceptibles a la extinción de especies. Tal suceptibilidad se debe, más que todo, al gran porcentaje de especies de alto endemismo local, que con la rápida e incontrolada destrucción actual de enormes áreas selváticas, corren el ries-go de ser exterminadas, aún antes de ser des-cubiertas y clasificadas por los botánicos. Este aspecto de la conservación puede ser el más im-portante, porque si las plantas mismas desaparecen, ¿qué es lo que queda para ser conservado?
El segundo aspecto, que hemos llamado conservación etnobotánica no es aún generalmente reconocido; pero desde el punto de vista de la creciente dependencia humana del Reino Vegetal, y de la pérdida del folkore aborígen es, un asunto que reclama prioridad especial, sobre todo, en relación con la investigación de nuevas substancias asociadas a la práctica médica. El tercero y más significativo de estos aspectos, ha permanecido latente en el subconsciente humano, durante milenios, es decir, desde el descubrimiento de la agricultura, hace aproximadamente 10.000 años en el Viejo Mundo y 7.000 en el Nuevo. Pero es ahora, cuando ha adquirido su verdadera dimensión desde el punto de vista científico, porque la recolección y almacenamiento del plasma genético deben ser considerados como aspectos integrales básicos en la conservación de las reservas naturales del planeta. Es sorprendente que muchas de nuestras especies botánicas más importantes económicamente, fueran descubiertas, domesticadas, modificadas y mejoradas por el hombre en sociedades primitivas, mucho antes de que civilizaciones avanzadas las heredaran y comenzaran a someterlas a modernos y refinados procesos técnicos, con el fin de hacerlas de mayor utilidad.
De las doce ó trece plantas alimenticias más importantes en el mundo, arroz, trigo, maíz, fríjol común, fríjol soya, cacahuete, patata blanca, batata, tapioca, caña de azúcar, remolacha, banana y cocotero, sólo una, la remolacha, no llegó hasta nosotros como herencia de sociedades primitivas. Esta planta fue desarrollada en tiempos históricos, siguiendo un plan deliverado de cruzamiento y selección, emprendido en Francia hace 170 años.
Consideremos ahora, brevemente, dos ejemplos de domesticación agrícola como nueva forma de conservación: el primero, como una nueva concepción de la domesticación; y el segundo, en relación con uno de los más importantes productos agrícolas del mundo. Fue, con ocasión de la preparación de un estudio sobre un veneno nativo para flechas, cuando visite el Amazonas, por primera vez, en 1941. Se decía -y más tarde comprendí que así era- que los nativos de la región conocían complicadas fórmulas y utilizaban gran cantidad de plantas en la preparación del curare. Cada tribu y cada curandero tenían sus propias recetas. En efecto, una de estas recetas requiere la combinación de diferentes ingredientes, desde uno sólo hasta 15 de ellos y aún más. Un alcaloide, la tubocurarina, obtenido de diversas lianas de la familia de la “semilla de luna”, ha adquirido una importancia singular en el campo de la medicina moderna, como relajante muscular. Pero el alcaloide sintético no tiene las mismas propiedades que el que se obtiene de la corteza de las lianas. En consecuencia, las industrias farmacéuticas siguen com-prando el concentrado preparado por los indios del Amazonia ecuatoriana y peruana, para la ex-tracción de la tubocurarina. Esta liana, además, es de muy lento crecimiento, y los indios deben cortar la planta para despojarla de su corteza, de modo que cada año deben penetrar más pro-fundamente en la selva para encontrarla, y la liana se hace cada día más escasa. De otra parte, ricos yacimientos de petróleo, se están explotando en la región, y cada año es más difícil encontrar nativos que quieran hacer la recolección. El autor ha considerado la posibilidad de obtener plasma genético de lianas de alto rendimiento para ensayar su cultivo artificial en invernaderos. Los tallos tiernos pueden ser cosechados re-petidamente para la extracción del alcaloide, de-jando que crezcan de nuevo, asegurando así una fuente del alcaloide más o menos permanente.
Una especie amazónica de muy reciente domesticación y que el autor conoce íntimamente por haber trabajado con ella desde 1942, es el árbol del caucho de Pará, cuyo cultivo artificial se inició hace apenas 100 años. No existe otra planta que haya alterado la vida humana tan drásticamente y en tan corto tiempo. Antes de la domesticación de su cultivo, la mayor parte del caucho natural del mundo provenía de árboles salvajes del Amazonas. Era producido por indios que vivian en las más deplorables y subhumanas condiciones, en selvas infestadas de malaria y lejos de sus aldeas. Su situación laboral lindaba con la esclavitud, o peor aún, sometidos a una alimentación deficiente, a carencia absoluta de servicios sanitarios contra las enfermedades tropicales, a la tortura, y a veces, a la muerte, como castigo cuando no lograban cosechar suficiente látex. Esta infame industria, diezmó, o mejor dicho exterminó, tribus enteras de una maravillosa raza aborígen.
En 1876, los británicos lograron dominar el cultivo artificial del árbol del caucho. Dos mil semillas, de las 70.000 recogidas, germinaron en invernaderos de los jardines Kew de Londres. Al final, veintiseis árboles jóvenes sobrevivieron al ser enviados a Ceilán. Aunque las semillas eran exportadas profusamente con la intervención de empleados del gobierno, el Brasil acabó por prohibir la exportación de semillas del árbol del caucho. Todos los miles de hectáreas de los actuales cultivos asíaticos de caucho, están formados por los descendientes de aquellos pocos árboles que llegarón a Ceilán. Las semillas originales fueron recogidas en una pequeña localidad, y representaban una única variedad del árbol que no era la mejor. Sin embargo, ¿cuán importantes han sido las mejoras introducidas a la variedad salvaje en sólo 100 años? el rendimiento obtenido en la primera plantación fue de 450 libras por acre, por año (unas 1110 libras/hectárea/año); algunas plantaciones modernas, basadas en la clonación, producen más de 3500 libras/acre/año (unas 8645 libras/hectárea/año).
