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- Wayuú. Cultura del desierto colombiano (1998)
- Semana Santa en Popayán (1999)
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- Juan Montoya (1998)
- Aves de Colombia. Grabados iluminados del Siglo XVIII (1993)
- Alta Colombia. El esplendor de la montaña (1996)
- Artefactos. Objetos artesanales de Colombia (1992)
- Carros. El automovil en Colombia (1995)
- Espacios Comerciales. Colombia (1994)
- Cerros de Bogotá (2000)
- El Terremoto de San Salvador. Narración de un superviviente (2001)
- Manolo Valdés. La intemporalidad del arte (1999)
- Casa de Hacienda. Arquitectura en el campo colombiano (1997)
- Fiestas. Celebraciones y Ritos de Colombia (1995)
- Costa Rica. Pura Vida (2001)
- Luis Restrepo. Arquitectura (2001)
- Ana Mercedes Hoyos. Palenque (2001)
- La Moneda en Colombia (2001)
- Jardines de Colombia (1996)
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- La ruta de Humboldt. Colombia - Venezuela (1994)
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- Herederos de los Incas (1996)
- Casa Moderna. Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana (1996)
- Bogotá desde el aire (1994)
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- El arte de la cocina japonesa (1996)
- Botero Dibujos (1999)
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- Conflicto amazónico. 1932-1934 (1994)
- Débora Arango. Museo de Arte Moderno de Medellín (1986)
- La Sabana de Bogotá (1988)
- Casas de Embajada en Washington D.C. (2004)
- XVI Bienal colombiana de Arquitectura 1998 (1998)
- Visiones del Siglo XX colombiano. A través de sus protagonistas ya muertos (2003)
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- Jacanamijoy (2003)
- Álvaro Barrera. Arquitectura y Restauración (2003)
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- Cartagena de Indias. Visión panorámica desde el aire (2003)
- Guadua. Arquitectura y Diseño (2003)
- Enrique Grau. Homenaje (2003)
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- Ignacio Gómez Jaramillo (2003)
- Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. 350 años (2003)
- Manos en el arte colombiano (2003)
- Historia de la Fotografía en Colombia. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1983)
- Arenas Betancourt. Un realista más allá del tiempo (1986)
- Los Figueroa. Aproximación a su época y a su pintura (1986)
- Andrés de Santa María (1985)
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- Manizales de ayer. Album de fotografías (1987)
- Ramírez Villamizar. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1984)
- La transformación de Bogotá (1982)
- Las fronteras azules de Colombia (1985)
- Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004 (2004)
- Gonzalo Ariza. Pinturas (1978)
- Grau. El pequeño viaje del Barón Von Humboldt (1977)
- Bogotá Viva (2004)
- Albergues del Libertador en Colombia. Banco de la República (1980)
- El Rey triste (1980)
- Gregorio Vásquez (1985)
- Ciclovías. Bogotá para el ciudadano (1983)
- Negret escultor. Homenaje (2004)
- Mefisto. Alberto Iriarte (2004)
- Suramericana. 60 Años de compromiso con la cultura (2004)
- Rostros de Colombia (1985)
- Flora de Los Andes. Cien especies del Altiplano Cundi-Boyacense (1984)
- Casa de Nariño (1985)
- Periodismo gráfico. Círculo de Periodistas de Bogotá (1984)
- Cien años de arte colombiano. 1886 - 1986 (1985)
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- Armando Villegas. Homenaje (2008)
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- Clemencia Echeverri. Sin respuesta (2009)
- Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias (2009)
- Agua. Riqueza de Colombia (2009)
- Volando Colombia. Paisajes (2009)
- Colombia en flor (2009)
- Medellín 360º. Cordial, Pujante y Bella (2009)
- Arte Internacional. Colección del Banco de la República (2009)
- Hugo Zapata (2009)
- Apalaanchi. Pescadores Wayuu (2009)
- Bogotá vuelo al pasado (2010)
- Grabados Antiguos de la Pontificia Universidad Javeriana. Colección Eduardo Ospina S. J. (2010)
- Orquídeas. Especies de Colombia (2010)
- Apartamentos. Bogotá (2010)
- Luis Caballero. Erótico (2010)
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- Aves en Colombia (2011)
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- El mundo del arte en San Agustín (2011)
- Cundinamarca. Corazón de Colombia (2011)
- El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei (2014)
- Artistas por la paz (1986)
- Reglamento de uniformes, insignias, condecoraciones y distintivos para el personal de la Policía Nacional (2009)
- Historia de Bogotá. Tomo I - Conquista y Colonia (2007)
- Historia de Bogotá. Tomo II - Siglo XIX (2007)
- Academia Colombiana de Jurisprudencia. 125 Años (2019)
- Duque, su presidencia (2022)
El mundo de la imagen

