- Botero esculturas (1998)
- Salmona (1998)
- El sabor de Colombia (1994)
- Wayuú. Cultura del desierto colombiano (1998)
- Semana Santa en Popayán (1999)
- Cartagena de siempre (1992)
- Palacio de las Garzas (1999)
- Juan Montoya (1998)
- Aves de Colombia. Grabados iluminados del Siglo XVIII (1993)
- Alta Colombia. El esplendor de la montaña (1996)
- Artefactos. Objetos artesanales de Colombia (1992)
- Carros. El automovil en Colombia (1995)
- Espacios Comerciales. Colombia (1994)
- Cerros de Bogotá (2000)
- El Terremoto de San Salvador. Narración de un superviviente (2001)
- Manolo Valdés. La intemporalidad del arte (1999)
- Casa de Hacienda. Arquitectura en el campo colombiano (1997)
- Fiestas. Celebraciones y Ritos de Colombia (1995)
- Costa Rica. Pura Vida (2001)
- Luis Restrepo. Arquitectura (2001)
- Ana Mercedes Hoyos. Palenque (2001)
- La Moneda en Colombia (2001)
- Jardines de Colombia (1996)
- Una jornada en Macondo (1995)
- Retratos (1993)
- Atavíos. Raíces de la moda colombiana (1996)
- La ruta de Humboldt. Colombia - Venezuela (1994)
- Trópico. Visiones de la naturaleza colombiana (1997)
- Herederos de los Incas (1996)
- Casa Moderna. Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana (1996)
- Bogotá desde el aire (1994)
- La vida en Colombia (1994)
- Casa Republicana. La bella época en Colombia (1995)
- Selva húmeda de Colombia (1990)
- Richter (1997)
- Por nuestros niños. Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia (1990)
- Mariposas de Colombia (1991)
- Colombia tierra de flores (1990)
- Los países andinos desde el satélite (1995)
- Deliciosas frutas tropicales (1990)
- Arrecifes del Caribe (1988)
- Casa campesina. Arquitectura vernácula de Colombia (1993)
- Páramos (1988)
- Manglares (1989)
- Señor Ladrillo (1988)
- La última muerte de Wozzeck (2000)
- Historia del Café de Guatemala (2001)
- Casa Guatemalteca (1999)
- Silvia Tcherassi (2002)
- Ana Mercedes Hoyos. Retrospectiva (2002)
- Francisco Mejía Guinand (2002)
- Aves del Llano (1992)
- El año que viene vuelvo (1989)
- Museos de Bogotá (1989)
- El arte de la cocina japonesa (1996)
- Botero Dibujos (1999)
- Colombia Campesina (1989)
- Conflicto amazónico. 1932-1934 (1994)
- Débora Arango. Museo de Arte Moderno de Medellín (1986)
- La Sabana de Bogotá (1988)
- Casas de Embajada en Washington D.C. (2004)
- XVI Bienal colombiana de Arquitectura 1998 (1998)
- Visiones del Siglo XX colombiano. A través de sus protagonistas ya muertos (2003)
- Río Bogotá (1985)
- Jacanamijoy (2003)
- Álvaro Barrera. Arquitectura y Restauración (2003)
- Campos de Golf en Colombia (2003)
- Cartagena de Indias. Visión panorámica desde el aire (2003)
- Guadua. Arquitectura y Diseño (2003)
- Enrique Grau. Homenaje (2003)
- Mauricio Gómez. Con la mano izquierda (2003)
- Ignacio Gómez Jaramillo (2003)
- Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. 350 años (2003)
- Manos en el arte colombiano (2003)
- Historia de la Fotografía en Colombia. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1983)
- Arenas Betancourt. Un realista más allá del tiempo (1986)
- Los Figueroa. Aproximación a su época y a su pintura (1986)
- Andrés de Santa María (1985)
- Ricardo Gómez Campuzano (1987)