El cultivo artificial inglés del árbol del caucho produjo dos resultados, ambos importantes, desde el punto de vista práctico de la etnobotánica y de la conservación. Empezó por hacer posible un abastecimiento contínuo, suficiente y barato de caucho, sin el cual el mundo moderno, en especial sus sistemas de transporte, no habría podido hacerse realidad. Y luego, salvó del aniquilamiento completo a tribus enteras de indígenas amazónicos.
Unos pocos ejemplos, tomados de la experiencia personal del autor como investigador etnofarmacólogo, bastarán para apreciar la perspicacia de los indios del noroeste amazónico, colombianos en primer lugar, y las razones fundamentales por las cuales la conservación de la información etnobotánica es tan promisoria. De la parte noroccidental del Amazonas, el autor posee anotaciones de campo de más de 1500 especies tenidas en gran estima por los pobladores aborígenes, debido a su acción biológica como medicinas curativas, narcóticos y venenos. Casi todas estas plantas, merecen ser estudiadas, pues muchas de las especies, y aún géneros y familias, no han sido, siquiera, someramente examinadas por los fitoquímicos.
Incluídas en esta lista de 1.500 especies, se encuentran 44 que son utilizadas en la preparación de venenos para dardos y flechas; 40 son venenos para peces; 59 son útiles en el tratamiento de las fiebres, en particular del paludismo; 4 son contraceptivos orales; 31 se utilizan como insecticidas o repelentes de insectos; 36 son vermífugas; 6 son estimulantes; 13 son empleadas como alucinógenos rituales, o para otros usos narcóticos; 7 por lo menos, parecen ser de aplicación recomendada en problemas cardiovasculares; 28 son purgantes; 8 tienen acción curativa en las conjuntivitis; 94 actúan en la curación de problemas respiratorios (incluyendo la tuberculosis); 132 tienen aplicación sobre una amplia gama de enfermedades de la piel, incluyendo las producidas por hongos; 74 ayudan en la solución de los problemas dentarios, y la lista podría prolongarse.
Puede ser interesante tratar con más amplitud, la etnobotánica de varias plantas de singular importancia en la etnofarmacología de los indios de la Amazonia colombia.
Uno de los ejemplos más interesantes es, tal vez, el alucinógeno conocido con los diversos nombres de ayahuasca, caapi, natena o yajé, en el oeste amazónico. Es preparado con la corteza de una especie de liana del género Banisteriopsis de las Malpighiáceas, B. caapi, cuya corteza contiene alcaloides ß-carbólicos -harmina, harmalina y tetrahidroharmina-, capaces de inducir visiones, generalmente en colores azules, grises o púrpuras. El autor tomó esta infusión participando con los indígenas en sus ceremonias rituales, y puede dar fe de sus extraordinarios efectos. Para aumentar la duración e intensidad de la embriaguez, sin embargo, los nativos -en especial los de Colombia, Ecuador y Perú- agregan, algunas veces, a la bebida, las hojas de otra liana de la misma familia, Diplopteris cabrerana (conocida antes como Banisteriopsis rusbyana), o las de un arbusto perteneciente a las Rubiáceas -Psychotria viridis- de las cuales han sido aislados otros tipos de alcaloides psicoactivos: las triptaminas. Las triptaminas son inactivas en el cuerpo de los mamíferos, a menos que sean protegidas por un ingrediente que contenga inhibidores de la aminooxidasa. ¿Cómo pudieron, indígenas ignorantes, encontrar la interrelación de estas dos substancias, entre las 80.000 especies de sus bosques? ¿Y cómo se enteraron de que las triptaminas, en las hojas de estas plantas, cobraban actividad al ser ingeridas con una infusión preparada con la Banisteriopsis, rica en alcaloides ß-carbólicos?
Una peculiaridad similar, e igualmente extraordinaria, se relaciona con un rapé alucinógeno, preparado con el exudado rojo y resinoso de la corteza de ciertos árboles americanos de la familia de las Miristicáceas, conocidos como Virola. La corteza pulverizada contiene un alto porcentaje de triptaminas, más del 11%, del cual 8% corresponde al 5-metoxi-N, N-dimetiltriptamina, de gran poder psicoactivo. Estos alcaloides triptamínicos pueden ser, por su puesto, utilizados en forma de rapé. El autor descubrió sin embargo, que los Boras y los Witotos de Colombia y Perú, no utilizan estas plantas narcóticas en esta forma sino que con ellas preparan píldoras, sin otro aditivo que una cubierta superficial inerte de ceniza. ¿Cómo pueden entonces, activarse las triptaminas, recibidas por vía oral?. Un análisis químico más detallado permitió detectar en el exhudado resinoso, trazas de ß-carbólicos, que, por su puesto, sirven como inhibidores incorporados de la monoaminooxidasa.
Este género de Virola tiene otras aplicaciones de interés quimiofarmacológico. Numerosas tribus de la Amazonia colombiana, aplican su exudado resinoso fresco en las infecciones fungosas de la piel con buenos resultados, que pueden llegar a ser curativos u obrar como simples paliativos. En dos oportunidades el autor envió muestras de la corteza de Virola desecada para su análisis en laboratorios del exterior, sin que se encontrara ningún agente fungicida en las muestras. Trabajos químicos recientes, efectuados en el Brasil, sobre muestras frescas de corteza, han permitido aislar varios componentes -lígnicos y neolígnicos- que pueden explicar la actividad antifungosa del vegetal. Probablemente, la corteza expuesta al secado bajo el sol del trópico pudo haber alterado su composición química, quizás a causa de acciones enzimáticas.
Uno de los fenómenos etnofarmacológicos aún no explicados, es la habilidad de algunos indígenas del noroeste amazónico, para distinguir visualmete, en medio del bosque, a menudo a gran distancia, diferencias en las plantas, que aún para el más experto taxonomista botánico, pasarían desapercibidas. Dos ejemplos servirán para ilustrar esta asombrosa familiaridad del indígena con las plantas que utiliza.