Dos de las estatuas del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. La figura del primer plano, una de las más realistas de toda la estatuaria, se ha descrito como un “guerrero” por el arma que lleva en la mano derecha. La del fondo se ha visto como la imagen de un chamán con un “cráneo trofeo” pendiente de su cuello. Pero estas afirmaciones generales solo dejan más preguntas que respuestas.
La dificultad de describir muchas estatuas se aprecia una vez más en lo que se ha dicho sobre esta escultura del Alto de Lavapatas, tallada en una placa triangular. Konrad Preuss la vio como “un animal echado, o más bien acurrucado, de manera poco natural, que quizá representa un perro”, y aún hoy es para muchos un “perro echado”. Luis Duque Gómez, por su parte, pensó que se trataba de una “rana”.
Un hecho notable de la arqueología del Macizo Colombiano es que, no obstante la importancia que se le ha dado en los estudios, de todos los animales representados en la estatuaria el menos frecuente es el jaguar. En la fauna real, aunque probablemente fue menos raro en la región en la época prehispánica que hoy, es un animal más propio de las selvas tropicales que del clima medio de San Agustín e Isnos.
La única figura de la estatuaria que podría identificarse como un jaguar es la representada en esta placa, muy desgastada, en parte incisa y en parte en relieve biplano, hallada en El Tablón. Muestra al animal de frente, parado sobre sus patas posteriores, y tiene la singular característica de ser la única en que las zarpas del animal están representadas con gran realismo, casi en el estilo de la ilustración zoológica.
El animal verdaderamente emblemático de la estatuaria es el mono. Es también el que aparece de modo más insistente, pues cerca de la mitad de todos los animales representados son monos. En esta página se muestra una de las caras de una estatua bifronte de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Ostensiblemente obeso, presenta los rasgos característicos del animal de la realidad.
Aunque en la mayoría de los casos las imágenes no permiten distinguir entre especies o géneros de monos, muy probablemente los modelos centrales de la estatuaria fueron el mono araña (Ateles spp.), el mono cotudo, aullador o colorado (Alouatta spp., demostrado en la foto) y el “mico maicero” o mono capuchino (Cebus spp.), todos ellos probablemente presentes en la fauna prehispánica de la región.
Figura del Alto de Lavapatas, descrita por Preuss como “un guerrero que agarra con ambas manos una maza, rota en el lado superior, y apoyada en el hombro derecho”. Lleva un cinturón del cual “se desprende una faja que cubre las partes pudendas”, además de una cinta en la cabeza, orejeras de tres anillos y brazaletes en ambas muñecas, indumentaria humana que contrasta con los claros rasgos animales de su rostro.
El arqueólogo José Pérez de Barradas describió esta estatua del alto de Lavapatas como una “figura con cabeza de mono” (después conocida como el “mono vestido”), y llamó la atención sobre sus rasgos: “La nariz, que arranca de muy arriba, es ancha en la base. La boca es una línea incisa y recta. El morro es saliente y están desarrollados los carrillos”. Nótese la semejanza de la indumentaria con la del guerrero del mismo sitio.
Esta estatua, procedente de la vereda Cascajal, inspección de policía de Pradera, combina en su rostro características de varios animales. Sus ojos son rasgados, similares a los del jaguar, pero su nariz y su boca se asemejan más a las de un mono. Lleva enroscada en sus brazos una serpiente decorada con anillos y formas reticulares. Las grandes orejeras que la adornan dan a su rostro un peculiar contorno.
Estatua hallada en la Mesita D del Parque Arqueológico de San Agustín, probablemente femenina por el delantal que cubre su sexo y el voluminoso vientre, que indica estado de gravidez. Es una de las pocas estatuas que muestra un hocico propiamente dicho, que se proyecta visiblemente sobre el rostro y resalta las feroces fauces animales. Los lóbulos de sus enormes orejas están adornados con orejeras circulares.
Las serpientes son los animales más numerosos en la estatuaria después de los monos. No están representadas de modo propiamente realista, pero la decoración de algunas estatuas sugiere que los artistas se inspiraron en especies como la coral, la anaconda, la boa arco iris y la mapanare. La Fuente de Lavapatas contiene la mayor concentración de ofidios esculpidos en el Macizo Colombiano.
Las serpientes son los animales más numerosos en la estatuaria después de los monos. No están representadas de modo propiamente realista, pero la decoración de algunas estatuas sugiere que los artistas se inspiraron en especies como la coral, la anaconda, la boa arco iris y la mapanare.
Representación de dos serpientes en su característica disposición ondulante, talladas en relieve biplano en una gran roca hallada, según tradición, en el camino de acceso a la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Sería inútil especular sobre el sentido de esta pieza, pero algo sí es claro en el conjunto de la estatuaria: la serpiente está asociada con el elemento femenino y con la fertilidad.
Entre las estatuas descubiertas hasta hoy no hay más de diez figuras de aves representadas como esculturas independientes, y sin embargo la imagen del ave tiene alta significación en la estatuaria. Son frecuentes como motivo ornamental en diademas y collares y en la forma de los ojos. Sobre estas líneas, Guerrero de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín.
Entre las estatuas descubiertas hasta hoy no hay más de diez figuras de aves representadas como esculturas independientes, y sin embargo la imagen del ave tiene alta significación en la estatuaria. Son frecuentes como motivo ornamental en diademas y collares y en la forma de los ojos. Sobre estas líneas, Estatua de El Tablón.
Sarcófago con la forma de un ave de presa, hallado en El Rosario. Uno de sus bordes menores está cubierto por la cabeza y el comienzo de las alas del ave, con su característico pico encorvado y sus grandes ojos. Los lados mayores están cubiertos por las alas y del otro extremo menor se desprende la cola del animal. Su procedencia de un contexto funerario podría confirmar que se trata de un búho.
Estatua del Alto de El Purutal, con diademas formadas por una sucesión de imágenes de aves de presa en síntesis geométrica. Como elemento ornamental, las aves invariablemente se representan en la estatuaria con las alas plegadas y cabeza abajo y al parecer están asociadas con ciertos poderes de las aves que adquiere la persona.
Figura de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con diademas formadas por una sucesión de imágenes de aves de presa en síntesis geométrica. Como elemento ornamental, las aves invariablemente se representan en la estatuaria con las alas plegadas y cabeza abajo y al parecer están asociadas con ciertos poderes de las aves que adquiere la persona.
Las aves representadas en la estatuaria son todas aves de presa, y desde la década de 1850 los observadores han sugerido que se trata, o bien de búhos, o bien de águilas (en la imagen, ejemplar silvestre que vino a posarse sobre una piedra de la Mesita D cuando adelantábamos el trabajo para este libro). A los propios indígenas probablemente no les interesaba nuestra diferenciación entre los dos órdenes.
Las aves representadas en la estatuaria son todas aves de presa, y desde la década de 1850 los observadores han sugerido que se trata, o bien de búhos (en la imagen), o bien de águilas. A los propios indígenas probablemente no les interesaba nuestra diferenciación entre los dos órdenes.
Ave hallada en 1937 por José Pérez de Barradas en El Batán y que sostiene en sus garras (más bien manos humanas con cinco dedos) dos objetos que identificó como “cetros”. En realidad son peces con rostro humano que aparecen en esta y otras estatuas como atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, no solo de las aguas sino también de la tierra. Las alas plegadas tienen también significación chamanística.
Ave hallada en 1937 por José Pérez de Barradas en El Batán y que sostiene en sus garras (más bien manos humanas con cinco dedos) dos objetos que identificó como “cetros”. En realidad son peces con rostro humano que aparecen en esta y otras estatuas como atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, no solo de las aguas sino también de la tierra. Las alas plegadas tienen también significación chamanística.
El ave de presa del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, en esta página, no parece representar ni a la figura de la serpiente emplumada mexicana, ni a un águila cazando una serpiente. Quizá se trata más bien de la imagen de un ser humano —un chamán— transformado en ave de presa y con la serpiente como atributo para invocar las fuerzas de la fertilidad.
Figura de un ave de poco más de 50 centímetros de altura, hallada en la Meseta B del Alto de los Ídolos. Su superficie, muy desgastada, no permite identificar su especie y por lo demás no presenta atributos especiales. Sin embargo, muy probablemente es un ave de presa del mismo género de las que se encuentran en la Mesita B del Parque de San Agustín y en el cerro de La Pelota.
Rana hallada en 1857 por Agustín Codazzi y desaparecida durante casi un siglo, en la pendiente que conduce de las Mesitas del Parque Arqueológico de San Agustín a la Fuente de Lavapatas. Con grandes ojos redondos y ancha nariz, son aún perceptibles dos pares de colmillos que emergen de su boca. Tanto la nariz como la boca y los colmillos son obviamente extraños a las ranas o los sapos, y más bien pertenecen a los monos.
La rana de la pendiente de la Fuente de Lavapatas está tallada en una aglomeración de rocas que afloran en el talud y el escultor aprovechó la forma de las piedras para representar al anfibio agazapado y preparándose para saltar. En muchas sociedades actuales y prehispánicas las ranas y los sapos están asociados con las lluvias, el agua y la fecundidad, y en algunos grupos tienen claras connotaciones sexuales.
Las fauces animales que aparecen en cierto número de estatuas evidentemente no pertenecen a los seres humanos que representa la mayoría de ellas y los apartan de lo humano y cotidiano, elevándolos al ámbito de lo sobrenatural y lo sagrado. Por ello son el rasgo que más impresiona al observador. En esta y la siguiente página, fauces de las dos estatuas con niños en sus brazos halladas en el alto de El Purutal.
La blanca dentadura y el rojo de los labios de las fauces animales, colores que se conservan en muy pocas estatuas, como las de El Purutal ilustradas aquí, realzaban aún más este rasgo y acentuaban su carácter sobrecogedor y temible. Parece obvio que buscaban despertar sentimientos de temor, no tanto a los animales que las ostentan en la naturaleza, sino a peligros que amenazaban a los seres humanos y los grupos sociales.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
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Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
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Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.
Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.
Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.
Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.
En la estatuaria la asociación más clara y visible entre el mono y el falo se encuentra en los “guardianes de tumbas”, compuestos por una cabeza de mono sobre un cuerpo cilíndrico. Konrad Preuss informó sobre un detalle extraordinariamente significativo: al menos dos de ellos se hallaron clavados en el suelo, con la cabeza hacia abajo. El mono sería, pues, la síntesis de la fuerza procreadora de la naturaleza.
En la estatuaria la asociación más clara y visible entre el mono y el falo se encuentra en los “guardianes de tumbas”, compuestos por una cabeza de mono sobre un cuerpo cilíndrico. Konrad Preuss informó sobre un detalle extraordinariamente significativo: al menos dos de ellos se hallaron clavados en el suelo, con la cabeza hacia abajo. El mono sería, pues, la síntesis de la fuerza procreadora de la naturaleza.
Rostros de mono en la Fuente de Lavapatas, el primero de ellos en el ángulo formado por la división en dos del cuerpo de una gran serpiente. Salvo por algunos ejemplos notables, entre ellos la única representación realista de un mono araña, en el mismo sitio, los monos de la estatuaria solo están representados por sus cabezas. Son monos decapitados y por lo tanto muertos, como lo indican sus ojos cerrados.
En la Meseta B del Alto de los Ídolos se encuentra esta pequeña piedra en forma de pirámide truncada de tres caras en las cuales están talladas, respectivamente, las cabezas de un mono, una figura humana con fauces animales y un ave rapaz. Son probablemente las tres fases fundamentales de la transformación del chamán al impetrar a los poderes naturales y sobrenaturales para asegurar la fertilidad.
Rostros de mono en la Fuente de Lavapatas, el primero de ellos en el ángulo formado por la división en dos del cuerpo de una gran serpiente. Salvo por algunos ejemplos notables, entre ellos la única representación realista de un mono araña, en el mismo sitio, los monos de la estatuaria solo están representados por sus cabezas. Son monos decapitados y por lo tanto muertos, como lo indican sus ojos cerrados.
Ejemplo de “guardianes de tumbas” de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. El hecho de que en su mayoría (más de 30 halladas hasta hoy) procedan de dicho lugar seguramente no es casual. En dicha mesita se encuentran muchas de las figuras más representativas de la estatuaria, relacionadas con el culto de la fertilidad, con el sol y la tierra y con los orígenes del ser humano.
Ejemplo de “guardianes de tumbas” de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. El hecho de que en su mayoría (más de 30 halladas hasta hoy) procedan de dicho lugar seguramente no es casual. En dicha mesita se encuentran muchas de las figuras más representativas de la estatuaria, relacionadas con el culto de la fertilidad, con el sol y la tierra y con los orígenes del ser humano.
Los desana del noroeste amazónico han observado la similitud entre el cerebro del mono y el del hombre y al cazar al animal para alimentarse de su carne jamás permiten que su cabeza entre a la maloca. Por ello el cazador les corta la cabeza, además de destruirles ciertos órganos como el corazón. En esta página, cabeza de mono hallada en el Alto de Lavapatas, excepcional por tener los ojos abiertos.
Algunas estatuas con figura humana cuyo estilo general podríamos llamar “realista”, como una cabeza de La Parada, ostentan bocas muy poco realistas, pues no pertenecen a seres humanos. Talladas simplemente como cortes horizontales en la piedra y sin labios, son más bien bocas de mono cerradas.
Figura labrada en una placa de más de dos metros de longitud, de la Meseta B del Alto de los Ídolos. Su cuerpo es el de un reptil, probablemente un caimán, pero su cabeza es la de un ser que combina características de mono y caimán. Los ojos y la nariz son del primero y las fauces del segundo, y de allí el extraordinario número de dientes que ostenta, el mayor de toda la estatuaria (14 incisivos por mandíbula).
Piedra de 120 centímetros de largo que se encontraba originalmente en la pendiente de la Mesita B a la quebrada de Lavapatas, en el Parque Arqueológico de San Agustín. En una de sus puntas tiene una cara de mono (o humana con fauces animales), en su parte superior una serpiente y otros motivos ofidiformes, y en uno de sus cantos la figura de un lagarto cuya cola, exageradamente larga, rodea el conjunto.
Piedra hallada en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con tres figuritas que no son otra cosa que la representación esquemática del mono-serpiente. Las cabezas de dos de ellos descansan sobre cuerpos reticulados, decoración que simboliza a la serpiente. La forma de flecha que se encuentra entre dos de las figuras combina los principios femenino (serpiente) y masculino (mono).
La figura del mono-serpiente aparece labrada en incisión en esta piedra, procedente del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Sin duda es una gran serpiente de las tierras bajas, posiblemente una anaconda, con un abultamiento en su parte central, signo de que acaba de devorar su presa. La cabeza, con fauces animales y grandes ojos redondos, es con toda probabilidad la de un mono.
Piedra hallada en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con tres figuritas que no son otra cosa que la representación esquemática del mono-serpiente. Las cabezas de dos de ellos descansan sobre cuerpos reticulados, decoración que simboliza a la serpiente. La forma de flecha que se encuentra entre dos de las figuras combina los principios femenino (serpiente) y masculino (mono).
Fuente de Lavapatas, asombroso conjunto de esculturas y obras hidráulicas talladas en una gran playa rocosa de la quebrada del mismo nombre, en el Parque Arqueológico de San Agustín. Descubierta en 1937 bajo una capa de tierra vegetal de un metro de espesor, tiene más de 30 relieves tridimensionales, de los cuales 22 representan serpientes y monos-serpientes. El sitio entero está dedicado al agua y a la fertilidad.
Estanque principal de la Fuente de Lavapatas, en cuyos muros se desarrolla uno de los conjuntos de mayor valor artístico y simbólico de la estatuaria del Macizo Colombiano. Por su centro asciende un mono-serpiente, cuya cabeza y brazos reposan en el fondo del estanque. Dividido en dos serpientes que se extienden por los bordes para caer de nuevo al fondo bajo la forma de monos-serpiente, evoca la imagen de las grandes culebras que habitan profundos pozos y controlan la fertilidad del agua y la tierra, en una mitología extendida por toda la cuenca amazónica y que ha perdurado durante milenios. Los conductos por los que cae el agua al estanque están dispuestos de tal manera que forman velos o cortinas transparentes que cubren las figuras de un ser humano con penacho de plumas y un mono araña tallados en la pared principal.
Dos magníficas imágenes del mono-serpiente dispuestas hoy como estatuas laterales de una estructura dolménica en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Cada una de ellas representa la posición que adoptan muchas serpientes como parte de su conducta de apareamiento al levantar sobre el suelo o el agua cerca de una tercera parte de su cuerpo. Las franjas horizontales que muestran a lo largo de su cuerpo, y que Konrad Preuss vio como “costillas” y José Pérez de Barradas como “volantes” de una túnica, representan en realidad las escamas o anillos ventrales de algunos ofidios. Para los indios actuales del noroeste amazónico lo que hacen las serpientes es levantar la cabeza para mirar a las estrellas y conocer el momento adecuado para reproducirse y engendrar los peces.
Una de las imágenes más extraordinarias de la estatuaria del Macizo Colombiano es la llamada “El Obispo”, del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, vista aquí por su cara posterior. Es una estatua de doble faz, que por este lado presenta la espalda de una figura probablemente femenina, provista de una especie de faldellín y una cinta que cuelga de su cabeza. Por su cara anterior muestra algo muy distinto. Los soportes de hierro que la sostienen en su sitio son la culminación de una historia de incomprensión de esta estatua. Describiéndola como “un magnífico fracaso”, el arqueólogo José Pérez de Barradas no podía entender cómo el escultor omitió la base para hincarla en el suelo. Sería imposible —pensó— que la estatua “estuviera la mitad en el aire y la mitad enterrada”.
Acuarela hecha por José María Gutiérrez de Alba en 1873 y que forma parte de las ilustraciones de sus Impresiones de un viaje a América. Cara anterior en medio de una zanja abierta en 1869. En ese año el vulcanólogo alemán Alphonse Stübel vio “la cabeza de una estatua que sobresalía del piso” y decidió desenterrarla, pensando que no era tan grande. Necesitó 23 indígenas y tres días de trabajo para hallar su base y dejarla como la encontró Gutiérrez de Alba. En esta misma posición se encontraba en 1913, cuando la vio Konrad Preuss “clavada por el lado inferior hasta las dos terceras partes en una hendidura”. El trabajo posterior consistió en acabar de retirar la tierra en que estaban sepultadas sus dos terceras partes, perdiéndose así gran parte de su sentido.
Acuarela hecha por José María Gutiérrez de Alba en 1873 y que forma parte de las ilustraciones de sus Impresiones de un viaje a América. Cara posterior en medio de una zanja abierta en 1869. En ese año el vulcanólogo alemán Alphonse Stübel vio “la cabeza de una estatua que sobresalía del piso” y decidió desenterrarla, pensando que no era tan grande. Necesitó 23 indígenas y tres días de trabajo para hallar su base y dejarla como la encontró Gutiérrez de Alba. En esta misma posición se encontraba en 1913, cuando la vio Konrad Preuss “clavada por el lado inferior hasta las dos terceras partes en una hendidura”. El trabajo posterior consistió en acabar de retirar la tierra en que estaban sepultadas sus dos terceras partes, perdiéndose así gran parte de su sentido.
Vista por su cara frontal, la estatua de “El Obispo” muestra en realidad una escena de fecundación con tres figuras. La superior, semejante a otra estatua que se hallaba detrás de la gran cabeza monolítica que se divisa a la izquierda y hoy está en el bosque de las estatuas, es una representación solar, como la han interpretado varios arqueólogos. Tiene entre sus manos una pequeña figura con la cabeza hacia abajo, que no es otra cosa que el mono-serpiente, emblema de la estatuaria. Lo introduce en la vagina de la figura invertida del extremo inferior, que obviamente representa a la tierra. La escena, en síntesis, representa el momento de la inseminación de la tierra por el sol y sintetiza la transformación de las cosas y el culto a la fertilidad, tema central del arte del Macizo Colombiano.
El centro de atención de la estatua de la fecundidad de la Mesita B es el mono-serpiente, y se presenta con todas las características de los “guardianes de tumbas”: cuerpo cilíndrico, sus dos brazos, cabeza de mono decapitado (tiene los ojos cerrados), e incluso el apéndice rectangular que corona su cabeza. Queda entonces claro que el mono-serpiente, sintetizado en los “guardianes de tumbas”, es el falo del sol.
Parte inferior de la estatua de la fecundidad de la Mesita B. La madre tierra, en posición invertida y con una larga línea vertical que representa la vagina, sostiene de forma natural las piernas con los brazos, presta para la inseminación. El mono-serpiente aparecía parcialmente enterrado, formándose así una escultura en la que la propia tierra es, en términos físicos y simbólicos, protagonista de la obra de arte.
Estatua de la fecundidad de la Mesita B.
Mesita B.
Se han dado múltiples interpretaciones a la imagen representada en estas estatuas. Probablemente lo que muestran es el origen de la potencia procreadora, sintetizada en el mono-serpiente. Esta vive dentro de los individuos, creada por sus “genios tutelares”, y en algún momento la expulsan por la boca.
Uyumbe.
Una de las figuras más conocidas de la estatuaria del Macizo Colombiano es aquella que muestra a una figura masculina con una ancha diadema o tocado semicircular dividido en franjas y rematado en ambos extremos por figuras de mono, una de las cuales se ilustra en esta página. El tocado no es otra cosa que el mono-serpiente puesto sobre la cabeza del personaje. La serpiente se representa en síntesis geométrica formada por seis bandas en la parte anterior y siete en la posterior. Cada uno de los monos tiene sus dos brazos y las cabezas están adornadas con orejeras circulares y coronadas por penachos escalonados, motivo que se repite en otras estatuas. Las facciones de los rostros, con grandes ojos perfectamente circulares enmarcados por espesa pelambre, recuerdan a las del mono aullador.
Esta estatua, situada originalmente en Uyumbe, es el ejemplo más palmario de la dificultad de definir qué representan las esculturas del Macizo Colombiano. Agustín Codazzi, Carlos Cuervo Márquez y Konrad Preuss la describieron como un mono, un anónimo contemporáneo de Codazzi, así como el español José María Gutiérrez de Alba y Gerardo Reichel-Dolmatoff pensaron que se trataba de un tigre o jaguar. En cuanto al ser que se encuentra bajo este, Codazzi lo vio como una cría de mono acariciada por el mico, pero Preuss imaginó que la figura más pequeña era un niño, por tener más rasgos humanos que de animal. Cuervo Márquez consideró que era una hembra de mono y que la escena representaba la cópula. Esto último fue un avance en la interpretación, pero aún quedaba por resolverse la mayoría de los interrogantes.
El descubrimiento en 1969 de la estatua ilustrada en esta página en La Parada dio lugar a nuevas especulaciones sobre el motivo del animal que cubre a otro, que se repite varias veces en la estatuaria. Quedó en claro, en primer término, que la figura dominada no es una cría ni una hembra de mono, sino una hembra humana, una mujer. Aunque siguió sosteniéndose que el animal mayor era un felino, el acentuado prognatismo de su cabeza, la forma del cuerpo y de la cola, y el amplio sentido simbólico de las fauces, que indica que no son necesariamente de jaguar, confirman que se trata de un mono. El acto que llevan a cabo es una cópula, como lo vio Cuervo Márquez. En síntesis, estas esculturas representan el coito entre un mono (o falo —gahki en desana—) y la hembra humana. Son imágenes visuales del origen del hombre.
La figura infantil ilustrada sobre estas líneas y perteneciente a la estatua de La Parada, bien puede ser la imagen del primer macho humano, el primer hombre de la creación, resultado del coito entre un mono y una mujer representado en la misma estatua. Sorprendentemente, entre los desana del noroeste amazónico la palabra que designa a este primer hombre es la misma que literalmente significa mono y pene (gahki).
La figura femenina de la estatua que representa el coito que dio origen al hombre ostenta orejeras circulares y el cabello dividido sobre la frente, rasgos que se han caracterizado como femeninos. Pero es más interesante observar que sus facciones son claramente simiescas, en particular la forma de la nariz y de la boca. Igualmente lleva a su bebé sobre la espalda, comportamiento característico de los monos cébidos.
La nariz es el rasgo clave para entender el sentido oculto de las estatuas que representan seres humanos en el arte del Macizo Colombiano. No obstante sus innumerables variaciones, ilustradas en estas fotos, todas las narices pertenecen al mismo tipo básico de forma ancha, aplanada y con el tabique nasal extraordinariamente grueso. Esta caracterización pertenece a la nariz del mono americano, llamado platirrino para distinguirlo del mono del mundo antiguo, o catarrino. El único rasgo realmente humano en las narices de la estatuaria es la orientación hacia abajo de las fosas nasales. Las líneas que unen las alas de la nariz con las comisuras labiales acentúan el aspecto simiesco, y el conjunto lleva a una inevitable conclusión: en la estatuaria los seres humanos son como los monos y los monos son como los seres humanos.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
Nariz en el arte del Macizo Colombiano.
La gran cabeza monolítica del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín sin duda reúne significados centrales en el pensamiento del Macizo Colombiano prehispánico. Por su posición original, mirando hacia el oriente, probablemente estaba asociada con el sol naciente, y por su forma triangular y sus facciones representaba al hombre-mono; el mono decapitado, con sus fauces animales bien destacadas y con abultamientos en los pómulos seguramente para indicar la masticación de hojas de coca. La combinación del sol, el hombre, el mono y la coca resumen el principio de la transformación permanente de las cosas, el culto de la fertilidad, la potencia procreadora del macho humano y animal, y los peligros que tal potencia encierra. Es quizá la imagen del primer hombre sobre la tierra.
Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín.
Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, nariz de platirrino.
Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, manos, en cuyos dedos son visibles la uñas y que llevaron a Preuss a escribir que son “indudablemente una imitación de garras”.
Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, fauces animales.
Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, grandes ojos redondos sin iris ni pupila (como de mono muerto).
En conjunto, esta estatua de la Mesita C presenta —como dijo Preuss— “un aspecto brutal”, pero este no está dado tanto por los colmillos cruzados, los ojos o los dedos, sino por la técnica escultórica. El artista logró notables efectos de luz mediante los profundos cortes que marcan las facciones. Los prominentes arcos superciliares y los correspondientes ojos hundidos, la intensa línea doble que los une, los profundos pliegues que enmarcan la nariz y la sombra que produce la línea inferior de esta, dan a la estatua un talante amenazador y espectral que dio pie a Luis Duque Gómez a describirla como una “deidad con máscara de simio”. En la estatuaria, sin embargo, la máscara de mono puede ser superflua, pues al fin y al cabo los seres humanos no solo son como animales sino más precisamente como monos.
Con pocas excepciones, las manos de las figuras humanas y muchas de las de animales, incluso las de las aves, están representadas con cierto naturalismo como manos humanas, con cinco dedos incluido el pulgar. En algunos casos se muestran por la palma, pero en su mayoría aparecen sencillamente puestas sobre el pecho, la mayoría de las veces cerradas formando puño, y de allí que en ellas solo se aprecien las primeras falanges, pero si están extendidas suelen verse claramente las uñas. Algunas figuras sostienen objetos, casi siempre peces, serpientes, niños o instrumentos relacionados con la masticación de coca. Algunas veces las manos están entrelazadas y, en varios ejemplos notables, cuando el personaje sostiene un bastón o un garrote, se muestran con naturalidad las puntas de los pulgares que emergen por detrás del artefacto.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Manos en al arte del Macizo Colombiano.
Alrededor de la mitad de las cerca de 300 estatuas que representan seres humanos —o seres más humanos que animales— en el arte del Macizo Colombiano responden a la definición de lo “hierático”, tanto en el sentido de que se relacionan con lo sagrado o sacerdotal, como en la solemnidad que las caracteriza. Como en el caso de esta estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, siguen fórmulas estilísticas estrictas, incluida la sujeción a las formas básicas de la piedra, el falo y la cruz. Lo más probable es que se trate de chamanes con distintos atributos (un cráneo trofeo en esta estatua), algunos ornamentos, fauces animales más o menos amenazadoras, nariz de mono platirrino y ojos que suelen guardar relación con alguna característica animal específica, como los ojos rasgados del jaguar en esta figura.
De las seis estatuas que Codazzi halló en la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, sitio que describió como “el cementerio de los sacerdotes, o tal vez el lugar de sus juntas para conferir la última enseñanza y el premio de la iniciación a los neófitos”. Sin duda son estatuas muy singulares, labradas algunas de ellas en relieve bidimensional para acentuar su carácter ultramundano, y en todos los casos con características especiales que las distinguen de las demás de la estatuaria. La figura cubre su rostro con una máscara sostenida por una vara.
De las seis estatuas que Codazzi halló en la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, sitio que describió como “el cementerio de los sacerdotes, o tal vez el lugar de sus juntas para conferir la última enseñanza y el premio de la iniciación a los neófitos”. Sin duda son estatuas muy singulares, labradas algunas de ellas en relieve bidimensional para acentuar su carácter ultramundano, y en todos los casos con características especiales que las distinguen de las demás de la estatuaria. La figura, además de la extraña forma de sus facciones y el penacho anillado, tenía originalmente brazos asimétricos, uno de ellos por desgracia desportillado.
Figura con niño sobre sus rodillas, del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Probablemente ni esta ni las demás figuras con niños representan imágenes maternales, y es incluso dudoso que todas las estatuas con este atributo sean femeninas. Los infantes deben estar asociados con la fertilidad, pero también con la transformación y el uso de sustancias alucinógenas.
Imagen femenina con un cuenco o tazón, del Montículo X de la Mesta A del Alto de los Ídolos en Isnos. La vasija, sostenida con la mano derecha, en una regla invariable de la estatuaria cuando se trata de un solo objeto, posiblemente estaba destinada a contener una sustancia alucinógena, y por lo tanto es atributo chamanístico. Aún presenta rastros de pintura negra y carmelita en el rostro y los adornos.
Estatua del Montículo VIII de la Meseta A del Alto de los Ídolos, con peces en las manos y ojos redondos en los que resaltan las pupilas. Los peces son atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, pero los ojos redondos sólo algunas veces están relacionados con peces. Más bien podrían corresponder a los ojos del mono araña, rodeados por una zona circular desprovista de pelo.
Figura de mujer hallada en el Alto de las Piedras. Se identifica como de género femenino no tanto por su voluminoso abdomen, que si bien podría ser señal de embarazo también indicaría simplemente obesidad, sino por la cinta sobre su frente, con decoración serpentina. Preuss observó en su mejilla izquierda un dibujo, quizás síntesis geométrica de la cabeza de un reptil, hoy totalmente borrado.
Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. El recipiente es usualmente un calabazo, o un caracol en la estatuaria, como los que llevan las figuras del Alto de los Ídolos.
Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. Una de las estatuas de colores del alto de El Purutal en lugar de recipiente lleva bajo el brazo un bebé que, como todas las figuras infantiles de la estatuaria, tiene los ojos cerrados, y corona su cabeza una prolongación cuadrangular, obviamente la boca del recipiente. Surge así una nueva imagen chamanística en el arte de Macizo Colombiano: el bebé-poporo.
Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. El recipiente es usualmente un calabazo, o un caracol en la estatuaria, como los que llevan las figuras del Alto de Lavapatas.
En la literatura sobre la estatuaria suele confundirse la varita que llevan en la mano derecha varios personajes con “un cincel” o “un bastón”. La fotografía despeja cualquier duda en cuanto a la varita y su función, e ilustra el modo como los indígenas de hoy y de ayer usaron y usan los instrumentos para la masticación de la coca. Un indio actual de la Sierra Nevada de Santa Marta.
Procedente de El Cabuyal, esta estatua femenina ha suscitado toda clase de especulaciones desde cuando la describió Agustín Codazzi por primera vez en 1857. El largo objeto cilíndrico que se desprende de la nariz se ha confundido con la trompa de un elefante, impresión que parece reforzar el elemento en forma de herradura que circunda la parte superior de su cuerpo y que semeja las orejas de aquel animal. El objeto cilíndrico tiene un valor representativo doble. Es una trompeta, similar a las que se han hallado en otras regiones arqueológicas de Colombia, y a la vez es la trompa de un mamífero, pero no un elefante sino un tapir o danta. Trompeta y tapir se encuentran relacionados en un mito de origen conocido como “complejo del Yuruparí”, extendido por la cuenca amazónica y que advierte sobre los peligros de la exogamia.
El “casquete esférico” —como lo describió Codazzi— que circunda la parte superior del cuerpo de la figura de la trompetista de El Cabuyal, sin duda es un componente importante de la estatua, que está concebida para cargarlo sobre la cabeza y espalda. Es muy probable que represente algo similar al tocado semicircular de una estatua de la Mesita C de Parque Arqueológico de San Agustín —extraordinaria versión del mono-serpiente— (ver páginas 109, 155, 224), y está asociado con la imagen del espíritu multiforme o doble yo que portan las estatuas de cargueros del Alto de las Piedras y el Alto de Lavapatas (ver páginas 194-199). Sin embargo, en este caso se trata de una representación vacía, sin imagen alguna, lo cual sin duda tiene implicaciones simbólicas relacionadas con los orígenes del género humano en el pensamiento indígena.
Figura probablemente femenina en el Alto de las Piedras, en Isnos. Preuss observó correctamente que la distribución por género de las estatuas se ve limitada “por no estar siempre el sexo tan claramente definido que se pueda reconocer con seguridad absoluta”. Reconocer con seguridad absoluta a una mujer por sus atributos físicos más específicos —vagina y/o senos— solo es posible en unas siete estatuas. Preuss supuso que algo parecido a una falda, una faja, un delantal corto, ligaduras bajo las rodillas, un banquito bajo para sentarse y una banda que ciñe la cabeza, serían señales de que se trata de una “deidad” femenina. Sin embargo, teniendo en cuenta que lo más notable de la indumentaria de las estatuas es la falta de ella o su ligereza, el sexo solo podría distinguirse con alguna seguridad por elementos de carácter simbólico.
Vista frontal del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. La estatua principal tiene como atributo lo que se conoce como “cráneo trofeo”, que llevó a describirla como “dios de la destrucción” o “deidad de la guerra”. Pero no obstante las estatuas que se encuentran en sus flancos y que tradicionalmente se han descrito como “guerreros”, no existe evidencia de que la guerra fuera una práctica común en el Macizo Colombiano, ni de que los pueblos que lo habitaron fueran conquistadores o hubieran sufrido asedios de pueblos enemigos. Además, los cráneos que muestran las seis estatuas que lo llevan —cuatro de ellas femeninas— son demasiado pequeños para ser humanos y más bien parecen de mono, lo cual confirmaría la hipótesis de que se trata de un simbolismo relacionado con los ancestros.
Guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. En realidad, el único tributo que los identificaría como “guerreros” es la maza o clava que tienen en sus manos y, en otros casos como el de otras dos estatuas del Montículo Occidental de la Mesita A, el pequeño objeto esférico que empuñan en una de sus manos. Sin embargo, cada uno de estos objetos puede tener una interpretación alternativa, relacionada con la fertilidad. Para algunos antropólogos la maza puede ser una especie de “bate” similar al del juego de béisbol moderno, y el objeto esférico una pelota de caucho, como las que Preuss halló a principios del siglo xx entre los huitotos del río Putumayo. Dicha pelota se asocia con una fruta y con la luna, de la cual proviene la fertilidad.
Guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. En realidad, el único tributo que los identificaría como “guerreros” es la maza o clava que tienen en sus manos y, en otros casos como el de otras dos estatuas del Montículo Occidental de la Mesita A, el pequeño objeto esférico que empuñan en una de sus manos. Sin embargo, cada uno de estos objetos puede tener una interpretación alternativa, relacionada con la fertilidad. Para algunos antropólogos la maza puede ser una especie de “bate” similar al del juego de béisbol moderno, y el objeto esférico una pelota de caucho, como las que Preuss halló a principios del siglo xx entre los huitotos del río Putumayo. Dicha pelota se asocia con una fruta y con la luna, de la cual proviene la fertilidad.
Guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Trátese de guerreros o de jugadores, estas peculiares imágenes de la estatuaria deben interpretarse en conjunto y en sus detalles particulares. Un detalle son los adornos que varias de ellas llevan sobre su frente, todos ellos con la forma de aves esquematizadas y que los asocian con el vuelo. Otro es la carencia de fauces animales y el relativo realismo de los rostros, con la salvedad de que la boca sin labios y la forma de la nariz destacan la afinidad de los seres humanos de la estatuaria con los monos. Pero el más importante es el ser que llevan sobre sus cabezas y que los integra a un grupo de estatuas de simbología compleja. Conocida en la literatura arqueológica como “doble yo”, dicha figura incorpora partes de distintos animales.
Guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Trátese de guerreros o de jugadores, estas peculiares imágenes de la estatuaria deben interpretarse en conjunto y en sus detalles particulares. Un detalle son los adornos que varias de ellas llevan sobre su frente, todos ellos con la forma de aves esquematizadas y que los asocian con el vuelo. Otro es la carencia de fauces animales y el relativo realismo de los rostros, con la salvedad de que la boca sin labios y la forma de la nariz destacan la afinidad de los seres humanos de la estatuaria con los monos. Pero el más importante es el ser que llevan sobre sus cabezas y que los integra a un grupo de estatuas de simbología compleja. Conocida en la literatura arqueológica como “doble yo”, dicha figura incorpora partes de distintos animales.
Dibujo de estatua, hallada en el sitio de Plata Vieja, cerca al río La Plata. Ilustra sobre el significado de la maza que portan los guerreros. No deja duda de que se trata de una representación fálica, y por lo tanto relacionada con la fertilidad
Dibujo de estatua, hallada en el de Yarumalito, cerca a la carretera de La Plata a Popayán. Ilustra sobre el significado de la maza que portan los guerreros. Muestra la maza convertida en flecha, como la que tiene en su mano izquierda la figura femenina sedente del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos.
Figura de un guerrero del Alto de las Piedras, en la que puede verse con mayor claridad la fase inicial de la metamorfosis del ser que cargan algunas estatuas sobre su cabeza, hombros y espalda. Es el mono-serpiente, ubicuo en la estatuaria.
Los guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín muestran una fase crucial en la metamorfosis del mono-serpiente. Por el frente, directamente sobre el rostro del guerrero, aparece su parte superior, con sus dos brazos, ojos cerrados de animal muerto, un penacho sobre la cabeza y, a diferencia de otras representaciones, con fauces animales. El cuerpo de la serpiente, decorado con franjas de círculos y motivos reticulares, parece dividirse en dos –efecto técnico común en el arte prehispánico para mostrar dos lados de un mismo animal-, para terminar, luego de enroscarse, en la cabeza de otro animal cuyas características fauces de afilados dientes, ojos realzados y hocico terminado en exagerada punta que forma una voluta, lo identifican claramente como un caimán con brazos y manos humanos.
Los guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín muestran una fase crucial en la metamorfosis del mono-serpiente. Por el frente, directamente sobre el rostro del guerrero, aparece su parte superior, con sus dos brazos, ojos cerrados de animal muerto, un penacho sobre la cabeza y, a diferencia de otras representaciones, con fauces animales. El cuerpo de la serpiente, decorado con franjas de círculos y motivos reticulares, parece dividirse en dos –efecto técnico común en el arte prehispánico para mostrar dos lados de un mismo animal-, para terminar, luego de enroscarse, en la cabeza de otro animal cuyas características fauces de afilados dientes, ojos realzados y hocico terminado en exagerada punta que forma una voluta, lo identifican claramente como un caimán con brazos y manos humanos.
La posición de esta figura y el fardo que lleva no deja duda de que se trata de cargueros chamanísticos. Transporta un ser compuesto, última fase de la metamorfosis del mono-serpiente. En la estatua del Alto de Lavapatas, esta , el mono-serpiente aparece particularmente amenazador con sus prominentes fauces animales, y desarrolla una cresta que se extiende por el dorso del ser, ahora con cuerpo de caimán. En la naturaleza esta cresta es característica de ciertos lagartos como la iguana, aunque también podría corresponder a las grandes escamas que tiene el caimán a lo largo de la parte superior de la cola. De toda esta transformación resulta un nuevo ser de la fauna mítica de la estatuaria del Macizo Colombiano: el mono-serpiente-caimán.
Carguero del Alto de las Piedras, con el mono-serpiente-caimán a cuestas. ?En esta estatua el mono-serpiente original, transformado en extraña entidad con ojos en forma de espiral y vistosa diadema, se proyecta hacia atrás bajo la forma de dos animales superpuestos: una serpiente decorada con círculos y estrías, cuya cola remata en la cabeza con penacho y los brazos del mono, y un caimán de poderosas fauces. Es sin duda un ser-espíritu, que hemos llamado Espíritu Multiforme, en cuyo cuerpo se combinan los animales principales de la mitología del Macizo Colombiano, procedentes todos de tierras bajas y ardientes, en demostración del origen amazónico de los pueblos que labraron las estatuas. Un ser que habla de los orígenes y del tema central de la estatuaria: la fertilidad.
Esta estatua, procedente de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, está concebida casi exclusivamente como una composición de figuras geométricas e ilustra la singular relación que existe en la estatuaria entre la realidad percibida en la naturaleza y las formas abstractas e imaginarias. Como suele ser el caso en el arte prehispánico americano en general, la imagen figurativa (un mono, una serpiente, un ave) siempre expresa ideas abstractas, y a su vez las formas abstractas y geométricas (el círculo, el triángulo, la espiral, la cruz, el ritmo geométrico) invariablemente remiten a formas naturales y orgánicas. Virtualmente todas las figuras geométricas del arte del Macizo Colombiano son síntesis de animales directamente asociados con la transformación y la fertilidad.
Los lazos anudados que ostentan varias figuras parecen integrar lo funcional, lo decorativo y lo simbólico. Los cargueros con el Espíritu Multiforme a cuestas del Alto de Lavapatas y el Alto de las Piedras tienen dichos lazos a la altura de las orejas para ajustar o adornar una especie de montera o pasamontañas, accesorio que se repite en una estatua de Uyumbe.
Excepto quizá por la ostentosa figura femenina de El Tablón (en la foto) y el escultor de Quebradillas, los personajes de la estatuaria son pobres en ornamentos, en contraste con la riqueza y vistosidad de estos en otras zonas arqueológicas de Colombia.
Algunas estatuas llevan como adorno figuras de ave en síntesis geométrica, como la diadema del guerrero del Montículo Oriental de la Mesita A.
Algunas estatuas llevan como adorno figuras de ave en síntesis geométrica, como el pendiente que muestra una estatua del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín.
Gorro en forma de pirámide escalonada que corona una estatua originalmente en el Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque de San Agustín. Casi idéntico al que lleva la estatua que representa la fertilización de la tierra en el mismo sitio, es probablemente distintivo del sol y, con algunas modificaciones formales, vuelve a hallarse como tocado de varias imágenes del mono-serpiente. En su forma más sencilla, reducido a un cuerpo cuadrangular, remata las cabezas de muchos “guardianes de tumbas”. No cabe duda, por lo tanto de que se trata de un símbolo solar y fálico, vinculado con la imagen del mono y de la fertilidad. Quizá por ello es la figura geométrica más común en la estatuaria. ?Un anónimo viajero de la época colonial trazó en este gorro una indescifrable leyenda.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes como en el caso del casco de una estatua de Uyumbe, con una figura triangular sobre la frente.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. Los taparrabos, prendas masculinas, suelen tener esta misma forma, pero invertida. Se crea así una referencia al “mundo de arriba”, solar y aéreo (peinado) y el “mundo de abajo”, terrestre o subterráneo taparrabo). Al unir las dos pirámides escalonadas surge la forma de la cruz de anchos y cortos brazos, que configura el contorno de la figura humana en la estatuaria.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.
La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. Los taparrabos, prendas masculinas, suelen tener esta misma forma, pero invertida. Se crea así una referencia al “mundo de arriba”, solar y aéreo (peinado) y el “mundo de abajo”, terrestre o subterráneo taparrabo). Al unir las dos pirámides escalonadas surge la forma de la cruz de anchos y cortos brazos, que configura el contorno de la figura humana en la estatuaria.
Esta figura del “mundo de arriba” tiene su correspondencia en el “mundo de abajo” en un tipo de taparrabos que pasa por entre las piernas. Esto sugiere que el taparrabos, tanto escalonado como curvo, pese a ser prenda masculina, tendría una simbología femenina, relacionada con la tierra. Es posible que así sea, si se piensa en esta pieza como envoltura o cobertura del falo. Así, el rostro humano que cubre a manera de taparrabos la parte baja del vientre de una estatua solar de la Mesita B es femenino y se confirma la referencia simultánea en la estatuaria a los dos principios fundamentales de la fertilidad.
Esta figura del “mundo de arriba” tiene su correspondencia en el “mundo de abajo” en un tipo de taparrabos que pasa por entre las piernas. Esto sugiere que el taparrabos, tanto escalonado como curvo, pese a ser prenda masculina, tendría una simbología femenina, relacionada con la tierra. Es posible que así sea, si se piensa en esta pieza como envoltura o cobertura del falo. Así, el rostro humano que cubre a manera de taparrabos la parte baja del vientre de una estatua solar de la Mesita B es femenino y se confirma la referencia simultánea en la estatuaria a los dos principios fundamentales de la fertilidad.
Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.
Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.
Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.
Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.
El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.
El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.
El objeto que lleva en la mano izquierda una estatua del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos ha recibido una interpretación supuestamente muy obvia: es una flecha, y quien la porta es un guerrero. Sin embargo, en el arte del Macizo Colombiano nada es obvio. El triángulo que constituye la punta reproduce la forma de la cabeza de la mayoría de los monos de la estatuaria, e incluso de la gran cabeza de la Mesita B. Pero también se encuentra asociado con la serpiente y con el elemento femenino, como muestran los dibujos incisos de una piedra hallada en la Mesita B. Por lo tanto, la flecha no es otra cosa que la síntesis geométrica del mono-serpiente, y al parecer es un atributo exclusivamente femenino.
El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.
El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.
Los ojos pueden ser de un fino naturalismo, o estar construidos mediante ingeniosas combinaciones geométricas y orgánicas siempre distintas. Tal variedad es significativa en términos artísticos, pero es improbable que los escultores hubieran tenido la libertad de dejar volar la imaginación al ocuparse de estos rasgos del rostro. Abiertos o cerrados, humanos o animales, realistas o fantásticos, cada diseño seguramente tiene un simbolismo muy preciso. De las cerca de 150 estatuas de San Agustín e Isnos que pueden identificarse como imágenes humanas, solo unas veinte tienen ojos humanos abiertos, invariablemente sin indicación de pestañas, y de ellas no más de seis tienen sus elementos completos.
Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.
Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.
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Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.
A veces las cintas están divididas en varias secciones, y a veces son lazos con nudo que sostienen un collar, como en una de las estatuas de El Tablón.
A veces las cintas están divididas en varias secciones, y a veces son extensión del tocado y forman un círculo detrás de la cabeza, como en una estatua del Alto de los Ídolos.
Un número considerable de estatuas, entre ellas al menos dos figuras femeninas, muestra un par de cintas o bandas que caen paralelas por la espalda, desde el cuello o la cabeza hasta la cintura.
Un número considerable de estatuas, entre ellas al menos dos figuras femeninas, muestra un par de cintas o bandas que caen paralelas por la espalda, desde el cuello o la cabeza hasta la cintura, algunas sin decoración, como en una estatua de la Mesita B del Parque de San Agustín.
Estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín vista por su plano posterior. En esta figura, que se encuentra sentada en el banco alto propio de la estatuaria, las cintas cuelgan desde el tocado piramidal que parece identificar la imagen del sol y se prolongan hasta los talones. Es un aditamento que comparten las imágenes de chamanes con figuras más sagradas.
Estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín vista de frente. En esta figura, que se encuentra sentada en el banco alto propio de la estatuaria, las cintas cuelgan desde el tocado piramidal que parece identificar la imagen del sol y se prolongan hasta los talones. Es un aditamento que comparten las imágenes de chamanes con figuras más sagradas.