- El encanto de Bogotá (1987)
- Manizales de ayer. Album de fotografías (1987)
- Ramírez Villamizar. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1984)
- La transformación de Bogotá (1982)
- Las fronteras azules de Colombia (1985)
- Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004 (2004)
- Gonzalo Ariza. Pinturas (1978)
- Grau. El pequeño viaje del Barón Von Humboldt (1977)
- Bogotá Viva (2004)
- Albergues del Libertador en Colombia. Banco de la República (1980)
- El Rey triste (1980)
- Gregorio Vásquez (1985)
- Ciclovías. Bogotá para el ciudadano (1983)
- Negret escultor. Homenaje (2004)
- Mefisto. Alberto Iriarte (2004)
- Suramericana. 60 Años de compromiso con la cultura (2004)
- Rostros de Colombia (1985)
- Flora de Los Andes. Cien especies del Altiplano Cundi-Boyacense (1984)
- Casa de Nariño (1985)
- Periodismo gráfico. Círculo de Periodistas de Bogotá (1984)
- Cien años de arte colombiano. 1886 - 1986 (1985)
- Pedro Nel Gómez (1981)
- Colombia amazónica (1988)
- Palacio de San Carlos (1986)
- Veinte años del Sena en Colombia. 1957-1977 (1978)
- Bogotá. Estructura y principales servicios públicos (1978)
- Colombia Parques Naturales (2006)
- Érase una vez Colombia (2005)
- Colombia 360°. Ciudades y pueblos (2006)
- Bogotá 360°. La ciudad interior (2006)
- Guatemala inédita (2006)
- Casa de Recreo en Colombia (2005)
- Manzur. Homenaje (2005)
- Gerardo Aragón (2009)
- Santiago Cárdenas (2006)
- Omar Rayo. Homenaje (2006)
- Beatriz González (2005)
- Casa de Campo en Colombia (2007)
- Luis Restrepo. construcciones (2007)
- Juan Cárdenas (2007)
- Luis Caballero. Homenaje (2007)
- Fútbol en Colombia (2007)
- Cafés de Colombia (2008)
- Colombia es Color (2008)
- Armando Villegas. Homenaje (2008)
- Manuel Hernández (2008)
- Alicia Viteri. Memoria digital (2009)
- Clemencia Echeverri. Sin respuesta (2009)
- Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias (2009)
- Agua. Riqueza de Colombia (2009)
- Volando Colombia. Paisajes (2009)
- Colombia en flor (2009)
- Medellín 360º. Cordial, Pujante y Bella (2009)
- Arte Internacional. Colección del Banco de la República (2009)
- Hugo Zapata (2009)
- Apalaanchi. Pescadores Wayuu (2009)
- Bogotá vuelo al pasado (2010)
- Grabados Antiguos de la Pontificia Universidad Javeriana. Colección Eduardo Ospina S. J. (2010)
- Orquídeas. Especies de Colombia (2010)
- Apartamentos. Bogotá (2010)
- Luis Caballero. Erótico (2010)
- Luis Fernando Peláez (2010)
- Aves en Colombia (2011)
- Pedro Ruiz (2011)
- El mundo del arte en San Agustín (2011)
- Cundinamarca. Corazón de Colombia (2011)
- El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei (2014)
- Artistas por la paz (1986)
- Reglamento de uniformes, insignias, condecoraciones y distintivos para el personal de la Policía Nacional (2009)
- Historia de Bogotá. Tomo I - Conquista y Colonia (2007)
- Historia de Bogotá. Tomo II - Siglo XIX (2007)
- Academia Colombiana de Jurisprudencia. 125 Años (2019)
- Duque, su presidencia (2022)
Conquista y Colonia

Los lugares sagrados:
laguna de Guatavita.
Peñascos que parecen hechos de metal, con vetas de azufre.
Bosque natural detrás de Monserrate. La ciudad tiene deudas con sus aves y el rocío.