El yoco es un bejuco rico en cafeína, que se encuentra en el extremo occidental de la Amazonia, en tierras de Colombia y Ecuador. Su denominación técnica es Paullinia yoco, de la familia de las Sapindáceas. Su alto contenido de cafeína (3%), está localizado en la corteza, de la que los Kofanes, Sionas, Inganos y otros indígenas colombianos y ecuatorianos preparan una bebida fría, que se toma temprano en la mañana como fuerte estimulante. Estos aborígenes distinguen y denominan, por lo menos, nueve “variedades” de esta planta, algunas de ellas reputadas como “más potentes”, otras utilizadas para diversos propósitos (su ingestión en los días dedicados a la caza), y otras más, calificadas como “inferiores”. El autor ha investigado personalmente el yoco durante muchos años, y otros botánicos han coleccionado especímenes de las diferentes “variedades”, sin que ninguno haya podido detectar diferencia morfológica alguna. Es posible que las diferencias se deban a ejemplares de la planta de más o menos edad, a adaptaciones ecológicas especiales, a variaciones químicas de los principios activos de la planta, o a otras causa; pero el hecho es que el indígena que recolecta una variedad determinada para el coleccionista, jamás se equivoca, sin que le sean necesarias comprobaciones táctiles o gustativas, a menudo señalando el tronco de la liana desde una distancia de muchos metros, sin que haya podido ver sus hojas, generalmente fuera del alcance de su vista en lo alto del dosel del bosque. No se ha presentado aún oportunidad propicia para analizar la corteza de estas diferentes variedades, y aún si se llegaran a conocer las diferencias químicas existentes entre ellas, la cuestión subsiste: ¿Cúal es la facultad que permite al indígena la rápida identificación de las lianas salvajes del bosque?
Otro ejemplo, aún más sorprendente, se refiere a la identificación de las distintas variantes de la liana narcótica yajé, Banisteriopsis caapi. En el Vaupés colombiano, los Kubeos, Tukanos, Barasanas, Makunas y otras tribus, tienen nombres para las distintas “clases” y aplicaciones de la Banisteriopsis caapi. Y, como en el caso anterior, los científicos no encuentran características morfológicas que les permitan diferenciar estas clases, a pesar de que el indígena puede distinguirlas a simple vista. Los nativos diferencian estas clases, en primer lugar, por sus efectos biodinámicos, aunque insisten en que para su correcta identificación, deben tener en cuenta la naturaleza del suelo; si la liana crece en lo espeso del bosque, o cerca a lugares despejados; si la zona en que se encuentra es lugar sagrado o embrujado; a que distancia está la planta de un río o de una cascada, edad y grosor del tallo; parte de la planta de donde deben tomar el material vegetal; y si la bebida que con este va a preparase será consumida en un ritual curativo, o en una ceremonia magico-religiosa, entre muchas otras particularidades y condiciones. Hasta el método mismo para preparar la poción embriagante debe corresponder a la clase de planta utilizada. Aún más, los efectos que la poción producirá varían radicalmente: los colores de los objetos que se perciben durante las alucinaciones pueden cambiar según el bebedizo; ciertas “clases” de éste propician una más fácil comunicación con los antepasados, o con fuerzas espirituales favorables; otras, confieren al “payé” poderes para diagnosticar más fácilmente una enfermedad y producir la receta curativa apropiada; todavía otras, según la creencia aborígen, hacen que la profecía de acontecimientos venideros resulte más acertada. Sin duda, hay mucho de superstición en este método de clasificar y utilizar el vegetal narcótico, sin embargo, existen suficientes coincidencias entre numerosas tribus indígenas, y bastantes factores de reto involucrados en el proceso, para justificar una intensa investigación etnológica, botánica y química de los métodos de diferenciación y reconocimiento de las diversas clases de Banisteriopsis caapi.
La América del Sur -en especial el Amazonas- es el centro mundial de las ponzoñas para flechas, aunque otros pueblos del mundo han conocido el uso mortífero de flechas y dardos envenenados. Con todo, y a pesar de la extraordinaria acumulación de investigaciones dedicadas al estudio de los curares, o venenos para flechas, en los últimos cincuenta años, parece que el conocimiento de los componentes y mezclas de las fórmulas, a menudo, complicadas en extremo, es todavía incipiente. Esta deficiencia de conocimientos es notoria por la incapacidad de explicar el papel desempeñado por los múltiples aditivos incorporados a las mezclas de plantas tóxicas. ¿Cuáles de estos aditivos incrementan la toxicidad de los ingredientes venenosos; cuáles refuerzan la capacidad de la mezcla para adherirse a los dardos; cuáles propician la difusión de los venenos bioactivos en el torrente sanguíneo de la víctima; cuáles confieren cualidades sinergísticas a los componentes de la mezcla; y, finalmente, cuáles son agregados sólo por razones mágicas o supersticiosas?
Mucha parte de las investigaciones realizadas -en realidad casi toda- se ha limitado a algunos géneros de Menispermáceas -Abuta, Chondrodendron, Curarea, Sciadotecnia y Telitoxicum- y al género Strycnos de las Loganiáceas, todos ellos componentes básicos de los curares amazónicos. Pero se han descubierto muchas otras plantas utilizadas, ya individualmente, ya mezcladas, en la preparación de venenos menores para flechas, muy pocas de ellas estudiadas químicamente.