De los ojos no humanos en rostro humano, los más numerosos son los grandes ojos redondos, sin párpados, que aparecen en algo más de 30 estatuas y a los que se ha descrito como “ojos de pescado”, aunque lo más probable es que sean ojos de mono. No más de cinco estatuas tienen ojos rasgados o “atigrados”, que recuerdan a los del jaguar y quizás representan al auténtico “chamán-jaguar” o “jaguar-monstruo” que se ha querido ver, sin mayor fundamento, como la imagen emblemática de la estatuaria. De los ojos formados por figuras en síntesis geométrica, los más numerosos son aquellos compuestos de tal modo que, en conjunto con otras líneas del rostro, en especial de la nariz, representan aves de presa y que sin duda simbolizan la adquisición por la persona de ciertos poderes de las aves como la capacidad de volar y una vista aguda.
Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.
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En sus exploraciones de 1913-14, Konrad Preuss dice haber hallado al oeste del río Jabón esta estatua, que llevó al Museo de Berlín. La describe como “pequeña de varón, bastante deteriorada”, y llama la atención sobre las dos cintas que bajan de la cabeza y terminan en una cabeza de mono. Evidentemente se trata de una nueva versión del mono-serpiente como espíritu protector, con dos cuerpos de serpiente y una sola cabeza.
La identificación como síntesis geométrica del mono-serpiente de las cintas que descienden por la espalda de algunas estatuas queda demostrada por esta figura de procedencia desconocida. Claramente, las cintas terminan en dos cabezas, sin duda de mono. Dentro de la síntesis geométrica, las cabezas se reemplazan por borlas o cuadros de remate, como en la imagen del sol fecundando la tierra de la Mesita B.
El corazón adquiere su forma más simple —e idéntica a nuestra moderna síntesis geométrica de ese órgano— en una estatua procedente de El Jabón, muy deteriorada en su cara frontal.
La estatua del río Jabón es, en términos iconográficos, el punto inicial de la transformación del mono-serpiente y las dos cintas de la espalda en el misterioso corazón que muestran algunas figuras. El siguiente paso se encuentra en esta estatua, hallada en la vereda Páez de Tierradentro, en la cual las cintas adoptan una forma circular y se unen en un solo cuerpo en su extremo inferior.
En una estatua que hoy se encuentra en el Alto de los Ídolos (c), el mono-serpiente y las cintas se transforman en una compleja figura con clara forma de corazón y diseños en espiral dispuestos simétricamente en su interior.
En la cara posterior de la estatua con dos mazos de la Mesita C, el corazón en que se ha transformado el mono-serpiente adquiere su nivel iconográfico más complejo, al integrar un nuevo elemento. Se trata indudablemente de un ave de presa inscrita entre las dos bandas circulares, con las alas desplegadas y cola en forma de abanico, muy similar a varios objetos de orfebrería de otros sitios de Colombia, especialmente pectorales. Gerardo Reichel identificó el ave de esta estatua como aquello que en su estudio iconográfico de las piezas de orfebrería del Museo del Oro llamó “Ícono A del vuelo chamánico”, anotando que “debajo de la curva de las alas… se ven las cabezas estilizadas de los pájaros auxiliares”. A la imagen del mono-serpiente como espíritu protector se agrega en este único caso el ave de presa.
La magnífica estatua con gran diadema circular de la Mesita C del Parque de San Agustín, tiene en la espalda la figura de una “flecha”, que hemos descrito como síntesis geométrica del mono-serpiente. En este caso, la “flecha” se convierte, en un nuevo nivel de abstracción, en síntesis geométrica del corazón. El mono-serpiente, entonces, está representado tres veces en esta figura.
Estatua hallada en Quebradillas, una de las tres conocidas que muy probablemente representan escultores, y de las tres la más ornamentada. Una nariguera en forma de medialuna cubre sus grandes fauces animales, dejando ver con claridad los colmillos, y las muñecas están adornadas con brazaletes de varias vueltas. El tocado semiesférico muestra por su parte anterior cinco figuras de aves de presa en síntesis geométrica y en posición invertida, y franjas estriadas que se repiten en la parte posterior y forman el tocado o peinado en forma de pirámide escalonada frecuente en la estatuaria. El ave de presa, con su característico pico encorvado, aparece de nuevo en el dibujo de los ojos. En las manos lleva dos instrumentos idénticos que el primero en describir la estatua, José Pérez de Barradas, vio como “dos cetros (?) o instrumentos”.
Detalles de la figura del escultor de Quebradillas. Sus instrumentos (obviamente queda descartado que se trate de “cetros”). Refiriéndose al que lleva en la mano derecha una estatua de la Mesita A del Parque de San Agustín, Carlos Cuervo Márquez habló de “un utensilio que parece de trabajo” y que “puede ser un cincel, como creen algunos”. Sin embargo, prefirió la versión de que se trataba de un cuchillo ceremonial del Perú prehispánico, con la parte afilada hacia arriba y semejante a la de un hacha. Con todo, la forma del extremo inferior de las herramientas de esta estatua haría suponer que era esta la parte cortante, mientras la superior sería en realidad su mango redondeado.
Acuarela de José María Gutiérrez de Alba que muestra una estatua procedente del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín, trasladada a la plaza del pueblo posiblemente en 1869 y de allí al Parque de la Independencia en Bogotá en 1907. Hoy se encuentra en el Museo del Oro de esta ciudad. El tocado ornamentado de las estatuas de escultores de Quebradillas y el Alto de Las Piedras se sustituye en esta figura por dos lazos que, anudados sobre la frente, vuelven a anudarse sobre la nuca y caen por la espalda. Está además adornada con brazaletes y grandes orejeras circulares. El instrumento que lleva en la mano izquierda seguramente es un cincel, como se le ha descrito siempre. El de la derecha probablemente no es ni un cuchillo ni un martillo sino una especie de escoplo.
Estatua descubierta por Preuss en el Alto de las Piedras y llevada a Berlín, donde la restauraron parcialmente. Las figuras de aves en síntesis geométrica en la diadema y el diseño de los ojos se suman a las herramientas que lleva en las manos para confirmar su identificación como escultor. Aquellas son las que reproducen de modo más realista los instrumentos básicos de los artistas de la estatuaria.
Vista posterior de la estatua del Montículo Oriental de la Mesita A. La referencia al mono-serpiente en el doble lazo se duplica en esta estatua con los dos aditamentos que caen sobre los hombros a manera de trenzas. Detalle peculiar —aunque no exclusivo— de esta figura, es el diseño en forma de pirámide escalonada en la parte posterior de la cabeza, que permite reconocerla como masculina.
Texto de: Efrain Sánchez
La gran paradoja de la imagen artística de la estatuaria del Macizo Colombiano es que en su mayor parte es un arte esencialmente representativo o figurativo, y sin embargo la pregunta más frecuente, y quizá la más elemental, qué representan, es sin duda la más difícil de responder. Solo alrededor de la cuarta parte de todas las estatuas puede identificarse con total seguridad como imágenes de seres humanos o animales. El resto, alrededor de 360 de las cerca de 480 esculturas, representan seres transformados en los que no es posible distinguir a ciencia cierta entre un ser humano y un animal, un mono y un jaguar, un lagarto y una serpiente. Dicha paradoja se resuelve en lo que parece ser la idea central y que da estructura al mundo del arte prehispánico en el Macizo Colombiano: el concepto de transformación. No se trata solamente de las transformaciones que sufre la imagen al pasar de lo visual a lo mental y de allí a lo simbólico, propias de todo arte, sino la concepción fundamental de que la fuerza esencial del universo es la transformación. La vida y la muerte son puntos de convergencia en la gran red de la eterna transformación del cosmos. Los animales y el ser humano no pertenecen a reinos separados, sino que son estados y manifestaciones de un proceso incesante de transformación. En torno a este tema central de la transformación giran las significaciones, los simbolismos, los valores visuales y los modos de expresión depositados en la estatuaria. Gerardo Reichel manifestó la opinión de que “todo el arte escultórico de San Agustín está saturado por la iconografía del mundo chamánico y solo podrá entenderse en función de él”. En efecto, una parte muy considerable de las imágenes de la estatuaria se concentra en la institución del chamanismo pero, como se verá, el arte del Macizo Colombiano la desborda y se extiende a muchas otras facetas de la religión y la mitología. El único fundamento con el que contamos para interpretar dichas facetas es el extenso conocimiento etnográfico y etnohistórico acumulado por los antropólogos, entre ellos el propio Reichel, sobre varias sociedades indígenas actuales. Pero incluso con dicho conocimiento, aún quedan en la oscuridad muchos de los posibles significados de la estatuaria. Pero al menos un aspecto parece confirmarse de manera insistente. La estatuaria en su conjunto señala que si a algo estaba dedicado este arte extraño y rico en significados era al culto de la fertilidad, del cual la forma fálica fundamental es su primera y más extendida manifestación.
Animales transformados
Toda la estatuaria del Macizo Colombiano confirma una faceta del pensamiento indígena común entre los grupos actuales: los animales son como la gente y la gente es como los animales. Como lo comprobó Gerardo Reichel entre los tukano orientales de las selvas del Vaupés y entre los kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la visión de los indígenas los animales son seres muy parecidos a los humanos. Piensan, hablan entre ellos, tienen su propia organización social como los humanos, viven en sitios que son como malocas, se emborrachan, bailan, tienen sirvientes, tienen “alma” e incluso lloran cuando alguien muere. Los animales son como parientes, o miembros de otros grupos con los que hay que convivir respetando ciertas reglas. Los seres humanos no se transforman en animales, sino que sencillamente son como animales. Teniendo en cuenta que al hablar de animales lo hacemos dentro de nuestras propias convenciones y no dentro de la visión del mundo indígena, comencemos nuestro examen del mundo de la imagen en el arte del Macizo Colombiano estudiando la forma en que aparecen representados en la estatuaria.
Los escultores del Macizo Colombiano fueron muy selectivos en cuanto a las clases y órdenes de animales que representaron en la estatuaria. Del inmenso repertorio de especies de las regiones con que pudieron entrar en contacto, incluida la propia del Macizo Colombiano, las áreas selváticas del alto Amazonas y el alto Caquetá, el valle del Magdalena, el alto Cauca, el Valle del Cauca, el altiplano nariñense y el litoral Pacífico, eligieron solamente algunas y aun a estas les otorgaron grados diferentes de significación. También es claro que su interés no fue el de representar animales, sino más bien ciertas características y partes de los animales especialmente significativas dentro de la visión del mundo y los valores visuales de su sociedad. Los animales de la estatuaria se limitan a cuatro clases: mamíferos, reptiles, aves y anfibios. Podrían agregarse, con algunas reservas, los peces y los gasterópodos (caracoles), pero tanto unos como otros aparecen únicamente como atributos de ciertos personajes, jamás como figuras independientes. Los mamíferos y los reptiles son sin lugar a dudas las clases principales en la estatuaria, y entre ellas se producen prácticamente todas las transformaciones y mezclas.
Cuando se habla de mamíferos en la estatuaria se hace referencia fundamentalmente a dos órdenes específicos, primates y carnívoros, y dentro de ellos a dos familias: los monos cébidos y los felinos. El mono es el animal emblemático de la escultura —y sin duda también de la cultura— del Macizo Colombiano. Alrededor de la mitad de todas las imágenes animales de la estatuaria son monos y, como se verá, son los agentes y protagonistas centrales de la transformación y símbolos primordiales de la fertilidad. Por esta razón le dedicaremos una sección aparte. La familia de los felinos, representada por el jaguar (Panthera onca), parece mucho más importante en la discusión en torno a la mitología y la religión del Macizo Colombiano que en la estatuaria. De no ser por el “motivo felínico”, que aquí hemos llamado simplemente “fauces animales”, escasamente se mencionaría al jaguar. Es notable el hecho de que, de todas las imágenes de la estatuaria, solamente en una podría identificarse un jaguar o un ser con más características de jaguar que de otra cosa, y sobrarían los dedos de una mano para contar el número de esculturas que pudieran asociarse directamente con el felino.
Después de los monos, los reptiles son los animales más representados en la estatuaria y forman un sector complejo, con diversas asociaciones, mezclas, formas y estilos de representación. Los ofidios son los más frecuentes, y aunque son escasas las imágenes que pudiéramos llamar realistas, los escultores parecen haber tenido en cuenta múltiples aspectos en la representación, en particular la forma, el movimiento, la decoración natural y los colores de ciertas serpientes. Son pocas las que aparecen representadas como figuras independientes y completas, pues en su mayoría están asociadas con monos, lagartos o aves, o forman parte de seres fantásticos. Entre los indígenas de hoy las serpientes pueden ser criaturas letales que con su picadura matan en corto tiempo en medio de dolores atroces, y por lo tanto suelen relacionarse con la muerte y la destrucción. Las de mayor tamaño, especialmente la anaconda, se imaginan entre los desana del Vaupés como monstruos que habitan profundos pozos en ciertos lugares de los ríos, caracterizados por tener siempre un remolino en su superficie. No sorprende que las anacondas sean vistas como monstruos entre los indígenas, y que los pozos con remolinos se juzguen lugares peligrosos. Lo sorprendente es que la misma imagen del pozo con remolino y la gran serpiente que lo habita se repita a centenares de kilómetros de distancia, no muy lejos de San Agustín, en el río Orteguaza. El viajero español José María Gutiérrez de Alba, en su excursión al Caquetá de 1873 partiendo de San Agustín, describió uno de tales pozos: “El curso de este río es bastante tortuoso; forma a veces recodos donde se estrecha considerablemente, y sus aguas pierden por un instante la mansedumbre normal que las caracteriza. Al salir de uno de estos recodos, distante como cinco kilómetros de la embocadura del Hacha, se entra en un remanso de notable extensión, y de una profundidad muy considerable, donde la corriente forma un gran remolino, que es necesario evitar… Denomínase este lugar el Charco de la sierpe; y la tradición indígena, llena de fantasmas, asegura que en remotos tiempos existía allí una serpiente colosal, que se tragaba no solo a los indios que se atrevían a abordar el charco durante la noche, sino hasta las mismas canoas en que navegaban”. Sin duda estas imágenes se extendieron desde época muy remota por un amplio territorio que abarcaba toda la cuenca amazónica y más allá.
Pero en la mentalidad indígena la imagen del peligro mortal de las serpientes y los pozos en que viven está acompañada por la imagen contraria, relacionada con la generación de la vida y la fertilidad. Dichos pozos se imaginan como “casas” subacuáticas cubiertas por un remolino que los desana interpretan, según Gerardo Reichel, “como elemento femenino, como un útero dentro del cual las fuerzas cósmicas y telúricas procrean y gestan peces y otras criaturas del agua”. También se relacionan con el origen del género humano, pues en la época de la creación “era gente lo que allí se gestaba”. La imagen de la serpiente con sus “casas” acuáticas y su relación con la fertilidad, encuentra en la estatuaria su expresión más clara en la Fuente de Lavapatas, extraordinaria obra escultórica e hidráulica situada en el Parque Arqueológico de San Agustín, a poca distancia de la Mesita C. Allí, en más de 170 metros cuadrados despejados hasta hoy, se tallaron más de 30 relieves tridimensionales, 22 de los cuales representan serpientes.
Mucho menos presentes en la estatuaria, los saurios o lagartos forman el segundo grupo de reptiles. En un estilo cercano al realismo solamente se encuentran en tres piedras, dos de las cuales se hallaban originalmente muy cerca de la Fuente de Lavapatas, en la pendiente que conduce hacia ella. Preuss identificó el lagarto de una de las esculturas mencionadas como una iguana, aunque bien podría tratarse de cualquier otro lagarto, incluso una lagartija. En todo caso, la discusión sobre la familia a la que pertenecen estos lagartos puede ser irrelevante, pues parece obvio que, tanto en la imagen artística como en la imagen mental que tenían los escultores, lo importante eran ciertas características de forma que comparten todos los lagartos y que los distinguen o los asemejan a las serpientes. En las imágenes de la estatuaria, la cola es un área de combinación entre el lagarto y la serpiente, formándose un ser mixto que aparece en varias estatuas.
Las aves forman un grupo pequeño pero de alta significación y están representadas de dos maneras en la estatuaria: como esculturas independientes y como motivo ornamental de síntesis geométrica. De las decenas de órdenes y los miles de géneros y especies de aves que existen en Colombia, los escultores se limitaron a un solo tipo: las aves de presa. En la estatuaria hay cuatro imágenes fácilmente identificables de estas aves. La mayor y sin duda la más célebre tanto por su tamaño como por sus valores artísticos, es la que se encuentra en el Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín y que aprisiona con el pico y las garras una serpiente. Otra de las aves de presa fue hallada en El Batán y se encuentra hoy en el Bosque de las Estatuas, y sostiene con las manos o garras dos objetos que Pérez de Barradas vio como “sendos cetros” y Duque Gómez como “objetos ceremoniales”. ¿Qué son estas aves? Agustín Codazzi las identificó como búhos, aves nocturnas que en muchas sociedades indígenas son pájaros de mal agüero que anuncian y simbolizan la muerte. Preuss —con algunas reservas—, Pérez de Barradas y los campesinos actuales de la región siguen a Codazzi en esta identificación. Sin embargo, a comienzos del siglo xx Carlos Cuervo Márquez sugirió que se trataba de águilas, por evocación específica de la serpiente emplumada (Quetzalcóatl), del panteón prehispánico mexicano. Es evidente que las razones para identificar a las aves de San Agustín como águilas o como búhos no están en las aves mismas sino en el atributo que presentan dos de ellas (la serpiente), y en el contexto al que pertenecen las estatuas (cementerios y tumbas). Las aves en sí no permiten hacer esta diferenciación. En nuestras taxonomías animales las aves de presa están organizadas en dos órdenes: falconiformes (águilas, halcones, buitres, cóndores, gavilanes, etc.) y estrigiformes (búhos). Los dos órdenes se distinguen por su pico encorvado y fuerte, como muestran las estatuas, y por sus poderosas garras, con tres dedos hacia delante y uno hacia atrás. A este respecto, sin embargo, las patas de las aves de San Agustín, con cuatro o cinco dedos hacia delante, claramente pertenecen a otro ser y podría pensarse que en realidad son pies humanos. Los grandes ojos podrían pertenecer a cualquiera de los dos órdenes, aunque es cierto que su disposición y su relación con el pico y el resto de la cabeza podrían corresponder más a los búhos. Parece evidente que a los escultores del Macizo Colombiano no les preocupaba tanto la diferenciación morfológica de los dos órdenes sino más bien ciertos aspectos del comportamiento y la ecología compartidos por ambos. Más decisivo aún, las imágenes de aves en la estatuaria pueden no representar en absoluto la bucólica escena de un ave de presa cazando una serpiente. Podría pensarse que en la categoría general ave de presa convergen simbologías contrarias pero complementarias. No puede haber duda de que la muerte es una de ellas. No solo se encuentran las aves en un contexto funerario, lo cual apoya la idea de que se trata de búhos, sino que existe por lo menos una imagen de un ave de presa como portadora de la muerte. En El Rosario se halló un extraordinario sarcófago enteramente tallado con la forma de un ave. Es la imagen del búho transportando al difunto hacia otros mundos.
La idea de la muerte como fase de transformación jamás se aleja de la idea de la fertilidad en la estatuaria, y esto incluye a las imágenes de monos y reptiles y, por supuesto, a las de aves. En verdad, la idea de la serpiente emplumada de los aztecas y totonacas no parece ajustarse a las aves de presa de la estatuaria. En su estudio iconográfico de la orfebrería prehispánica, Gerardo Reichel sugiere una posibilidad que podría aplicarse de manera más convincente a las esculturas de aves de San Agustín. Se trata del gavilán tijereto (Elanoides fortificatus), característico en particular del oriente amazónico, pero cuya distribución se extiende incluso hasta el sur de Estados Unidos. El gavilán tijereto, según Reichel, parece ser “el ave chamánica por excelencia” de Mesoamérica y el norte de Suramérica. En el Vaupés llaman especialmente la atención sus migraciones, que se producen a fines de septiembre y a fines de marzo, es decir, en los equinoccios de otoño y primavera, “que coinciden con las épocas de desove de los peces, con la maduración de ciertos frutos de palmas y con la aparición de determinadas constelaciones en el cielo nocturno”. Por tanto, las serpientes que aprisionan las aves de presa con sus picos no son las que atrapan para alimentarse, sino que pertenecen más bien al género de las que se enroscan en la Fuente de Lavapatas, las que habitan en pozos profundos cubiertos de remolinos y que en los equinoccios procrean peces y anuncian las lluvias y las cosechas y simbolizan los principios masculino y femenino, la muerte y la fertilidad. Las aves mismas probablemente no son aves sino seres humanos transformados que adquieren características muy significativas de las aves de presa, como son el pico y la aguda visión.
La clase de los anfibios reconocibles en la estatuaria se restringe específicamente al orden de los anuros y presenta solamente dos ejemplares distinguibles. El primero de ellos fue hallado por Codazzi en 1857 en un sitio que describe como la bajada “a una hondonada de 44 metros… por donde corre un arroyo”. Nadie volvió a saber de ella durante los siguientes 90 años, probablemente sepultada por un derrumbe del talud contra el cual aflora la piedra en que fue tallada, pero hoy, como dejó indicado Codazzi en su plano y en su descripción, puede verse en la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas. El otro ejemplar, nunca desaparecido, se halla en la llanura de Matanzas, cerca del pueblo de San Agustín y fue descrito inicialmente por Cuervo Márquez y luego por Preuss. Evidentemente pueden identificarse en ellos representaciones del orden Anura, pero el realismo que caracteriza su estilo es apenas relativo. En ninguno de los dos es posible distinguir familia alguna, ni, en verdad, si se trata de ranas o sapos. El propio Preuss observó que las patas del batracio de Matanzas presentan cinco dedos “en vez de los cuatro que debieran tener”, lo cual se aplica también al de la Fuente de Lavapatas. Además, los dos parecen haber ostentado fauces animales con colmillos cruzados, lo cual puede percibirse con alguna claridad en el de la Fuente de Lavapatas. Estas características confirman una vez más que el propósito de los escultores no fue el de representar animales, sino partes o aspectos de ellos particularmente significativos dentro de los valores visuales de su sociedad. También en este caso, como en el de las aves, las ranas pueden no ser tales sino más bien imágenes de transformaciones chamanísticas con un propósito definido relacionado con la fertilidad.
Fauces animales: ¿Culto del jaguar en San Agustín?
Las fauces animales, especialmente las representadas en rostros humanos, son sin duda el elemento iconográfico más impactante de la estatuaria. El primero en describirlas, Agustín Codazzi, tomó nota del tamaño de los colmillos y concluyó que “significan edad madura, pues no se ven en los rostros juveniles ni de mujer ni de otras estatuas”. No resultó difícil a Konrad Preuss demostrar más de medio siglo después el equívoco del geógrafo italiano a este respecto, pues evidentemente las fauces animales aparecen en las estatuas sin distinción de sexo ni probablemente de edad. Para Preuss “la boca grande, que muestra las filas de dientes y colmillos que sobresalen hacia arriba y hacia abajo, colocan dichas figuras en el dominio de las creencias religiosas”. Con el tiempo llegó a consolidarse entre los investigadores de la estatuaria la persuasión de que las fauces animales eran de jaguar y que en San Agustín debió existir un intenso culto felino. “La boca bestial con los colmillos cruzados, es decir, el motivo felínico”, escribió Luis Duque Gómez, “es una de las representaciones más frecuentes y quizá la característica principal del arte escultórico de San Agustín”. Más aún, el motivo de la dentadura de grandes colmillos se convirtió en el núcleo de ciertos análisis iconográficos sobre la estatuaria.
Sin duda el motivo felino es uno de los temas iconográficos más importantes en el arte prehispánico del continente y es muestra palmaria de algo que Duque Gómez vio como “una marea cultural que alcanzó una amplia expansión en América, en especial en las regiones situadas en las montañas andinas de Suramérica y en las vertientes que caen sobre el Océano Pacífico, en la América Central”. Sin embargo, la relativa unidad cultural del continente no puede hacer perder de vista el aspecto de la diversidad. Es cierto que en el mundo de la imagen olmeca el jaguar es figura central, y que en ella puede hablarse de un “culto del jaguar”. La pregunta es si puede afirmarse lo mismo con respecto al Macizo Colombiano. Para comenzar, las fauces animales no son ni el motivo más predominante, ni el más frecuente, ni el rasgo más característico de la estatuaria. Menos de la cuarta parte de todas las estatuas de procedencia conocida o desconocida ostenta fauces animales, y esto incluye a las propias imágenes de animales, y si han de resumirse en pocas palabras las características que más definen el estilo escultórico del Macizo Colombiano, estas no tienen que ver con un elemento iconográfico como las fauces animales, sino con aspectos de forma: el dominio de la masa compacta y sólida, el estatismo y la frontalidad escultórica, que encuentran su epítome en la forma fálica fundamental. Dicha forma fundamental también señala el rasgo iconográfico que podríamos distinguir como el más característico: la enorme proporción de la cabeza de la mayoría de las figuras en relación con el cuerpo. Y de hecho, así mismo define el tema subyacente primordial de la estatuaria: la fertilidad como esencia de la transformación. Sin embargo, las fauces animales son, sí, el rasgo más impactante, como ya se dijo. No solo están en las estatuas más grandes y en la mayoría de las principales de todos los sitios funerarios, sino que probablemente lo que buscaba el escultor con este elemento iconográfico era producir un profundo efecto psicológico. Sin duda tuvo éxito, no solo en su tiempo y con los contempladores más inmediatos de sus obras artísticas, sino con nosotros mismos, muchos siglos después.
Parece indudable que el componente agresivo es parte esencial del significado y el simbolismo de la dentadura y los colmillos cruzados que ostentan muchas imágenes tanto de seres humanos como de animales en la estatuaria. Su principal propósito es el de suscitar temor, la sensación más característica que experimenta el ser humano ante el peligro claro y real. ¿Temor a qué? En un nivel simbólico primario, quizás, a los animales de la realidad que ostentan este tipo de dentadura. De los animales de la estatuaria que acaban de examinarse tienen colmillos los mamíferos y los reptiles, pero sin duda las dentaduras que figuran en las imágenes humanas, e incluso en las de las ranas, proceden de mamíferos y los animales posibles entre los mencionados son solo dos: el mono y el jaguar. Las fórmulas dentales del mono y el jaguar son, desde luego, muy distintas. Mientras que aquel tiene 36 dientes este solo tiene 30, pero la diferencia fundamental está en el número de incisivos y molares. El mono tiene cuatro incisivos por mandíbula y el jaguar seis; aquel tiene seis molares por mandíbula y este solamente dos. Sin embargo, las mandíbulas de los dos animales, vistas de frente, como en las bocas de la estatuaria, son notablemente similares, aun teniendo en cuenta la diferenciación en el número de incisivos. Lo más ostensible, desde luego, son los caninos, más gruesos y poderosos en el jaguar, pero igualmente largos y protuberantes en el mono. En ambos animales mostrar los colmillos es signo de agresión, y en el caso del jaguar los colmillos a la vista son, junto con el rugido, los signos más aterradores para sus presas.
¿Qué peligro claro y real para los seres humanos pudieron haber representado el mono y el jaguar que suscitara temor? Para los indígenas actuales, y probablemente también para los de tiempos prehispánicos, el mono encierra sin duda mayores peligros que el jaguar. Es bien sabido que el felino, cazador usualmente crepuscular y nocturno y solo algunas veces diurno, no ataca al hombre si no se siente amenazado o si la cadena alimentaria a la cabeza de la cual se encuentra no ha sido perturbada de manera considerable. Al mono, en cambio, se le teme como heraldo de desgracias. Entre los desana, según Gerardo Reichel, “los monos y micos… figuran generalmente como animales de mal agüero; se designan como inmorales, promiscuos, ‘adúlteros’ y sus aullidos en la selva se interpretan como un llanto mortuorio y un presagio de desgracias y maleficios… y cuando se les oye ‘llorar’ en la selva, se sabe que pronto morirá alguna persona”.
En la mentalidad indígena, tanto el jaguar como el mono tienen otras connotaciones y encierran peligros más profundos que los claros y reales de la vida cotidiana. El jaguar es el mayor competidor del ser humano en la caza y la alimentación. Entre los kogi, escribió Reichel, “el jaguar no es símbolo de un peligro exterior sino símbolo de la energía vital que se expresa en agresión sexual y alimenticia”, y entre los desana del noroeste amazónico ocupa el lugar principal entre los mamíferos y “representa una fuerza fertilizadora directamente derivada del sol”. Si el jaguar representa una fuerza vital incontrolada, el mono representa la fuerza sexual y procreadora incontrolada. Sorprendentemente, en desana la palabra mono, gahki, significa literalmente pene. En la mentalidad desana, los monos son seres humanos convertidos en simios por el dueño de los animales debido a su conducta sexual obscena, impura e incestuosa. Si el jaguar es la fuerza fertilizadora de la naturaleza, el mono simboliza la fuerza fertilizadora del ser humano, que crea y a la vez destruye. Pero el mono suscita angustias y temores todavía más acusados e inveterados, relacionados con la propia identidad humana, con sus orígenes y con su devenir. Como todos los animales, los monos son como gente, y por su semejanza con el ser humano tal vez son más gente que todos los demás. No ha escapado a la observación de los indígenas la similitud entre el cerebro del mono y el cerebro humano y aquel “jamás debe llevarse a la maloca”, según Reichel, y por lo tanto todo mono que se caza es decapitado de inmediato. Y aparte de ser como gente, los monos representan a “la primera gente” y están en el origen de la humanidad. Como señala Reichel, “el nombre del primer hombre desana de la creación era gahki”, que en desana significa mono.
No conocemos los temores o las angustias que pudieron haber gravitado en la mentalidad de los grupos prehispánicos del Macizo Colombiano, pero sin duda los mencionados hasta aquí entre los desana del Vaupés tienen orígenes muy remotos y posiblemente se extendieron por toda la cuenca del Amazonas, incluidas las fuentes de varios de los grandes ríos de la selva como el Caquetá y el Putumayo, es decir, el Macizo Colombiano. Uno de los hechos más sorprendentes del arte de esta área se relaciona precisamente con los monos y su modo de representación. Salvo algunas excepciones, las imágenes de monos de la estatuaria se restringen a sus cabezas. Son en su mayoría monos decapitados. Por supuesto, como todo ser decapitado, están muertos, como indican sus ojos cerrados. El tipo de esta imagen es indudablemente la figura central del estanque principal de la Fuente de Lavapatas. Otra imagen de mono decapitado, pero esta vez con los ojos bien abiertos, es la que se encuentra en el Alto de Lavapatas.
?Es un mono mostrando los dientes, como lo hacen los animales de su género ante un peligro inminente, pero evidentemente no es la imagen de un mono agresivo. Es la imagen de un ser que trae malos presagios y simboliza la fuerza procreadora del hombre, especialmente en cuanto tiene de destructivo, obsceno, incestuoso, promiscuo y adúltero. Es “como un hombre”. Más aún, es como el primer hombre sobre la faz de la tierra.
Todas estas observaciones permiten acercase sobre bases más seguras a la interpretación de la imagen del jaguar y el mono y, en términos más específicos, a las fauces animales en la estatuaria. El jaguar sin duda está presente en la estatuaria, pero es una figura relativamente marginal como hemos mostrado. El animal verdaderamente emblemático es el mono. Es, más que el felino, o incluso el ser humano, el agente y protagonista central de la transformación y símbolo indiscutible de la fertilidad en el Macizo Colombiano prehispánico. Muchos aspectos incomprensibles y aparentemente absurdos de la estatuaria cobran sentido si se toma como referencia la figura del mono, que se convierte en el elemento estructurante de la imagen artística.
Los valores figurativos y simbólicos de la dentadura con colmillos cruzados son sin duda múltiples. Aparece en el jaguar de El Tablón, en la mayoría de imágenes de monos y sus transformaciones, así como en las de lagartos y caimanes, en la rana de la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas, en cerca de la quinta parte de imágenes humanas y en otras esculturas que representan seres fantásticos, y no hay diferenciación entre las fauces animales que pertenecen a animales y las que forman parte de rostros humanos. Llamó la atención a Preuss la “anchura poco natural de la boca, la cual debido a su tamaño exhibe entre los colmillos protuberantes un número exageradamente grande de dientes”. No hay duda de que la anchura de la boca ciertamente es poco natural, pero en cuanto a los dientes es necesario hacer algunas observaciones. Contrario a lo que podría parecer y a lo que indicarían algunas estatuas, el número de dientes no está precisamente librado al azar. En todas las bocas aparecen cuatro caninos cruzados, como corresponde al jaguar y al mono. En algunas alcanza a verse un corto número de premolares, pero los dientes más visibles, aparte de los caninos, son los incisivos. En algunos casos es evidente la exageración en su número, como en la gran estatua del Montículo V de la Meseta A del Alto de los Ídolos, que tiene once. Dos estatuas más tienen nueve, la primera en el cerro de La Pelota y la segunda en la Meseta B del Alto de los Ídolos, pero en este último caso se trata de la dentadura de un ser mixto con algunas características de caimán. Pero en verdad, estos son casos excepcionales. Debido en gran parte al deterioro de las estatuas, solo es posible contar los dientes de poco más de 60. Dos terceras partes de ellas presentan cuatro incisivos, es decir, los correspondientes al mono. Menos de la sexta parte tienen los seis incisivos del jaguar, y la sexta parte restante tiene tres, cinco o siete.
Es claro, desde luego, que difícilmente puede hablarse de realismo en la representación de las bocas que, no obstante su aparente uniformidad, muestran cierta variedad estilística. La forma más característica de representar la dentadura es enmarcada en una suerte de casetón curvado, circundado por un reborde que semeja los labios carnosos propios del ser humano. Paradójicamente, esto las convierte en las más “humanas” de todas las bocas de la estatuaria, pues es visible que las de las figuras “realistas” son apenas un trazo en incisión, sin labios, que sugiere más la boca de los simios que la del ser humano. En muy pocos casos se proyectan las fauces hacia delante formando una especie de hocico, pero aun en estos casos, por la forma de la nariz y otros detalles, parece hacerse referencia más a la cabeza del mono que a la del jaguar.
Para concluir, en la estatuaria es muy significativo el dominio de la dentadura del mono. Indudablemente, en las fauces se concentran muchos de los simbolismos y temores asociados con el mono que hemos señalado. Pero es muy probable también que este rasgo hubiera estado asociado con otros simbolismos y temores, incluidos la fuerza sobrehumana y fertilizadora del jaguar, derivada del sol, el veneno de la serpiente y el del sapo, al tiempo con sus poderes fecundantes, la fuerza del caimán y quizá las propiedades de otros animales aterradores y a la vez benéficos.
El mono transformado
Si en lengua desana se utiliza la misma palabra (gahki) para designar al mono, al falo y al primer hombre, en la estatuaria de San Agustín hay una vinculación estrecha, inmediata y directa entre la forma fálica fundamental y el mono. Dicha vinculación se encuentra en los pequeños “guardianes de tumbas”, más de 30 esculturas que, como se vio, tienen la forma precisa del falo. Algunos, incluso, no tienen más labrado que un corte en redondo que separa la forma parabólica del glande del resto del cuerpo. Los ojos de algunos son almendrados, otros son redondos, pero siempre están cerrados como si estuvieran muertos. Son, indudablemente, monos. Monos decapitados, con su cabeza sobre un cuerpo que no les pertenece, en esencia un pilar cilíndrico sin miembros inferiores. Preuss ha sido el único hasta ahora en observar algo obvio: el prognatismo manifiesto en los rostros de estas figuras, rasgo característico de los simios. Varios “guardianes” muestran fauces de colmillos cruzados, con cuatro incisivos como corresponde a los monos. A los lados del pilar cilíndrico cuelgan los brazos, con manos a veces de cuatro dedos, sin pulgar, como las de los monos araña, uno de los dos únicos géneros de primates en el mundo que lo han perdido; en otras manos se ven los cinco dedos de los demás primates. Algo se ha escrito sobre el significado de los brazos, uno de los cuales, el derecho o el izquierdo, toma su contrario. Se ha sugerido que señalan dirección en el contexto funerario en que se encontró la mayoría de ellos (Montículo Norte de la Mesita B ?del Parque Arqueológico de San Agustín), sugestiva hipótesis que valdría la pena seguir explorando. Pero para nuestros fines presentes, basta con constatar que la cabeza muerta está sostenida por un cuerpo cilíndrico con brazos.
El cuerpo cilíndrico sobre el que se apoyan las cabezas muertas de los monos se convierte en serpiente por la magia de la imagen escultórica. Ya en varias piedras con dibujo inciso aparece la asociación del mono con la serpiente. En una placa hallada en el Montículo Sur de la Mesita B se ven tres pequeñas cabezas reposando sobre cuerpos alargados, dos de ellos reticulados y el otro con líneas horizontales paralelas, como están decoradas algunas serpientes de la estatuaria. En otra piedra de la misma procedencia (pág. 144 a) aparece incisa una gran serpiente con un bulto en medio de su cuerpo y cabeza perteneciente a otro ser (que podría ser un hombre, pero con mayor probabilidad un mono). El mono-serpiente aparece ya con mayor claridad en una de las piedras halladas originalmente en la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas, en la que Preuss vio “una serpiente con brazos y rostro humano y con las aletas de la nariz muy anchas, lo mismo que en casi todas las esculturas de San Agustín”.
Es en la Fuente de Lavapatas donde se encuentra el mayor número de monos-serpiente reunidos en un mismo sitio. Son las figuras que Pérez de Barradas describió como “lagartos” de dos patas, o mejor, “con solo los brazos delanteros, como todos los lagartos de la arqueología agustiniana”. Varios tienen la cola enroscada formando una espiral, como en la piedra de la pendiente hacia la quebrada, y dos de ellos están superpuestos. En el estanque ?principal se despliega un cuadro de sorprendente valor artístico, aún visible no obstante la pérdida de parte de la obra al desportillarse el borde derecho del estanque. En el fondo de este y aproximadamente en su centro, dando frente al canal de desagüe, descansan la cabeza y los brazos del mono-serpiente. El ancho y plano cuerpo del ofidio asciende por el muro dividiéndose en dos enormes serpientes que enmarcan la cabeza del mono decapitado descrito anteriormente y se dirigen hacia los extremos opuestos del estanque, para descender de nuevo hacia el fondo diagonalmente por los muros menores. Al final de cada una de las serpientes escindidas vuelve a aparecer el mono-serpiente, formando un ser de tres cabezas y seis brazos. Es de todo punto imposible imaginar qué significado pudo haber tenido semejante imagen, pero sin duda tiene relación con la monstruosa serpiente que habitaba los profundos pozos cubiertos por un remolino en una milenaria mitología que evidentemente se extendió por toda la cuenca del Amazonas. Por enésima vez, la vida y la muerte, la procreación y la destrucción, se combinan en una sola imagen en torno al tema de la fertilidad.
Una de las imágenes más espléndidas del mono-serpiente es la representada en dos estatuas del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Siempre han sido figuras incomprendidas y el primero en describir la única que conoció, Konrad Preuss, la vio como “un esqueleto”, interpretando las escamas ventrales de algunos reptiles, o los anillos de otros, como “costillas”. No pueden ser costillas, replicó el descubridor de la segunda, Pérez de Barradas, “puesto que estas, al verse de frente, tendrían la indicación del esternón”. Pérez estaba en lo correcto, pero pensó que estas divisiones más bien parecían una “túnica de volantes”. ¿Por qué están representados estos seres de pie si, como observó Preuss, “no tienen huellas ni de pies ni de piernas”? En realidad, son la imagen del primer tercio, o algo así, de una serpiente, levantado verticalmente. Reichel-Dolmatoff describe la idea que tienen los desana sobre este comportamiento: “A fines de marzo, y de nuevo en septiembre, las anacondas remontan el río en la noche y, de trecho en trecho, levantan sobre el agua cerca de la tercera parte de su cuerpo para desplomarse con fuerza, produciendo un sonoro chapoteo. Esto es parte de su conducta de apareamiento, pero los indios dicen que, cuando las culebras se elevan por encima del agua, observan las estrellas para determinar el momento más apropiado”. El momento más apropiado para copular, reproducirse y engendrar a los peces, en los equinoccios de primavera y otoño. La imagen recuerda a los pequeños “guardianes de tumbas” de la misma Mesita B y, como aquellos, se trata de una nueva versión de la forma fálica, no sugerida sino abiertamente representada, pues como observó Preuss, tienen la cabeza “casi completamente pegada al pecho”. Los grandes y redondos ojos, que suelen interpretarse como “ojos de pescado”, no son otra cosa que ojos de mono bien abiertos, y en esto se distinguen de los “guardianes”.
El mono-serpiente es el foco de atención de una de las imágenes más extrañas de San Agustín, y también una de las más significativas. Ha sido llamada desde tiempo inmemorial “El Obispo”, por la toca que adorna su cabeza, en forma de tronco de pirámide con decoración estriada y que seguramente sugirió a algunos la mitra arzobispal. Situada en la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, tiene cerca de cuatro metros de altura y es la mayor de toda la zona a la derecha del río Magdalena, superada en tamaño en todo el Macizo Colombiano solamente por la gran placa localizada entre las dos mesetas del Alto de los Ídolos en San José de Isnos. Ya la hemos descrito anteriormente en sus aspectos formales en la sección sobre la técnica de bulto redondo, y nos ocupamos ahora de intentar establecer su significado, tratando de definir qué representa. Para empezar, digamos que, por su cara frontal, es una figura doble, con un ser tallado en la parte superior y otro en la inferior, en posición invertida.
La noticia más antigua que tenemos de ella procede del vulcanólogo alemán Alphonse Stübel, quien la halló apenas sobresaliendo del piso y la desenterró con la ayuda de 23 hombres en una labor que tomó tres días en 1869. El trabajo de Stübel y sus peones consistió en retirar la tierra de la parte anterior, abriendo una especie de zanja que dejó la posterior sepultada hasta dos tercios de su altura, como muestran los dibujos del español José María Gutiérrez de Alba, quien la ilustró en su diario de viaje de 1873. Hoy está completamente al aire, sostenida por soportes de acero, pues no tiene base. Este hecho motivó a Pérez de Barradas a pensar que “esta estatua fue un magnífico fracaso, puesto que no podemos comprender cómo sus autores omitieron la base destinada a ser hincada en el suelo”. Para explicárselo, Pérez ideó una suposición un tanto truculenta que ponía en tela de juicio la calidad artística del escultor: “Nuestra creencia es que empezó a esculpirse la losa por la parte inferior, y que habiéndose calculado mal el espesor de la piedra, hubo necesidad de desistir y comenzar por el otro extremo”. Pérez no creía que la estatua “estuviera la mitad en el aire y la otra mitad enterrada”, puesto que a sus ojos no había nada que lo comprobara de manera plena. Obviamente no sabía de Stübel y sus 23 peones indígenas, y a decir verdad la forma en que estaba enterrada era exactamente aquella a la que no daba ningún crédito. Esta forma de hincarla en el suelo es parte fundamental de su significado, como se verá en seguida, y al desenterrarla Stübel en 1869 hizo que la estatua perdiera gran parte de su sentido.
Como se señaló, el punto focal de la estatua es la pequeña figura que tiene en sus manos el ser representado en la parte superior, y que dirige su pequeña cabeza hacia abajo. El primero en describir la escultura, Carlos Cuervo Márquez, imaginó que se trataba de un niño, “cuyos brazos cuelgan a los lados de la cabeza, como agitándose en el aire”. La figura superior, por lo tanto, no podía ser otra cosa que “el demonio devorador de niños, que los quitus llamaban Supay, y al cual hacían constantes y horribles sacrificios”. Guiándose más por el deficiente dibujo que ilustra su libro que por la propia estatua, Cuervo observó con desagrado que, al estar a punto de llevarse a la boca el cuerpo del bebé, “en los ojos, pequeños y redondos, de la figura principal se ven la avidez y el placer de satisfacer sanguinarios instintos”. Luis Duque Gómez creyó ver algo aún más aterrador, un monstruoso personaje desgarrando con los dedos de las manos el vientre del niño, por lo cual interpretó la imagen como la representación de “un sacrificio solar”. Sin embargo, la imagen es mucho menos obvia de lo que aparece en estas imaginativas interpretaciones y el personaje del extremo superior mucho menos sanguinario de lo que se le atribuye. En realidad, es una de las representaciones más extraordinarias, sutiles y llenas de significado de toda la estatuaria.
La cabeza de la pequeña figura no es la de un niño. Es la de un mono, idéntico a los dos que rematan el tocado de una estatua de la Mesita C. Incluso tiene, como aquellas, orejeras circulares y está coronada por “un apéndice de perfil rectangular”, como observó Pérez de Barradas. Su cuerpo no es otra cosa que la misma base de sección circular que soporta las cabezas de los “guardianes de tumbas” y, como aquellos, tiene sus dos brazos. Es decir, pertenece al mismo género que aquellas figuras. Preuss observó que al menos dos de ellas “que probablemente conservaban su posición original, se hallaron enclavadas en el suelo con la cabeza hacia abajo”, en posición idéntica a la de este. ¿Dónde está la tierra en la cual habría de enclavarse de cabeza? La imagen inferior de la estatua representa a una figura parada de cabeza y con las piernas asidas por los brazos, dejando ver los glúteos y una gran línea vertical con la cual sin duda se representa la vagina. Es la madre tierra, y por eso los artistas prehispánicos la habían enterrado totalmente. A juzgar por los dibujos de Gutiérrez de Alba, la placa debió haber estado sepultada aproximadamente hasta la altura de los brazos de la figura superior, quedando entonces oculta incluso la cabeza del mono. Por esa misma razón la estatua no necesitaba base alguna. ¿Y qué es la figura superior? Desde Codazzi hasta hoy se ha considerado que varias de las estatuas de la Mesita B son imágenes solares, pues originalmente daban la cara hacia el oriente, hacia donde nace el astro en las mañanas. Sin duda, es la personificación del sol. Queda así la imagen completa: El sol fecunda la tierra introduciendo en su vagina su falo, simbolizado por un mono-serpiente. Es la imagen de la fertilidad, esencia de la transformación y tema central de la estatuaria. Difícilmente puede encontrarse en el arte universal una imagen más delicada e ingeniosa del tema de la fertilidad, con el propio planeta tierra como parte de la escultura.
El motivo del mono-serpiente se encuentra también en algunas de las imágenes más misteriosas de la estatuaria. Son cuatro estatuas que representan a un ser que extrae de la boca una cinta de cuyo extremo pende la cabeza de otro ser. Como observó Codazzi en las figuras de Uyumbe y la Mesita B, las pequeñas cabezas tienen expresión de muertas, más aún, decapitadas, lo cual interpretó como mandato de silencio a los neófitos, dentro de su peculiar concepción de los sitios arqueológicos como parte de una senda de iniciación sagrada. Las cintas o lenguas que salen de las fauces de la figura mayor son indudablemente serpientes, representadas siguiendo el estilo de relieve bidimensional frecuente en las figuras de ofidios de la estatuaria. ¿Qué significado pueden tener estas imágenes? Duque Gómez las vio como “representación de un rito solar”, pero más precisamente pueden tener que ver con imágenes mentales y simbólicas (míticas) de las fuentes de la procreación y las fuerzas de la fertilidad. La imagen fálica representada por el mono-serpiente sale de la boca de un ser que reúne en sí mismo los símbolos básicos de la fertilidad: el mono y la serpiente. María Lucía Sotomayor y María Victoria Uribe citan un par de pasajes de las notas etnográficas inéditas de Preuss sobre los huitotos de la región amazónica. “Los individuos”, dice Preuss, “tienen un hablador, genio tutelar o demonios tutelares auxiliares que viven en él. Cosas mágicas que antes no pertenecían a un individuo, son sacadas de él por la boca después de haber sido hechas por sus demonios tutelares; o que alguien transforme su segundo yo en un animal, separándose de él para siempre… El envío de animales corresponde al modo como el progenitor secreta de sí mismo los objetos que debe crear…”. Interpretando las palabras de Preuss dentro del contexto de la estatuaria, la potencia procreadora y fecundante está en el sol, pero también en el interior de los individuos, que expulsan de sí mismos dicha potencia creada por sus genios tutelares. La imagen del sol de la Mesita B que fecunda la tierra con su falo tiene precisamente el mismo tema. El sol acaba de extraer de su boca la potencia procreadora y se apresta a introducirla en la tierra para hacerla fértil.
No terminan aquí las imágenes del mono-serpiente, pues aparecen en otras estatuas en combinación con lagartos o caimanes formando seres que, a manera de “dobles” o genios tutelares, llevan ciertos personajes a su espalda y que se examinarán más adelante. Pero por el momento, concluimos el análisis de la figura del mono con una de las imágenes más significativas y controvertidas de la estatuaria. Entre las escasas figuras de cuerpo completo del mono resaltan aquellas que lo representan en el acto de cubrir a una figura de menor tamaño. Hoy conocemos dos, procedente la primera de Uyumbe y actualmente en el Bosque de las Estatuas, y la segunda hallada en 1969 en La Parada. Codazzi describió la de Uyumbe como “un mico grande que abriga con su cuerpo y acaricia a un pequeñuelo, como en demostración del amor maternal”. Cuervo Márquez, por su parte, la vio como “un mono en actitud de cubrir a la hembra, de tamaño más pequeño, cuya cabeza y extremidades asoman por debajo, y a la cual con ambas manos tiene fuertemente asida por la frente”. Preuss aceptó que se trataba “indudablemente” de un mono, pero la figura más pequeña, con “mayores vestigios de ser humano que de animal”, debe pensarse “que se trata de un niño”. Casi medio siglo después, Gerardo Reichel-Dolmatoff contradijo estas descripciones y concluyó que representaba “fuera de toda duda, un jaguar que domina a una figura humana más pequeña, con marcadas características femeninas”. Reichel no ha sido el único en manifestar este parecer. Varios años antes de la visita de Codazzi a San Agustín, en 1855, un anónimo observador describió la escultura como “un tigre despedazando con las garras un corderillo o venado”, y en 1872 el español José María Gutiérrez de Alba consideró que la piedra representaba “aunque muy imperfectamente, las formas de un tigre echado en actitud tranquila, y con la cola enroscada sobre el dorso”. Con todo, las minuciosas observaciones de Preuss, particularmente “la forma de las patas traseras y delanteras, que son más largas, los dedos de las mismas patas, la cola que se extiende por todo el dorso, los ojos redondos y profundos y el prognatismo muy caracterizado del rostro”, confirman que se trata de un mono. En realidad, el argumento de Reichel se fundamenta exclusivamente en las fauces animales y el tamaño de la cabeza. Sin embargo, aquellas solamente son visibles en la estatua de La Parada y, como se vio, no son necesariamente de jaguar. La cabeza es evidentemente exagerada para ser la de un mono, pero su forma y, en especial, su prognatismo, despejan la duda.