Los farallones del cerro de La Peña se tiñen de dorado con las luces
del atardecer.
Suelo tapizado de hojas de mano de león y gaques en los bosques de Palo Blanco.
Aguas fabulosas y cristalinas en el páramo de
Cruz Verde.
Nacimiento del río Ariari. Páramo de Sumapaz.
Texturas y colores en los bosques secundarios de los cerros orientales.
Río San Agustín, ca. 1900. Fotografía de Henri Duperly.
Vista de San Victorino, ca. 1900. Fotografía de
Henri Duperly.
Ramón Torres Méndez. Boquerón del río San Francisco. Óleo
49 x 89.5 cm. Museo 20 de Julio, Bogotá.
Gonzalo Ariza
Camino de la Peña
1960. Óleo.
Gonzalo Ariza
Barrio Egipto
1945. Óleo
59 x 91 cm.
Gonzalo Ariza
La Peña. 1974.
Aguatinta sobre papel
58 x 88.5 cm
Plano topográfico de Bogotá y sus alrededores, levantado en 1797 por Carlos Francisco Cabrer. Copiado por Indalecio Liévano. 1853. Archivo General de la Nación, Bogotá.
J. Santos Figueroa
Día de mercado en la Plaza Mayor de Bogotá
c.1830
Óleo sobre lienzo
54 x 94 cm.
Dibujo de Riou
Vista panorámica de Bogotá
c.1875
Grabado en madera
15.8 x 23.6 cm
Ricardo Moros
Última ermita en el camino que conduce a la capilla de Monserrate
1884. Grabado
22.4 x 15.2 cm
Manuel Dositeo Carvajal
Ruinas de Guadalupe en la cordillera de Bogotá, desde el costado occidental. c.1852. Acuarela
Museo Siglo XIX, Bogotá.
Manuel Dositeo Carvajal
Vista de Monserrate
J. Harris y C. Austin
Vista de Bogotá
c. 1820
Litografía coloreada
39 x 55 cm
Museo 20 de Julio, Bogotá.
Gonzalo Ariza
Inundación en
la Sabana
1960. Óleo
39 x 58.5 cm
Edward W. Mark
Cascada del Boquerón
1846
Acuarela
17 x 24.9 cm
Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.
Edward W. Mark
Convento de San Diego, Bogotá
(detalle)
Acuarela sobre papel
17.3 x 25 cm
Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá
Jorge Crane
Iglesia y Convento de Las Aguas
1884
Grabado en madera
21.8 x 14.4 cm
José S. Castillo
Plaza Mayor de Bogotá
c.1838
Óleo sobre lienzo
51 x 92 cm
Museo 20 de Julio, Bogotá
Mapa de la Provincia de Santafé, incluido en una petición presentada al Consejo de Indias por el cacique de Turmequé, don Diego de Torres, en 1586. Es el mapa más antiguo que se conoce de la provincia.
Leñadores bajando de los cerros. Grabado de Flórez sobre fotografía de Racines.
Texto de: Centro de Investigacions de la Facultad de Arquitectura, CIFA.
Universidad de los Andes
Antes de la Conquista, el territorio del actual Distrito Capital estaba ocupado por la sociedad muisca, que habitaba lo que hoy se conoce como el altiplano cundiboyacense, que abarca desde Pasca y Fusagasugá, al sur, hasta el cañón del Chicamocha, al norte. En cuanto a su distribución y organización política, hay tantas versiones como cronistas de la época, únicas fuentes primarias de estos hechos.
En la sabana de Bogotá dominaba el Cacique de Bacatá, que vivía en lo que hoy es Funza. Los cacicazgos menores y las capitanías que estaban bajo su dominio ocupaban el resto de la sabana en chozas aisladas y pequeñas aldeas, conformando el paisaje que Quesada a su llegada llamó “valle de los alcázares”(16) . La mayoría de la población habitaba la zona suroccidental de la sabana (Soacha, Bosa y Fontibón), dado que el resto del territorio era húmedo y pantanoso en exceso.