El género Ormosia de las Leguminosas, rico en alcaloides, en especial la O. machrophyla, que contiene un ingrediente del veneno para flechas, merece estudio prioritario. Los indios Kofanes de Colombia y Ecuador, que parecen ser los que utilizan la mayor variedad de plantas en sus mezclas de venenos para flechas, preparan su más efectiva y apreciada fórmula de curare, a base del fruto y de las raíces de la thymeliácea Schoenobiblus peruvianus, sin mezcla ninguna. Esta planta, además, se utiliza como veneno para peces entre estos indios. Aunque los derivados de la cumarina son conocidos como provenientes de las Thymeliáceas, no existen pruebas de que sean empleados para matar animales. Estos indígenas recurren también en sus mezclas a los frutos de la Unonopsis veneficiorum de las Anonáceas, según informe de von Martius sobre el río Caquetá, escrito a finales del siglo pasado. Los Barasanas del Vaupés colombiano, todavía preparan uno de sus mejores curares con la corteza de este árbol. Y aunque el Unonopsis fue reconocido como componente del curare hace ya cientocincuenta años, su contenido en alcaloides no fue definido sino en 1959. Es interesante que los indios del Vaupés todavía utilizan especies cercanas de la familia Guatteria, ricas en alcaloides, como ingredientes en la preparación de venenos menores. Los Kofanes tienen en gran estima la corteza de otro arbusto anonáceo -una especie de Anaxagórea- para preparar un tipo de curare. Se sabe que una especie de este género, nativa de las Filipinas, produce cianosis. Los indios Waika del norte del Brasil, enherbolan la punta de sus flechas con el exudado resinoso de la corteza de la Virola theiodora, la misma exudación rica en triptaminas, ingrediente de sus bebedizos alucinógenos; y aunque estos nativos preparan un curare basado en los Estrychnos, parece que la exudación de la Virola, sin mezcla de otras substancias, es su veneno preferido. Ninguna substancia química, capaz de obrar como curare, ha sido aislada de la planta. Un informe muy sugestivo sobre una planta para curare se refiere al uso que hacen los indios Macú del río Piriparaná, de la corteza de la Vochysia columbiensis. Estos indios nómades, que tienen fama en la Amazonia colombiana, de preparar el curare más potente, consideran la Vochysia -que parecen emplear sin mezcla distinta a las hojas de Urospatha- como su componente más activo. Sin embargo nuestros conocimientos sobre las substancias químicas que contienen las Vochysiáceas son casi nulos. Como ocurre con el curare, la cuenca amazónica parece ser la región donde se encuentra el mayor número de plantas ictiotóxicas. Y a pesar de que los más comunes de estos tóxicos pertenecen al género Lonchocarpus, (barbasco), Phyllanthus (barbasquillo), y Tephrosia, son muchas las plantas utilizadas en regiones remotas como venenos menores para la captura de peces, en tiempos de emergencia alimenticia, o cuando la adquisición de venenos mayores se dificulta por alguna circunstancia. Un curioso veneno de este género es preparado por los indios del Vaupés, con las hojas de la arácea Philodendron crasspedodromum. Sus hojas, atadas en haces, se ponen a fermentar durante varios días y luego, maceradas y arrojadas en aguas tranquilas. Los Kofanes mezclan las hojas de la Phytolacca rivinoides con las del Phyllanthus. En el río Kuduyarí, el arbusto Conomorpha lithophyta de las Mirsináceas, es utilizado para la pesca; y es interesante que otra especie emparentada con las de este género, se utilice como veneno potente para la pesca, en la Guayana Inglesa. Entre las varias tribus del río Vaupés, la pulpa del fruto de una especie de Caryocar, muy rico en saponinas, se usa mezclada con lodo para atontar los peces. Los Witotos arrojan al agua la corteza triturada de la Rourea glabra, con el mismo propósito. Los Tikunas del río Loretoyacú, dejan secar la pulpa del voluminoso fruto de la bombácea Patinoa icthyotoxica, y la conservan seca durante todo el año, como veneno menor que utilizan para la pesca en cortas excursiones en canoa. Hasta hoy, nada se conoce de la constitución química biodinámica de esta pulpa. Los indios Waorani del Ecuador, tienen en gran aprecio la corteza de la Bignoniácea Minquartia guianensis, como planta ictiotóxica. El Anthodiscus obovatus y el A. peruviensis se utilizan también como tóxicos para la pesca en el Amazonas colombiano. Poco se conoce todavía del contenido químico de las Connaráceas Connarus opacus y C. sprucei, aprovechados como ictiotóxicos; la química de las connaráceas, en general, es bastante desconocida, y esta familia, sin duda, representa una de las áreas de las angiospermas en la que los fitoquímicos deberían concentrar su atención.
Entre los vegetales más apreciados como insecticidas, o como repelentes de insectos, se encuentran varias especies que merecen un estudio detenido. Quizás la más interesante es una maleza leguminosa arbustiva muy común, del género Cassia, vulgarmente conocida como “yerba pulga”. Los indios de varias tribus del Vaupés espolvorean sus vestidos y hamacas con sus hojas secas y molidas.
Las plantas utilizadas en medicina son demasiado numerosas para ser detalladas aquí, pero unas cuantas son lo suficientemente interesantes para merecer una descripción más amplia.
Los curanderos Makunas y otros, cultivan la Cayaponia ophthalmica, una Cucurbitácea, preparando con sus hojas un lavado ocular como remedio de la conjuntivitis, común entre los indígenas, con buenos resultados; otros vegetales con propiedades semejantes, y también eficaces al parecer, son dos lianas de las Malpighiáceas, la Hiraea apaporiensis y la H. schultesii. Al respecto, un estudio etnobotánico reciente sobre la Martinella, un género de las Bignoniáceas, que incluye varias especies que se encuentran desde México hasta el Amazonas, es de gran importancia; un extracto de la raíz de la Martinella obovata, es de uso muy difundido entre grupos aborígenes de Norte y Sur América, como remedio ocular. Existen numerosas referencias sobre su uso en estudios botánicos procedentes de regiones muy apartadas unas de otras. Estas referencias, según los autores de los estudios, suministran “pruebas convincentes de que la Martinella posee propiedades curativas importantes”, que justifican su estudio químico y su evaluación clínica. En sus estudios etnobotánicos personales, el autor ha hallado que los indios Barasanas usan la corteza de esta planta como febrífugo pero en relación con sus aplicaciones como medicamento oftálmico, sus anotaciones indican que otra liana Bignoniácea, emparentada con aquella, la Arrabidaea xanthophylla, es apreciada en el Vaupés como tratamiento en las conjuntivitis.