La discusión sobre la figura mayor es evidentemente interesante, pero el verdadero misterio, y probablemente la significación de la estatua, están en la figura que se encuentra bajo aquella. Codazzi pensó que se trataba de una cría de mono, mientras que Preuss, argumentando que los rasgos son más de ser humano que de animal, la vio como un niño y la interpretó como símbolo místico, según modelo que halló entre los huitotos. Carlos Cuervo Márquez abrió otra senda de interpretación al considerar que se trataba de una hembra de mono a la cual cubría el macho, llegando a ver en consecuencia “este extraño grupo como emblema de la potencia generadora de la naturaleza”, y concluyendo que “sin duda es una de las manifestaciones del culto phállico, uno de los más antiguos que ha tenido la humanidad”. Sin embargo, el descubrimiento de la escultura de La Parada introdujo un giro inesperado y dio visos aún más extraños a la imagen. En contraste con la de Uyumbe, en esta pueden verse las facciones del rostro con mucha claridad, y con sorpresa se descubre que representa a una mujer. Reichel no tuvo duda alguna a este respecto, y destacó las orejeras circulares, la boca y una diadema que lleva en la cabeza como características de la representación de la figura femenina en la estatuaria. Vio el conjunto como el ataque de un felino contra una mujer, en que el felino la domina y se apresta a devorarla. Sin duda, coincide con su interpretación de los “cuentos de tigre” de los kogis en los que a su modo de ver aparecen las fantasías del comer y del ser comido, “expresión tanto del hambre como de la sexualidad frustrada”. Pero nada indica en la estatua de La Parada que el animal vaya a devorar a la mujer, y mucho menos que simbolice la sexualidad frustrada. Sin duda se trata de la imagen de un coito, pero no del mono con la hembra de su especie, como supuso Cuervo Márquez, sino de aquel con la hembra humana. También aparece en esta escultura la imagen del amor maternal que describió Codazzi, e incluso del cuidado del niño que anotó Preuss, pues el mono sostiene con sus manos la figura de un bebé, cuyo cuerpo descansa sobre la espalda de la madre. Claramente, el niño que acaricia el mono de la estatua de La Parada es el producto del coito entre el animal y la mujer, tema central de la obra. ¿Cómo explicar tan peregrina representación? Indudablemente debe tratarse de un mito de origen. No del origen del género humano, sino el del hombre, el macho humano. Si el primer desana fue un mono, probablemente dentro de la concepción de los habitantes prehispánicos del Macizo Colombiano el primer hombre fue hijo de un mono y una mujer y conservó rasgos de ambas especies. Por esta razón, todos los seres humanos representados en la estatuaria están creados, diríase, a imagen y semejanza del mono.
Hombres y mujeres transformados
La figura humana, o lo que a primera vista se presenta como figura humana, es el motivo dominante en la estatuaria del Macizo Colombiano. De las cerca de 500 esculturas de procedencia conocida o desconocida, cuatro quintas partes, alrededor de 300, representan seres humanos, o partes de seres humanos, con distintos grados de transformación. La figura humana se talló en todas las formas de la piedra, utilizando todas las técnicas y en todos los estilos, pero las cifras siempre llaman a engaño pues no se puede olvidar que el verdadero dominio de la imagen lo tiene la idea de que los animales son como la gente y la gente es como los animales.
Al analizar dos estatuas halladas en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, Carlos Cuervo Márquez llegó a la conclusión de que “estas extrañas figuras indudablemente no representan el tipo de los pobladores de San Agustín”, sino que “se refieren a una raza diferente”. La boca ancha, la gruesa nariz, las mandíbulas salientes y los gruesos labios, escribió, “recuerdan al momento las toscas facciones del tipo negro”. Salvo por los labios gruesos y la suposición del origen negroide del hombre americano, las observaciones de Cuervo se aplican, en general, a la mayoría de figuras humanas de la estatuaria. Para ser más precisos, la mayoría de seres humanos del arte del Macizo Colombiano no parecen ser de otra raza sino de otra especie.
Konrad Preuss hizo una aguda observación referente a una faceta singular de la estatuaria. “En la representación completa del cuerpo”, anotó, “aparece el tipo constante de las estatuas, lo que nos permite reconocer, a primera vista, que pertenecen a la civilización de San Agustín, y que corresponden a la representación uniforme de la cara en todas sus partes”. En realidad, la uniformidad del rostro está dada por dos detalles de los que Preuss se percató, pero sin vincularlos ni someterlos a análisis iconográfico. El primero es la nariz. En todas las estatuas, incluso en las que se acercan más al realismo, la nariz tiene las mismas características. “Lo más preciso en este arte”, continúa Preuss, “se caracteriza por el tipo de la cara, por las alas de la nariz exageradamente amplificadas y anchas, aplicadas a veces inorgánicamente… El dorso nasal, que es igualmente ancho por lo general, se aplana en la nariz y los rebordes orbitarios salientes, acaban muchas veces por dar una impresión amenazadora”. El segundo detalle son las líneas que enmarcan las alas de la nariz y la boca. “Para comprender la caracterización natural de la cara”, escribió Preuss, “debemos tener en cuenta en primer término el pliegue acostumbrado que de las alas de la nariz se estira hasta las comisuras bucales. En estos casos la boca tiene forma ancha de animal. En los demás casos, el pliegue se extiende hacia los lados, lo que da la impresión de que la boca es ancha, sin que lo sea en realidad”.
?La caracterización de Preuss es muy precisa. Describe rasgos, no de una cara humana, sino de la cara del mono, específicamente del mono americano, que no por nada recibe el nombre de platirrino, palabra que significa nariz plana y ancha. Este rasgo constituye su principal diferencia con el mono del mundo antiguo, llamado catarrino (nariz orientada hacia abajo). La caracterización del platirrino se complementa con la extraordinaria anchura del tabique de las fosas nasales, que hacen que estas queden apartadas y orientadas hacia los lados, al contrario que los catarrinos, cuyo tabique es muy delgado y sus fosas nasales apuntan hacia delante o hacia abajo. Esto último, la orientación de las fosas nasales, coincide más con la nariz humana, y es el único aspecto que distingue a la nariz de la estatuaria de la de los platirrinos. Por lo demás, todo coincide. En cuanto a los pliegues que marcan los pómulos, no es necesario agregar nada a la descripción de Preuss. En el arte de San Agustín la gente es como los animales y, más específicamente, como los monos.
Esto, desde luego, no es casual. Así como las estatuas de animales no representan precisamente animales, las de seres humanos no son retratos, y ni siquiera tratan de imitar el tipo humano indígena prehispánico del Macizo Colombiano. Son imágenes míticas que hablan de creencias sobre los orígenes del ser humano y del universo, de las relaciones de aquel con la naturaleza y su papel dentro de ella, del orden de las cosas y la organización y supervivencia de las sociedades. Ese cúmulo de significados se halla sintetizado en el rostro del hombre-mono, representado en gran formato en la cabeza del Montículo Noroeste de la Mesita B. Con cerca de dos metros de altura y tres de anchura, se ha visto a partir de Codazzi como la imagen del sol por su posición dirigida hacia el oriente. No cabe duda de la referencia al sol de esta y las demás estatuas cercanas a ella, pero en esta específicamente se asocian otros elementos. Es la imagen del mono decapitado, símbolo de la potencia procreadora y fertilizadora del hombre y de la naturaleza, y al mismo tiempo animal de mal agüero, lascivo y promiscuo; del primer hombre, producto del coito entre un mono y una mujer y por lo tanto imagen de los antepasados y del ser humano en abstracto. El sol, el hombre y el mono se asocian en esta estatua por lo que tienen en común: su energía fertilizadora, fuente de vida y a la vez fuente de riesgos, angustias y temores.
Tratar de distinguir entre el hombre y el mono es tarea vana en la estatuaria, pero es notorio que en algunas estatuas se pone énfasis en el aspecto animal de la representación, como en la estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín que Preuss describió como “figura femenina con los dedos curvados”, señalando que estos son “indudablemente una imitación de garras”. Al observar las manos de las estatuas se aprecia que, en general, tienen aspecto humano, con cinco dedos y, en algunos casos, con las uñas claramente indicadas. Muchas son esquemáticas y los dedos apenas se sugieren mediante incisiones paralelas, como en los “guardianes de tumbas”, y en algunos casos se muestran las primeras falanges, en clara indicación de que la mano está cerrada formando puño sobre el vientre del personaje representado, o que sostiene algún objeto. Los dedos curvados son claramente visibles en algunas figuras, por ejemplo en una singular estatua de El Tablón, que conviene examinar en detalle. Preuss destacó “su naturaleza brutal”, que según él “la demuestran sobre todo los dedos, curvados a manera de garras”. Este detalle, así como las fauces animales que ostenta, han insinuado a la mayoría de observadores que se trata de una imagen felina, impresión que se refuerza por encontrarse a su lado la única figura auténticamente felina de la estatuaria. Sin embargo, la identificación de la estatua y sus rasgos es mucho menos simple. En ella el escultor fue especialmente cuidadoso con los dedos, tanto los de las manos como los de los pies. En todas las extremidades muestra cuatro dedos, que son los propios del mono araña (Ateles spp.) y no los cinco que caracterizan a todos los demás monos, al hombre e incluso a las extremidades anteriores del jaguar, cuyas zarpas se muestran con gran realismo, con todo y garras retráctiles, en el relieve que lo representa. La nariz, como ya se ha indicado, es indudablemente la del platirrino americano, e incluso las fauces muestran los cuatro incisivos del mono y no los seis del jaguar. Las orejas están adornadas con orejeras circulares, usualmente asociadas con la figura del mono y, en muchos casos, con la imagen femenina. Dichas orejeras tienen en la estatuaria relación con la serpiente, cuya imagen aparece también sugerida en la ornamentación reticulada de la falda que viste a la figura y que constituye el fundamento de Preuss para identificarla como representación femenina. Finalmente, el tocado escalonado que corona su cabeza hace referencia en la estatuaria al mono. En síntesis, no es una figura felina sino una peculiar imagen del mono-serpiente de la estatuaria, y los dedos curvados no representan garras sino dedos humanos o de mono.
Imágenes chamanísticas
Las imágenes humanas en la estatuaria del Macizo Colombiano constituyen, en última instancia, un conjunto de representaciones chamanísticas centradas en el tema de la transformación y su elemento esencial, la fertilidad. En la enorme variedad simbólica y representativa de la estatuaria surge con toda claridad la figura del chamán con distintos atributos que a la vez son símbolos, adornado en muchos casos con brazaletes, collares, orejeras, narigueras, diademas, tocados, y vestido con taparrabos, faldas, fajas, lazos y otros efectos de indumentaria. Son sin duda chamanes las estatuas principales de hombres y mujeres de los montículos y muchas de las estatuas independientes. El chamán, escribió Reichel, “oficia en los rituales del ciclo vital y se ocupa activamente en la cura de enfermedades”. Interviene directamente en los asuntos relativos a la caza, la pesca y la recolección y en muchos otros aspectos económicos. “Por ejemplo”, continúa Reichel, “el chamán controla personalmente la cantidad y concentración del veneno empleado para pescar en determinada parte del río; fija el número de animales que deben matarse cuando se anuncia la presencia de una manada de saínos; decide la estrategia apropiada para la recolección de frutos silvestres; determina cuáles peces deben volverse al agua después de una redada y, ocasionalmente, puede aun prohibir totalmente dar muerte a ciertos animales en un área circunscrita de la selva”. Pero ante todo, “el chamán es un mediador entre este mundo y el mundo sobrenatural”, y está estrechamente vinculado con todo cuanto se relaciona con la fertilidad. “En muchas sociedades, antiguas y actuales”, anota Reichel, “el chamán tiene un carácter fálico o andrógino y personifica las energías procreativas de la naturaleza… La imagen fálica del chamán es también la razón por la cual se le asocia comúnmente con aquellos animales a los cuales se atribuye gran potencia sexual, expresada por ciertos rasgos morfológicos, anatómicos o por características de comportamiento”. En el caso del Macizo Colombiano, sin duda, el animal directamente vinculado con la figura del chamán fue el mono, por las características y rasgos ya anotados. La forma fálica, la forma del mono y la forma del chamán se funden en una sola figura en la estatuaria.
Parte del saber chamanístico, según las creencias indígenas, se obtiene de los animales. “En mitos y narraciones”, escribe Reichel, “abundan relatos de visitas al mundo de los animales, de gentes que se convierten en animales para aprender más sobre sus costumbres, o de animales que enseñan al hombre cómo emplear ciertos recursos…; muchos chamanes afirman haber adquirido parte de su conocimiento específico de animales, que les habrían revelado la existencia de un recurso alimenticio inusitado, la cura para una enfermedad, o el procedimiento práctico para resolver un problema cotidiano. Parte de este saber puede, entonces, considerarse como esotérico y secreto, propiedad privada del chamán. Sin embargo, con gran frecuencia, este conocimiento especializado de la conducta animal llega a formar parte de pautas prescritas de acción e interacción humanas, debido a su evidente valor adaptativo”. Las “visitas” de los chamanes al mundo de los animales y en general al mundo sobrenatural tienen lugar en trances narcóticos inducidos por sustancias alucinógenas. Al ingerirlas, el chamán cree realizar vuelos extáticos al mundo de los muertos o al mundo de los espíritus. “El vuelo extático”, continúa Reichel, “proporciona el modelo para el concepto de la transformación. A partir de este, el chamán, bajo la influencia de ciertos narcóticos, cree poder transformarse en un pájaro, en un jaguar o en otros animales y así poder vagar, sin ser reconocido, en nuestro mundo terrenal. Bajo esta apariencia acecha a sus enemigos, observa la conducta de las gentes, se comunica con otros chamanes”. El chamán, entonces, entabla una relación muy especial con los animales: “algunos de ellos son sus dobles, sus avatares, y el chamán puede adoptar su forma”. La estatuaria de San Agustín deja muy en claro cuáles eran estos animales entre las sociedades prehispánicas del Alto Magdalena: La serpiente, el búho o el águila, el jaguar, la rana y los lagartos. El mono claramente no se cuenta entre ellos, pues en el arte de San Agustín el chamán, como todo ser humano, es, ante todo, como el mono, y por lo tanto no necesita adoptar su forma.
Pero el chamán también tiene una faceta agresiva y que infunde temor, y esta faceta se concentra en muchas estatuas en las enormes fauces animales. Pero estas, aunque sin duda son el rasgo más impactante de la estatuaria, solamente aparecen en cerca de la tercera parte de las imágenes humanas. Sin embargo, el aspecto peligroso o mortífero de la vida casi nunca está del todo ausente y se halla en las referencias a la serpiente, al jaguar, al cocodrilo, a la rana, incluso al propio mono, símbolos de la potencia procreadora, la fertilidad, las lluvias y la abundancia, pero a la vez heraldos de la muerte y la desgracia cuyas fuerzas deben controlarse. En la estatuaria la imagen chamanística está concebida dentro de pautas figurativas muy definidas. Cada detalle parece tener un valor representativo y simbólico muy específico, dentro de un lenguaje ordenado y predeterminado en el que nada queda al azar. Las poses, la indumentaria, los ornamentos y los atributos están representados dentro de un claro formalismo ceremonial que suprime toda naturalidad expresiva y determina fórmulas que se repiten de un sitio arqueológico a otro. Esto permite identificar tipos concretos y descubrir, no obstante la relativa uniformidad, la gran diversidad de imágenes de la estatuaria.
Cierto número de figuras humanas ostenta atributos que sin duda forman parte de la imaginería chamanística. Los principales son niños, animales, implementos para la masticación de coca, los llamados cráneos trofeo, e instrumentos escultóricos. En varias estatuas, nueve en total hasta donde pueden distinguirse, aparecen representados niños como atributos de figuras humanas que se han descrito como femeninas. Parecen serlo, en efecto, no tanto por el atributo de los niños como por los rasgos de síntesis geométrica que ostentan. La imagen de la mujer con el niño ha sido objeto de interpretaciones muy divergentes. Pérez de Barradas describió una de las estatuas como una “diosa madre”, mientras que Duque, por el contrario, imaginó que se trataba de la representación de un “sacrificio solar”, obviamente por asociación con la imagen del sol fecundando a la tierra y que interpretó como un ser que se apresta a devorar a un niño. Pero sin duda no se trata de imágenes tan líricas o dramáticas. Sencillamente, los niños podrían representan un aspecto de la fertilidad y la procreación. Más allá de esto, cualquier especulación sobre sus valores simbólicos es aventurada. Se ha sugerido que algunas estatuas femeninas de abdomen abultado representan mujeres en estado grávido. El caso más significativo es el de una figura del Alto de las Piedras, indudablemente femenina y cuyo vientre, como escribió Preuss, “sobresale de manera poco natural”. Sin embargo, en toda la estatuaria es mayor el número de imágenes con sobresaliente vientre que podrían identificarse como masculinas, lo cual puede ser, desde luego, simplemente signo de obesidad.
Los animales representados como atributos de imágenes chamanísticas se limitan, con una excepción, a dos tipos: serpientes y peces. Ambos animales, por supuesto, están directamente asociados entre sí y con el tema de la fertilidad. Las dos estatuas más representativas en este aspecto se encontraban originalmente en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, de donde fueron llevadas a la plaza del pueblo y, en fecha más reciente, al Museo de Parque. Sostiene la primera un pez y la segunda una serpiente, y sin duda fueron labradas simultáneamente, o por el mismo escultor en momentos sucesivos y, aunque independientes, probablemente se erigieron una al lado de la otra. Ambas pueden considerarse imágenes femeninas, la primera tanto por la serpiente como por la forma del tocado o peinado, y la segunda por las espirales que tiene dibujadas sobre las mejillas, alusión a la serpiente. La serpiente, el mono y el pez aparecen juntos de modo más evidente en una estatua del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos.. El personaje lleva a su espalda lo que Duque Gómez vio como “un cargador con dos peces, uno de los cuales está destruido”. El extraño aditamento podría compararse por su forma, sin necesidad de una gran imaginación, con el útero, cargado por un individuo ostensiblemente masculino por el falo que tiene atado por un cordón. Por el frente, el hombre sostiene con sus manos una figura que María Lucía Sotomayor y María Victoria Uribe vieron correctamente como “un animal parecido a un mono, cuya cola tiene forma fálica”. No es otra cosa que el mono-serpiente, representado, aunque parezca irónico, de forma bastante realista, contorsionándose entre los brazos de su portador.
Varias estatuas tienen como atributo un caracol y una varita, el primero invariablemente en la mano izquierda y la segunda en la derecha. Ni Preuss ni Pérez de Barradas lograron descifrar el sentido de estos objetos. La varita la describió el primero como “un bastón” y el segundo como “un cincel”, mientras que el caracol fue interpretado por el alemán como “quizá una trompeta de concha”. Duque Gómez, en cambio, vio con claridad de qué se trataba: instrumentos para la masticación de la hoja de coca. Es bien sabido que el uso de la coca entre los pueblos indígenas se remonta a épocas muy remotas en el tiempo, probablemente a sus primeras etapas culturales. Lo sorprendente es que el procedimiento para usar dichos implementos, y sin duda su simbología, parecen haberse institucionalizado desde tiempos muy antiguos y permanecen sin mayores cambios hasta el día de hoy. Normalmente, y sin duda este fue también el caso en San Agustín, se utiliza un pequeño calabazo para conservar en su interior cal, que extraída con el palillo, mojado con saliva, se lleva a la boca con el fin de facilitar la precipitación del alcaloide que contienen las hojas que se están masticando. El uso de un caracol en lugar del calabazo no es exclusivo de la estatuaria. Según Gerardo Reichel, los indígenas del Vaupés “usan la concha de un gran caracol de tierra para guardar el rapé alucinógeno”. Los caracoles representados en la estatuaria pueden ser marinos o terrestres, y en ambos casos se trata de objetos exóticos y probablemente exclusivos de individuos notables, como los chamanes. En todas partes, desde la Sierra Nevada de Santa Marta hasta el Vaupés, y al parecer también en todas las épocas, los indígenas toman el poporo con la mano izquierda y el palillo con la derecha, asegurado entre los dedos medio y anular y dejando libre el pulgar para estabilizar el movimiento. Así es como aparecen en la estatuaria.
Una de las estatuas más enigmáticas de San Agustín —y sin duda aquella sobre la que más se ha escrito— es la que Preuss, sin conocerla y tomando como base el informe de Codazzi, llamó “tañedora de flauta” (págs. 186, 187), hallada en El Cabuyal. Es una figura femenina de 120 centímetros de altura cuyo rasgo más sobresaliente es un cuerpo cilíndrico que baja desde el rostro hasta la cintura y termina en forma cónica. Codazzi fue el primero en describirla, y lo hizo con mayor precisión y brevedad que todos sus sucesores: “Adorna la cabeza de la estatua un casquete semiesférico del cual salen dos fajas de lienzo que cubren las orejas; el rostro es mofletudo y juvenil; los ojos están cerrados o muy inclinados hacia abajo, y resalta en el semblante cierta expresión humilde; no se ve la boca, y del lugar en que debiera aparecer sale una especie de instrumento largo y terminado como trompeta que la estatua mantiene con las manos en actitud de sacar sonidos”. Pérez de Barradas pensó que el instrumento parecería ser más bien una especie de nariz o trompa, tomando nota del detalle singular de que esta se prolonga por encima de la boca hasta la línea de las cejas. Esto lo llevó a sugerir que podría tratarse de “una representación de un elefante (mastodonte fósil)” y que el “casquete semiesférico” formaría “las grandes orejas de este animal”. La figura es sin duda una de las más sugestivas de la estatuaria y conviene hacer algunas precisiones en torno a ella. Algunos de los argumentos de Pérez de Barradas y otros para afirmar que “no es flauta” revelan cierto desconocimiento en cuanto a cómo se toca un instrumento de viento vertical. El abultamiento que observó Codazzi en las mejillas es el suficiente para contener y presionar el aire en el interior de la boca, y las manos están en una posición que no muestra ninguna otra figura de la estatuaria, la izquierda encima de la derecha, como es la posición natural para cubrir los agujeros del instrumento de viento y sostenerlo. El instrumento mismo no podría describirse en realidad como una “flauta”, sino que ajustaría más precisamente a la forma de las primitivas trompetas. No es, pues, un elefante, ni una flautista. Es una trompetista.
Es casi seguro que haya una relación entre la trompeta y el tapir, que explicaría todos los rasgos iconográficos de la estatua, incluida la unión de la nariz con el instrumento y el hecho de que lo toque una mujer. Hacemos alusión al llamado “complejo del Yuruparí” del territorio del Vaupés. “El Complejo del Yuruparí”, explica Gerardo Reichel, “es, en esencia, un mito patriarcal de fundación, el cual encierra un código social que explica y exhorta sobre la exogamia… Constituye la base de los rituales de iniciación de la pubertad fisiológica y sexual masculina, durante los cuales se enseña a los novicios los orígenes históricos de la exogamia, los inconvenientes de la endogamia, y los hechos básicos de la conducta reproductiva humana”.
?En el núcleo de dicho mito se encuentra la imagen del tapir, que personifica a los arawak, que dominaban el Vaupés en un tiempo mítico-histórico. Los arawak, o gente Tapir, eran dueños de las mujeres, que necesitaban los tukano del Vaupés, y estos se convirtieron en parientes políticos de aquellos. “Tapir”, continúa Reichel, “tenía una voz sonora y monótona, tan fuerte que su estruendoso sonido ‘hacía caer las hojas’. Mono cotudo o aullador… estaba subordinado a Tapir y con sus voces en conjunto lo dominaban todo, especialmente a las mujeres y, en sentido más amplio, a la fertilidad en general”. La voz de Tapir no era otra cosa que la trompeta del Yuruparí, con la cual podía producir la polinización y por lo tanto era imagen de la fertilidad. Los tukano no solamente robaron a Tapir su trompeta sino también sus mujeres, y mantuvieron aquella celosamente guardada. En un momento dado las mujeres se apoderaron de la trompeta, la probaron en sí mismas y en sus hermanas, introduciéndola en sus vaginas (“autofertilización”), pero descubrieron que no las gratificaba y comenzaron a tener cierto dominio sobre los hombres. Con ello, dice Reichel, rechazaban “una institución que impone sobre ellas el dominio masculino”: la endogamia, “cosificada como ‘tubo’ a manera de falo, una flauta, un estambre”. Con el tiempo, sin embargo, los hombres tukano aprendieron a dominar la fertilización y establecieron reglas exogámicas. “La insistencia en la exogamia y en una sociedad dominada por el hombre”, agrega Reichel, “trajo aparejado un cambio en la función de las trompetas del Yuruparí; mientras antiguamente estas se decían simbolizar la polinización y la fertilidad de las palmas, se tornaron ahora en estentórea voz de advertencia, y su empleo durante los rituales masculinos… dio expresión a la ominosa memoria de los ‘antiguos’, que habían practicado la endogamia y permitido a las mujeres ocupar elevado status dentro de su sociedad”. Algo semejante puede estar simbolizado en la estatua de la trompetista tapir de San Agustín. Es la imagen de los antiguos, de la fundación, de los primeros hombres y sus subordinados, los monos, y del primitivo dominio de las mujeres.
Guerreros, cargueros y el espíritu multiforme
Uno de los grupos más complejos y difíciles de explicar en toda la estatuaria es el de las figuras que cargan sobre su cabeza y hombros un ser mixto que integra partes de distintos animales y que se ha identificado a partir de Preuss como “dobles” de la figura principal. Aunque hay diferencias de una estatua a otra, el ser mixto que soportan es, en esencia, el mismo. Hay diferencias más apreciables entre las figuras principales, de las cuales se distinguen dos categorías fundamentales: la primera es la que forman los que se han descrito tradicionalmente como “guerreros”, y la segunda las de aquellas estatuas que, por la posición del cuerpo, llamaremos “cargueros”. ?Solamente una característica común distingue a las 14 figuras que se han identificado como guerreros de las demás imágenes de la estatuaria: una maza o clava que va haciéndose más gruesa a medida que se aparta de la empuñadura. Otros atributos que solo se hallan en algunas estatuas son un escudo y un pequeño objeto esférico empuñado con fuerza en una de las manos. Las imágenes de guerreros más conocidas son aquellas que Preuss llamó “cariátides” por su función portante. Al parecer, ninguno de los demás guerreros tenía esta función portante y más bien debieron erigirse como figuras independientes.
En las culturas de todos los tiempos, entre ellas las prehispánicas americanas, la maza o clava se ha tenido —y usado— siempre como arma ofensiva. Pero el arte del Macizo Colombiano es de tal naturaleza que incluso este objeto se ha puesto en discusión y, para algunos, no es un arma sino una especie de “‘bate’ del juego de pelota moderno”. Esta idea coincide con la interpretación del objeto esférico que llevan tres figuras en una mano como “una pelota de caucho”, semejante a las que describe Preuss entre los huitotos. La propia maza también puede tener un simbolismo relacionado con la fertilidad. Una estatua hallada en Plata Vieja, en el valle del río de La Plata, muestra a un personaje cuya maza es sin duda una representación fálica y en otra encontrada en el sitio de Yarumalito (Moscopán), la maza termina en un cuerpo triangular semejante a la punta de una flecha y que puede ser la síntesis geométrica de la serpiente, relacionada con el elemento femenino, y del mono, relacionado con el elemento masculino.
Parece indudable que estamos ante figuras de compleja simbología, cuyos rasgos figurativos no pueden limitarse a una sola descripción. La maza puede ser a la vez un arma ofensiva y un elemento fálico —y, al menos en un caso, de simbología femenina— y el objeto esférico puede ser una piedra o una pelota de caucho, asociada con la luna, la fruta y la fertilidad. El escudo sin duda es un arma defensiva, pero no sería de extrañar que también tuviera connotaciones simbólicas asociadas con la fecundidad. Cinco de las estatuas con maza soportan sobre su cabeza y sus hombros un ser mixto, y esto evidentemente hace más intrincada su significación. Además, una de las estatuas con este atributo (Alto de Lavapatas) es claramente una imagen simiesca, cuya cabeza recuerda a la del mono decapitado que se encuentra a su lado en el mismo sitio. Es evidente que la maza, el escudo y el objeto esférico pueden describirse como armas, y por lo tanto las estatuas que los tienen como atributos son imágenes de guerreros. Pero los guerreros de San Agustín no son precisamente soldados listos a entrar en combate. Son imágenes chamanísticas armadas con símbolos de la fertilidad.
Las estatuas de la segunda categoría de las que llevan encima un ser compuesto carecen totalmente de atributos guerreros. Son dos imágenes muy similares en sus rasgos generales, pero también con características propias, hallada la primera en el Alto de Lavapatas y la segunda en el Alto de las Piedras. A esta última Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos la describieron como “la más interesante de toda la zona arqueológica de San Agustín y San José de Isnos, por su monumentalidad y por la compleja simbología de los distintos elementos que la integran”. Aparte de ciertos rasgos como la forma de los ojos y de la nariz y las protuberancias en las mejillas que muestra la del Alto de Lavapatas, la única diferencia verdaderamente notable entre los personajes principales consiste en que la figura del Alto de las Piedras viste taparrabos escalonado, del que carece la del Alto de Lavapatas, que deja ver el falo erecto. Las dos, talladas en el canto de la placa, detalle técnico único en la estatuaria, tienen fauces animales, muestran lazos anudados en las orejas y el diseño de los brazos es virtualmente idéntico, viéndose por el frente los hombros entre la cara y las manos. Llama la atención en ambas estatuas la ligera flexión de las rodillas y la disposición de los brazos, plegados casi completamente sobre los costados y con las manos abiertas sobre el pecho, creándose tensiones en las partes superior e inferior del cuerpo que corresponden a las de alguien que lleva un pesado bulto a la espalda. Parece indudable, pues, que estas figuras son cargueros. Por las características físicas mencionadas, contrastan con los guerreros de las Mesitas A y B y el Alto de las Piedras, que también soportan figuras compuestas pero no parecen estar realizando esfuerzo alguno.
El ser mixto que llevan a la espalda se presenta en la estatuaria de distintas maneras, al parecer con una metamorfosis al menos formal. La primera fase consistiría en la negación, supresión o inexistencia del ser multiforme. Es el caso de las dos “cariátides” del Montículo Occidental de la Mesita A, coronadas por un fuste sin labrado alguno. El ser multiforme comienza a aparecer en la segunda fase o modo de representación, en la cual aparece labrado sobre el fuste un rostro acompañado por un par de brazos, como en las “cariátides” del Montículo Noroeste de la Mesita B, y cuyo cuerpo se proyecta hacia la parte posterior. Se trata de una imagen ya familiar: el mono-serpiente, figura central de la estatuaria.
En las “cariátides” del Montículo Oriental de la Mesita A el ser multiforme adquiere su caracterización completa. La cabeza del mono aparece con los ojos cerrados, fauces con colmillos cruzados y una especie de penacho estriado sobre la nariz, común en la representación de monos en la estatuaria. De ella se desprenden los brazos y el cuerpo de una serpiente, decorada con campos reticulares separados por franjas con dibujos circulares. En la cúspide de la estatua la serpiente parece dividirse en dos cuerpos, que descienden por la parte posterior luego de enroscarse una vez, para terminar en la cabeza de otro animal con brazos y largas fauces. Se presenta allí un detalle técnico que ha logrado engañar a los observadores de la estatuaria. No se trata de una serpiente bífida, como se afirma comúnmente, sino del cuerpo de la misma serpiente, del cual están representados los perfiles de sus dos facetas más significativas, a derecha e izquierda de la columna. Opera en estas y en las demás estatuas con ser multiforme lo que hemos llamado principio de bifrontalidad, propio de los relieves sobre placa de la estatuaria. En el guerrero del Alto de las Piedras pueden verse, por la parte anterior, la cabeza, los brazos y el cuerpo del mono-serpiente, esta vez sin fauces animales, como en las cariátides del montículo noroeste de la Mesita B, y por la posterior, el cuerpo único de la serpiente, terminado en una imagen biplana de los perfiles de la cabeza de un animal con características similares a las que muestra el tipo anterior.
¿Qué representa esta porción terminal del ser multiforme que corona estas estatuas? Aunque el diseño es más o menos esquemático, tres detalles facilitan su identificación: las largas fauces con poderosos colmillos, las elevadas órbitas de los ojos y la punta del hocico, también elevada. En la naturaleza estas son características de los reptiles del orden Crocodilia, cuyos órganos de los sentidos están adaptados para permanecer sobre la superficie del agua mientras el animal está sumergido. Sin duda se trata un caimán, con la exagerada punta del hocico rematada en espiral. El ser multiforme del carguero del Alto de Lavapatas muestra una característica adicional: una cresta sobre la cabeza, que quizá corresponda a un lagarto, en particular a una iguana. Como se señaló antes, los artistas de San Agustín no representaron propiamente animales, sino partes de animales especialmente significativas. En el caso de los lagartos —y los caimanes, que aparecen aquí por vez primera—, eligieron aquellos rasgos que los asemejan o los diferencian de las serpientes. En la imagen multiforme, la cola del lagarto o el cocodrilo se combina, diríase, de manera “natural” con el cuerpo de la serpiente. Fórmase así un nuevo ser: el mono-serpiente-caimán.
La representación del ser multiforme adquiere su mayor complejidad en las esculturas del Alto de Lavapatas y el Alto de las Piedras. La cabeza del mono se reemplaza en la primera por la de un ser indeterminado de aspecto mucho más feroz, del cual solo se ven por el frente las grandes fauces con colmillos cruzados y una especie de cresta que se prolonga hacia atrás, con los ojos representados lateralmente. Con las fauces animales menos exageradas, la estatua del Alto de las Piedras muestra las facciones del rostro mucho más “humanas”, pero los ojos tienen una extraña forma espiral y cubre la frente una gran diadema en forma de cruz con proyecciones también en espiral. En las dos estatuas el cuerpo de esta figura se prolonga por la espalda del carguero para terminar en lo que sin duda es la cabeza de un caimán o lagarto de alargadas fauces, con cresta en la cabeza como en las “cariátides” del Montículo Oriental de la Mesita A y las patas con garras plegadas bajo el cuello y la cabeza. En ambos casos la serpiente está sobrepuesta al cuerpo de este extraño ser, descendiendo desde la cabeza superior hasta la del caimán. En la estatua del Alto de las Piedras la piel muestra una decoración en la que alternan campos de estrías angulares y círculos, mientras que en la del Alto de Lavapatas aparecen solamente las estrías en las caras laterales. En la figura del Alto de las Piedras aparece al final de la serpiente la cabeza del mono, con gran penacho piramidal escalonado y sus dos brazos.
Interpretar el simbolismo depositado en estas extraordinarias imágenes es labor para la cual no contamos con los elementos necesarios y, como escribió Preuss, “su explicación deberá remitirse al campo de las conjeturas”. El propio Preuss pensaba que estas figuras sobrepuestas a una representación humana debían considerarse “como complemento esencial o Segundo Yo del dios o del hombre representado en la estatua”. Una alternativa examinada también por Preuss haciendo referencia más específicamente a la imagen del mono-serpiente que corona estas estatuas, es que se tratara de “deidades de la tribu”. Los seres multiformes son una síntesis de muchas imágenes. Por una parte, reúnen los poderes chamanísticos y pueden convertirse en auxiliar del chamán, o adquirir el carácter de álter ego, para resumir las ideas de Reichel y Preuss. Pero por otra parte son indudablemente síntesis de los cultos, los temores y las concepciones del cosmos de las sociedades en las que se labraron las estatuas. Son seres-espíritu de múltiples formas traídos de otros mundos por cargueros chamanísticos y, depositados sobre las cabezas de los guerreros, probablemente brindaban la protección que no se hallaba en los ligeros escudos, en las mazas o en las piedras o pelotas de caucho. Y en última instancia, compendiaban los principios de la transformación y la fertilidad que son los mensajes esenciales de la estatuaria.
La imagen geométrica
La síntesis geométrica está en todas partes en la estatuaria del Macizo Colombiano. Algunas esculturas están concebidas en su totalidad como síntesis geométricas, entre ellas el personaje con dos mazas de la Mesita C o el enmascarado que se encontraba en sus cercanías, pero en términos más generales, se encuentra en ciertos rasgos de los rostros y elementos de indumentaria y adorno. En particular, los ojos, el peinado o el tocado —suele ser difícil distinguir entre ellos—, en algunos casos la nariz, las orejas y las orejeras, los lazos y los nudos, especialmente aquellos que caen por la espalda de las figuras, las diademas, los taparrabos, los gorros y algunas fajas o faldas, parecen guardar lo principal de los contenidos representativos y simbólicos de la imagen en síntesis geométrica. Cada uno de estos elementos, como todos los demás que componen las figuras, tiene desde luego un valor representativo primario. Un taparrabos es una pieza de indumentaria y los ojos son rasgos físicos del rostro. Pero así mismo encierran valores representativos y simbólicos secundarios, que son los que aquí nos interesan.
En cuanto al vestido, debe considerarse por supuesto su uso ritual y ceremonial y en modo alguno puede asumirse que la que aparece en las estatuas fuera la indumentaria común y cotidiana en la región. Esta no la conocemos en absoluto, aunque se conservan algunos volantes de huso y pesas que sin duda se utilizaron para la fabricación de telas. Desconociendo su valor simbólico, las faldas y las fajas, vistas a veces como “cinturones”, probablemente solo nos ayudan a la identificación de la figura como mujer u hombre, como lo vio Preuss, pero en muchos casos es dudosa tal asociación de la prenda con el sexo. Los cordones fálicos obviamente son masculinos, pero las ligaduras bajo las rodillas, presentes en unas seis estatuas, al parecer las usaron hombres y mujeres de manera indiscriminada. Prácticamente no existe indicación de vestiduras en la parte superior del tronco, con excepción de los guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B, que muestran una especie de camisón sin mangas sostenido por uno de los hombros.
Para tratar de entender los contenidos representativos y simbólicos de los elementos en síntesis geométrica de la estatuaria, es necesario verlos en conjunto, teniendo en cuenta su posición en el cuerpo y las relaciones formales entre ellos. El contexto general, desde luego, son las formas fundamentales analizadas en la primera parte: la forma de la piedra, la forma fálica y la forma de la cruz. Esta última, como síntesis geométrica del cuerpo humano, es esencial porque integra las partes superior e inferior del cuerpo, simbolizando la unión del mundo de arriba, el mundo solar y de la vida, con el mundo de abajo, el mundo terreno y funerario.
La figura geométrica más frecuente en la estatuaria es la forma piramidal escalonada. La encontramos como penacho o tocado, a veces como figura estriada con líneas horizontales paralelas e inscrita en una especie de ?casetón, en las cabezas de los monos-serpiente, entre ellos los “guardianes de tumbas” de la Mesita B, y como forma del tocado o peinado de cerca de cincuenta estatuas mayores de todos los sitios arqueológicos. La forma de pirámide escalonada es un símbolo solar y fálico, asociado con el mono. Pero no se halla solamente en estatuas masculinas, pues cerca de la quinta parte de las figuras humanas que lo muestran son femeninas. Esto sugiere que dicha forma, como las demás de la estatuaria, puede tener valores simbólicos múltiples. La forma de pirámide escalonada tiene su complemento opuesto en la pirámide escalonada invertida, hallada principalmente en los taparrabos que tienen esta forma, y que Preuss identificó como prendas masculinas. Existe una asociación directa entre las dos figuras geométricas. Casi todas las estatuas con taparrabos escalonado tienen tocado o peinado en forma de pirámide escalonada, señalando el “mundo de arriba” y el “mundo de abajo”. Al unirlos, resulta la forma fundamental de la cruz de anchos y cortos brazos, es decir, el contorno de la figura humana. Si el principio masculino, solar y simiesco, está sintetizado geométricamente en la estatuaria mediante la forma piramidal escalonada, positiva o negativa, el principio femenino está sintetizado por las formas y decoraciones serpentinas, que lo asocian con la tierra y el agua, elementos cruciales de la fertilidad. Una de tales formas y decoraciones es el motivo reticular, probablemente inspirado en las escamas de las serpientes y los peces, y que aparece asociado o no con la figura humana en varias piedras con dibujo inciso.
Una figura de síntesis geométrica que aparece en varias estatuas de gran significación es la forma triangular que a veces se asemeja a la punta de una flecha. En efecto, se ha descrito como una flecha, particularmente en la enigmática estatua sentada en un banquito del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos y que Duque Gómez, uno de sus descubridores, describe como “guerrero”. Sin embargo, casi con seguridad se trata de una imagen femenina, especialmente por la prenda formada por dos cuerdas entrelazadas que rodea su cabeza. Por otra parte, la “flecha” seguramente no es un arma, al menos en sentido literal. Ya la hemos hallado en la punta de la maza que sostiene una estatua hallada en Yarumalito (Moscopán), y se ha sugerido que puede ser la síntesis geométrica de la serpiente y el mono, y por lo tanto simbolizar los principios femenino y masculino.
Los ojos son sin duda el rasgo del cuerpo humano representado de manera más peculiar y diversa en la estatuaria, y en ellos se concentra gran parte de la expresión de la imagen. Al examinar el conjunto de las figuras humanas —o de monos, que son como humanos— de los municipios de San Agustín e Isnos (cerca de 150 estatuas), se descubren varias facetas significativas. En una proporción considerable, alrededor de dos quintas partes, los ojos de las figuras evidentemente no son humanos. La mitad de estos (una quinta parte del total) son síntesis geométricas que muchas veces se integran con otros elementos del rostro, en particular los bordes de la nariz y a veces el tocado, para formar cierto tipo de figuras. Dos quintas partes más de los ojos de la estatuaria aparecen cerrados, y la quinta parte restante podríamos considerarla, con ciertas limitaciones, como “ojos realistas”. Los ojos cerrados, que presentan cerca de 60 estatuas, tienen una anatomía semejante a la del rostro humano natural con los ojos cerrados y son de enorme interés iconográfico. Es muy improbable que representen seres humanos ciegos, y las dos posibilidades más razonables son que, o bien se trata de individuos sumidos en profundo trance producido por sustancias alucinógenas, imagen chamanística frecuente entre los grupos indígenas tanto actuales como de los tiempos de la Conquista, o que estén muertos. Esta última circunstancia es evidente en las esculturas destinadas a servir de tapa de sarcófago y en las imágenes del mono decapitado. Entre las imágenes del trance chamanístico —que entre algunos grupos indígenas es una muerte que antecede a un renacimiento— hay algunas notables, como los guerreros del Montículo Occidental de la Mesita A, la estatua principal del Montículo Oriental de la misma Mesita A y el personaje con cráneo trofeo del Montículo Noroeste de la Mesita B.
Algunas estatuas tienen figuras o líneas espirales en lugar de los ojos, y en otras más se forman extrañas figuras geométricas con la combinación de los ojos, las cejas, el tocado y la nariz, como en las grandes figuras solares de la Mesita B y la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Evidentemente, se trata de elementos de diferenciación que resaltan el carácter ultramundano de las imágenes. Pero el grupo más numeroso con imágenes de síntesis geométrica en los ojos es el de aquellas estatuas en que estos figuran aves de presa. Es indudable que los escultores prehispánicos del Macizo Colombiano quisieron representar cabezas de ave en los ojos de al menos una docena de estatuas, entre ellas las imágenes de tres escultores. Este modo de representar aves resulta de una particular forma de componer las líneas de las órbitas de los ojos y los bordes exteriores de la nariz, reduciendo el filo de esta para producir la imagen de perfil de un ave de presa, con su característico pico encorvado.
Más de veinte estatuas muestran en el plano posterior una pieza de indumentaria compuesta por una banda, cinta o lazo doblado o anudado a la altura de la región occipital y cuyos dos extremos caen paralelos hasta la cintura. Con seguridad no se trata simplemente de una prenda algo sofisticada. En realidad, parece ser una versión en síntesis geométrica del espíritu multiforme protector, auxiliar o “doble yo” de quien la porta, o sencillamente, compendio de los poderes chamanísticos. Preuss interpretó este aditamento como prenda masculina, y en verdad se le encuentra en estatuas masculinas como la figura principal del Montículo Oriental de la Mesita A, las dos grandes figuras solares del Montículo Noroeste de la Mesita B y la estatua del Montículo V de la Meseta A del Alto de los Ídolos. Sin embargo, en algunas estatuas con esta característica no es posible determinar el sexo y, además, en realidad aparece en dos figuras femeninas. Una de ellas es la figura de una mujer hallada en Quinchana, sobre la cual escribió Duque Gómez, su descubridor, que “la cabellera está recogida en dos trenzas exentas o desprendidas del cuello, que rematan sobre lado y lado de la espalda en abultamientos de forma discoide”. Seguramente no se trata de trenzas sino de la misma prenda de la que estamos hablando. Los abultamientos discoidales corresponden a unas especies de borlas o remates diferenciados (a veces más angostos) que se observan en la mayoría de las demás estatuas que llevan esta cinta. En un caso al menos, una estatua de procedencia desconocida, dichos remates o abultamientos se convierten en cabezas, probablemente de mono. Finalmente, el espíritu multiforme queda reducido a su forma posiblemente original de mono-serpiente.
El enigmático corazón que muestran varias estatuas en su espalda tiene su origen iconográfico en las dos cintas que acaban de describirse. En el sitio de El Jabón halló Preuss una escultura “bastante deteriorada”, que según él pasó al “Museo de Berlín”, y sobre la cual escribió: “De la parte posterior de la cabeza, bajan dos cintas anchas de las cuales pende una cabeza, con una boca enorme y las orejas colgantes”. De allí a la forma del corazón no hay más que un paso, y este se encuentra en una estatua procedente de la vereda Páez de Tierradentro y hoy en el Museo Arqueológico Casa del Marqués de San Jorge de Bogotá. Los dos extremos de la cinta están unidos y comienza a aparecer la figura del corazón. Ésta, cargada de simbolismo religioso en el arte occidental, se presenta en síntesis geométrica en varias estatuas, entre ellas una hallada en El Jabón, y la figura con dos mazas de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Sorprendentemente, la banda que a manera de turbante con decoración reticular rodea la cabeza de varias figuras femeninas suele también formar en la zona occipital la figura del corazón, pero invertido.
El arte del Macizo Colombiano es realmente complejo pero está expresado en lenguaje sencillo. El corazón, síntesis geométrica del mono-serpiente, tiene a su vez su propia síntesis geométrica. No es otra que el triángulo o “flecha” que hallamos en la figura femenina sentada del Alto de los Ídolos y en la espalda de la estatua solar de la Mesita C, conjunción de los principios femenino y masculino. Todo termina reduciéndose a un solo propósito: el culto de la fertilidad.
El artista
Al menos tres de las estatuas halladas hasta ahora muestran, como atributos de la figura principal, lo que muy probablemente son representaciones estilizadas de algunos instrumentos escultóricos. La mejor conservada lleva en la mano derecha algo que para Codazzi era “un escoplo o hacha pequeña” y para Preuss “un martillo con dos puntas”. En la izquierda tiene algo que los dos vieron como un cincel. Este último parece no haber suscitado dudas jamás, pero el de la mano derecha comenzó a verse a partir de Cuervo Márquez como algo “idéntico a los cuchillos usados por los antiguos peruanos”. Cuervo se refiere a un “tumi”, cuchillo ceremonial utilizado en el Perú prehispánico para sacrificios humanos, y en la estatua en cuestión se habría representado con su gran hoja semicircular apuntando hacia la cara del personaje. Sin embargo, una estatua hallada por guaqueros en el sitio de Quebradillas, cerca de San Agustín, permite ver el mismo instrumento con mayor detalle. La parte superior presenta el mismo cuerpo semicircular de la estatua del Museo del Oro, pero la inferior, de mayor tamaño, tiene una forma que se aproxima más a la de la parte cortante de un escoplo. Puede deducirse entonces que el cuerpo semicircular superior es la representación estilizada y plana del mango del instrumento (su parte más abultada), y no de un “tumi”. Es decir, las estatuas no representan verdugos sino escultores. La tercera estatua fue hallada por Preuss en el alto de las Piedras y trasladada por él a Berlín (Alemania).
Las tres esculturas que acaban de mencionarse tienen varias características en común, aparte de los instrumentos que tienen como atributos. En primer lugar, ninguna parece haber estado destinada a quedar sepultada en una tumba y más bien pudieron haber estado erigidas al aire libre. Segundo, las tres están desnudas, salvo por los vistosos tocados que adornan sus cabezas (en la del Museo del Oro el tocado muestra nudos sobre la frente y la nuca y se extiende en largos lazos sobre la espalda). Tercero, las tres ostentan adornos, tal vez de oro en los modelos: gran nariguera la de Quebradillas, orejeras la del Museo del Oro, “corona” o diadema las de Berlín y Quebradillas, y todas enormes pulseras o cintas en ambas muñecas. Cuarto, todas tienen las características fauces animales con protuberantes colmillos que se han asociado con prácticas o valores chamanísticos. Por último, e igualmente importante por sus implicaciones simbólicas, todas tienen visibles asociaciones con aves, específicamente con aves rapaces. La diadema o “corona” de las de Berlín y Quebradillas muestra estilizaciones ornitomorfas invertidas, y quizá lo más importante, el diseño de los ojos muestra claramente en las tres estatuas la cabeza de un ave rapaz. Sin duda, las tres estatuas representan escultores, cuyo carácter sagrado está simbolizado en las fauces animales, su jerarquía en sus ornamentos, su oficio en sus atributos y su aguda visión en las imágenes de aves rapaces.
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El mundo de la imagen

Dos de las estatuas del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. La figura del primer plano, una de las más realistas de toda la estatuaria, se ha descrito como un “guerrero” por el arma que lleva en la mano derecha. La del fondo se ha visto como la imagen de un chamán con un “cráneo trofeo” pendiente de su cuello. Pero estas afirmaciones generales solo dejan más preguntas que respuestas.

La dificultad de describir muchas estatuas se aprecia una vez más en lo que se ha dicho sobre esta escultura del Alto de Lavapatas, tallada en una placa triangular. Konrad Preuss la vio como “un animal echado, o más bien acurrucado, de manera poco natural, que quizá representa un perro”, y aún hoy es para muchos un “perro echado”. Luis Duque Gómez, por su parte, pensó que se trataba de una “rana”.

Un hecho notable de la arqueología del Macizo Colombiano es que, no obstante la importancia que se le ha dado en los estudios, de todos los animales representados en la estatuaria el menos frecuente es el jaguar. En la fauna real, aunque probablemente fue menos raro en la región en la época prehispánica que hoy, es un animal más propio de las selvas tropicales que del clima medio de San Agustín e Isnos.

La única figura de la estatuaria que podría identificarse como un jaguar es la representada en esta placa, muy desgastada, en parte incisa y en parte en relieve biplano, hallada en El Tablón. Muestra al animal de frente, parado sobre sus patas posteriores, y tiene la singular característica de ser la única en que las zarpas del animal están representadas con gran realismo, casi en el estilo de la ilustración zoológica.

El animal verdaderamente emblemático de la estatuaria es el mono. Es también el que aparece de modo más insistente, pues cerca de la mitad de todos los animales representados son monos. En esta página se muestra una de las caras de una estatua bifronte de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Ostensiblemente obeso, presenta los rasgos característicos del animal de la realidad.

Aunque en la mayoría de los casos las imágenes no permiten distinguir entre especies o géneros de monos, muy probablemente los modelos centrales de la estatuaria fueron el mono araña (Ateles spp.), el mono cotudo, aullador o colorado (Alouatta spp., demostrado en la foto) y el “mico maicero” o mono capuchino (Cebus spp.), todos ellos probablemente presentes en la fauna prehispánica de la región.

Figura del Alto de Lavapatas, descrita por Preuss como “un guerrero que agarra con ambas manos una maza, rota en el lado superior, y apoyada en el hombro derecho”. Lleva un cinturón del cual “se desprende una faja que cubre las partes pudendas”, además de una cinta en la cabeza, orejeras de tres anillos y brazaletes en ambas muñecas, indumentaria humana que contrasta con los claros rasgos animales de su rostro.

El arqueólogo José Pérez de Barradas describió esta estatua del alto de Lavapatas como una “figura con cabeza de mono” (después conocida como el “mono vestido”), y llamó la atención sobre sus rasgos: “La nariz, que arranca de muy arriba, es ancha en la base. La boca es una línea incisa y recta. El morro es saliente y están desarrollados los carrillos”. Nótese la semejanza de la indumentaria con la del guerrero del mismo sitio.

Esta estatua, procedente de la vereda Cascajal, inspección de policía de Pradera, combina en su rostro características de varios animales. Sus ojos son rasgados, similares a los del jaguar, pero su nariz y su boca se asemejan más a las de un mono. Lleva enroscada en sus brazos una serpiente decorada con anillos y formas reticulares. Las grandes orejeras que la adornan dan a su rostro un peculiar contorno.

Estatua hallada en la Mesita D del Parque Arqueológico de San Agustín, probablemente femenina por el delantal que cubre su sexo y el voluminoso vientre, que indica estado de gravidez. Es una de las pocas estatuas que muestra un hocico propiamente dicho, que se proyecta visiblemente sobre el rostro y resalta las feroces fauces animales. Los lóbulos de sus enormes orejas están adornados con orejeras circulares.

Las serpientes son los animales más numerosos en la estatuaria después de los monos. No están representadas de modo propiamente realista, pero la decoración de algunas estatuas sugiere que los artistas se inspiraron en especies como la coral, la anaconda, la boa arco iris y la mapanare. La Fuente de Lavapatas contiene la mayor concentración de ofidios esculpidos en el Macizo Colombiano.

Las serpientes son los animales más numerosos en la estatuaria después de los monos. No están representadas de modo propiamente realista, pero la decoración de algunas estatuas sugiere que los artistas se inspiraron en especies como la coral, la anaconda, la boa arco iris y la mapanare.

Representación de dos serpientes en su característica disposición ondulante, talladas en relieve biplano en una gran roca hallada, según tradición, en el camino de acceso a la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Sería inútil especular sobre el sentido de esta pieza, pero algo sí es claro en el conjunto de la estatuaria: la serpiente está asociada con el elemento femenino y con la fertilidad.

Entre las estatuas descubiertas hasta hoy no hay más de diez figuras de aves representadas como esculturas independientes, y sin embargo la imagen del ave tiene alta significación en la estatuaria. Son frecuentes como motivo ornamental en diademas y collares y en la forma de los ojos. Sobre estas líneas, Guerrero de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín.

Entre las estatuas descubiertas hasta hoy no hay más de diez figuras de aves representadas como esculturas independientes, y sin embargo la imagen del ave tiene alta significación en la estatuaria. Son frecuentes como motivo ornamental en diademas y collares y en la forma de los ojos. Sobre estas líneas, Estatua de El Tablón.

Sarcófago con la forma de un ave de presa, hallado en El Rosario. Uno de sus bordes menores está cubierto por la cabeza y el comienzo de las alas del ave, con su característico pico encorvado y sus grandes ojos. Los lados mayores están cubiertos por las alas y del otro extremo menor se desprende la cola del animal. Su procedencia de un contexto funerario podría confirmar que se trata de un búho.

Estatua del Alto de El Purutal, con diademas formadas por una sucesión de imágenes de aves de presa en síntesis geométrica. Como elemento ornamental, las aves invariablemente se representan en la estatuaria con las alas plegadas y cabeza abajo y al parecer están asociadas con ciertos poderes de las aves que adquiere la persona.

Figura de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con diademas formadas por una sucesión de imágenes de aves de presa en síntesis geométrica. Como elemento ornamental, las aves invariablemente se representan en la estatuaria con las alas plegadas y cabeza abajo y al parecer están asociadas con ciertos poderes de las aves que adquiere la persona.

Las aves representadas en la estatuaria son todas aves de presa, y desde la década de 1850 los observadores han sugerido que se trata, o bien de búhos, o bien de águilas (en la imagen, ejemplar silvestre que vino a posarse sobre una piedra de la Mesita D cuando adelantábamos el trabajo para este libro). A los propios indígenas probablemente no les interesaba nuestra diferenciación entre los dos órdenes.

Las aves representadas en la estatuaria son todas aves de presa, y desde la década de 1850 los observadores han sugerido que se trata, o bien de búhos (en la imagen), o bien de águilas. A los propios indígenas probablemente no les interesaba nuestra diferenciación entre los dos órdenes.

Ave hallada en 1937 por José Pérez de Barradas en El Batán y que sostiene en sus garras (más bien manos humanas con cinco dedos) dos objetos que identificó como “cetros”. En realidad son peces con rostro humano que aparecen en esta y otras estatuas como atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, no solo de las aguas sino también de la tierra. Las alas plegadas tienen también significación chamanística.

Ave hallada en 1937 por José Pérez de Barradas en El Batán y que sostiene en sus garras (más bien manos humanas con cinco dedos) dos objetos que identificó como “cetros”. En realidad son peces con rostro humano que aparecen en esta y otras estatuas como atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, no solo de las aguas sino también de la tierra. Las alas plegadas tienen también significación chamanística.

El ave de presa del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, en esta página, no parece representar ni a la figura de la serpiente emplumada mexicana, ni a un águila cazando una serpiente. Quizá se trata más bien de la imagen de un ser humano —un chamán— transformado en ave de presa y con la serpiente como atributo para invocar las fuerzas de la fertilidad.

Figura de un ave de poco más de 50 centímetros de altura, hallada en la Meseta B del Alto de los Ídolos. Su superficie, muy desgastada, no permite identificar su especie y por lo demás no presenta atributos especiales. Sin embargo, muy probablemente es un ave de presa del mismo género de las que se encuentran en la Mesita B del Parque de San Agustín y en el cerro de La Pelota.

Rana hallada en 1857 por Agustín Codazzi y desaparecida durante casi un siglo, en la pendiente que conduce de las Mesitas del Parque Arqueológico de San Agustín a la Fuente de Lavapatas. Con grandes ojos redondos y ancha nariz, son aún perceptibles dos pares de colmillos que emergen de su boca. Tanto la nariz como la boca y los colmillos son obviamente extraños a las ranas o los sapos, y más bien pertenecen a los monos.

La rana de la pendiente de la Fuente de Lavapatas está tallada en una aglomeración de rocas que afloran en el talud y el escultor aprovechó la forma de las piedras para representar al anfibio agazapado y preparándose para saltar. En muchas sociedades actuales y prehispánicas las ranas y los sapos están asociados con las lluvias, el agua y la fecundidad, y en algunos grupos tienen claras connotaciones sexuales.

Las fauces animales que aparecen en cierto número de estatuas evidentemente no pertenecen a los seres humanos que representa la mayoría de ellas y los apartan de lo humano y cotidiano, elevándolos al ámbito de lo sobrenatural y lo sagrado. Por ello son el rasgo que más impresiona al observador. En esta y la siguiente página, fauces de las dos estatuas con niños en sus brazos halladas en el alto de El Purutal.

La blanca dentadura y el rojo de los labios de las fauces animales, colores que se conservan en muy pocas estatuas, como las de El Purutal ilustradas aquí, realzaban aún más este rasgo y acentuaban su carácter sobrecogedor y temible. Parece obvio que buscaban despertar sentimientos de temor, no tanto a los animales que las ostentan en la naturaleza, sino a peligros que amenazaban a los seres humanos y los grupos sociales.

Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.

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Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.

Sorprende en el arte del Macizo Colombiano la enorme diversidad de variaciones en torno al tema de las fauces animales. Cada una de ellas está representada individualmente y su rasgo más sobresaliente son los enormes colmillos, por los cuales tradicionalmente se las ha identificado como fauces de jaguar. Sin embargo, el análisis iconográfico de la estatuaria sugiere que pueden pertenecer más bien al mono.

Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.

Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.

Vistas de frente, siguiendo el principio de frontalidad de la escultura del Macizo Colombiano, las fauces del mono aullador, el mono araña y el jaguar lucen muy semejantes, aunque se diferencian por el número de incisivos (cuatro en los monos, seis en el jaguar) y el tamaño de los colmillos. Dos terceras partes de las estatuas ostentan el número de incisivos de los monos y solo una sexta parte los del jaguar.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

Si el propósito de las fauces animales era suscitar temor, la evidencia etnográfica lleva a pensar que dicho temor estaba asociado con el mono, más que con el jaguar. Entre muchos grupos indígenas actuales el mono es anuncio de desgracias y se le considera como animal obsceno y promiscuo, dotado de una fuerza sexual incontrolada. Entre los desana se usa la misma palabra (gahki) para designar al mono y al pene.

En la estatuaria la asociación más clara y visible entre el mono y el falo se encuentra en los “guardianes de tumbas”, compuestos por una cabeza de mono sobre un cuerpo cilíndrico. Konrad Preuss informó sobre un detalle extraordinariamente significativo: al menos dos de ellos se hallaron clavados en el suelo, con la cabeza hacia abajo. El mono sería, pues, la síntesis de la fuerza procreadora de la naturaleza.

En la estatuaria la asociación más clara y visible entre el mono y el falo se encuentra en los “guardianes de tumbas”, compuestos por una cabeza de mono sobre un cuerpo cilíndrico. Konrad Preuss informó sobre un detalle extraordinariamente significativo: al menos dos de ellos se hallaron clavados en el suelo, con la cabeza hacia abajo. El mono sería, pues, la síntesis de la fuerza procreadora de la naturaleza.

Rostros de mono en la Fuente de Lavapatas, el primero de ellos en el ángulo formado por la división en dos del cuerpo de una gran serpiente. Salvo por algunos ejemplos notables, entre ellos la única representación realista de un mono araña, en el mismo sitio, los monos de la estatuaria solo están representados por sus cabezas. Son monos decapitados y por lo tanto muertos, como lo indican sus ojos cerrados.

En la Meseta B del Alto de los Ídolos se encuentra esta pequeña piedra en forma de pirámide truncada de tres caras en las cuales están talladas, respectivamente, las cabezas de un mono, una figura humana con fauces animales y un ave rapaz. Son probablemente las tres fases fundamentales de la transformación del chamán al impetrar a los poderes naturales y sobrenaturales para asegurar la fertilidad.

Rostros de mono en la Fuente de Lavapatas, el primero de ellos en el ángulo formado por la división en dos del cuerpo de una gran serpiente. Salvo por algunos ejemplos notables, entre ellos la única representación realista de un mono araña, en el mismo sitio, los monos de la estatuaria solo están representados por sus cabezas. Son monos decapitados y por lo tanto muertos, como lo indican sus ojos cerrados.

Ejemplo de “guardianes de tumbas” de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. El hecho de que en su mayoría (más de 30 halladas hasta hoy) procedan de dicho lugar seguramente no es casual. En dicha mesita se encuentran muchas de las figuras más representativas de la estatuaria, relacionadas con el culto de la fertilidad, con el sol y la tierra y con los orígenes del ser humano.

Ejemplo de “guardianes de tumbas” de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. El hecho de que en su mayoría (más de 30 halladas hasta hoy) procedan de dicho lugar seguramente no es casual. En dicha mesita se encuentran muchas de las figuras más representativas de la estatuaria, relacionadas con el culto de la fertilidad, con el sol y la tierra y con los orígenes del ser humano.

Los desana del noroeste amazónico han observado la similitud entre el cerebro del mono y el del hombre y al cazar al animal para alimentarse de su carne jamás permiten que su cabeza entre a la maloca. Por ello el cazador les corta la cabeza, además de destruirles ciertos órganos como el corazón. En esta página, cabeza de mono hallada en el Alto de Lavapatas, excepcional por tener los ojos abiertos.

Algunas estatuas con figura humana cuyo estilo general podríamos llamar “realista”, como una cabeza de La Parada, ostentan bocas muy poco realistas, pues no pertenecen a seres humanos. Talladas simplemente como cortes horizontales en la piedra y sin labios, son más bien bocas de mono cerradas.

Figura labrada en una placa de más de dos metros de longitud, de la Meseta B del Alto de los Ídolos. Su cuerpo es el de un reptil, probablemente un caimán, pero su cabeza es la de un ser que combina características de mono y caimán. Los ojos y la nariz son del primero y las fauces del segundo, y de allí el extraordinario número de dientes que ostenta, el mayor de toda la estatuaria (14 incisivos por mandíbula).

Piedra de 120 centímetros de largo que se encontraba originalmente en la pendiente de la Mesita B a la quebrada de Lavapatas, en el Parque Arqueológico de San Agustín. En una de sus puntas tiene una cara de mono (o humana con fauces animales), en su parte superior una serpiente y otros motivos ofidiformes, y en uno de sus cantos la figura de un lagarto cuya cola, exageradamente larga, rodea el conjunto.

Piedra hallada en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con tres figuritas que no son otra cosa que la representación esquemática del mono-serpiente. Las cabezas de dos de ellos descansan sobre cuerpos reticulados, decoración que simboliza a la serpiente. La forma de flecha que se encuentra entre dos de las figuras combina los principios femenino (serpiente) y masculino (mono).

La figura del mono-serpiente aparece labrada en incisión en esta piedra, procedente del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Sin duda es una gran serpiente de las tierras bajas, posiblemente una anaconda, con un abultamiento en su parte central, signo de que acaba de devorar su presa. La cabeza, con fauces animales y grandes ojos redondos, es con toda probabilidad la de un mono.

Piedra hallada en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, con tres figuritas que no son otra cosa que la representación esquemática del mono-serpiente. Las cabezas de dos de ellos descansan sobre cuerpos reticulados, decoración que simboliza a la serpiente. La forma de flecha que se encuentra entre dos de las figuras combina los principios femenino (serpiente) y masculino (mono).

Fuente de Lavapatas, asombroso conjunto de esculturas y obras hidráulicas talladas en una gran playa rocosa de la quebrada del mismo nombre, en el Parque Arqueológico de San Agustín. Descubierta en 1937 bajo una capa de tierra vegetal de un metro de espesor, tiene más de 30 relieves tridimensionales, de los cuales 22 representan serpientes y monos-serpientes. El sitio entero está dedicado al agua y a la fertilidad.

Estanque principal de la Fuente de Lavapatas, en cuyos muros se desarrolla uno de los conjuntos de mayor valor artístico y simbólico de la estatuaria del Macizo Colombiano. Por su centro asciende un mono-serpiente, cuya cabeza y brazos reposan en el fondo del estanque. Dividido en dos serpientes que se extienden por los bordes para caer de nuevo al fondo bajo la forma de monos-serpiente, evoca la imagen de las grandes culebras que habitan profundos pozos y controlan la fertilidad del agua y la tierra, en una mitología extendida por toda la cuenca amazónica y que ha perdurado durante milenios. Los conductos por los que cae el agua al estanque están dispuestos de tal manera que forman velos o cortinas transparentes que cubren las figuras de un ser humano con penacho de plumas y un mono araña tallados en la pared principal.

Dos magníficas imágenes del mono-serpiente dispuestas hoy como estatuas laterales de una estructura dolménica en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Cada una de ellas representa la posición que adoptan muchas serpientes como parte de su conducta de apareamiento al levantar sobre el suelo o el agua cerca de una tercera parte de su cuerpo. Las franjas horizontales que muestran a lo largo de su cuerpo, y que Konrad Preuss vio como “costillas” y José Pérez de Barradas como “volantes” de una túnica, representan en realidad las escamas o anillos ventrales de algunos ofidios. Para los indios actuales del noroeste amazónico lo que hacen las serpientes es levantar la cabeza para mirar a las estrellas y conocer el momento adecuado para reproducirse y engendrar los peces.

Una de las imágenes más extraordinarias de la estatuaria del Macizo Colombiano es la llamada “El Obispo”, del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, vista aquí por su cara posterior. Es una estatua de doble faz, que por este lado presenta la espalda de una figura probablemente femenina, provista de una especie de faldellín y una cinta que cuelga de su cabeza. Por su cara anterior muestra algo muy distinto. Los soportes de hierro que la sostienen en su sitio son la culminación de una historia de incomprensión de esta estatua. Describiéndola como “un magnífico fracaso”, el arqueólogo José Pérez de Barradas no podía entender cómo el escultor omitió la base para hincarla en el suelo. Sería imposible —pensó— que la estatua “estuviera la mitad en el aire y la mitad enterrada”.

Acuarela hecha por José María Gutiérrez de Alba en 1873 y que forma parte de las ilustraciones de sus Impresiones de un viaje a América. Cara anterior en medio de una zanja abierta en 1869. En ese año el vulcanólogo alemán Alphonse Stübel vio “la cabeza de una estatua que sobresalía del piso” y decidió desenterrarla, pensando que no era tan grande. Necesitó 23 indígenas y tres días de trabajo para hallar su base y dejarla como la encontró Gutiérrez de Alba. En esta misma posición se encontraba en 1913, cuando la vio Konrad Preuss “clavada por el lado inferior hasta las dos terceras partes en una hendidura”. El trabajo posterior consistió en acabar de retirar la tierra en que estaban sepultadas sus dos terceras partes, perdiéndose así gran parte de su sentido.

Acuarela hecha por José María Gutiérrez de Alba en 1873 y que forma parte de las ilustraciones de sus Impresiones de un viaje a América. Cara posterior en medio de una zanja abierta en 1869. En ese año el vulcanólogo alemán Alphonse Stübel vio “la cabeza de una estatua que sobresalía del piso” y decidió desenterrarla, pensando que no era tan grande. Necesitó 23 indígenas y tres días de trabajo para hallar su base y dejarla como la encontró Gutiérrez de Alba. En esta misma posición se encontraba en 1913, cuando la vio Konrad Preuss “clavada por el lado inferior hasta las dos terceras partes en una hendidura”. El trabajo posterior consistió en acabar de retirar la tierra en que estaban sepultadas sus dos terceras partes, perdiéndose así gran parte de su sentido.

Vista por su cara frontal, la estatua de “El Obispo” muestra en realidad una escena de fecundación con tres figuras. La superior, semejante a otra estatua que se hallaba detrás de la gran cabeza monolítica que se divisa a la izquierda y hoy está en el bosque de las estatuas, es una representación solar, como la han interpretado varios arqueólogos. Tiene entre sus manos una pequeña figura con la cabeza hacia abajo, que no es otra cosa que el mono-serpiente, emblema de la estatuaria. Lo introduce en la vagina de la figura invertida del extremo inferior, que obviamente representa a la tierra. La escena, en síntesis, representa el momento de la inseminación de la tierra por el sol y sintetiza la transformación de las cosas y el culto a la fertilidad, tema central del arte del Macizo Colombiano.

El centro de atención de la estatua de la fecundidad de la Mesita B es el mono-serpiente, y se presenta con todas las características de los “guardianes de tumbas”: cuerpo cilíndrico, sus dos brazos, cabeza de mono decapitado (tiene los ojos cerrados), e incluso el apéndice rectangular que corona su cabeza. Queda entonces claro que el mono-serpiente, sintetizado en los “guardianes de tumbas”, es el falo del sol.

Parte inferior de la estatua de la fecundidad de la Mesita B. La madre tierra, en posición invertida y con una larga línea vertical que representa la vagina, sostiene de forma natural las piernas con los brazos, presta para la inseminación. El mono-serpiente aparecía parcialmente enterrado, formándose así una escultura en la que la propia tierra es, en términos físicos y simbólicos, protagonista de la obra de arte.

Estatua de la fecundidad de la Mesita B.

Mesita B.

Se han dado múltiples interpretaciones a la imagen representada en estas estatuas. Probablemente lo que muestran es el origen de la potencia procreadora, sintetizada en el mono-serpiente. Esta vive dentro de los individuos, creada por sus “genios tutelares”, y en algún momento la expulsan por la boca.

Uyumbe.

Una de las figuras más conocidas de la estatuaria del Macizo Colombiano es aquella que muestra a una figura masculina con una ancha diadema o tocado semicircular dividido en franjas y rematado en ambos extremos por figuras de mono, una de las cuales se ilustra en esta página. El tocado no es otra cosa que el mono-serpiente puesto sobre la cabeza del personaje. La serpiente se representa en síntesis geométrica formada por seis bandas en la parte anterior y siete en la posterior. Cada uno de los monos tiene sus dos brazos y las cabezas están adornadas con orejeras circulares y coronadas por penachos escalonados, motivo que se repite en otras estatuas. Las facciones de los rostros, con grandes ojos perfectamente circulares enmarcados por espesa pelambre, recuerdan a las del mono aullador.

Esta estatua, situada originalmente en Uyumbe, es el ejemplo más palmario de la dificultad de definir qué representan las esculturas del Macizo Colombiano. Agustín Codazzi, Carlos Cuervo Márquez y Konrad Preuss la describieron como un mono, un anónimo contemporáneo de Codazzi, así como el español José María Gutiérrez de Alba y Gerardo Reichel-Dolmatoff pensaron que se trataba de un tigre o jaguar. En cuanto al ser que se encuentra bajo este, Codazzi lo vio como una cría de mono acariciada por el mico, pero Preuss imaginó que la figura más pequeña era un niño, por tener más rasgos humanos que de animal. Cuervo Márquez consideró que era una hembra de mono y que la escena representaba la cópula. Esto último fue un avance en la interpretación, pero aún quedaba por resolverse la mayoría de los interrogantes.

El descubrimiento en 1969 de la estatua ilustrada en esta página en La Parada dio lugar a nuevas especulaciones sobre el motivo del animal que cubre a otro, que se repite varias veces en la estatuaria. Quedó en claro, en primer término, que la figura dominada no es una cría ni una hembra de mono, sino una hembra humana, una mujer. Aunque siguió sosteniéndose que el animal mayor era un felino, el acentuado prognatismo de su cabeza, la forma del cuerpo y de la cola, y el amplio sentido simbólico de las fauces, que indica que no son necesariamente de jaguar, confirman que se trata de un mono. El acto que llevan a cabo es una cópula, como lo vio Cuervo Márquez. En síntesis, estas esculturas representan el coito entre un mono (o falo —gahki en desana—) y la hembra humana. Son imágenes visuales del origen del hombre.

La figura infantil ilustrada sobre estas líneas y perteneciente a la estatua de La Parada, bien puede ser la imagen del primer macho humano, el primer hombre de la creación, resultado del coito entre un mono y una mujer representado en la misma estatua. Sorprendentemente, entre los desana del noroeste amazónico la palabra que designa a este primer hombre es la misma que literalmente significa mono y pene (gahki).

La figura femenina de la estatua que representa el coito que dio origen al hombre ostenta orejeras circulares y el cabello dividido sobre la frente, rasgos que se han caracterizado como femeninos. Pero es más interesante observar que sus facciones son claramente simiescas, en particular la forma de la nariz y de la boca. Igualmente lleva a su bebé sobre la espalda, comportamiento característico de los monos cébidos.

La nariz es el rasgo clave para entender el sentido oculto de las estatuas que representan seres humanos en el arte del Macizo Colombiano. No obstante sus innumerables variaciones, ilustradas en estas fotos, todas las narices pertenecen al mismo tipo básico de forma ancha, aplanada y con el tabique nasal extraordinariamente grueso. Esta caracterización pertenece a la nariz del mono americano, llamado platirrino para distinguirlo del mono del mundo antiguo, o catarrino. El único rasgo realmente humano en las narices de la estatuaria es la orientación hacia abajo de las fosas nasales. Las líneas que unen las alas de la nariz con las comisuras labiales acentúan el aspecto simiesco, y el conjunto lleva a una inevitable conclusión: en la estatuaria los seres humanos son como los monos y los monos son como los seres humanos.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

Nariz en el arte del Macizo Colombiano.

La gran cabeza monolítica del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín sin duda reúne significados centrales en el pensamiento del Macizo Colombiano prehispánico. Por su posición original, mirando hacia el oriente, probablemente estaba asociada con el sol naciente, y por su forma triangular y sus facciones representaba al hombre-mono; el mono decapitado, con sus fauces animales bien destacadas y con abultamientos en los pómulos seguramente para indicar la masticación de hojas de coca. La combinación del sol, el hombre, el mono y la coca resumen el principio de la transformación permanente de las cosas, el culto de la fertilidad, la potencia procreadora del macho humano y animal, y los peligros que tal potencia encierra. Es quizá la imagen del primer hombre sobre la tierra.

Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín.

Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, nariz de platirrino.

Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, manos, en cuyos dedos son visibles la uñas y que llevaron a Preuss a escribir que son “indudablemente una imitación de garras”.

Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, fauces animales.

Estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, grandes ojos redondos sin iris ni pupila (como de mono muerto).

En conjunto, esta estatua de la Mesita C presenta —como dijo Preuss— “un aspecto brutal”, pero este no está dado tanto por los colmillos cruzados, los ojos o los dedos, sino por la técnica escultórica. El artista logró notables efectos de luz mediante los profundos cortes que marcan las facciones. Los prominentes arcos superciliares y los correspondientes ojos hundidos, la intensa línea doble que los une, los profundos pliegues que enmarcan la nariz y la sombra que produce la línea inferior de esta, dan a la estatua un talante amenazador y espectral que dio pie a Luis Duque Gómez a describirla como una “deidad con máscara de simio”. En la estatuaria, sin embargo, la máscara de mono puede ser superflua, pues al fin y al cabo los seres humanos no solo son como animales sino más precisamente como monos.

Con pocas excepciones, las manos de las figuras humanas y muchas de las de animales, incluso las de las aves, están representadas con cierto naturalismo como manos humanas, con cinco dedos incluido el pulgar. En algunos casos se muestran por la palma, pero en su mayoría aparecen sencillamente puestas sobre el pecho, la mayoría de las veces cerradas formando puño, y de allí que en ellas solo se aprecien las primeras falanges, pero si están extendidas suelen verse claramente las uñas. Algunas figuras sostienen objetos, casi siempre peces, serpientes, niños o instrumentos relacionados con la masticación de coca. Algunas veces las manos están entrelazadas y, en varios ejemplos notables, cuando el personaje sostiene un bastón o un garrote, se muestran con naturalidad las puntas de los pulgares que emergen por detrás del artefacto.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Manos en al arte del Macizo Colombiano.

Alrededor de la mitad de las cerca de 300 estatuas que representan seres humanos —o seres más humanos que animales— en el arte del Macizo Colombiano responden a la definición de lo “hierático”, tanto en el sentido de que se relacionan con lo sagrado o sacerdotal, como en la solemnidad que las caracteriza. Como en el caso de esta estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, siguen fórmulas estilísticas estrictas, incluida la sujeción a las formas básicas de la piedra, el falo y la cruz. Lo más probable es que se trate de chamanes con distintos atributos (un cráneo trofeo en esta estatua), algunos ornamentos, fauces animales más o menos amenazadoras, nariz de mono platirrino y ojos que suelen guardar relación con alguna característica animal específica, como los ojos rasgados del jaguar en esta figura.

De las seis estatuas que Codazzi halló en la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, sitio que describió como “el cementerio de los sacerdotes, o tal vez el lugar de sus juntas para conferir la última enseñanza y el premio de la iniciación a los neófitos”. Sin duda son estatuas muy singulares, labradas algunas de ellas en relieve bidimensional para acentuar su carácter ultramundano, y en todos los casos con características especiales que las distinguen de las demás de la estatuaria. La figura cubre su rostro con una máscara sostenida por una vara.

De las seis estatuas que Codazzi halló en la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, sitio que describió como “el cementerio de los sacerdotes, o tal vez el lugar de sus juntas para conferir la última enseñanza y el premio de la iniciación a los neófitos”. Sin duda son estatuas muy singulares, labradas algunas de ellas en relieve bidimensional para acentuar su carácter ultramundano, y en todos los casos con características especiales que las distinguen de las demás de la estatuaria. La figura, además de la extraña forma de sus facciones y el penacho anillado, tenía originalmente brazos asimétricos, uno de ellos por desgracia desportillado.

Figura con niño sobre sus rodillas, del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Probablemente ni esta ni las demás figuras con niños representan imágenes maternales, y es incluso dudoso que todas las estatuas con este atributo sean femeninas. Los infantes deben estar asociados con la fertilidad, pero también con la transformación y el uso de sustancias alucinógenas.

Imagen femenina con un cuenco o tazón, del Montículo X de la Mesta A del Alto de los Ídolos en Isnos. La vasija, sostenida con la mano derecha, en una regla invariable de la estatuaria cuando se trata de un solo objeto, posiblemente estaba destinada a contener una sustancia alucinógena, y por lo tanto es atributo chamanístico. Aún presenta rastros de pintura negra y carmelita en el rostro y los adornos.

Estatua del Montículo VIII de la Meseta A del Alto de los Ídolos, con peces en las manos y ojos redondos en los que resaltan las pupilas. Los peces son atributos chamanísticos asociados con la fertilidad, pero los ojos redondos sólo algunas veces están relacionados con peces. Más bien podrían corresponder a los ojos del mono araña, rodeados por una zona circular desprovista de pelo.

Figura de mujer hallada en el Alto de las Piedras. Se identifica como de género femenino no tanto por su voluminoso abdomen, que si bien podría ser señal de embarazo también indicaría simplemente obesidad, sino por la cinta sobre su frente, con decoración serpentina. Preuss observó en su mejilla izquierda un dibujo, quizás síntesis geométrica de la cabeza de un reptil, hoy totalmente borrado.

Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. El recipiente es usualmente un calabazo, o un caracol en la estatuaria, como los que llevan las figuras del Alto de los Ídolos.

Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. Una de las estatuas de colores del alto de El Purutal en lugar de recipiente lleva bajo el brazo un bebé que, como todas las figuras infantiles de la estatuaria, tiene los ojos cerrados, y corona su cabeza una prolongación cuadrangular, obviamente la boca del recipiente. Surge así una nueva imagen chamanística en el arte de Macizo Colombiano: el bebé-poporo.

Detalles de estatuas de personajes con los implementos para la masticación de hojas de coca, a saber, una varita, en la mano derecha, y en la izquierda un recipiente que guarda cal, que adherida a la varita se lleva a la boca para la extracción de los alcaloides de la coca. El recipiente es usualmente un calabazo, o un caracol en la estatuaria, como los que llevan las figuras del Alto de Lavapatas.

En la literatura sobre la estatuaria suele confundirse la varita que llevan en la mano derecha varios personajes con “un cincel” o “un bastón”. La fotografía despeja cualquier duda en cuanto a la varita y su función, e ilustra el modo como los indígenas de hoy y de ayer usaron y usan los instrumentos para la masticación de la coca. Un indio actual de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Procedente de El Cabuyal, esta estatua femenina ha suscitado toda clase de especulaciones desde cuando la describió Agustín Codazzi por primera vez en 1857. El largo objeto cilíndrico que se desprende de la nariz se ha confundido con la trompa de un elefante, impresión que parece reforzar el elemento en forma de herradura que circunda la parte superior de su cuerpo y que semeja las orejas de aquel animal. El objeto cilíndrico tiene un valor representativo doble. Es una trompeta, similar a las que se han hallado en otras regiones arqueológicas de Colombia, y a la vez es la trompa de un mamífero, pero no un elefante sino un tapir o danta. Trompeta y tapir se encuentran relacionados en un mito de origen conocido como “complejo del Yuruparí”, extendido por la cuenca amazónica y que advierte sobre los peligros de la exogamia.

El “casquete esférico” —como lo describió Codazzi— que circunda la parte superior del cuerpo de la figura de la trompetista de El Cabuyal, sin duda es un componente importante de la estatua, que está concebida para cargarlo sobre la cabeza y espalda. Es muy probable que represente algo similar al tocado semicircular de una estatua de la Mesita C de Parque Arqueológico de San Agustín —extraordinaria versión del mono-serpiente— (ver páginas 109, 155, 224), y está asociado con la imagen del espíritu multiforme o doble yo que portan las estatuas de cargueros del Alto de las Piedras y el Alto de Lavapatas (ver páginas 194-199). Sin embargo, en este caso se trata de una representación vacía, sin imagen alguna, lo cual sin duda tiene implicaciones simbólicas relacionadas con los orígenes del género humano en el pensamiento indígena.

Figura probablemente femenina en el Alto de las Piedras, en Isnos. Preuss observó correctamente que la distribución por género de las estatuas se ve limitada “por no estar siempre el sexo tan claramente definido que se pueda reconocer con seguridad absoluta”. Reconocer con seguridad absoluta a una mujer por sus atributos físicos más específicos —vagina y/o senos— solo es posible en unas siete estatuas. Preuss supuso que algo parecido a una falda, una faja, un delantal corto, ligaduras bajo las rodillas, un banquito bajo para sentarse y una banda que ciñe la cabeza, serían señales de que se trata de una “deidad” femenina. Sin embargo, teniendo en cuenta que lo más notable de la indumentaria de las estatuas es la falta de ella o su ligereza, el sexo solo podría distinguirse con alguna seguridad por elementos de carácter simbólico.

Vista frontal del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. La estatua principal tiene como atributo lo que se conoce como “cráneo trofeo”, que llevó a describirla como “dios de la destrucción” o “deidad de la guerra”. Pero no obstante las estatuas que se encuentran en sus flancos y que tradicionalmente se han descrito como “guerreros”, no existe evidencia de que la guerra fuera una práctica común en el Macizo Colombiano, ni de que los pueblos que lo habitaron fueran conquistadores o hubieran sufrido asedios de pueblos enemigos. Además, los cráneos que muestran las seis estatuas que lo llevan —cuatro de ellas femeninas— son demasiado pequeños para ser humanos y más bien parecen de mono, lo cual confirmaría la hipótesis de que se trata de un simbolismo relacionado con los ancestros.

Guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. En realidad, el único tributo que los identificaría como “guerreros” es la maza o clava que tienen en sus manos y, en otros casos como el de otras dos estatuas del Montículo Occidental de la Mesita A, el pequeño objeto esférico que empuñan en una de sus manos. Sin embargo, cada uno de estos objetos puede tener una interpretación alternativa, relacionada con la fertilidad. Para algunos antropólogos la maza puede ser una especie de “bate” similar al del juego de béisbol moderno, y el objeto esférico una pelota de caucho, como las que Preuss halló a principios del siglo xx entre los huitotos del río Putumayo. Dicha pelota se asocia con una fruta y con la luna, de la cual proviene la fertilidad.

Guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. En realidad, el único tributo que los identificaría como “guerreros” es la maza o clava que tienen en sus manos y, en otros casos como el de otras dos estatuas del Montículo Occidental de la Mesita A, el pequeño objeto esférico que empuñan en una de sus manos. Sin embargo, cada uno de estos objetos puede tener una interpretación alternativa, relacionada con la fertilidad. Para algunos antropólogos la maza puede ser una especie de “bate” similar al del juego de béisbol moderno, y el objeto esférico una pelota de caucho, como las que Preuss halló a principios del siglo xx entre los huitotos del río Putumayo. Dicha pelota se asocia con una fruta y con la luna, de la cual proviene la fertilidad.

Guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Trátese de guerreros o de jugadores, estas peculiares imágenes de la estatuaria deben interpretarse en conjunto y en sus detalles particulares. Un detalle son los adornos que varias de ellas llevan sobre su frente, todos ellos con la forma de aves esquematizadas y que los asocian con el vuelo. Otro es la carencia de fauces animales y el relativo realismo de los rostros, con la salvedad de que la boca sin labios y la forma de la nariz destacan la afinidad de los seres humanos de la estatuaria con los monos. Pero el más importante es el ser que llevan sobre sus cabezas y que los integra a un grupo de estatuas de simbología compleja. Conocida en la literatura arqueológica como “doble yo”, dicha figura incorpora partes de distintos animales.

Guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín. Trátese de guerreros o de jugadores, estas peculiares imágenes de la estatuaria deben interpretarse en conjunto y en sus detalles particulares. Un detalle son los adornos que varias de ellas llevan sobre su frente, todos ellos con la forma de aves esquematizadas y que los asocian con el vuelo. Otro es la carencia de fauces animales y el relativo realismo de los rostros, con la salvedad de que la boca sin labios y la forma de la nariz destacan la afinidad de los seres humanos de la estatuaria con los monos. Pero el más importante es el ser que llevan sobre sus cabezas y que los integra a un grupo de estatuas de simbología compleja. Conocida en la literatura arqueológica como “doble yo”, dicha figura incorpora partes de distintos animales.

Dibujo de estatua, hallada en el sitio de Plata Vieja, cerca al río La Plata. Ilustra sobre el significado de la maza que portan los guerreros. No deja duda de que se trata de una representación fálica, y por lo tanto relacionada con la fertilidad

Dibujo de estatua, hallada en el de Yarumalito, cerca a la carretera de La Plata a Popayán. Ilustra sobre el significado de la maza que portan los guerreros. Muestra la maza convertida en flecha, como la que tiene en su mano izquierda la figura femenina sedente del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos.

Figura de un guerrero del Alto de las Piedras, en la que puede verse con mayor claridad la fase inicial de la metamorfosis del ser que cargan algunas estatuas sobre su cabeza, hombros y espalda. Es el mono-serpiente, ubicuo en la estatuaria.

Los guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín muestran una fase crucial en la metamorfosis del mono-serpiente. Por el frente, directamente sobre el rostro del guerrero, aparece su parte superior, con sus dos brazos, ojos cerrados de animal muerto, un penacho sobre la cabeza y, a diferencia de otras representaciones, con fauces animales. El cuerpo de la serpiente, decorado con franjas de círculos y motivos reticulares, parece dividirse en dos –efecto técnico común en el arte prehispánico para mostrar dos lados de un mismo animal-, para terminar, luego de enroscarse, en la cabeza de otro animal cuyas características fauces de afilados dientes, ojos realzados y hocico terminado en exagerada punta que forma una voluta, lo identifican claramente como un caimán con brazos y manos humanos.

Los guerreros del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín muestran una fase crucial en la metamorfosis del mono-serpiente. Por el frente, directamente sobre el rostro del guerrero, aparece su parte superior, con sus dos brazos, ojos cerrados de animal muerto, un penacho sobre la cabeza y, a diferencia de otras representaciones, con fauces animales. El cuerpo de la serpiente, decorado con franjas de círculos y motivos reticulares, parece dividirse en dos –efecto técnico común en el arte prehispánico para mostrar dos lados de un mismo animal-, para terminar, luego de enroscarse, en la cabeza de otro animal cuyas características fauces de afilados dientes, ojos realzados y hocico terminado en exagerada punta que forma una voluta, lo identifican claramente como un caimán con brazos y manos humanos.

La posición de esta figura y el fardo que lleva no deja duda de que se trata de cargueros chamanísticos. Transporta un ser compuesto, última fase de la metamorfosis del mono-serpiente. En la estatua del Alto de Lavapatas, esta , el mono-serpiente aparece particularmente amenazador con sus prominentes fauces animales, y desarrolla una cresta que se extiende por el dorso del ser, ahora con cuerpo de caimán. En la naturaleza esta cresta es característica de ciertos lagartos como la iguana, aunque también podría corresponder a las grandes escamas que tiene el caimán a lo largo de la parte superior de la cola. De toda esta transformación resulta un nuevo ser de la fauna mítica de la estatuaria del Macizo Colombiano: el mono-serpiente-caimán.

Carguero del Alto de las Piedras, con el mono-serpiente-caimán a cuestas. ?En esta estatua el mono-serpiente original, transformado en extraña entidad con ojos en forma de espiral y vistosa diadema, se proyecta hacia atrás bajo la forma de dos animales superpuestos: una serpiente decorada con círculos y estrías, cuya cola remata en la cabeza con penacho y los brazos del mono, y un caimán de poderosas fauces. Es sin duda un ser-espíritu, que hemos llamado Espíritu Multiforme, en cuyo cuerpo se combinan los animales principales de la mitología del Macizo Colombiano, procedentes todos de tierras bajas y ardientes, en demostración del origen amazónico de los pueblos que labraron las estatuas. Un ser que habla de los orígenes y del tema central de la estatuaria: la fertilidad.

Esta estatua, procedente de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín, está concebida casi exclusivamente como una composición de figuras geométricas e ilustra la singular relación que existe en la estatuaria entre la realidad percibida en la naturaleza y las formas abstractas e imaginarias. Como suele ser el caso en el arte prehispánico americano en general, la imagen figurativa (un mono, una serpiente, un ave) siempre expresa ideas abstractas, y a su vez las formas abstractas y geométricas (el círculo, el triángulo, la espiral, la cruz, el ritmo geométrico) invariablemente remiten a formas naturales y orgánicas. Virtualmente todas las figuras geométricas del arte del Macizo Colombiano son síntesis de animales directamente asociados con la transformación y la fertilidad.

Los lazos anudados que ostentan varias figuras parecen integrar lo funcional, lo decorativo y lo simbólico. Los cargueros con el Espíritu Multiforme a cuestas del Alto de Lavapatas y el Alto de las Piedras tienen dichos lazos a la altura de las orejas para ajustar o adornar una especie de montera o pasamontañas, accesorio que se repite en una estatua de Uyumbe.

Excepto quizá por la ostentosa figura femenina de El Tablón (en la foto) y el escultor de Quebradillas, los personajes de la estatuaria son pobres en ornamentos, en contraste con la riqueza y vistosidad de estos en otras zonas arqueológicas de Colombia.

Algunas estatuas llevan como adorno figuras de ave en síntesis geométrica, como la diadema del guerrero del Montículo Oriental de la Mesita A.

Algunas estatuas llevan como adorno figuras de ave en síntesis geométrica, como el pendiente que muestra una estatua del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín.

Gorro en forma de pirámide escalonada que corona una estatua originalmente en el Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque de San Agustín. Casi idéntico al que lleva la estatua que representa la fertilización de la tierra en el mismo sitio, es probablemente distintivo del sol y, con algunas modificaciones formales, vuelve a hallarse como tocado de varias imágenes del mono-serpiente. En su forma más sencilla, reducido a un cuerpo cuadrangular, remata las cabezas de muchos “guardianes de tumbas”. No cabe duda, por lo tanto de que se trata de un símbolo solar y fálico, vinculado con la imagen del mono y de la fertilidad. Quizá por ello es la figura geométrica más común en la estatuaria. ?Un anónimo viajero de la época colonial trazó en este gorro una indescifrable leyenda.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes como en el caso del casco de una estatua de Uyumbe, con una figura triangular sobre la frente.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. Los taparrabos, prendas masculinas, suelen tener esta misma forma, pero invertida. Se crea así una referencia al “mundo de arriba”, solar y aéreo (peinado) y el “mundo de abajo”, terrestre o subterráneo taparrabo). Al unir las dos pirámides escalonadas surge la forma de la cruz de anchos y cortos brazos, que configura el contorno de la figura humana en la estatuaria.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. En la mayoría de los casos la pirámide escalonada se encuentra dando forma al tocado o peinado de las estatuas, sean masculinas o femeninas.

La forma de pirámide escalonada como remate de las figuras presenta variaciones interesantes. Los taparrabos, prendas masculinas, suelen tener esta misma forma, pero invertida. Se crea así una referencia al “mundo de arriba”, solar y aéreo (peinado) y el “mundo de abajo”, terrestre o subterráneo taparrabo). Al unir las dos pirámides escalonadas surge la forma de la cruz de anchos y cortos brazos, que configura el contorno de la figura humana en la estatuaria.

Esta figura del “mundo de arriba” tiene su correspondencia en el “mundo de abajo” en un tipo de taparrabos que pasa por entre las piernas. Esto sugiere que el taparrabos, tanto escalonado como curvo, pese a ser prenda masculina, tendría una simbología femenina, relacionada con la tierra. Es posible que así sea, si se piensa en esta pieza como envoltura o cobertura del falo. Así, el rostro humano que cubre a manera de taparrabos la parte baja del vientre de una estatua solar de la Mesita B es femenino y se confirma la referencia simultánea en la estatuaria a los dos principios fundamentales de la fertilidad.

Esta figura del “mundo de arriba” tiene su correspondencia en el “mundo de abajo” en un tipo de taparrabos que pasa por entre las piernas. Esto sugiere que el taparrabos, tanto escalonado como curvo, pese a ser prenda masculina, tendría una simbología femenina, relacionada con la tierra. Es posible que así sea, si se piensa en esta pieza como envoltura o cobertura del falo. Así, el rostro humano que cubre a manera de taparrabos la parte baja del vientre de una estatua solar de la Mesita B es femenino y se confirma la referencia simultánea en la estatuaria a los dos principios fundamentales de la fertilidad.

Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.

Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.

Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.

Varias figuras llevan por todo atuendo un cordón cuya función es mantener el miembro viril apuntando hacia arriba, erecto y adherido al vientre. En los cordones de la estatuaria parece haber una alusión al Espíritu Multiforme, y en particular a la serpiente y al elemento femenino, resaltada por la forma de los nudos con que se atan. No puede dejar de mencionarse, además, la similitud de dos rasgos de la figura humana, uno en la parte superior del cuerpo y otro en la inferior: la nariz y el falo sostenido por un cordón. Los dos elementos —nariz y falo— reproducen la forma básica de la pirámide escalonada.

El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.

El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.

El objeto que lleva en la mano izquierda una estatua del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos ha recibido una interpretación supuestamente muy obvia: es una flecha, y quien la porta es un guerrero. Sin embargo, en el arte del Macizo Colombiano nada es obvio. El triángulo que constituye la punta reproduce la forma de la cabeza de la mayoría de los monos de la estatuaria, e incluso de la gran cabeza de la Mesita B. Pero también se encuentra asociado con la serpiente y con el elemento femenino, como muestran los dibujos incisos de una piedra hallada en la Mesita B. Por lo tanto, la flecha no es otra cosa que la síntesis geométrica del mono-serpiente, y al parecer es un atributo exclusivamente femenino.

El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.

El principio femenino está sintetizado en la estatuaria por formas y decoraciones propias de las serpientes. El motivo reticular aparece en la falda de algunas figuras femeninas y en la banda que ciñe la cabeza de cerca de veinte estatuas, que por este detalle se identifican como femeninas. Curiosamente, sin embargo, la banda reticulada o los lazos entrelazados en la cabeza nunca coinciden con el cabello dividido en medio de la frente —rasgo femenino—.

Los ojos pueden ser de un fino naturalismo, o estar construidos mediante ingeniosas combinaciones geométricas y orgánicas siempre distintas. Tal variedad es significativa en términos artísticos, pero es improbable que los escultores hubieran tenido la libertad de dejar volar la imaginación al ocuparse de estos rasgos del rostro. Abiertos o cerrados, humanos o animales, realistas o fantásticos, cada diseño seguramente tiene un simbolismo muy preciso. De las cerca de 150 estatuas de San Agustín e Isnos que pueden identificarse como imágenes humanas, solo unas veinte tienen ojos humanos abiertos, invariablemente sin indicación de pestañas, y de ellas no más de seis tienen sus elementos completos.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

Muestra de la extraordinaria diversidad de formas y diseños de los ojos de la estatuaria.

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A veces las cintas están divididas en varias secciones, y a veces son lazos con nudo que sostienen un collar, como en una de las estatuas de El Tablón.

A veces las cintas están divididas en varias secciones, y a veces son extensión del tocado y forman un círculo detrás de la cabeza, como en una estatua del Alto de los Ídolos.

Un número considerable de estatuas, entre ellas al menos dos figuras femeninas, muestra un par de cintas o bandas que caen paralelas por la espalda, desde el cuello o la cabeza hasta la cintura.

Un número considerable de estatuas, entre ellas al menos dos figuras femeninas, muestra un par de cintas o bandas que caen paralelas por la espalda, desde el cuello o la cabeza hasta la cintura, algunas sin decoración, como en una estatua de la Mesita B del Parque de San Agustín.

Estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín vista por su plano posterior. En esta figura, que se encuentra sentada en el banco alto propio de la estatuaria, las cintas cuelgan desde el tocado piramidal que parece identificar la imagen del sol y se prolongan hasta los talones. Es un aditamento que comparten las imágenes de chamanes con figuras más sagradas.

Estatua del Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín vista de frente. En esta figura, que se encuentra sentada en el banco alto propio de la estatuaria, las cintas cuelgan desde el tocado piramidal que parece identificar la imagen del sol y se prolongan hasta los talones. Es un aditamento que comparten las imágenes de chamanes con figuras más sagradas.

De los ojos no humanos en rostro humano, los más numerosos son los grandes ojos redondos, sin párpados, que aparecen en algo más de 30 estatuas y a los que se ha descrito como “ojos de pescado”, aunque lo más probable es que sean ojos de mono. No más de cinco estatuas tienen ojos rasgados o “atigrados”, que recuerdan a los del jaguar y quizás representan al auténtico “chamán-jaguar” o “jaguar-monstruo” que se ha querido ver, sin mayor fundamento, como la imagen emblemática de la estatuaria. De los ojos formados por figuras en síntesis geométrica, los más numerosos son aquellos compuestos de tal modo que, en conjunto con otras líneas del rostro, en especial de la nariz, representan aves de presa y que sin duda simbolizan la adquisición por la persona de ciertos poderes de las aves como la capacidad de volar y una vista aguda.

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En sus exploraciones de 1913-14, Konrad Preuss dice haber hallado al oeste del río Jabón esta estatua, que llevó al Museo de Berlín. La describe como “pequeña de varón, bastante deteriorada”, y llama la atención sobre las dos cintas que bajan de la cabeza y terminan en una cabeza de mono. Evidentemente se trata de una nueva versión del mono-serpiente como espíritu protector, con dos cuerpos de serpiente y una sola cabeza.

La identificación como síntesis geométrica del mono-serpiente de las cintas que descienden por la espalda de algunas estatuas queda demostrada por esta figura de procedencia desconocida. Claramente, las cintas terminan en dos cabezas, sin duda de mono. Dentro de la síntesis geométrica, las cabezas se reemplazan por borlas o cuadros de remate, como en la imagen del sol fecundando la tierra de la Mesita B.

El corazón adquiere su forma más simple —e idéntica a nuestra moderna síntesis geométrica de ese órgano— en una estatua procedente de El Jabón, muy deteriorada en su cara frontal.

La estatua del río Jabón es, en términos iconográficos, el punto inicial de la transformación del mono-serpiente y las dos cintas de la espalda en el misterioso corazón que muestran algunas figuras. El siguiente paso se encuentra en esta estatua, hallada en la vereda Páez de Tierradentro, en la cual las cintas adoptan una forma circular y se unen en un solo cuerpo en su extremo inferior.

En una estatua que hoy se encuentra en el Alto de los Ídolos (c), el mono-serpiente y las cintas se transforman en una compleja figura con clara forma de corazón y diseños en espiral dispuestos simétricamente en su interior.

En la cara posterior de la estatua con dos mazos de la Mesita C, el corazón en que se ha transformado el mono-serpiente adquiere su nivel iconográfico más complejo, al integrar un nuevo elemento. Se trata indudablemente de un ave de presa inscrita entre las dos bandas circulares, con las alas desplegadas y cola en forma de abanico, muy similar a varios objetos de orfebrería de otros sitios de Colombia, especialmente pectorales. Gerardo Reichel identificó el ave de esta estatua como aquello que en su estudio iconográfico de las piezas de orfebrería del Museo del Oro llamó “Ícono A del vuelo chamánico”, anotando que “debajo de la curva de las alas… se ven las cabezas estilizadas de los pájaros auxiliares”. A la imagen del mono-serpiente como espíritu protector se agrega en este único caso el ave de presa.

La magnífica estatua con gran diadema circular de la Mesita C del Parque de San Agustín, tiene en la espalda la figura de una “flecha”, que hemos descrito como síntesis geométrica del mono-serpiente. En este caso, la “flecha” se convierte, en un nuevo nivel de abstracción, en síntesis geométrica del corazón. El mono-serpiente, entonces, está representado tres veces en esta figura.

Estatua hallada en Quebradillas, una de las tres conocidas que muy probablemente representan escultores, y de las tres la más ornamentada. Una nariguera en forma de medialuna cubre sus grandes fauces animales, dejando ver con claridad los colmillos, y las muñecas están adornadas con brazaletes de varias vueltas. El tocado semiesférico muestra por su parte anterior cinco figuras de aves de presa en síntesis geométrica y en posición invertida, y franjas estriadas que se repiten en la parte posterior y forman el tocado o peinado en forma de pirámide escalonada frecuente en la estatuaria. El ave de presa, con su característico pico encorvado, aparece de nuevo en el dibujo de los ojos. En las manos lleva dos instrumentos idénticos que el primero en describir la estatua, José Pérez de Barradas, vio como “dos cetros (?) o instrumentos”.

Detalles de la figura del escultor de Quebradillas. Sus instrumentos (obviamente queda descartado que se trate de “cetros”). Refiriéndose al que lleva en la mano derecha una estatua de la Mesita A del Parque de San Agustín, Carlos Cuervo Márquez habló de “un utensilio que parece de trabajo” y que “puede ser un cincel, como creen algunos”. Sin embargo, prefirió la versión de que se trataba de un cuchillo ceremonial del Perú prehispánico, con la parte afilada hacia arriba y semejante a la de un hacha. Con todo, la forma del extremo inferior de las herramientas de esta estatua haría suponer que era esta la parte cortante, mientras la superior sería en realidad su mango redondeado.

Acuarela de José María Gutiérrez de Alba que muestra una estatua procedente del Montículo Oriental de la Mesita A del Parque Arqueológico de San Agustín, trasladada a la plaza del pueblo posiblemente en 1869 y de allí al Parque de la Independencia en Bogotá en 1907. Hoy se encuentra en el Museo del Oro de esta ciudad. El tocado ornamentado de las estatuas de escultores de Quebradillas y el Alto de Las Piedras se sustituye en esta figura por dos lazos que, anudados sobre la frente, vuelven a anudarse sobre la nuca y caen por la espalda. Está además adornada con brazaletes y grandes orejeras circulares. El instrumento que lleva en la mano izquierda seguramente es un cincel, como se le ha descrito siempre. El de la derecha probablemente no es ni un cuchillo ni un martillo sino una especie de escoplo.

Estatua descubierta por Preuss en el Alto de las Piedras y llevada a Berlín, donde la restauraron parcialmente. Las figuras de aves en síntesis geométrica en la diadema y el diseño de los ojos se suman a las herramientas que lleva en las manos para confirmar su identificación como escultor. Aquellas son las que reproducen de modo más realista los instrumentos básicos de los artistas de la estatuaria.