La incidencia del parasitísmo intestinal es alta, y son muchas las plantas consideradas como vermífugos eficaces. Entre las substancias vermífugas más notables se encuentra un aceite extraído de las semillas de dos árboles de las leguminosas, el Monopteryx angustifolia y el M. uaucu, así como la infusión de la corteza del Corynostylis volubilis, una violácea. Muchas especies de Ficus son utilizadas con el mismo propósito parasiticida.
Así mismo el autor ha encontrado que a varias plantas se les atribuyen propiedades contraceptivas, entre éstas el Philodendron dyscarpium, la Urospatha antisyleptica y el Anthurium tessmannii -todas ellas de las Aráceas y apreciadas como contraceptivas. Los Bara-Macú del río Piriparaná en Colombia llaman a la Pourouma cecropiaefolia, ui-uit-cattu, que significa “medicina de no niños”; raspaduras de sus raíces son deshechas en agua, y el líquido resultante administrado a las mujeres, en quienes, según los nativos producen esterilidad permanente.
Un abortivo interesante que se tiene por altamente eficaz entre los indios Mcú, se prepara con las hojas de la Vochysia lomatophylla, sumergidas en chicha caliente producida, a su vez, de la fermentación suave de la yuca amarga, Manihot esculenta. La misma especie abortiva es usada por los indios Campa del Perú, como contraceptivo.
Como es fácil imaginar, los vegetales utilizados como febrífugos son legión. Los que parecen justificar un especial interés químico y farmacológico son las solanáceas Brunfelsia grandiflora y B. chiricaspi, cuyos compuestos químicos son en extremo complejos, y aún están lejos de ser comprendidos a cabalidad. Otros febrífugos importantes son, entre las Malpighiáceas, la Tetrapteris styloptera; entre las Apocináceas la Aspidosperma schultesii, la Himatnathus bracteatus y la H. phagendoenicus. Una fórmula interesante de pócima vermífuga, se obtiene hirviendo en agua las cortezas de la Menispermácea Adontocarya tripetala y de la Sapotácea Matisia cordata con los frutos del Capsicum annuum.
Varias especies de plantas se utilizan como hemostáticos, para detener hemorragias causadas por heridas; entre éstas la Helosis guianensis de las Balanoforáceas. Para detener las hemorragias nasales, la Costus erythrocoryne y la Quiina leptoclada de las Zingiberáceas y Quiináceas, respectivamente.
Diversas infecciones de la piel, tales como ulceraciones y heridas de curación lenta, son tra-tadas con cataplasmas de cenizas provenientes de varias especies de Tetrapteris, mezcladas con un aceite generalmente extraído de los frutos de la palma Jessenia bataua. Las hojas picadas y her-vidas de la Mascagnia glandulifera (Malpighiáceas), aplicadas en emplasto sobre los forúnculos, se dice que los hace “madurar” más pronto.
Existen numerosas especies valiosas para el tratamiento de enfermedades de la piel, de posible origen fungoso, dolencia muy común en la humedad del trópico. Se utilizan para ello el exudado resinoso de la Compsoneura debilis, y el de varias especies de Iryanthera, Dialyanthera y Virola, (especialmente de la Virola theiodora), todas de las Miristicáceas; así como, por lo menos, dos especies del género Vismia, de las Gutíferas -Vismia angustifolia y V. guianensis- que secretan una resina rojiza. La goma extraída de los seudobulbos de la abundante orquídea Eriopis sceptrum; las infusiones de corteza de varias especies de Vochysia; la infusión de hojas de la Souroubea crassipetala (Marcgraviácea); y la corteza pulverizada de Calycophyllum acreanum y C. spruceanum (Rubiáceas), son todas empleadas con el mismo propósito. Un cocimiento caliente de las hojas de la Arácea Anthurium crassinervium variedad caatingae, es empleada por los Kubeos para el lavado de los oidos afectados por infecciones de probable origen fungoso.
Una de las plantas más comúnmente usadas por los Makunas es la malpighiácea Mezia includens, cuya raíz triturada, remojada en agua, en la que se ha agregado “fariña” de Manihot esculenta, y reposada por algunas horas, es un laxante poderoso. Las hojas hervidas de esta planta producen una enérgica infusión emética; y cuando se aplican en cataplasma sobre el abdomen, parecen tener efecto curativo sobre una dolencia seria, tal vez la hepatitis. A pesar de su toxicidad, la Aristolochia medicinalis es administrada como infusión en el Vaupés entre los Kubeos, para calmar ataques, quizás de origen epiléptico. El tratamiento, según se dice, puede, a veces, resultar peor que la enfermedad, ya que la ingestión de la pócima, si no es administrada con gran precaución, puede producir locura permanente. Otra planta que se usa como una forma de tranquilizante es la miristicácea Compsoneura capitellata, cuyas hojas y retoños tiernos preparados en infusión, calman la agitación del paciente, cuando, al decir de los indios, “se enloquece y tiembla todo”.
El número de plantas reputadas como de gran efectividad en el tratamiento de problemas tan frecuentes como los dolores reumáticos y artríticos, las diarreas y disenterías, úlceras de la boca, llagas infectadas, dolores en el pecho, edema, tos persistente y otras dolencias pulmonares, debilidad causada por la vejez y una multitud de otros problemas físicos y anormalidades patológicas, es excepcionalmente extenso.
Considero que sería económicamente productivo, aplicar los datos etnobotánicos y conocimientos quimotóxicos que poseemos, en programas de investigación fitoquímica. La búsqueda de nuevos componentes biodinámicos en zonas del Reino Vegetal conocidas como poseedoras de abundantes substancias activas en este campo, constituye, sin lugar a dudas, un excelente derrotero para la investigación. Aprovechar los conocimientos que las comunidades aborígenes han acumulado en el transcurso de los siglos, puede proporcionar a la ciencia moderna, una especie de “atajo”, que le permita decidir, con mayor rapidez, cuáles, entre las 500.000, o más especies vegetales del mundo, requieren, con urgencia, ser investigadas. Porque, si los químicos tienen que dedicarse a analizar, una por una, las 80.000 especies vegetales del Amazonas, es probable que el programa se quede inconcluso. Por lo tanto, conviene aprovechar el cúmulo de conocimientos en poder de payés, brujos y curanderos de las llamadas sociedades primitivas del mundo.
Este breve resumen dará al lector un indicio, aunque muy superficial, del tesoro de conocimientos etnobotánicos de los indígenas de la Amazonia colombiana. El convencimiento de lo acertado de esta actitud, y la convicción de que mucho de este conocimiento está en camino de desaparecer, aún más rápidamente que las plantas mismas, son base indispensable para el lanzamiento de una nueva ofensiva de preservación y defensa de la etnobotánica.
En las páginas precedentes, se ha hecho mención de la etnofarmacología, como el estudio de las plantas nativas medicinales. Pero más exactamente, ?qué es la etnofarmacología? Esta ciencia hace referencia, por supuesto, a una serie de disciplinas interesantes, en el campo médico y seudomédico, relacionadas con la utilización de las plantas en sociedades prehistóricas e iletradas.
Una publicación muy reciente titulada “Etnofarmacología: Un desafío”, presenta una breve definición de esta ciencia como “la observación, identificación, descripción e investigación experimental, de los ingredientes y efectos de los medicamentos nativos”. Los autores de la publicación, químicos ambos, explican además que “la etnofarmacología no es sólo una ciencia del pasado, que utiliza métodos anticuados. Es, en realidad, un eje científico esencial para el desarrollo de una terapéutica dinámica, basada en la medicina tradicional de varios grupos étnicos. A pesar de no ser tenida en alta estima actualmente”, -agregan los autores-, “es un reto para los farmacólogos modernos”. “El propósito final de la etnofarmacología, es la validación (o invalidación) de los preparados medicinales tradicionales, ya por medio del aislamiento de sus substancias activas, ya por medio de nuevos descubrimientos farmacológicos”. Persiste, no obstante, el hecho de que sólo la tenaz labor de campo, evitará la desaparición del conocimiento etnofarmacológico, y que deben tomarse, medidas para la preservación botánica y etnobotánica, con urgencia inmediata, si se quiere preservar este conocimiento para un exámen posterior más crítico y profundo.
Y quedamos, así, con la incontrovertible realidad de que el Reino Vegetal sigue siendo un venero riquísimo, y en gran parte inexplotado, para los científicos interesados en el hallazgo de nuevos compuestos con actividad biológica, que en silencio, esperan todavía ser descubiertos. El Reino Vegetal, en otras palabras, es un verdadero emporio de substancias químicas, muchas de ellas dotadas de propiedades biodinámicas, otras con un potencial indudable como valiosos agentes terapéuticos, o como elementos básicos para nuevos compuestos semisintéticos.
La industria farmacéutica de los Estados Unidos ha alcanzado, en el campo de los preparados sólamente, ventas anuales de tres mil millones de dólares (US$3.000.000.000), con medicamentos derivados, originalmente, de especies vegetales, muchos de ellos descubiertos, cuando eran aplicados en grupos aborígenes iletrados en algún lugar del globo. ?Es lógico que continuemos descuidando este precioso y abundante tesoro de conocimientos, relegando la etnobotánica, que es la clave para acceder a é, en beneficio de la humanidad?
Los estudios etnobotánicos de la Amazonia colombiana han tenido un comienzo exitoso, pero queda aún mucho por investigar. Es una fortuna que Colombia esté preparando etnobótanicos capaces -orientados tanto hacia el campo biológico como al antropológico- con el fin de propiciar una mayor actividad exploratoria, antes de que se haga demasiado tarde. A pesar del hecho de que los aborígenes de gran parte de las comisarías de la cuenca amazonica, han tenido contacto con misioneros religiosos y promotores comerciales, y de que muchas de las tribus han padecido, en el pasado, una explotación implacable, llegando casi al aniquilamiento, (como ocurrió a manos de la Casa Arana del Perú, durante la llamada “fiebre del caucho”), han demostrado siempre profundo orgullo de su raza y tradiciones, conservando un gran respeto por sus conocimientos ancestrales etnobotánicos y por las creencias primitivas sobre su origen, su relación con la naturaleza y su habilidad para la utilización del medio botánico y zoológico que los rodea. Además, el indígena es, por la fuerza de los hechos, un conservacionista innato, de modo que sólo abre la selva en cuanto es estrictamente necesario para sus prácticas agrícolas.
Antiguos y esporádicos informes etnobótanicos se encuentran en los escritos del botánico alemán Theodor von Martius; del naturalista británico Richard Spruce y de Alfred Ruseell Wallace; del geógrafo británico Thomas Wiffen; del viajero norteamericano W. E. Hardenburg, uno de los primeros en denunciar las atrocidades de la Casa Arana, y quién incluyó en su libro un invaluable aporte de anotaciones etnobotánicas; y, finalmente, del viajero francés Crévaux.
Durante la primera década de este siglo, el antropólogo alemán Theodor Koch-Grünberg, pasó largos períodos en el Vaupés colombiano, y escribió un detallado estudio, en dos volúmenes, de los indios de la reigión; esta obra contiene un extraordinario acopio de anotaciones de interés etnobótanico.
En los extensos escritos antropológicos del R. padre Marcelino de Castelví, ya fallecido, misionero capuchino que vivió en Sibundoy, se encuentran, aquí y allá, referencias etnobotánicas importantes.
Otros miembros de esta orden, en particular el finado R. Gaspar de Pinelli y sus misioneros, hicieron numerosas observaciones de importancia etnobotánica en sus escritos.
El explorador y botánico belga Florent Claes, visitó los indios Witotos y Koreguajes a comienzos de la década de 1920, publicando, más tarde, un informe en el que incluyó observaciones de gran interés etnobótanico, en particular sobre el “yajé” y el “yoco”.