Vista posterior de la estatua del Montículo Oriental de la Mesita A. La referencia al mono-serpiente en el doble lazo se duplica en esta estatua con los dos aditamentos que caen sobre los hombros a manera de trenzas. Detalle peculiar —aunque no exclusivo— de esta figura, es el diseño en forma de pirámide escalonada en la parte posterior de la cabeza, que permite reconocerla como masculina.
Texto de: Efrain Sánchez
La gran paradoja de la imagen artística de la estatuaria del Macizo Colombiano es que en su mayor parte es un arte esencialmente representativo o figurativo, y sin embargo la pregunta más frecuente, y quizá la más elemental, qué representan, es sin duda la más difícil de responder. Solo alrededor de la cuarta parte de todas las estatuas puede identificarse con total seguridad como imágenes de seres humanos o animales. El resto, alrededor de 360 de las cerca de 480 esculturas, representan seres transformados en los que no es posible distinguir a ciencia cierta entre un ser humano y un animal, un mono y un jaguar, un lagarto y una serpiente. Dicha paradoja se resuelve en lo que parece ser la idea central y que da estructura al mundo del arte prehispánico en el Macizo Colombiano: el concepto de transformación. No se trata solamente de las transformaciones que sufre la imagen al pasar de lo visual a lo mental y de allí a lo simbólico, propias de todo arte, sino la concepción fundamental de que la fuerza esencial del universo es la transformación. La vida y la muerte son puntos de convergencia en la gran red de la eterna transformación del cosmos. Los animales y el ser humano no pertenecen a reinos separados, sino que son estados y manifestaciones de un proceso incesante de transformación. En torno a este tema central de la transformación giran las significaciones, los simbolismos, los valores visuales y los modos de expresión depositados en la estatuaria. Gerardo Reichel manifestó la opinión de que “todo el arte escultórico de San Agustín está saturado por la iconografía del mundo chamánico y solo podrá entenderse en función de él”. En efecto, una parte muy considerable de las imágenes de la estatuaria se concentra en la institución del chamanismo pero, como se verá, el arte del Macizo Colombiano la desborda y se extiende a muchas otras facetas de la religión y la mitología. El único fundamento con el que contamos para interpretar dichas facetas es el extenso conocimiento etnográfico y etnohistórico acumulado por los antropólogos, entre ellos el propio Reichel, sobre varias sociedades indígenas actuales. Pero incluso con dicho conocimiento, aún quedan en la oscuridad muchos de los posibles significados de la estatuaria. Pero al menos un aspecto parece confirmarse de manera insistente. La estatuaria en su conjunto señala que si a algo estaba dedicado este arte extraño y rico en significados era al culto de la fertilidad, del cual la forma fálica fundamental es su primera y más extendida manifestación.
Animales transformados
Toda la estatuaria del Macizo Colombiano confirma una faceta del pensamiento indígena común entre los grupos actuales: los animales son como la gente y la gente es como los animales. Como lo comprobó Gerardo Reichel entre los tukano orientales de las selvas del Vaupés y entre los kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la visión de los indígenas los animales son seres muy parecidos a los humanos. Piensan, hablan entre ellos, tienen su propia organización social como los humanos, viven en sitios que son como malocas, se emborrachan, bailan, tienen sirvientes, tienen “alma” e incluso lloran cuando alguien muere. Los animales son como parientes, o miembros de otros grupos con los que hay que convivir respetando ciertas reglas. Los seres humanos no se transforman en animales, sino que sencillamente son como animales. Teniendo en cuenta que al hablar de animales lo hacemos dentro de nuestras propias convenciones y no dentro de la visión del mundo indígena, comencemos nuestro examen del mundo de la imagen en el arte del Macizo Colombiano estudiando la forma en que aparecen representados en la estatuaria.
Los escultores del Macizo Colombiano fueron muy selectivos en cuanto a las clases y órdenes de animales que representaron en la estatuaria. Del inmenso repertorio de especies de las regiones con que pudieron entrar en contacto, incluida la propia del Macizo Colombiano, las áreas selváticas del alto Amazonas y el alto Caquetá, el valle del Magdalena, el alto Cauca, el Valle del Cauca, el altiplano nariñense y el litoral Pacífico, eligieron solamente algunas y aun a estas les otorgaron grados diferentes de significación. También es claro que su interés no fue el de representar animales, sino más bien ciertas características y partes de los animales especialmente significativas dentro de la visión del mundo y los valores visuales de su sociedad. Los animales de la estatuaria se limitan a cuatro clases: mamíferos, reptiles, aves y anfibios. Podrían agregarse, con algunas reservas, los peces y los gasterópodos (caracoles), pero tanto unos como otros aparecen únicamente como atributos de ciertos personajes, jamás como figuras independientes. Los mamíferos y los reptiles son sin lugar a dudas las clases principales en la estatuaria, y entre ellas se producen prácticamente todas las transformaciones y mezclas.
Cuando se habla de mamíferos en la estatuaria se hace referencia fundamentalmente a dos órdenes específicos, primates y carnívoros, y dentro de ellos a dos familias: los monos cébidos y los felinos. El mono es el animal emblemático de la escultura —y sin duda también de la cultura— del Macizo Colombiano. Alrededor de la mitad de todas las imágenes animales de la estatuaria son monos y, como se verá, son los agentes y protagonistas centrales de la transformación y símbolos primordiales de la fertilidad. Por esta razón le dedicaremos una sección aparte. La familia de los felinos, representada por el jaguar (Panthera onca), parece mucho más importante en la discusión en torno a la mitología y la religión del Macizo Colombiano que en la estatuaria. De no ser por el “motivo felínico”, que aquí hemos llamado simplemente “fauces animales”, escasamente se mencionaría al jaguar. Es notable el hecho de que, de todas las imágenes de la estatuaria, solamente en una podría identificarse un jaguar o un ser con más características de jaguar que de otra cosa, y sobrarían los dedos de una mano para contar el número de esculturas que pudieran asociarse directamente con el felino.
Después de los monos, los reptiles son los animales más representados en la estatuaria y forman un sector complejo, con diversas asociaciones, mezclas, formas y estilos de representación. Los ofidios son los más frecuentes, y aunque son escasas las imágenes que pudiéramos llamar realistas, los escultores parecen haber tenido en cuenta múltiples aspectos en la representación, en particular la forma, el movimiento, la decoración natural y los colores de ciertas serpientes. Son pocas las que aparecen representadas como figuras independientes y completas, pues en su mayoría están asociadas con monos, lagartos o aves, o forman parte de seres fantásticos. Entre los indígenas de hoy las serpientes pueden ser criaturas letales que con su picadura matan en corto tiempo en medio de dolores atroces, y por lo tanto suelen relacionarse con la muerte y la destrucción. Las de mayor tamaño, especialmente la anaconda, se imaginan entre los desana del Vaupés como monstruos que habitan profundos pozos en ciertos lugares de los ríos, caracterizados por tener siempre un remolino en su superficie. No sorprende que las anacondas sean vistas como monstruos entre los indígenas, y que los pozos con remolinos se juzguen lugares peligrosos. Lo sorprendente es que la misma imagen del pozo con remolino y la gran serpiente que lo habita se repita a centenares de kilómetros de distancia, no muy lejos de San Agustín, en el río Orteguaza. El viajero español José María Gutiérrez de Alba, en su excursión al Caquetá de 1873 partiendo de San Agustín, describió uno de tales pozos: “El curso de este río es bastante tortuoso; forma a veces recodos donde se estrecha considerablemente, y sus aguas pierden por un instante la mansedumbre normal que las caracteriza. Al salir de uno de estos recodos, distante como cinco kilómetros de la embocadura del Hacha, se entra en un remanso de notable extensión, y de una profundidad muy considerable, donde la corriente forma un gran remolino, que es necesario evitar… Denomínase este lugar el Charco de la sierpe; y la tradición indígena, llena de fantasmas, asegura que en remotos tiempos existía allí una serpiente colosal, que se tragaba no solo a los indios que se atrevían a abordar el charco durante la noche, sino hasta las mismas canoas en que navegaban”. Sin duda estas imágenes se extendieron desde época muy remota por un amplio territorio que abarcaba toda la cuenca amazónica y más allá.
Pero en la mentalidad indígena la imagen del peligro mortal de las serpientes y los pozos en que viven está acompañada por la imagen contraria, relacionada con la generación de la vida y la fertilidad. Dichos pozos se imaginan como “casas” subacuáticas cubiertas por un remolino que los desana interpretan, según Gerardo Reichel, “como elemento femenino, como un útero dentro del cual las fuerzas cósmicas y telúricas procrean y gestan peces y otras criaturas del agua”. También se relacionan con el origen del género humano, pues en la época de la creación “era gente lo que allí se gestaba”. La imagen de la serpiente con sus “casas” acuáticas y su relación con la fertilidad, encuentra en la estatuaria su expresión más clara en la Fuente de Lavapatas, extraordinaria obra escultórica e hidráulica situada en el Parque Arqueológico de San Agustín, a poca distancia de la Mesita C. Allí, en más de 170 metros cuadrados despejados hasta hoy, se tallaron más de 30 relieves tridimensionales, 22 de los cuales representan serpientes.
Mucho menos presentes en la estatuaria, los saurios o lagartos forman el segundo grupo de reptiles. En un estilo cercano al realismo solamente se encuentran en tres piedras, dos de las cuales se hallaban originalmente muy cerca de la Fuente de Lavapatas, en la pendiente que conduce hacia ella. Preuss identificó el lagarto de una de las esculturas mencionadas como una iguana, aunque bien podría tratarse de cualquier otro lagarto, incluso una lagartija. En todo caso, la discusión sobre la familia a la que pertenecen estos lagartos puede ser irrelevante, pues parece obvio que, tanto en la imagen artística como en la imagen mental que tenían los escultores, lo importante eran ciertas características de forma que comparten todos los lagartos y que los distinguen o los asemejan a las serpientes. En las imágenes de la estatuaria, la cola es un área de combinación entre el lagarto y la serpiente, formándose un ser mixto que aparece en varias estatuas.
Las aves forman un grupo pequeño pero de alta significación y están representadas de dos maneras en la estatuaria: como esculturas independientes y como motivo ornamental de síntesis geométrica. De las decenas de órdenes y los miles de géneros y especies de aves que existen en Colombia, los escultores se limitaron a un solo tipo: las aves de presa. En la estatuaria hay cuatro imágenes fácilmente identificables de estas aves. La mayor y sin duda la más célebre tanto por su tamaño como por sus valores artísticos, es la que se encuentra en el Montículo Noroeste de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín y que aprisiona con el pico y las garras una serpiente. Otra de las aves de presa fue hallada en El Batán y se encuentra hoy en el Bosque de las Estatuas, y sostiene con las manos o garras dos objetos que Pérez de Barradas vio como “sendos cetros” y Duque Gómez como “objetos ceremoniales”. ¿Qué son estas aves? Agustín Codazzi las identificó como búhos, aves nocturnas que en muchas sociedades indígenas son pájaros de mal agüero que anuncian y simbolizan la muerte. Preuss —con algunas reservas—, Pérez de Barradas y los campesinos actuales de la región siguen a Codazzi en esta identificación. Sin embargo, a comienzos del siglo xx Carlos Cuervo Márquez sugirió que se trataba de águilas, por evocación específica de la serpiente emplumada (Quetzalcóatl), del panteón prehispánico mexicano. Es evidente que las razones para identificar a las aves de San Agustín como águilas o como búhos no están en las aves mismas sino en el atributo que presentan dos de ellas (la serpiente), y en el contexto al que pertenecen las estatuas (cementerios y tumbas). Las aves en sí no permiten hacer esta diferenciación. En nuestras taxonomías animales las aves de presa están organizadas en dos órdenes: falconiformes (águilas, halcones, buitres, cóndores, gavilanes, etc.) y estrigiformes (búhos). Los dos órdenes se distinguen por su pico encorvado y fuerte, como muestran las estatuas, y por sus poderosas garras, con tres dedos hacia delante y uno hacia atrás. A este respecto, sin embargo, las patas de las aves de San Agustín, con cuatro o cinco dedos hacia delante, claramente pertenecen a otro ser y podría pensarse que en realidad son pies humanos. Los grandes ojos podrían pertenecer a cualquiera de los dos órdenes, aunque es cierto que su disposición y su relación con el pico y el resto de la cabeza podrían corresponder más a los búhos. Parece evidente que a los escultores del Macizo Colombiano no les preocupaba tanto la diferenciación morfológica de los dos órdenes sino más bien ciertos aspectos del comportamiento y la ecología compartidos por ambos. Más decisivo aún, las imágenes de aves en la estatuaria pueden no representar en absoluto la bucólica escena de un ave de presa cazando una serpiente. Podría pensarse que en la categoría general ave de presa convergen simbologías contrarias pero complementarias. No puede haber duda de que la muerte es una de ellas. No solo se encuentran las aves en un contexto funerario, lo cual apoya la idea de que se trata de búhos, sino que existe por lo menos una imagen de un ave de presa como portadora de la muerte. En El Rosario se halló un extraordinario sarcófago enteramente tallado con la forma de un ave. Es la imagen del búho transportando al difunto hacia otros mundos.
La idea de la muerte como fase de transformación jamás se aleja de la idea de la fertilidad en la estatuaria, y esto incluye a las imágenes de monos y reptiles y, por supuesto, a las de aves. En verdad, la idea de la serpiente emplumada de los aztecas y totonacas no parece ajustarse a las aves de presa de la estatuaria. En su estudio iconográfico de la orfebrería prehispánica, Gerardo Reichel sugiere una posibilidad que podría aplicarse de manera más convincente a las esculturas de aves de San Agustín. Se trata del gavilán tijereto (Elanoides fortificatus), característico en particular del oriente amazónico, pero cuya distribución se extiende incluso hasta el sur de Estados Unidos. El gavilán tijereto, según Reichel, parece ser “el ave chamánica por excelencia” de Mesoamérica y el norte de Suramérica. En el Vaupés llaman especialmente la atención sus migraciones, que se producen a fines de septiembre y a fines de marzo, es decir, en los equinoccios de otoño y primavera, “que coinciden con las épocas de desove de los peces, con la maduración de ciertos frutos de palmas y con la aparición de determinadas constelaciones en el cielo nocturno”. Por tanto, las serpientes que aprisionan las aves de presa con sus picos no son las que atrapan para alimentarse, sino que pertenecen más bien al género de las que se enroscan en la Fuente de Lavapatas, las que habitan en pozos profundos cubiertos de remolinos y que en los equinoccios procrean peces y anuncian las lluvias y las cosechas y simbolizan los principios masculino y femenino, la muerte y la fertilidad. Las aves mismas probablemente no son aves sino seres humanos transformados que adquieren características muy significativas de las aves de presa, como son el pico y la aguda visión.
La clase de los anfibios reconocibles en la estatuaria se restringe específicamente al orden de los anuros y presenta solamente dos ejemplares distinguibles. El primero de ellos fue hallado por Codazzi en 1857 en un sitio que describe como la bajada “a una hondonada de 44 metros… por donde corre un arroyo”. Nadie volvió a saber de ella durante los siguientes 90 años, probablemente sepultada por un derrumbe del talud contra el cual aflora la piedra en que fue tallada, pero hoy, como dejó indicado Codazzi en su plano y en su descripción, puede verse en la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas. El otro ejemplar, nunca desaparecido, se halla en la llanura de Matanzas, cerca del pueblo de San Agustín y fue descrito inicialmente por Cuervo Márquez y luego por Preuss. Evidentemente pueden identificarse en ellos representaciones del orden Anura, pero el realismo que caracteriza su estilo es apenas relativo. En ninguno de los dos es posible distinguir familia alguna, ni, en verdad, si se trata de ranas o sapos. El propio Preuss observó que las patas del batracio de Matanzas presentan cinco dedos “en vez de los cuatro que debieran tener”, lo cual se aplica también al de la Fuente de Lavapatas. Además, los dos parecen haber ostentado fauces animales con colmillos cruzados, lo cual puede percibirse con alguna claridad en el de la Fuente de Lavapatas. Estas características confirman una vez más que el propósito de los escultores no fue el de representar animales, sino partes o aspectos de ellos particularmente significativos dentro de los valores visuales de su sociedad. También en este caso, como en el de las aves, las ranas pueden no ser tales sino más bien imágenes de transformaciones chamanísticas con un propósito definido relacionado con la fertilidad.
Fauces animales: ¿Culto del jaguar en San Agustín?
Las fauces animales, especialmente las representadas en rostros humanos, son sin duda el elemento iconográfico más impactante de la estatuaria. El primero en describirlas, Agustín Codazzi, tomó nota del tamaño de los colmillos y concluyó que “significan edad madura, pues no se ven en los rostros juveniles ni de mujer ni de otras estatuas”. No resultó difícil a Konrad Preuss demostrar más de medio siglo después el equívoco del geógrafo italiano a este respecto, pues evidentemente las fauces animales aparecen en las estatuas sin distinción de sexo ni probablemente de edad. Para Preuss “la boca grande, que muestra las filas de dientes y colmillos que sobresalen hacia arriba y hacia abajo, colocan dichas figuras en el dominio de las creencias religiosas”. Con el tiempo llegó a consolidarse entre los investigadores de la estatuaria la persuasión de que las fauces animales eran de jaguar y que en San Agustín debió existir un intenso culto felino. “La boca bestial con los colmillos cruzados, es decir, el motivo felínico”, escribió Luis Duque Gómez, “es una de las representaciones más frecuentes y quizá la característica principal del arte escultórico de San Agustín”. Más aún, el motivo de la dentadura de grandes colmillos se convirtió en el núcleo de ciertos análisis iconográficos sobre la estatuaria.
Sin duda el motivo felino es uno de los temas iconográficos más importantes en el arte prehispánico del continente y es muestra palmaria de algo que Duque Gómez vio como “una marea cultural que alcanzó una amplia expansión en América, en especial en las regiones situadas en las montañas andinas de Suramérica y en las vertientes que caen sobre el Océano Pacífico, en la América Central”. Sin embargo, la relativa unidad cultural del continente no puede hacer perder de vista el aspecto de la diversidad. Es cierto que en el mundo de la imagen olmeca el jaguar es figura central, y que en ella puede hablarse de un “culto del jaguar”. La pregunta es si puede afirmarse lo mismo con respecto al Macizo Colombiano. Para comenzar, las fauces animales no son ni el motivo más predominante, ni el más frecuente, ni el rasgo más característico de la estatuaria. Menos de la cuarta parte de todas las estatuas de procedencia conocida o desconocida ostenta fauces animales, y esto incluye a las propias imágenes de animales, y si han de resumirse en pocas palabras las características que más definen el estilo escultórico del Macizo Colombiano, estas no tienen que ver con un elemento iconográfico como las fauces animales, sino con aspectos de forma: el dominio de la masa compacta y sólida, el estatismo y la frontalidad escultórica, que encuentran su epítome en la forma fálica fundamental. Dicha forma fundamental también señala el rasgo iconográfico que podríamos distinguir como el más característico: la enorme proporción de la cabeza de la mayoría de las figuras en relación con el cuerpo. Y de hecho, así mismo define el tema subyacente primordial de la estatuaria: la fertilidad como esencia de la transformación. Sin embargo, las fauces animales son, sí, el rasgo más impactante, como ya se dijo. No solo están en las estatuas más grandes y en la mayoría de las principales de todos los sitios funerarios, sino que probablemente lo que buscaba el escultor con este elemento iconográfico era producir un profundo efecto psicológico. Sin duda tuvo éxito, no solo en su tiempo y con los contempladores más inmediatos de sus obras artísticas, sino con nosotros mismos, muchos siglos después.
Parece indudable que el componente agresivo es parte esencial del significado y el simbolismo de la dentadura y los colmillos cruzados que ostentan muchas imágenes tanto de seres humanos como de animales en la estatuaria. Su principal propósito es el de suscitar temor, la sensación más característica que experimenta el ser humano ante el peligro claro y real. ¿Temor a qué? En un nivel simbólico primario, quizás, a los animales de la realidad que ostentan este tipo de dentadura. De los animales de la estatuaria que acaban de examinarse tienen colmillos los mamíferos y los reptiles, pero sin duda las dentaduras que figuran en las imágenes humanas, e incluso en las de las ranas, proceden de mamíferos y los animales posibles entre los mencionados son solo dos: el mono y el jaguar. Las fórmulas dentales del mono y el jaguar son, desde luego, muy distintas. Mientras que aquel tiene 36 dientes este solo tiene 30, pero la diferencia fundamental está en el número de incisivos y molares. El mono tiene cuatro incisivos por mandíbula y el jaguar seis; aquel tiene seis molares por mandíbula y este solamente dos. Sin embargo, las mandíbulas de los dos animales, vistas de frente, como en las bocas de la estatuaria, son notablemente similares, aun teniendo en cuenta la diferenciación en el número de incisivos. Lo más ostensible, desde luego, son los caninos, más gruesos y poderosos en el jaguar, pero igualmente largos y protuberantes en el mono. En ambos animales mostrar los colmillos es signo de agresión, y en el caso del jaguar los colmillos a la vista son, junto con el rugido, los signos más aterradores para sus presas.
¿Qué peligro claro y real para los seres humanos pudieron haber representado el mono y el jaguar que suscitara temor? Para los indígenas actuales, y probablemente también para los de tiempos prehispánicos, el mono encierra sin duda mayores peligros que el jaguar. Es bien sabido que el felino, cazador usualmente crepuscular y nocturno y solo algunas veces diurno, no ataca al hombre si no se siente amenazado o si la cadena alimentaria a la cabeza de la cual se encuentra no ha sido perturbada de manera considerable. Al mono, en cambio, se le teme como heraldo de desgracias. Entre los desana, según Gerardo Reichel, “los monos y micos… figuran generalmente como animales de mal agüero; se designan como inmorales, promiscuos, ‘adúlteros’ y sus aullidos en la selva se interpretan como un llanto mortuorio y un presagio de desgracias y maleficios… y cuando se les oye ‘llorar’ en la selva, se sabe que pronto morirá alguna persona”.
En la mentalidad indígena, tanto el jaguar como el mono tienen otras connotaciones y encierran peligros más profundos que los claros y reales de la vida cotidiana. El jaguar es el mayor competidor del ser humano en la caza y la alimentación. Entre los kogi, escribió Reichel, “el jaguar no es símbolo de un peligro exterior sino símbolo de la energía vital que se expresa en agresión sexual y alimenticia”, y entre los desana del noroeste amazónico ocupa el lugar principal entre los mamíferos y “representa una fuerza fertilizadora directamente derivada del sol”. Si el jaguar representa una fuerza vital incontrolada, el mono representa la fuerza sexual y procreadora incontrolada. Sorprendentemente, en desana la palabra mono, gahki, significa literalmente pene. En la mentalidad desana, los monos son seres humanos convertidos en simios por el dueño de los animales debido a su conducta sexual obscena, impura e incestuosa. Si el jaguar es la fuerza fertilizadora de la naturaleza, el mono simboliza la fuerza fertilizadora del ser humano, que crea y a la vez destruye. Pero el mono suscita angustias y temores todavía más acusados e inveterados, relacionados con la propia identidad humana, con sus orígenes y con su devenir. Como todos los animales, los monos son como gente, y por su semejanza con el ser humano tal vez son más gente que todos los demás. No ha escapado a la observación de los indígenas la similitud entre el cerebro del mono y el cerebro humano y aquel “jamás debe llevarse a la maloca”, según Reichel, y por lo tanto todo mono que se caza es decapitado de inmediato. Y aparte de ser como gente, los monos representan a “la primera gente” y están en el origen de la humanidad. Como señala Reichel, “el nombre del primer hombre desana de la creación era gahki”, que en desana significa mono.
No conocemos los temores o las angustias que pudieron haber gravitado en la mentalidad de los grupos prehispánicos del Macizo Colombiano, pero sin duda los mencionados hasta aquí entre los desana del Vaupés tienen orígenes muy remotos y posiblemente se extendieron por toda la cuenca del Amazonas, incluidas las fuentes de varios de los grandes ríos de la selva como el Caquetá y el Putumayo, es decir, el Macizo Colombiano. Uno de los hechos más sorprendentes del arte de esta área se relaciona precisamente con los monos y su modo de representación. Salvo algunas excepciones, las imágenes de monos de la estatuaria se restringen a sus cabezas. Son en su mayoría monos decapitados. Por supuesto, como todo ser decapitado, están muertos, como indican sus ojos cerrados. El tipo de esta imagen es indudablemente la figura central del estanque principal de la Fuente de Lavapatas. Otra imagen de mono decapitado, pero esta vez con los ojos bien abiertos, es la que se encuentra en el Alto de Lavapatas.
?Es un mono mostrando los dientes, como lo hacen los animales de su género ante un peligro inminente, pero evidentemente no es la imagen de un mono agresivo. Es la imagen de un ser que trae malos presagios y simboliza la fuerza procreadora del hombre, especialmente en cuanto tiene de destructivo, obsceno, incestuoso, promiscuo y adúltero. Es “como un hombre”. Más aún, es como el primer hombre sobre la faz de la tierra.
Todas estas observaciones permiten acercase sobre bases más seguras a la interpretación de la imagen del jaguar y el mono y, en términos más específicos, a las fauces animales en la estatuaria. El jaguar sin duda está presente en la estatuaria, pero es una figura relativamente marginal como hemos mostrado. El animal verdaderamente emblemático es el mono. Es, más que el felino, o incluso el ser humano, el agente y protagonista central de la transformación y símbolo indiscutible de la fertilidad en el Macizo Colombiano prehispánico. Muchos aspectos incomprensibles y aparentemente absurdos de la estatuaria cobran sentido si se toma como referencia la figura del mono, que se convierte en el elemento estructurante de la imagen artística.
Los valores figurativos y simbólicos de la dentadura con colmillos cruzados son sin duda múltiples. Aparece en el jaguar de El Tablón, en la mayoría de imágenes de monos y sus transformaciones, así como en las de lagartos y caimanes, en la rana de la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas, en cerca de la quinta parte de imágenes humanas y en otras esculturas que representan seres fantásticos, y no hay diferenciación entre las fauces animales que pertenecen a animales y las que forman parte de rostros humanos. Llamó la atención a Preuss la “anchura poco natural de la boca, la cual debido a su tamaño exhibe entre los colmillos protuberantes un número exageradamente grande de dientes”. No hay duda de que la anchura de la boca ciertamente es poco natural, pero en cuanto a los dientes es necesario hacer algunas observaciones. Contrario a lo que podría parecer y a lo que indicarían algunas estatuas, el número de dientes no está precisamente librado al azar. En todas las bocas aparecen cuatro caninos cruzados, como corresponde al jaguar y al mono. En algunas alcanza a verse un corto número de premolares, pero los dientes más visibles, aparte de los caninos, son los incisivos. En algunos casos es evidente la exageración en su número, como en la gran estatua del Montículo V de la Meseta A del Alto de los Ídolos, que tiene once. Dos estatuas más tienen nueve, la primera en el cerro de La Pelota y la segunda en la Meseta B del Alto de los Ídolos, pero en este último caso se trata de la dentadura de un ser mixto con algunas características de caimán. Pero en verdad, estos son casos excepcionales. Debido en gran parte al deterioro de las estatuas, solo es posible contar los dientes de poco más de 60. Dos terceras partes de ellas presentan cuatro incisivos, es decir, los correspondientes al mono. Menos de la sexta parte tienen los seis incisivos del jaguar, y la sexta parte restante tiene tres, cinco o siete.
Es claro, desde luego, que difícilmente puede hablarse de realismo en la representación de las bocas que, no obstante su aparente uniformidad, muestran cierta variedad estilística. La forma más característica de representar la dentadura es enmarcada en una suerte de casetón curvado, circundado por un reborde que semeja los labios carnosos propios del ser humano. Paradójicamente, esto las convierte en las más “humanas” de todas las bocas de la estatuaria, pues es visible que las de las figuras “realistas” son apenas un trazo en incisión, sin labios, que sugiere más la boca de los simios que la del ser humano. En muy pocos casos se proyectan las fauces hacia delante formando una especie de hocico, pero aun en estos casos, por la forma de la nariz y otros detalles, parece hacerse referencia más a la cabeza del mono que a la del jaguar.
Para concluir, en la estatuaria es muy significativo el dominio de la dentadura del mono. Indudablemente, en las fauces se concentran muchos de los simbolismos y temores asociados con el mono que hemos señalado. Pero es muy probable también que este rasgo hubiera estado asociado con otros simbolismos y temores, incluidos la fuerza sobrehumana y fertilizadora del jaguar, derivada del sol, el veneno de la serpiente y el del sapo, al tiempo con sus poderes fecundantes, la fuerza del caimán y quizá las propiedades de otros animales aterradores y a la vez benéficos.
El mono transformado
Si en lengua desana se utiliza la misma palabra (gahki) para designar al mono, al falo y al primer hombre, en la estatuaria de San Agustín hay una vinculación estrecha, inmediata y directa entre la forma fálica fundamental y el mono. Dicha vinculación se encuentra en los pequeños “guardianes de tumbas”, más de 30 esculturas que, como se vio, tienen la forma precisa del falo. Algunos, incluso, no tienen más labrado que un corte en redondo que separa la forma parabólica del glande del resto del cuerpo. Los ojos de algunos son almendrados, otros son redondos, pero siempre están cerrados como si estuvieran muertos. Son, indudablemente, monos. Monos decapitados, con su cabeza sobre un cuerpo que no les pertenece, en esencia un pilar cilíndrico sin miembros inferiores. Preuss ha sido el único hasta ahora en observar algo obvio: el prognatismo manifiesto en los rostros de estas figuras, rasgo característico de los simios. Varios “guardianes” muestran fauces de colmillos cruzados, con cuatro incisivos como corresponde a los monos. A los lados del pilar cilíndrico cuelgan los brazos, con manos a veces de cuatro dedos, sin pulgar, como las de los monos araña, uno de los dos únicos géneros de primates en el mundo que lo han perdido; en otras manos se ven los cinco dedos de los demás primates. Algo se ha escrito sobre el significado de los brazos, uno de los cuales, el derecho o el izquierdo, toma su contrario. Se ha sugerido que señalan dirección en el contexto funerario en que se encontró la mayoría de ellos (Montículo Norte de la Mesita B ?del Parque Arqueológico de San Agustín), sugestiva hipótesis que valdría la pena seguir explorando. Pero para nuestros fines presentes, basta con constatar que la cabeza muerta está sostenida por un cuerpo cilíndrico con brazos.
El cuerpo cilíndrico sobre el que se apoyan las cabezas muertas de los monos se convierte en serpiente por la magia de la imagen escultórica. Ya en varias piedras con dibujo inciso aparece la asociación del mono con la serpiente. En una placa hallada en el Montículo Sur de la Mesita B se ven tres pequeñas cabezas reposando sobre cuerpos alargados, dos de ellos reticulados y el otro con líneas horizontales paralelas, como están decoradas algunas serpientes de la estatuaria. En otra piedra de la misma procedencia (pág. 144 a) aparece incisa una gran serpiente con un bulto en medio de su cuerpo y cabeza perteneciente a otro ser (que podría ser un hombre, pero con mayor probabilidad un mono). El mono-serpiente aparece ya con mayor claridad en una de las piedras halladas originalmente en la pendiente hacia la Fuente de Lavapatas, en la que Preuss vio “una serpiente con brazos y rostro humano y con las aletas de la nariz muy anchas, lo mismo que en casi todas las esculturas de San Agustín”.
Es en la Fuente de Lavapatas donde se encuentra el mayor número de monos-serpiente reunidos en un mismo sitio. Son las figuras que Pérez de Barradas describió como “lagartos” de dos patas, o mejor, “con solo los brazos delanteros, como todos los lagartos de la arqueología agustiniana”. Varios tienen la cola enroscada formando una espiral, como en la piedra de la pendiente hacia la quebrada, y dos de ellos están superpuestos. En el estanque ?principal se despliega un cuadro de sorprendente valor artístico, aún visible no obstante la pérdida de parte de la obra al desportillarse el borde derecho del estanque. En el fondo de este y aproximadamente en su centro, dando frente al canal de desagüe, descansan la cabeza y los brazos del mono-serpiente. El ancho y plano cuerpo del ofidio asciende por el muro dividiéndose en dos enormes serpientes que enmarcan la cabeza del mono decapitado descrito anteriormente y se dirigen hacia los extremos opuestos del estanque, para descender de nuevo hacia el fondo diagonalmente por los muros menores. Al final de cada una de las serpientes escindidas vuelve a aparecer el mono-serpiente, formando un ser de tres cabezas y seis brazos. Es de todo punto imposible imaginar qué significado pudo haber tenido semejante imagen, pero sin duda tiene relación con la monstruosa serpiente que habitaba los profundos pozos cubiertos por un remolino en una milenaria mitología que evidentemente se extendió por toda la cuenca del Amazonas. Por enésima vez, la vida y la muerte, la procreación y la destrucción, se combinan en una sola imagen en torno al tema de la fertilidad.
Una de las imágenes más espléndidas del mono-serpiente es la representada en dos estatuas del Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín. Siempre han sido figuras incomprendidas y el primero en describir la única que conoció, Konrad Preuss, la vio como “un esqueleto”, interpretando las escamas ventrales de algunos reptiles, o los anillos de otros, como “costillas”. No pueden ser costillas, replicó el descubridor de la segunda, Pérez de Barradas, “puesto que estas, al verse de frente, tendrían la indicación del esternón”. Pérez estaba en lo correcto, pero pensó que estas divisiones más bien parecían una “túnica de volantes”. ¿Por qué están representados estos seres de pie si, como observó Preuss, “no tienen huellas ni de pies ni de piernas”? En realidad, son la imagen del primer tercio, o algo así, de una serpiente, levantado verticalmente. Reichel-Dolmatoff describe la idea que tienen los desana sobre este comportamiento: “A fines de marzo, y de nuevo en septiembre, las anacondas remontan el río en la noche y, de trecho en trecho, levantan sobre el agua cerca de la tercera parte de su cuerpo para desplomarse con fuerza, produciendo un sonoro chapoteo. Esto es parte de su conducta de apareamiento, pero los indios dicen que, cuando las culebras se elevan por encima del agua, observan las estrellas para determinar el momento más apropiado”. El momento más apropiado para copular, reproducirse y engendrar a los peces, en los equinoccios de primavera y otoño. La imagen recuerda a los pequeños “guardianes de tumbas” de la misma Mesita B y, como aquellos, se trata de una nueva versión de la forma fálica, no sugerida sino abiertamente representada, pues como observó Preuss, tienen la cabeza “casi completamente pegada al pecho”. Los grandes y redondos ojos, que suelen interpretarse como “ojos de pescado”, no son otra cosa que ojos de mono bien abiertos, y en esto se distinguen de los “guardianes”.
El mono-serpiente es el foco de atención de una de las imágenes más extrañas de San Agustín, y también una de las más significativas. Ha sido llamada desde tiempo inmemorial “El Obispo”, por la toca que adorna su cabeza, en forma de tronco de pirámide con decoración estriada y que seguramente sugirió a algunos la mitra arzobispal. Situada en la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, tiene cerca de cuatro metros de altura y es la mayor de toda la zona a la derecha del río Magdalena, superada en tamaño en todo el Macizo Colombiano solamente por la gran placa localizada entre las dos mesetas del Alto de los Ídolos en San José de Isnos. Ya la hemos descrito anteriormente en sus aspectos formales en la sección sobre la técnica de bulto redondo, y nos ocupamos ahora de intentar establecer su significado, tratando de definir qué representa. Para empezar, digamos que, por su cara frontal, es una figura doble, con un ser tallado en la parte superior y otro en la inferior, en posición invertida.
La noticia más antigua que tenemos de ella procede del vulcanólogo alemán Alphonse Stübel, quien la halló apenas sobresaliendo del piso y la desenterró con la ayuda de 23 hombres en una labor que tomó tres días en 1869. El trabajo de Stübel y sus peones consistió en retirar la tierra de la parte anterior, abriendo una especie de zanja que dejó la posterior sepultada hasta dos tercios de su altura, como muestran los dibujos del español José María Gutiérrez de Alba, quien la ilustró en su diario de viaje de 1873. Hoy está completamente al aire, sostenida por soportes de acero, pues no tiene base. Este hecho motivó a Pérez de Barradas a pensar que “esta estatua fue un magnífico fracaso, puesto que no podemos comprender cómo sus autores omitieron la base destinada a ser hincada en el suelo”. Para explicárselo, Pérez ideó una suposición un tanto truculenta que ponía en tela de juicio la calidad artística del escultor: “Nuestra creencia es que empezó a esculpirse la losa por la parte inferior, y que habiéndose calculado mal el espesor de la piedra, hubo necesidad de desistir y comenzar por el otro extremo”. Pérez no creía que la estatua “estuviera la mitad en el aire y la otra mitad enterrada”, puesto que a sus ojos no había nada que lo comprobara de manera plena. Obviamente no sabía de Stübel y sus 23 peones indígenas, y a decir verdad la forma en que estaba enterrada era exactamente aquella a la que no daba ningún crédito. Esta forma de hincarla en el suelo es parte fundamental de su significado, como se verá en seguida, y al desenterrarla Stübel en 1869 hizo que la estatua perdiera gran parte de su sentido.
Como se señaló, el punto focal de la estatua es la pequeña figura que tiene en sus manos el ser representado en la parte superior, y que dirige su pequeña cabeza hacia abajo. El primero en describir la escultura, Carlos Cuervo Márquez, imaginó que se trataba de un niño, “cuyos brazos cuelgan a los lados de la cabeza, como agitándose en el aire”. La figura superior, por lo tanto, no podía ser otra cosa que “el demonio devorador de niños, que los quitus llamaban Supay, y al cual hacían constantes y horribles sacrificios”. Guiándose más por el deficiente dibujo que ilustra su libro que por la propia estatua, Cuervo observó con desagrado que, al estar a punto de llevarse a la boca el cuerpo del bebé, “en los ojos, pequeños y redondos, de la figura principal se ven la avidez y el placer de satisfacer sanguinarios instintos”. Luis Duque Gómez creyó ver algo aún más aterrador, un monstruoso personaje desgarrando con los dedos de las manos el vientre del niño, por lo cual interpretó la imagen como la representación de “un sacrificio solar”. Sin embargo, la imagen es mucho menos obvia de lo que aparece en estas imaginativas interpretaciones y el personaje del extremo superior mucho menos sanguinario de lo que se le atribuye. En realidad, es una de las representaciones más extraordinarias, sutiles y llenas de significado de toda la estatuaria.
La cabeza de la pequeña figura no es la de un niño. Es la de un mono, idéntico a los dos que rematan el tocado de una estatua de la Mesita C. Incluso tiene, como aquellas, orejeras circulares y está coronada por “un apéndice de perfil rectangular”, como observó Pérez de Barradas. Su cuerpo no es otra cosa que la misma base de sección circular que soporta las cabezas de los “guardianes de tumbas” y, como aquellos, tiene sus dos brazos. Es decir, pertenece al mismo género que aquellas figuras. Preuss observó que al menos dos de ellas “que probablemente conservaban su posición original, se hallaron enclavadas en el suelo con la cabeza hacia abajo”, en posición idéntica a la de este. ¿Dónde está la tierra en la cual habría de enclavarse de cabeza? La imagen inferior de la estatua representa a una figura parada de cabeza y con las piernas asidas por los brazos, dejando ver los glúteos y una gran línea vertical con la cual sin duda se representa la vagina. Es la madre tierra, y por eso los artistas prehispánicos la habían enterrado totalmente. A juzgar por los dibujos de Gutiérrez de Alba, la placa debió haber estado sepultada aproximadamente hasta la altura de los brazos de la figura superior, quedando entonces oculta incluso la cabeza del mono. Por esa misma razón la estatua no necesitaba base alguna. ¿Y qué es la figura superior? Desde Codazzi hasta hoy se ha considerado que varias de las estatuas de la Mesita B son imágenes solares, pues originalmente daban la cara hacia el oriente, hacia donde nace el astro en las mañanas. Sin duda, es la personificación del sol. Queda así la imagen completa: El sol fecunda la tierra introduciendo en su vagina su falo, simbolizado por un mono-serpiente. Es la imagen de la fertilidad, esencia de la transformación y tema central de la estatuaria. Difícilmente puede encontrarse en el arte universal una imagen más delicada e ingeniosa del tema de la fertilidad, con el propio planeta tierra como parte de la escultura.
El motivo del mono-serpiente se encuentra también en algunas de las imágenes más misteriosas de la estatuaria. Son cuatro estatuas que representan a un ser que extrae de la boca una cinta de cuyo extremo pende la cabeza de otro ser. Como observó Codazzi en las figuras de Uyumbe y la Mesita B, las pequeñas cabezas tienen expresión de muertas, más aún, decapitadas, lo cual interpretó como mandato de silencio a los neófitos, dentro de su peculiar concepción de los sitios arqueológicos como parte de una senda de iniciación sagrada. Las cintas o lenguas que salen de las fauces de la figura mayor son indudablemente serpientes, representadas siguiendo el estilo de relieve bidimensional frecuente en las figuras de ofidios de la estatuaria. ¿Qué significado pueden tener estas imágenes? Duque Gómez las vio como “representación de un rito solar”, pero más precisamente pueden tener que ver con imágenes mentales y simbólicas (míticas) de las fuentes de la procreación y las fuerzas de la fertilidad. La imagen fálica representada por el mono-serpiente sale de la boca de un ser que reúne en sí mismo los símbolos básicos de la fertilidad: el mono y la serpiente. María Lucía Sotomayor y María Victoria Uribe citan un par de pasajes de las notas etnográficas inéditas de Preuss sobre los huitotos de la región amazónica. “Los individuos”, dice Preuss, “tienen un hablador, genio tutelar o demonios tutelares auxiliares que viven en él. Cosas mágicas que antes no pertenecían a un individuo, son sacadas de él por la boca después de haber sido hechas por sus demonios tutelares; o que alguien transforme su segundo yo en un animal, separándose de él para siempre… El envío de animales corresponde al modo como el progenitor secreta de sí mismo los objetos que debe crear…”. Interpretando las palabras de Preuss dentro del contexto de la estatuaria, la potencia procreadora y fecundante está en el sol, pero también en el interior de los individuos, que expulsan de sí mismos dicha potencia creada por sus genios tutelares. La imagen del sol de la Mesita B que fecunda la tierra con su falo tiene precisamente el mismo tema. El sol acaba de extraer de su boca la potencia procreadora y se apresta a introducirla en la tierra para hacerla fértil.
No terminan aquí las imágenes del mono-serpiente, pues aparecen en otras estatuas en combinación con lagartos o caimanes formando seres que, a manera de “dobles” o genios tutelares, llevan ciertos personajes a su espalda y que se examinarán más adelante. Pero por el momento, concluimos el análisis de la figura del mono con una de las imágenes más significativas y controvertidas de la estatuaria. Entre las escasas figuras de cuerpo completo del mono resaltan aquellas que lo representan en el acto de cubrir a una figura de menor tamaño. Hoy conocemos dos, procedente la primera de Uyumbe y actualmente en el Bosque de las Estatuas, y la segunda hallada en 1969 en La Parada. Codazzi describió la de Uyumbe como “un mico grande que abriga con su cuerpo y acaricia a un pequeñuelo, como en demostración del amor maternal”. Cuervo Márquez, por su parte, la vio como “un mono en actitud de cubrir a la hembra, de tamaño más pequeño, cuya cabeza y extremidades asoman por debajo, y a la cual con ambas manos tiene fuertemente asida por la frente”. Preuss aceptó que se trataba “indudablemente” de un mono, pero la figura más pequeña, con “mayores vestigios de ser humano que de animal”, debe pensarse “que se trata de un niño”. Casi medio siglo después, Gerardo Reichel-Dolmatoff contradijo estas descripciones y concluyó que representaba “fuera de toda duda, un jaguar que domina a una figura humana más pequeña, con marcadas características femeninas”. Reichel no ha sido el único en manifestar este parecer. Varios años antes de la visita de Codazzi a San Agustín, en 1855, un anónimo observador describió la escultura como “un tigre despedazando con las garras un corderillo o venado”, y en 1872 el español José María Gutiérrez de Alba consideró que la piedra representaba “aunque muy imperfectamente, las formas de un tigre echado en actitud tranquila, y con la cola enroscada sobre el dorso”. Con todo, las minuciosas observaciones de Preuss, particularmente “la forma de las patas traseras y delanteras, que son más largas, los dedos de las mismas patas, la cola que se extiende por todo el dorso, los ojos redondos y profundos y el prognatismo muy caracterizado del rostro”, confirman que se trata de un mono. En realidad, el argumento de Reichel se fundamenta exclusivamente en las fauces animales y el tamaño de la cabeza. Sin embargo, aquellas solamente son visibles en la estatua de La Parada y, como se vio, no son necesariamente de jaguar. La cabeza es evidentemente exagerada para ser la de un mono, pero su forma y, en especial, su prognatismo, despejan la duda.
La discusión sobre la figura mayor es evidentemente interesante, pero el verdadero misterio, y probablemente la significación de la estatua, están en la figura que se encuentra bajo aquella. Codazzi pensó que se trataba de una cría de mono, mientras que Preuss, argumentando que los rasgos son más de ser humano que de animal, la vio como un niño y la interpretó como símbolo místico, según modelo que halló entre los huitotos. Carlos Cuervo Márquez abrió otra senda de interpretación al considerar que se trataba de una hembra de mono a la cual cubría el macho, llegando a ver en consecuencia “este extraño grupo como emblema de la potencia generadora de la naturaleza”, y concluyendo que “sin duda es una de las manifestaciones del culto phállico, uno de los más antiguos que ha tenido la humanidad”. Sin embargo, el descubrimiento de la escultura de La Parada introdujo un giro inesperado y dio visos aún más extraños a la imagen. En contraste con la de Uyumbe, en esta pueden verse las facciones del rostro con mucha claridad, y con sorpresa se descubre que representa a una mujer. Reichel no tuvo duda alguna a este respecto, y destacó las orejeras circulares, la boca y una diadema que lleva en la cabeza como características de la representación de la figura femenina en la estatuaria. Vio el conjunto como el ataque de un felino contra una mujer, en que el felino la domina y se apresta a devorarla. Sin duda, coincide con su interpretación de los “cuentos de tigre” de los kogis en los que a su modo de ver aparecen las fantasías del comer y del ser comido, “expresión tanto del hambre como de la sexualidad frustrada”. Pero nada indica en la estatua de La Parada que el animal vaya a devorar a la mujer, y mucho menos que simbolice la sexualidad frustrada. Sin duda se trata de la imagen de un coito, pero no del mono con la hembra de su especie, como supuso Cuervo Márquez, sino de aquel con la hembra humana. También aparece en esta escultura la imagen del amor maternal que describió Codazzi, e incluso del cuidado del niño que anotó Preuss, pues el mono sostiene con sus manos la figura de un bebé, cuyo cuerpo descansa sobre la espalda de la madre. Claramente, el niño que acaricia el mono de la estatua de La Parada es el producto del coito entre el animal y la mujer, tema central de la obra. ¿Cómo explicar tan peregrina representación? Indudablemente debe tratarse de un mito de origen. No del origen del género humano, sino el del hombre, el macho humano. Si el primer desana fue un mono, probablemente dentro de la concepción de los habitantes prehispánicos del Macizo Colombiano el primer hombre fue hijo de un mono y una mujer y conservó rasgos de ambas especies. Por esta razón, todos los seres humanos representados en la estatuaria están creados, diríase, a imagen y semejanza del mono.