En la década de 1930, el famoso botánico colombiano Enrique Pérez Arbeláez, publicó la primera de cuatro ediciones de su obra Plantas útiles de Colombia, un trabajo repleto de anotaciones etnobótanicas, muchas de ellas relacionadas con la Amazonia. En los años 70, el notable botánico y coleccionista Hernando García Barriga, publicó su tratado Flora medicinal de Colombia, en tres volúmenes, rico en informaciones etnobotánicas, muchas de las cuáles fueron fruto de sus observaciones personales, en especial, de la región del Vaupés.
En el curso de los años 30 y 40, Boris Krukoff y sus compañeros de trabajo, condujeron estudios detallados sobre el veneno utilizado en sus flechas por los indígenas; y aunque muchas de sus investigaciones fueron hechas en el Brasil, abundan las referencias a las fórmulas de curare de los indios de la Amazonia colombiana.
Un informe olvidado, reproducido en copia mimeográfica, sobre los indios Tikunas del trapecio amazónico, fué escrito en 1936 por la etnógrafa colombiana Gloria Fajardo.
El botánico norteamericano Paul Allen, mientras trabajaba en el programa de emergencia para el abastecimiento del caucho, durante la segunda guerra mundial, publicó, en 1947, un ensayo importante sobre los indios del Vaupés.
En 1959, el etnobótanico Néstor Uscátegui, publicó los resultados de una completa investigación acerca del uso y distribución de narcóticos y estimulantes por los indígenas colombianos. Más adelante, se unió a una expedición al Vaupés, organizada por dos escritores británicos, Brian Moser y Donald Taylor, que condujo a la divulgación de numerosos datos etnobótanicos de interés, en un libro sobre los indígenas del río Piraparaná, con especial énfasis en el consumo de coca. En ese mismo año, el etnólogo colombiano Mark Fulop, preparó un ensayo sobre su investigación de la cultura Tukana, con datos interesantes sobre las creencias de los nativos en relación con el orígen de la coca y del tabaco.
Homer Pinkley, graduado de la Universidad de Harvard, en los últimos años de la década del 60, condujo investigaciones etnobótanicas entre los indios Kofanes, y aunque gran parte de su trabajo se llevó a cabo entre los indígenas ecuatorianos, parte de éste se relacionó con los Kofanes residentes en la Comisaría del Putumayo, principalmente a lo largo de los ríos Sucumbíos y Guaumués.
La etnobotánica del Valle de Sibundoy, excepcionalmente rica, fue estudiada, en primer lugar, por Hernando García Barriga, a raíz de su expedición para recoger muestras de ejemplares botánicos en la década de los 50, en esta interesantísima zona. En 1953, Silvio Yepes, publicó una amplia Introducción a la etnobotánica colombiana, que se apoyaba en los datos obtenidos durante sus exploraciones en Sibundoy.
En los primeros años de la década de los 60, Melvin Bristol pasó un año entero en Sibundoy, y escribió su valiosa tesis para optar el doctorado en filosofía en la Universidad de Harvard, con el tema de Etnobotánica de Sibundoy, trabajó basado en la información recogida durante un año de residencia en el lugar. Como secuelas a su instructiva tesis, publicó una serie de ensayos dedicados a plantas exóticas de la región, a sus aplicaciones, y a la descripción de las prácticas agrícolas nativas de Sibundoy. Un indígena Kamsá de Sibundoy, Pedro Juajibioy, entrenado primero por R. E. Schultes en 1941, y más tarde por Bristol y otros botánicos de paso, ha puesto todo su interés en la etnobotánica local, especialmente en plantas medicinales, y ha fundado y sostenido un jardín donde cultiva las plantas que utilizan los curanderos de Sibundoy en sus prácticas.
El misionero Alves da Silva Brüzi, que vivió entre los Tukanos del Brasil, muy cerca de la frontera con el Vaupés colombiano, publicó un libro importante en 1962, acerca de la civilización de los aborígenes de la zona, en el que se encuentran muchos datos etnobotánicos importantes.
Otro trabajo notable fue impreso en 1964: la monografía de Irving Goldman sobre los Kubeos del Vaupés. Un significativo aporte de datos etnobotánicos se encuentra en sus escritos etnográficos.
En 1969, la antropóloga venezolana Haydee Seijas, sacó a luz un estudio sobre etnomedicina de los indios sibundoyes.
Una útil reseña bibliográfica sobre el curare apareció en 1967 y 1968, preparada por Jeannine Sujo.
Los años de las décadas de los 70 y 80, fuerón época de intensificación de estudios etnobotánicos y de publicaciones referentes a la Amazonia colombiana.
El antropólogo inglés Stephen Hug-Jones, llevó a cabo extensas investigaciones entre los indios barasanas del río Piraparaná, en los años 70, publicando profusa información etnobotánica de mucho interés. Otro antropólogo británico, Peter Silverwood-Cope, trabajando con los indígenas macú del río Piraparaná, coleccionó una serie de plantas medicinales utilizadas por esta tribu, excepcionalmente primitiva, también de sumo intéres.
Entre las principales contribuciones a la etnología de los indios Tukanos del Vaupés, debe mencionarse la extraordinaria serie de publicaciones del antropólogo colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff. Sus investigaciones han profundizado más que la mayoría de los estudios antropológicos anteriores, en cuanto parecen penetrar hasta el “fondo del alma” indígena, trantando de explicar, con gran sensibilidad, el sentir nativo del indio, haciéndolo comprensible al hombre de culturas occidentales. Sus contribuciones a la etnobotánica de la Amazonia colombiana, lo califican como un etnobotánico eminente.
El antropólogo colombiano Camilo Dominguez, examinó ciertos aspectos de la agricultura nativa del bajo Apaporis. Y en el transcurso de los años 70 y siguientes, la nutricionista norteamericana Dorna L. Dufour especializada en los Estados Unidos, estudio las plantas alimenticias características de los indios del Vaupés.
En el libro Alucinógenos y chamanismo, editado en 1973 por el antropológo norteamericano Michael Harner, hay numerosas referencias etnobotánicas, relacionadas, principalmente, con la planta psicoactiva “caapi”.
El etnógrafo norteamericano E. Jean Langdon, publicó varios escritos etnobotánicos valiosos, basados en sus trabajos investigativos con los sionas del Putumayo, durante los años 70.
En la década de los 70, un graduando de la Universidad de Harvard, Tommie Lockwood, durante sus estudios de campo en Suramérica, sobre la taxonomía de la Brugmansia, llevó a cabo una serie de observaciones etnobotánicas importantes en los Andes y en la Amazonia, sobre los usos y efectos de este género de plantas psicoactivas. Otro graduando de Harvard, James Zarucchi, perfeccionando sus estudios de taxonomía sobre plantas de la familia Apocináceas, en el Vaupés, en los últimos años de la década de los 70, realizó varias observaciones interesantes; una, en especial, que transcribió en su informe sobre una nueva planta comestible llamada localmente”ijapichuna”.
Las perspicaces observaciones en los años 70, del finado botánico norteaméricano Timothy Plowman, contribuyeron con nuevos e importantes datos al conocimiento del uso de la coca y de varias especies del género narcótico Brunfelsia.
En 1975 y 1976, Angel Herrera publicó interesantísima información sobre mitos indígenas de los matapies del río Miritiparaná, relacionada con numerosas plantas.
Una documentada comparación entre las prácticas medicinales de la Amazonia y las de la medicina clásica, fue publicada en 1986 por Horacio Calle.
Los años 70 presenciaron la intensa labor investigativa de Patricio y Elizabeth von Hildebrand en los ríos Caquetá y Miritiparaná, que incluyó notables estudios basados en trabajos de campo, teniendo como telón de fondo el interés por la conservación del medio ambiente; estos trabajos fueron ampliados más tarde. La interesante publicación sobre los petroglífos del río Caquetá y sobre las plantas usadas por los Tanimukas, constituyen contribuciones muy valiosas.
En el decurso de los años 80, la Corporación de Araracuara patrocinó la investigación etnobotánica de la región Caquetá-Amazonas. En 1982 apareció el informe de Luis Enrique Acero sobre las propiedades y aplicaciones de las plantas de la Amazonia colombiana, que fue seguido por las investigaciones etnobotánicas de Constanza La Rotta, realizadas entre los Andokes y los Mirañas, estudios que aparecieron en 1983 y 1988 respectivamente, y que fueron el resultado del trabajo de la autora con estas tribus indígenas.
Un estudio sobresaliente sobre el tabaco y el chamanismo en Suramérica, publicado en 1987 por el antropólogo Johannes Wilbert, contiene numerosas referencias etnobotánicas concernientes a la Amazonia colombiana. En 1987, Pablo Palacios escribió un breve análisis sobre algunas plantas utilizadas por los Andokes, Witotos y mirañas del río Caquetá.
En 1983, un excelente trabajo de tesis basado en trabajos de campo, fue publicado por Linda Glenboski, con el auspicio de la Universidad Nacional de Colombia, sobre la etnobotánica de los indios Tikunas del trapecio amazónico.
Desde 1941 hasta el presente, el autor ha estado dedicado a la exploración etnobotánica en varias Comisarías de la región amazónica colombiana. Su mayor interés se ha dirigido a las plantas medicinales, alucinógenas y tóxicas de la región. Ha colaborado con botánicos colombianos y ha entrenado a sus alumnos de Harvard, y a estudiantes colombianos, en técnicas de campo. Sus aportes investigativos más notables se relacionan con la investigación del “yoco” del Putumayo, planta rica en cafeína, y con el descubrimiento de varias plantas alucinógenas, entre muchas otras observaciones en el campo de la etnobotánica médica y toxicológica. Más de 1500 especies de plantas medicinales y venenosas empleadas por muchas de las numerosas tribus, han sido registradas por el autor, con la correspondiente comprobación de especímenes certificados del herbario recolectado y preservado por él, que registra, en muchos casos, los nombres de las plantas en varios dialectos nativos. Estas investigaciones han sido relacionadas en más de 45 artículos y en varios volúmenes separados.
Sin lugar a dudas, una de las más destacadas contribuciones a la etnobotánica de Colombia -en especial de las regiones amazónicas- ha sido la obra múltiple de Victor Manuel Patiño, quién ha hecho un profundo estudio de la antigua literatura existente sobre el tema, sacando a la luz datos etnobotánicos contenidos en los escritos de los primeros científicos europeos que entraron en contacto con los pobladores nativos de la Amazonia. Su reciente y utilísima publicación, contiene la lista biográfica de autores de temas etnobotánicos de Colombia y países vecinos, que está destinada a ser un estímulo de valor incalculable, en relación con futuras investigaciones etnobotánicas en la Amazonia colombiana.
Esta breve reseña sobre el tema, así como la enumeración de los trabajos de investigación dedicados a la etnobotánica de la región amazónica de Colombia, son suficientes para demostrar los grandes avances que han tenido lugar en esta ciencia en territorio colombiano. Ellos son también, guía alentadora para futuras exploraciones, y modelo que deben seguir, no sólo las demás naciones amazónicas, sino todos aquellos países que aún poséen grandes extensiones de selva húmeda tropical, habitados por pobladores aborígenes.
Porque, como lo expresó S.M. el Principe Felipe de Inglaterra, “Las selvas tropicales y sus habitantes aborígenes, están seriamente amenazados por el ataque del hombre civilizado, y resulta tristemente inevitable, que muchas de sus valiosas especies vegetales, así como las tribus indígenas que conocen su utilización, van, rápidamente, camino de su desaparición definitiva”.
No es posible siquiera imaginar las aplicaciones que podrán ser encontradas en el futuro, para los miles de géneros vegetales de la flora amazónica.Por el bien de nuestros descendientes, por el progreso de la civilización, y, quizáa también, por la supervivencia de la especie humana, es conveniente -mejor, es imperativo-, que protejamos este don no-renovable de la Naturaleza, preservando los conocimientos aborígenes etnobotánicos y sus aplicaciones para bien del género humano.