Hombres y mujeres transformados
La figura humana, o lo que a primera vista se presenta como figura humana, es el motivo dominante en la estatuaria del Macizo Colombiano. De las cerca de 500 esculturas de procedencia conocida o desconocida, cuatro quintas partes, alrededor de 300, representan seres humanos, o partes de seres humanos, con distintos grados de transformación. La figura humana se talló en todas las formas de la piedra, utilizando todas las técnicas y en todos los estilos, pero las cifras siempre llaman a engaño pues no se puede olvidar que el verdadero dominio de la imagen lo tiene la idea de que los animales son como la gente y la gente es como los animales.
Al analizar dos estatuas halladas en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, Carlos Cuervo Márquez llegó a la conclusión de que “estas extrañas figuras indudablemente no representan el tipo de los pobladores de San Agustín”, sino que “se refieren a una raza diferente”. La boca ancha, la gruesa nariz, las mandíbulas salientes y los gruesos labios, escribió, “recuerdan al momento las toscas facciones del tipo negro”. Salvo por los labios gruesos y la suposición del origen negroide del hombre americano, las observaciones de Cuervo se aplican, en general, a la mayoría de figuras humanas de la estatuaria. Para ser más precisos, la mayoría de seres humanos del arte del Macizo Colombiano no parecen ser de otra raza sino de otra especie.
Konrad Preuss hizo una aguda observación referente a una faceta singular de la estatuaria. “En la representación completa del cuerpo”, anotó, “aparece el tipo constante de las estatuas, lo que nos permite reconocer, a primera vista, que pertenecen a la civilización de San Agustín, y que corresponden a la representación uniforme de la cara en todas sus partes”. En realidad, la uniformidad del rostro está dada por dos detalles de los que Preuss se percató, pero sin vincularlos ni someterlos a análisis iconográfico. El primero es la nariz. En todas las estatuas, incluso en las que se acercan más al realismo, la nariz tiene las mismas características. “Lo más preciso en este arte”, continúa Preuss, “se caracteriza por el tipo de la cara, por las alas de la nariz exageradamente amplificadas y anchas, aplicadas a veces inorgánicamente… El dorso nasal, que es igualmente ancho por lo general, se aplana en la nariz y los rebordes orbitarios salientes, acaban muchas veces por dar una impresión amenazadora”. El segundo detalle son las líneas que enmarcan las alas de la nariz y la boca. “Para comprender la caracterización natural de la cara”, escribió Preuss, “debemos tener en cuenta en primer término el pliegue acostumbrado que de las alas de la nariz se estira hasta las comisuras bucales. En estos casos la boca tiene forma ancha de animal. En los demás casos, el pliegue se extiende hacia los lados, lo que da la impresión de que la boca es ancha, sin que lo sea en realidad”.
?La caracterización de Preuss es muy precisa. Describe rasgos, no de una cara humana, sino de la cara del mono, específicamente del mono americano, que no por nada recibe el nombre de platirrino, palabra que significa nariz plana y ancha. Este rasgo constituye su principal diferencia con el mono del mundo antiguo, llamado catarrino (nariz orientada hacia abajo). La caracterización del platirrino se complementa con la extraordinaria anchura del tabique de las fosas nasales, que hacen que estas queden apartadas y orientadas hacia los lados, al contrario que los catarrinos, cuyo tabique es muy delgado y sus fosas nasales apuntan hacia delante o hacia abajo. Esto último, la orientación de las fosas nasales, coincide más con la nariz humana, y es el único aspecto que distingue a la nariz de la estatuaria de la de los platirrinos. Por lo demás, todo coincide. En cuanto a los pliegues que marcan los pómulos, no es necesario agregar nada a la descripción de Preuss. En el arte de San Agustín la gente es como los animales y, más específicamente, como los monos.
Esto, desde luego, no es casual. Así como las estatuas de animales no representan precisamente animales, las de seres humanos no son retratos, y ni siquiera tratan de imitar el tipo humano indígena prehispánico del Macizo Colombiano. Son imágenes míticas que hablan de creencias sobre los orígenes del ser humano y del universo, de las relaciones de aquel con la naturaleza y su papel dentro de ella, del orden de las cosas y la organización y supervivencia de las sociedades. Ese cúmulo de significados se halla sintetizado en el rostro del hombre-mono, representado en gran formato en la cabeza del Montículo Noroeste de la Mesita B. Con cerca de dos metros de altura y tres de anchura, se ha visto a partir de Codazzi como la imagen del sol por su posición dirigida hacia el oriente. No cabe duda de la referencia al sol de esta y las demás estatuas cercanas a ella, pero en esta específicamente se asocian otros elementos. Es la imagen del mono decapitado, símbolo de la potencia procreadora y fertilizadora del hombre y de la naturaleza, y al mismo tiempo animal de mal agüero, lascivo y promiscuo; del primer hombre, producto del coito entre un mono y una mujer y por lo tanto imagen de los antepasados y del ser humano en abstracto. El sol, el hombre y el mono se asocian en esta estatua por lo que tienen en común: su energía fertilizadora, fuente de vida y a la vez fuente de riesgos, angustias y temores.
Tratar de distinguir entre el hombre y el mono es tarea vana en la estatuaria, pero es notorio que en algunas estatuas se pone énfasis en el aspecto animal de la representación, como en la estatua de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín que Preuss describió como “figura femenina con los dedos curvados”, señalando que estos son “indudablemente una imitación de garras”. Al observar las manos de las estatuas se aprecia que, en general, tienen aspecto humano, con cinco dedos y, en algunos casos, con las uñas claramente indicadas. Muchas son esquemáticas y los dedos apenas se sugieren mediante incisiones paralelas, como en los “guardianes de tumbas”, y en algunos casos se muestran las primeras falanges, en clara indicación de que la mano está cerrada formando puño sobre el vientre del personaje representado, o que sostiene algún objeto. Los dedos curvados son claramente visibles en algunas figuras, por ejemplo en una singular estatua de El Tablón, que conviene examinar en detalle. Preuss destacó “su naturaleza brutal”, que según él “la demuestran sobre todo los dedos, curvados a manera de garras”. Este detalle, así como las fauces animales que ostenta, han insinuado a la mayoría de observadores que se trata de una imagen felina, impresión que se refuerza por encontrarse a su lado la única figura auténticamente felina de la estatuaria. Sin embargo, la identificación de la estatua y sus rasgos es mucho menos simple. En ella el escultor fue especialmente cuidadoso con los dedos, tanto los de las manos como los de los pies. En todas las extremidades muestra cuatro dedos, que son los propios del mono araña (Ateles spp.) y no los cinco que caracterizan a todos los demás monos, al hombre e incluso a las extremidades anteriores del jaguar, cuyas zarpas se muestran con gran realismo, con todo y garras retráctiles, en el relieve que lo representa. La nariz, como ya se ha indicado, es indudablemente la del platirrino americano, e incluso las fauces muestran los cuatro incisivos del mono y no los seis del jaguar. Las orejas están adornadas con orejeras circulares, usualmente asociadas con la figura del mono y, en muchos casos, con la imagen femenina. Dichas orejeras tienen en la estatuaria relación con la serpiente, cuya imagen aparece también sugerida en la ornamentación reticulada de la falda que viste a la figura y que constituye el fundamento de Preuss para identificarla como representación femenina. Finalmente, el tocado escalonado que corona su cabeza hace referencia en la estatuaria al mono. En síntesis, no es una figura felina sino una peculiar imagen del mono-serpiente de la estatuaria, y los dedos curvados no representan garras sino dedos humanos o de mono.
Imágenes chamanísticas
Las imágenes humanas en la estatuaria del Macizo Colombiano constituyen, en última instancia, un conjunto de representaciones chamanísticas centradas en el tema de la transformación y su elemento esencial, la fertilidad. En la enorme variedad simbólica y representativa de la estatuaria surge con toda claridad la figura del chamán con distintos atributos que a la vez son símbolos, adornado en muchos casos con brazaletes, collares, orejeras, narigueras, diademas, tocados, y vestido con taparrabos, faldas, fajas, lazos y otros efectos de indumentaria. Son sin duda chamanes las estatuas principales de hombres y mujeres de los montículos y muchas de las estatuas independientes. El chamán, escribió Reichel, “oficia en los rituales del ciclo vital y se ocupa activamente en la cura de enfermedades”. Interviene directamente en los asuntos relativos a la caza, la pesca y la recolección y en muchos otros aspectos económicos. “Por ejemplo”, continúa Reichel, “el chamán controla personalmente la cantidad y concentración del veneno empleado para pescar en determinada parte del río; fija el número de animales que deben matarse cuando se anuncia la presencia de una manada de saínos; decide la estrategia apropiada para la recolección de frutos silvestres; determina cuáles peces deben volverse al agua después de una redada y, ocasionalmente, puede aun prohibir totalmente dar muerte a ciertos animales en un área circunscrita de la selva”. Pero ante todo, “el chamán es un mediador entre este mundo y el mundo sobrenatural”, y está estrechamente vinculado con todo cuanto se relaciona con la fertilidad. “En muchas sociedades, antiguas y actuales”, anota Reichel, “el chamán tiene un carácter fálico o andrógino y personifica las energías procreativas de la naturaleza… La imagen fálica del chamán es también la razón por la cual se le asocia comúnmente con aquellos animales a los cuales se atribuye gran potencia sexual, expresada por ciertos rasgos morfológicos, anatómicos o por características de comportamiento”. En el caso del Macizo Colombiano, sin duda, el animal directamente vinculado con la figura del chamán fue el mono, por las características y rasgos ya anotados. La forma fálica, la forma del mono y la forma del chamán se funden en una sola figura en la estatuaria.
Parte del saber chamanístico, según las creencias indígenas, se obtiene de los animales. “En mitos y narraciones”, escribe Reichel, “abundan relatos de visitas al mundo de los animales, de gentes que se convierten en animales para aprender más sobre sus costumbres, o de animales que enseñan al hombre cómo emplear ciertos recursos…; muchos chamanes afirman haber adquirido parte de su conocimiento específico de animales, que les habrían revelado la existencia de un recurso alimenticio inusitado, la cura para una enfermedad, o el procedimiento práctico para resolver un problema cotidiano. Parte de este saber puede, entonces, considerarse como esotérico y secreto, propiedad privada del chamán. Sin embargo, con gran frecuencia, este conocimiento especializado de la conducta animal llega a formar parte de pautas prescritas de acción e interacción humanas, debido a su evidente valor adaptativo”. Las “visitas” de los chamanes al mundo de los animales y en general al mundo sobrenatural tienen lugar en trances narcóticos inducidos por sustancias alucinógenas. Al ingerirlas, el chamán cree realizar vuelos extáticos al mundo de los muertos o al mundo de los espíritus. “El vuelo extático”, continúa Reichel, “proporciona el modelo para el concepto de la transformación. A partir de este, el chamán, bajo la influencia de ciertos narcóticos, cree poder transformarse en un pájaro, en un jaguar o en otros animales y así poder vagar, sin ser reconocido, en nuestro mundo terrenal. Bajo esta apariencia acecha a sus enemigos, observa la conducta de las gentes, se comunica con otros chamanes”. El chamán, entonces, entabla una relación muy especial con los animales: “algunos de ellos son sus dobles, sus avatares, y el chamán puede adoptar su forma”. La estatuaria de San Agustín deja muy en claro cuáles eran estos animales entre las sociedades prehispánicas del Alto Magdalena: La serpiente, el búho o el águila, el jaguar, la rana y los lagartos. El mono claramente no se cuenta entre ellos, pues en el arte de San Agustín el chamán, como todo ser humano, es, ante todo, como el mono, y por lo tanto no necesita adoptar su forma.
Pero el chamán también tiene una faceta agresiva y que infunde temor, y esta faceta se concentra en muchas estatuas en las enormes fauces animales. Pero estas, aunque sin duda son el rasgo más impactante de la estatuaria, solamente aparecen en cerca de la tercera parte de las imágenes humanas. Sin embargo, el aspecto peligroso o mortífero de la vida casi nunca está del todo ausente y se halla en las referencias a la serpiente, al jaguar, al cocodrilo, a la rana, incluso al propio mono, símbolos de la potencia procreadora, la fertilidad, las lluvias y la abundancia, pero a la vez heraldos de la muerte y la desgracia cuyas fuerzas deben controlarse. En la estatuaria la imagen chamanística está concebida dentro de pautas figurativas muy definidas. Cada detalle parece tener un valor representativo y simbólico muy específico, dentro de un lenguaje ordenado y predeterminado en el que nada queda al azar. Las poses, la indumentaria, los ornamentos y los atributos están representados dentro de un claro formalismo ceremonial que suprime toda naturalidad expresiva y determina fórmulas que se repiten de un sitio arqueológico a otro. Esto permite identificar tipos concretos y descubrir, no obstante la relativa uniformidad, la gran diversidad de imágenes de la estatuaria.
Cierto número de figuras humanas ostenta atributos que sin duda forman parte de la imaginería chamanística. Los principales son niños, animales, implementos para la masticación de coca, los llamados cráneos trofeo, e instrumentos escultóricos. En varias estatuas, nueve en total hasta donde pueden distinguirse, aparecen representados niños como atributos de figuras humanas que se han descrito como femeninas. Parecen serlo, en efecto, no tanto por el atributo de los niños como por los rasgos de síntesis geométrica que ostentan. La imagen de la mujer con el niño ha sido objeto de interpretaciones muy divergentes. Pérez de Barradas describió una de las estatuas como una “diosa madre”, mientras que Duque, por el contrario, imaginó que se trataba de la representación de un “sacrificio solar”, obviamente por asociación con la imagen del sol fecundando a la tierra y que interpretó como un ser que se apresta a devorar a un niño. Pero sin duda no se trata de imágenes tan líricas o dramáticas. Sencillamente, los niños podrían representan un aspecto de la fertilidad y la procreación. Más allá de esto, cualquier especulación sobre sus valores simbólicos es aventurada. Se ha sugerido que algunas estatuas femeninas de abdomen abultado representan mujeres en estado grávido. El caso más significativo es el de una figura del Alto de las Piedras, indudablemente femenina y cuyo vientre, como escribió Preuss, “sobresale de manera poco natural”. Sin embargo, en toda la estatuaria es mayor el número de imágenes con sobresaliente vientre que podrían identificarse como masculinas, lo cual puede ser, desde luego, simplemente signo de obesidad.
Los animales representados como atributos de imágenes chamanísticas se limitan, con una excepción, a dos tipos: serpientes y peces. Ambos animales, por supuesto, están directamente asociados entre sí y con el tema de la fertilidad. Las dos estatuas más representativas en este aspecto se encontraban originalmente en el Montículo Sur de la Mesita B del Parque Arqueológico de San Agustín, de donde fueron llevadas a la plaza del pueblo y, en fecha más reciente, al Museo de Parque. Sostiene la primera un pez y la segunda una serpiente, y sin duda fueron labradas simultáneamente, o por el mismo escultor en momentos sucesivos y, aunque independientes, probablemente se erigieron una al lado de la otra. Ambas pueden considerarse imágenes femeninas, la primera tanto por la serpiente como por la forma del tocado o peinado, y la segunda por las espirales que tiene dibujadas sobre las mejillas, alusión a la serpiente. La serpiente, el mono y el pez aparecen juntos de modo más evidente en una estatua del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos.. El personaje lleva a su espalda lo que Duque Gómez vio como “un cargador con dos peces, uno de los cuales está destruido”. El extraño aditamento podría compararse por su forma, sin necesidad de una gran imaginación, con el útero, cargado por un individuo ostensiblemente masculino por el falo que tiene atado por un cordón. Por el frente, el hombre sostiene con sus manos una figura que María Lucía Sotomayor y María Victoria Uribe vieron correctamente como “un animal parecido a un mono, cuya cola tiene forma fálica”. No es otra cosa que el mono-serpiente, representado, aunque parezca irónico, de forma bastante realista, contorsionándose entre los brazos de su portador.
Varias estatuas tienen como atributo un caracol y una varita, el primero invariablemente en la mano izquierda y la segunda en la derecha. Ni Preuss ni Pérez de Barradas lograron descifrar el sentido de estos objetos. La varita la describió el primero como “un bastón” y el segundo como “un cincel”, mientras que el caracol fue interpretado por el alemán como “quizá una trompeta de concha”. Duque Gómez, en cambio, vio con claridad de qué se trataba: instrumentos para la masticación de la hoja de coca. Es bien sabido que el uso de la coca entre los pueblos indígenas se remonta a épocas muy remotas en el tiempo, probablemente a sus primeras etapas culturales. Lo sorprendente es que el procedimiento para usar dichos implementos, y sin duda su simbología, parecen haberse institucionalizado desde tiempos muy antiguos y permanecen sin mayores cambios hasta el día de hoy. Normalmente, y sin duda este fue también el caso en San Agustín, se utiliza un pequeño calabazo para conservar en su interior cal, que extraída con el palillo, mojado con saliva, se lleva a la boca con el fin de facilitar la precipitación del alcaloide que contienen las hojas que se están masticando. El uso de un caracol en lugar del calabazo no es exclusivo de la estatuaria. Según Gerardo Reichel, los indígenas del Vaupés “usan la concha de un gran caracol de tierra para guardar el rapé alucinógeno”. Los caracoles representados en la estatuaria pueden ser marinos o terrestres, y en ambos casos se trata de objetos exóticos y probablemente exclusivos de individuos notables, como los chamanes. En todas partes, desde la Sierra Nevada de Santa Marta hasta el Vaupés, y al parecer también en todas las épocas, los indígenas toman el poporo con la mano izquierda y el palillo con la derecha, asegurado entre los dedos medio y anular y dejando libre el pulgar para estabilizar el movimiento. Así es como aparecen en la estatuaria.
Una de las estatuas más enigmáticas de San Agustín —y sin duda aquella sobre la que más se ha escrito— es la que Preuss, sin conocerla y tomando como base el informe de Codazzi, llamó “tañedora de flauta” (págs. 186, 187), hallada en El Cabuyal. Es una figura femenina de 120 centímetros de altura cuyo rasgo más sobresaliente es un cuerpo cilíndrico que baja desde el rostro hasta la cintura y termina en forma cónica. Codazzi fue el primero en describirla, y lo hizo con mayor precisión y brevedad que todos sus sucesores: “Adorna la cabeza de la estatua un casquete semiesférico del cual salen dos fajas de lienzo que cubren las orejas; el rostro es mofletudo y juvenil; los ojos están cerrados o muy inclinados hacia abajo, y resalta en el semblante cierta expresión humilde; no se ve la boca, y del lugar en que debiera aparecer sale una especie de instrumento largo y terminado como trompeta que la estatua mantiene con las manos en actitud de sacar sonidos”. Pérez de Barradas pensó que el instrumento parecería ser más bien una especie de nariz o trompa, tomando nota del detalle singular de que esta se prolonga por encima de la boca hasta la línea de las cejas. Esto lo llevó a sugerir que podría tratarse de “una representación de un elefante (mastodonte fósil)” y que el “casquete semiesférico” formaría “las grandes orejas de este animal”. La figura es sin duda una de las más sugestivas de la estatuaria y conviene hacer algunas precisiones en torno a ella. Algunos de los argumentos de Pérez de Barradas y otros para afirmar que “no es flauta” revelan cierto desconocimiento en cuanto a cómo se toca un instrumento de viento vertical. El abultamiento que observó Codazzi en las mejillas es el suficiente para contener y presionar el aire en el interior de la boca, y las manos están en una posición que no muestra ninguna otra figura de la estatuaria, la izquierda encima de la derecha, como es la posición natural para cubrir los agujeros del instrumento de viento y sostenerlo. El instrumento mismo no podría describirse en realidad como una “flauta”, sino que ajustaría más precisamente a la forma de las primitivas trompetas. No es, pues, un elefante, ni una flautista. Es una trompetista.
Es casi seguro que haya una relación entre la trompeta y el tapir, que explicaría todos los rasgos iconográficos de la estatua, incluida la unión de la nariz con el instrumento y el hecho de que lo toque una mujer. Hacemos alusión al llamado “complejo del Yuruparí” del territorio del Vaupés. “El Complejo del Yuruparí”, explica Gerardo Reichel, “es, en esencia, un mito patriarcal de fundación, el cual encierra un código social que explica y exhorta sobre la exogamia… Constituye la base de los rituales de iniciación de la pubertad fisiológica y sexual masculina, durante los cuales se enseña a los novicios los orígenes históricos de la exogamia, los inconvenientes de la endogamia, y los hechos básicos de la conducta reproductiva humana”.
?En el núcleo de dicho mito se encuentra la imagen del tapir, que personifica a los arawak, que dominaban el Vaupés en un tiempo mítico-histórico. Los arawak, o gente Tapir, eran dueños de las mujeres, que necesitaban los tukano del Vaupés, y estos se convirtieron en parientes políticos de aquellos. “Tapir”, continúa Reichel, “tenía una voz sonora y monótona, tan fuerte que su estruendoso sonido ‘hacía caer las hojas’. Mono cotudo o aullador… estaba subordinado a Tapir y con sus voces en conjunto lo dominaban todo, especialmente a las mujeres y, en sentido más amplio, a la fertilidad en general”. La voz de Tapir no era otra cosa que la trompeta del Yuruparí, con la cual podía producir la polinización y por lo tanto era imagen de la fertilidad. Los tukano no solamente robaron a Tapir su trompeta sino también sus mujeres, y mantuvieron aquella celosamente guardada. En un momento dado las mujeres se apoderaron de la trompeta, la probaron en sí mismas y en sus hermanas, introduciéndola en sus vaginas (“autofertilización”), pero descubrieron que no las gratificaba y comenzaron a tener cierto dominio sobre los hombres. Con ello, dice Reichel, rechazaban “una institución que impone sobre ellas el dominio masculino”: la endogamia, “cosificada como ‘tubo’ a manera de falo, una flauta, un estambre”. Con el tiempo, sin embargo, los hombres tukano aprendieron a dominar la fertilización y establecieron reglas exogámicas. “La insistencia en la exogamia y en una sociedad dominada por el hombre”, agrega Reichel, “trajo aparejado un cambio en la función de las trompetas del Yuruparí; mientras antiguamente estas se decían simbolizar la polinización y la fertilidad de las palmas, se tornaron ahora en estentórea voz de advertencia, y su empleo durante los rituales masculinos… dio expresión a la ominosa memoria de los ‘antiguos’, que habían practicado la endogamia y permitido a las mujeres ocupar elevado status dentro de su sociedad”. Algo semejante puede estar simbolizado en la estatua de la trompetista tapir de San Agustín. Es la imagen de los antiguos, de la fundación, de los primeros hombres y sus subordinados, los monos, y del primitivo dominio de las mujeres.
Guerreros, cargueros y el espíritu multiforme
Uno de los grupos más complejos y difíciles de explicar en toda la estatuaria es el de las figuras que cargan sobre su cabeza y hombros un ser mixto que integra partes de distintos animales y que se ha identificado a partir de Preuss como “dobles” de la figura principal. Aunque hay diferencias de una estatua a otra, el ser mixto que soportan es, en esencia, el mismo. Hay diferencias más apreciables entre las figuras principales, de las cuales se distinguen dos categorías fundamentales: la primera es la que forman los que se han descrito tradicionalmente como “guerreros”, y la segunda las de aquellas estatuas que, por la posición del cuerpo, llamaremos “cargueros”. ?Solamente una característica común distingue a las 14 figuras que se han identificado como guerreros de las demás imágenes de la estatuaria: una maza o clava que va haciéndose más gruesa a medida que se aparta de la empuñadura. Otros atributos que solo se hallan en algunas estatuas son un escudo y un pequeño objeto esférico empuñado con fuerza en una de las manos. Las imágenes de guerreros más conocidas son aquellas que Preuss llamó “cariátides” por su función portante. Al parecer, ninguno de los demás guerreros tenía esta función portante y más bien debieron erigirse como figuras independientes.
En las culturas de todos los tiempos, entre ellas las prehispánicas americanas, la maza o clava se ha tenido —y usado— siempre como arma ofensiva. Pero el arte del Macizo Colombiano es de tal naturaleza que incluso este objeto se ha puesto en discusión y, para algunos, no es un arma sino una especie de “‘bate’ del juego de pelota moderno”. Esta idea coincide con la interpretación del objeto esférico que llevan tres figuras en una mano como “una pelota de caucho”, semejante a las que describe Preuss entre los huitotos. La propia maza también puede tener un simbolismo relacionado con la fertilidad. Una estatua hallada en Plata Vieja, en el valle del río de La Plata, muestra a un personaje cuya maza es sin duda una representación fálica y en otra encontrada en el sitio de Yarumalito (Moscopán), la maza termina en un cuerpo triangular semejante a la punta de una flecha y que puede ser la síntesis geométrica de la serpiente, relacionada con el elemento femenino, y del mono, relacionado con el elemento masculino.
Parece indudable que estamos ante figuras de compleja simbología, cuyos rasgos figurativos no pueden limitarse a una sola descripción. La maza puede ser a la vez un arma ofensiva y un elemento fálico —y, al menos en un caso, de simbología femenina— y el objeto esférico puede ser una piedra o una pelota de caucho, asociada con la luna, la fruta y la fertilidad. El escudo sin duda es un arma defensiva, pero no sería de extrañar que también tuviera connotaciones simbólicas asociadas con la fecundidad. Cinco de las estatuas con maza soportan sobre su cabeza y sus hombros un ser mixto, y esto evidentemente hace más intrincada su significación. Además, una de las estatuas con este atributo (Alto de Lavapatas) es claramente una imagen simiesca, cuya cabeza recuerda a la del mono decapitado que se encuentra a su lado en el mismo sitio. Es evidente que la maza, el escudo y el objeto esférico pueden describirse como armas, y por lo tanto las estatuas que los tienen como atributos son imágenes de guerreros. Pero los guerreros de San Agustín no son precisamente soldados listos a entrar en combate. Son imágenes chamanísticas armadas con símbolos de la fertilidad.
Las estatuas de la segunda categoría de las que llevan encima un ser compuesto carecen totalmente de atributos guerreros. Son dos imágenes muy similares en sus rasgos generales, pero también con características propias, hallada la primera en el Alto de Lavapatas y la segunda en el Alto de las Piedras. A esta última Luis Duque Gómez y Julio César Cubillos la describieron como “la más interesante de toda la zona arqueológica de San Agustín y San José de Isnos, por su monumentalidad y por la compleja simbología de los distintos elementos que la integran”. Aparte de ciertos rasgos como la forma de los ojos y de la nariz y las protuberancias en las mejillas que muestra la del Alto de Lavapatas, la única diferencia verdaderamente notable entre los personajes principales consiste en que la figura del Alto de las Piedras viste taparrabos escalonado, del que carece la del Alto de Lavapatas, que deja ver el falo erecto. Las dos, talladas en el canto de la placa, detalle técnico único en la estatuaria, tienen fauces animales, muestran lazos anudados en las orejas y el diseño de los brazos es virtualmente idéntico, viéndose por el frente los hombros entre la cara y las manos. Llama la atención en ambas estatuas la ligera flexión de las rodillas y la disposición de los brazos, plegados casi completamente sobre los costados y con las manos abiertas sobre el pecho, creándose tensiones en las partes superior e inferior del cuerpo que corresponden a las de alguien que lleva un pesado bulto a la espalda. Parece indudable, pues, que estas figuras son cargueros. Por las características físicas mencionadas, contrastan con los guerreros de las Mesitas A y B y el Alto de las Piedras, que también soportan figuras compuestas pero no parecen estar realizando esfuerzo alguno.
El ser mixto que llevan a la espalda se presenta en la estatuaria de distintas maneras, al parecer con una metamorfosis al menos formal. La primera fase consistiría en la negación, supresión o inexistencia del ser multiforme. Es el caso de las dos “cariátides” del Montículo Occidental de la Mesita A, coronadas por un fuste sin labrado alguno. El ser multiforme comienza a aparecer en la segunda fase o modo de representación, en la cual aparece labrado sobre el fuste un rostro acompañado por un par de brazos, como en las “cariátides” del Montículo Noroeste de la Mesita B, y cuyo cuerpo se proyecta hacia la parte posterior. Se trata de una imagen ya familiar: el mono-serpiente, figura central de la estatuaria.
En las “cariátides” del Montículo Oriental de la Mesita A el ser multiforme adquiere su caracterización completa. La cabeza del mono aparece con los ojos cerrados, fauces con colmillos cruzados y una especie de penacho estriado sobre la nariz, común en la representación de monos en la estatuaria. De ella se desprenden los brazos y el cuerpo de una serpiente, decorada con campos reticulares separados por franjas con dibujos circulares. En la cúspide de la estatua la serpiente parece dividirse en dos cuerpos, que descienden por la parte posterior luego de enroscarse una vez, para terminar en la cabeza de otro animal con brazos y largas fauces. Se presenta allí un detalle técnico que ha logrado engañar a los observadores de la estatuaria. No se trata de una serpiente bífida, como se afirma comúnmente, sino del cuerpo de la misma serpiente, del cual están representados los perfiles de sus dos facetas más significativas, a derecha e izquierda de la columna. Opera en estas y en las demás estatuas con ser multiforme lo que hemos llamado principio de bifrontalidad, propio de los relieves sobre placa de la estatuaria. En el guerrero del Alto de las Piedras pueden verse, por la parte anterior, la cabeza, los brazos y el cuerpo del mono-serpiente, esta vez sin fauces animales, como en las cariátides del montículo noroeste de la Mesita B, y por la posterior, el cuerpo único de la serpiente, terminado en una imagen biplana de los perfiles de la cabeza de un animal con características similares a las que muestra el tipo anterior.
¿Qué representa esta porción terminal del ser multiforme que corona estas estatuas? Aunque el diseño es más o menos esquemático, tres detalles facilitan su identificación: las largas fauces con poderosos colmillos, las elevadas órbitas de los ojos y la punta del hocico, también elevada. En la naturaleza estas son características de los reptiles del orden Crocodilia, cuyos órganos de los sentidos están adaptados para permanecer sobre la superficie del agua mientras el animal está sumergido. Sin duda se trata un caimán, con la exagerada punta del hocico rematada en espiral. El ser multiforme del carguero del Alto de Lavapatas muestra una característica adicional: una cresta sobre la cabeza, que quizá corresponda a un lagarto, en particular a una iguana. Como se señaló antes, los artistas de San Agustín no representaron propiamente animales, sino partes de animales especialmente significativas. En el caso de los lagartos —y los caimanes, que aparecen aquí por vez primera—, eligieron aquellos rasgos que los asemejan o los diferencian de las serpientes. En la imagen multiforme, la cola del lagarto o el cocodrilo se combina, diríase, de manera “natural” con el cuerpo de la serpiente. Fórmase así un nuevo ser: el mono-serpiente-caimán.
La representación del ser multiforme adquiere su mayor complejidad en las esculturas del Alto de Lavapatas y el Alto de las Piedras. La cabeza del mono se reemplaza en la primera por la de un ser indeterminado de aspecto mucho más feroz, del cual solo se ven por el frente las grandes fauces con colmillos cruzados y una especie de cresta que se prolonga hacia atrás, con los ojos representados lateralmente. Con las fauces animales menos exageradas, la estatua del Alto de las Piedras muestra las facciones del rostro mucho más “humanas”, pero los ojos tienen una extraña forma espiral y cubre la frente una gran diadema en forma de cruz con proyecciones también en espiral. En las dos estatuas el cuerpo de esta figura se prolonga por la espalda del carguero para terminar en lo que sin duda es la cabeza de un caimán o lagarto de alargadas fauces, con cresta en la cabeza como en las “cariátides” del Montículo Oriental de la Mesita A y las patas con garras plegadas bajo el cuello y la cabeza. En ambos casos la serpiente está sobrepuesta al cuerpo de este extraño ser, descendiendo desde la cabeza superior hasta la del caimán. En la estatua del Alto de las Piedras la piel muestra una decoración en la que alternan campos de estrías angulares y círculos, mientras que en la del Alto de Lavapatas aparecen solamente las estrías en las caras laterales. En la figura del Alto de las Piedras aparece al final de la serpiente la cabeza del mono, con gran penacho piramidal escalonado y sus dos brazos.
Interpretar el simbolismo depositado en estas extraordinarias imágenes es labor para la cual no contamos con los elementos necesarios y, como escribió Preuss, “su explicación deberá remitirse al campo de las conjeturas”. El propio Preuss pensaba que estas figuras sobrepuestas a una representación humana debían considerarse “como complemento esencial o Segundo Yo del dios o del hombre representado en la estatua”. Una alternativa examinada también por Preuss haciendo referencia más específicamente a la imagen del mono-serpiente que corona estas estatuas, es que se tratara de “deidades de la tribu”. Los seres multiformes son una síntesis de muchas imágenes. Por una parte, reúnen los poderes chamanísticos y pueden convertirse en auxiliar del chamán, o adquirir el carácter de álter ego, para resumir las ideas de Reichel y Preuss. Pero por otra parte son indudablemente síntesis de los cultos, los temores y las concepciones del cosmos de las sociedades en las que se labraron las estatuas. Son seres-espíritu de múltiples formas traídos de otros mundos por cargueros chamanísticos y, depositados sobre las cabezas de los guerreros, probablemente brindaban la protección que no se hallaba en los ligeros escudos, en las mazas o en las piedras o pelotas de caucho. Y en última instancia, compendiaban los principios de la transformación y la fertilidad que son los mensajes esenciales de la estatuaria.
La imagen geométrica
La síntesis geométrica está en todas partes en la estatuaria del Macizo Colombiano. Algunas esculturas están concebidas en su totalidad como síntesis geométricas, entre ellas el personaje con dos mazas de la Mesita C o el enmascarado que se encontraba en sus cercanías, pero en términos más generales, se encuentra en ciertos rasgos de los rostros y elementos de indumentaria y adorno. En particular, los ojos, el peinado o el tocado —suele ser difícil distinguir entre ellos—, en algunos casos la nariz, las orejas y las orejeras, los lazos y los nudos, especialmente aquellos que caen por la espalda de las figuras, las diademas, los taparrabos, los gorros y algunas fajas o faldas, parecen guardar lo principal de los contenidos representativos y simbólicos de la imagen en síntesis geométrica. Cada uno de estos elementos, como todos los demás que componen las figuras, tiene desde luego un valor representativo primario. Un taparrabos es una pieza de indumentaria y los ojos son rasgos físicos del rostro. Pero así mismo encierran valores representativos y simbólicos secundarios, que son los que aquí nos interesan.
En cuanto al vestido, debe considerarse por supuesto su uso ritual y ceremonial y en modo alguno puede asumirse que la que aparece en las estatuas fuera la indumentaria común y cotidiana en la región. Esta no la conocemos en absoluto, aunque se conservan algunos volantes de huso y pesas que sin duda se utilizaron para la fabricación de telas. Desconociendo su valor simbólico, las faldas y las fajas, vistas a veces como “cinturones”, probablemente solo nos ayudan a la identificación de la figura como mujer u hombre, como lo vio Preuss, pero en muchos casos es dudosa tal asociación de la prenda con el sexo. Los cordones fálicos obviamente son masculinos, pero las ligaduras bajo las rodillas, presentes en unas seis estatuas, al parecer las usaron hombres y mujeres de manera indiscriminada. Prácticamente no existe indicación de vestiduras en la parte superior del tronco, con excepción de los guerreros del Montículo Noroeste de la Mesita B, que muestran una especie de camisón sin mangas sostenido por uno de los hombros.
Para tratar de entender los contenidos representativos y simbólicos de los elementos en síntesis geométrica de la estatuaria, es necesario verlos en conjunto, teniendo en cuenta su posición en el cuerpo y las relaciones formales entre ellos. El contexto general, desde luego, son las formas fundamentales analizadas en la primera parte: la forma de la piedra, la forma fálica y la forma de la cruz. Esta última, como síntesis geométrica del cuerpo humano, es esencial porque integra las partes superior e inferior del cuerpo, simbolizando la unión del mundo de arriba, el mundo solar y de la vida, con el mundo de abajo, el mundo terreno y funerario.
La figura geométrica más frecuente en la estatuaria es la forma piramidal escalonada. La encontramos como penacho o tocado, a veces como figura estriada con líneas horizontales paralelas e inscrita en una especie de ?casetón, en las cabezas de los monos-serpiente, entre ellos los “guardianes de tumbas” de la Mesita B, y como forma del tocado o peinado de cerca de cincuenta estatuas mayores de todos los sitios arqueológicos. La forma de pirámide escalonada es un símbolo solar y fálico, asociado con el mono. Pero no se halla solamente en estatuas masculinas, pues cerca de la quinta parte de las figuras humanas que lo muestran son femeninas. Esto sugiere que dicha forma, como las demás de la estatuaria, puede tener valores simbólicos múltiples. La forma de pirámide escalonada tiene su complemento opuesto en la pirámide escalonada invertida, hallada principalmente en los taparrabos que tienen esta forma, y que Preuss identificó como prendas masculinas. Existe una asociación directa entre las dos figuras geométricas. Casi todas las estatuas con taparrabos escalonado tienen tocado o peinado en forma de pirámide escalonada, señalando el “mundo de arriba” y el “mundo de abajo”. Al unirlos, resulta la forma fundamental de la cruz de anchos y cortos brazos, es decir, el contorno de la figura humana. Si el principio masculino, solar y simiesco, está sintetizado geométricamente en la estatuaria mediante la forma piramidal escalonada, positiva o negativa, el principio femenino está sintetizado por las formas y decoraciones serpentinas, que lo asocian con la tierra y el agua, elementos cruciales de la fertilidad. Una de tales formas y decoraciones es el motivo reticular, probablemente inspirado en las escamas de las serpientes y los peces, y que aparece asociado o no con la figura humana en varias piedras con dibujo inciso.
Una figura de síntesis geométrica que aparece en varias estatuas de gran significación es la forma triangular que a veces se asemeja a la punta de una flecha. En efecto, se ha descrito como una flecha, particularmente en la enigmática estatua sentada en un banquito del Montículo I de la Meseta A del Alto de los Ídolos y que Duque Gómez, uno de sus descubridores, describe como “guerrero”. Sin embargo, casi con seguridad se trata de una imagen femenina, especialmente por la prenda formada por dos cuerdas entrelazadas que rodea su cabeza. Por otra parte, la “flecha” seguramente no es un arma, al menos en sentido literal. Ya la hemos hallado en la punta de la maza que sostiene una estatua hallada en Yarumalito (Moscopán), y se ha sugerido que puede ser la síntesis geométrica de la serpiente y el mono, y por lo tanto simbolizar los principios femenino y masculino.
Los ojos son sin duda el rasgo del cuerpo humano representado de manera más peculiar y diversa en la estatuaria, y en ellos se concentra gran parte de la expresión de la imagen. Al examinar el conjunto de las figuras humanas —o de monos, que son como humanos— de los municipios de San Agustín e Isnos (cerca de 150 estatuas), se descubren varias facetas significativas. En una proporción considerable, alrededor de dos quintas partes, los ojos de las figuras evidentemente no son humanos. La mitad de estos (una quinta parte del total) son síntesis geométricas que muchas veces se integran con otros elementos del rostro, en particular los bordes de la nariz y a veces el tocado, para formar cierto tipo de figuras. Dos quintas partes más de los ojos de la estatuaria aparecen cerrados, y la quinta parte restante podríamos considerarla, con ciertas limitaciones, como “ojos realistas”. Los ojos cerrados, que presentan cerca de 60 estatuas, tienen una anatomía semejante a la del rostro humano natural con los ojos cerrados y son de enorme interés iconográfico. Es muy improbable que representen seres humanos ciegos, y las dos posibilidades más razonables son que, o bien se trata de individuos sumidos en profundo trance producido por sustancias alucinógenas, imagen chamanística frecuente entre los grupos indígenas tanto actuales como de los tiempos de la Conquista, o que estén muertos. Esta última circunstancia es evidente en las esculturas destinadas a servir de tapa de sarcófago y en las imágenes del mono decapitado. Entre las imágenes del trance chamanístico —que entre algunos grupos indígenas es una muerte que antecede a un renacimiento— hay algunas notables, como los guerreros del Montículo Occidental de la Mesita A, la estatua principal del Montículo Oriental de la misma Mesita A y el personaje con cráneo trofeo del Montículo Noroeste de la Mesita B.
Algunas estatuas tienen figuras o líneas espirales en lugar de los ojos, y en otras más se forman extrañas figuras geométricas con la combinación de los ojos, las cejas, el tocado y la nariz, como en las grandes figuras solares de la Mesita B y la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Evidentemente, se trata de elementos de diferenciación que resaltan el carácter ultramundano de las imágenes. Pero el grupo más numeroso con imágenes de síntesis geométrica en los ojos es el de aquellas estatuas en que estos figuran aves de presa. Es indudable que los escultores prehispánicos del Macizo Colombiano quisieron representar cabezas de ave en los ojos de al menos una docena de estatuas, entre ellas las imágenes de tres escultores. Este modo de representar aves resulta de una particular forma de componer las líneas de las órbitas de los ojos y los bordes exteriores de la nariz, reduciendo el filo de esta para producir la imagen de perfil de un ave de presa, con su característico pico encorvado.
Más de veinte estatuas muestran en el plano posterior una pieza de indumentaria compuesta por una banda, cinta o lazo doblado o anudado a la altura de la región occipital y cuyos dos extremos caen paralelos hasta la cintura. Con seguridad no se trata simplemente de una prenda algo sofisticada. En realidad, parece ser una versión en síntesis geométrica del espíritu multiforme protector, auxiliar o “doble yo” de quien la porta, o sencillamente, compendio de los poderes chamanísticos. Preuss interpretó este aditamento como prenda masculina, y en verdad se le encuentra en estatuas masculinas como la figura principal del Montículo Oriental de la Mesita A, las dos grandes figuras solares del Montículo Noroeste de la Mesita B y la estatua del Montículo V de la Meseta A del Alto de los Ídolos. Sin embargo, en algunas estatuas con esta característica no es posible determinar el sexo y, además, en realidad aparece en dos figuras femeninas. Una de ellas es la figura de una mujer hallada en Quinchana, sobre la cual escribió Duque Gómez, su descubridor, que “la cabellera está recogida en dos trenzas exentas o desprendidas del cuello, que rematan sobre lado y lado de la espalda en abultamientos de forma discoide”. Seguramente no se trata de trenzas sino de la misma prenda de la que estamos hablando. Los abultamientos discoidales corresponden a unas especies de borlas o remates diferenciados (a veces más angostos) que se observan en la mayoría de las demás estatuas que llevan esta cinta. En un caso al menos, una estatua de procedencia desconocida, dichos remates o abultamientos se convierten en cabezas, probablemente de mono. Finalmente, el espíritu multiforme queda reducido a su forma posiblemente original de mono-serpiente.
El enigmático corazón que muestran varias estatuas en su espalda tiene su origen iconográfico en las dos cintas que acaban de describirse. En el sitio de El Jabón halló Preuss una escultura “bastante deteriorada”, que según él pasó al “Museo de Berlín”, y sobre la cual escribió: “De la parte posterior de la cabeza, bajan dos cintas anchas de las cuales pende una cabeza, con una boca enorme y las orejas colgantes”. De allí a la forma del corazón no hay más que un paso, y este se encuentra en una estatua procedente de la vereda Páez de Tierradentro y hoy en el Museo Arqueológico Casa del Marqués de San Jorge de Bogotá. Los dos extremos de la cinta están unidos y comienza a aparecer la figura del corazón. Ésta, cargada de simbolismo religioso en el arte occidental, se presenta en síntesis geométrica en varias estatuas, entre ellas una hallada en El Jabón, y la figura con dos mazas de la Mesita C del Parque Arqueológico de San Agustín. Sorprendentemente, la banda que a manera de turbante con decoración reticular rodea la cabeza de varias figuras femeninas suele también formar en la zona occipital la figura del corazón, pero invertido.
El arte del Macizo Colombiano es realmente complejo pero está expresado en lenguaje sencillo. El corazón, síntesis geométrica del mono-serpiente, tiene a su vez su propia síntesis geométrica. No es otra que el triángulo o “flecha” que hallamos en la figura femenina sentada del Alto de los Ídolos y en la espalda de la estatua solar de la Mesita C, conjunción de los principios femenino y masculino. Todo termina reduciéndose a un solo propósito: el culto de la fertilidad.
El artista
Al menos tres de las estatuas halladas hasta ahora muestran, como atributos de la figura principal, lo que muy probablemente son representaciones estilizadas de algunos instrumentos escultóricos. La mejor conservada lleva en la mano derecha algo que para Codazzi era “un escoplo o hacha pequeña” y para Preuss “un martillo con dos puntas”. En la izquierda tiene algo que los dos vieron como un cincel. Este último parece no haber suscitado dudas jamás, pero el de la mano derecha comenzó a verse a partir de Cuervo Márquez como algo “idéntico a los cuchillos usados por los antiguos peruanos”. Cuervo se refiere a un “tumi”, cuchillo ceremonial utilizado en el Perú prehispánico para sacrificios humanos, y en la estatua en cuestión se habría representado con su gran hoja semicircular apuntando hacia la cara del personaje. Sin embargo, una estatua hallada por guaqueros en el sitio de Quebradillas, cerca de San Agustín, permite ver el mismo instrumento con mayor detalle. La parte superior presenta el mismo cuerpo semicircular de la estatua del Museo del Oro, pero la inferior, de mayor tamaño, tiene una forma que se aproxima más a la de la parte cortante de un escoplo. Puede deducirse entonces que el cuerpo semicircular superior es la representación estilizada y plana del mango del instrumento (su parte más abultada), y no de un “tumi”. Es decir, las estatuas no representan verdugos sino escultores. La tercera estatua fue hallada por Preuss en el alto de las Piedras y trasladada por él a Berlín (Alemania).
Las tres esculturas que acaban de mencionarse tienen varias características en común, aparte de los instrumentos que tienen como atributos. En primer lugar, ninguna parece haber estado destinada a quedar sepultada en una tumba y más bien pudieron haber estado erigidas al aire libre. Segundo, las tres están desnudas, salvo por los vistosos tocados que adornan sus cabezas (en la del Museo del Oro el tocado muestra nudos sobre la frente y la nuca y se extiende en largos lazos sobre la espalda). Tercero, las tres ostentan adornos, tal vez de oro en los modelos: gran nariguera la de Quebradillas, orejeras la del Museo del Oro, “corona” o diadema las de Berlín y Quebradillas, y todas enormes pulseras o cintas en ambas muñecas. Cuarto, todas tienen las características fauces animales con protuberantes colmillos que se han asociado con prácticas o valores chamanísticos. Por último, e igualmente importante por sus implicaciones simbólicas, todas tienen visibles asociaciones con aves, específicamente con aves rapaces. La diadema o “corona” de las de Berlín y Quebradillas muestra estilizaciones ornitomorfas invertidas, y quizá lo más importante, el diseño de los ojos muestra claramente en las tres estatuas la cabeza de un ave rapaz. Sin duda, las tres estatuas representan escultores, cuyo carácter sagrado está simbolizado en las fauces animales, su jerarquía en sus ornamentos, su oficio en sus atributos y su aguda visión en las imágenes de aves rapaces.