En el piedemonte de los “cerros orientales” no había, al parecer, asentamientos de importancia. Estudios arqueológicos y crónicas, tanto de la Colonia como de la República, han identificado algunos pequeños poblados, como aquel en la zona donde se fundó Santafé en 1538, en la falda del cerro de Guadalupe, llamado Teusaquillo, lugar de baño de los Zipas. También se han encontrado rastros arqueológicos en la zona de los actuales barrios del Chicó, Usaquén y Santa Ana, al nororiente de la ciudad.
Hacia el costado oriental de los cerros, es decir en los valles de Teusacá y Sopó, habitaban grupos sujetos al cacicazgo de Guatavita: Teusacá, Suaque(17) , Sopó y Guasca entre otros. Más al sur, hacia el boquerón del río Negro, estaban los cacicazgos de Ubaque, Choachí y Cáqueza.
El papel que los cerros y las montañas jugaban en la religión, mitos y ceremonias de esta cultura, da una idea de su importancia. Los indígenas ocupaban para sus viviendas y labranzas las zonas planas de la sabana. Los cerros rara vez eran ocupados por considerarse lugares sagrados donde se ubicaban los santuarios más importantes y los lugares ceremoniales, como se encuentra en muchas otras culturas. “Tres modos había de ofrendar: en los santuarios de los campos; en los templos y en las lagunas, arroyos, peñas y cerros”.(18)
Las lagunas revestían especial importancia, sobre todo aquellas ubicadas en las partes altas de las montañas, a donde los muiscas solían hacer peregrinaciones y competencias deportivas con el fin de visitar sus diversos santuarios. Esta importancia religiosa de las lagunas se compagina con el papel protagónico de la diosa del agua dentro del conjunto de deidades.
Pero los cerros eran también lugar de ceremonias y ritos de adoración a Xue, el sol. Los relatos indígenas contados por los cronistas de los siglos XVI y XVII reafirman la tesis sobre el papel religioso y místico de los cerros en la sociedad muisca. Además de los relatos, se han encontrado múltiples huellas de antiguos santuarios y tesoros escondidos en boquerones y peñascos al suroriente de los cerros orientales. Los cerros orientales de Santafé seguramente hacían parte de estos lugares sagrados, a pesar de que por la lejanía de los asentamientos no se hayan construido allí santuarios ni enterramientos, como en otros promontorios del territorio colombiano.
La sociedad muisca fue constantemente atacada por los conquistadores, que consideraban uno de sus principales deberes convertir los indígenas al cristianismo y salvarlos de las herejías que cometían al rendir culto al demonio, que era como consideraban todos sus ritos. Los santuarios existentes fueron saqueados y destruidos, en medio del angustioso afán por reunir riquezas para llevar a la metrópoli y perseguir sin tregua a los adoradores paganos.
Para apropiarse del papel sagrado de los cerros, los misioneros de la nueva religión construyeron santuarios cristianos en sus cimas, convirtiéndolos en lugares de peregrinación y símbolos del nuevo poder que regía sobre la zona. Simbología de los cerros que aún prevalece entre los habitantes de la ciudad.
Dentro de la sociedad muisca los cerros y las montañas hacían parte de una naturaleza viva, considerada superior a la raza humana, compuesta por dioses inspirados en los elementos naturales más representativos –agua, sol, luna, rana, árboles, entre otros–, a los cuales era necesario adorar, respetar y, en algunos casos, imitar.
Aquella era una sociedad totalmente distinta a la que implantaron los conquistadores. Éstos traían la visión occidental del siglo XVI, en donde la naturaleza era un elemento salvaje que el hombre debía dominar y moldear a su imagen y semejanza. Aunque los cerros siguieron siendo destino de peregrinaciones y se ubicaron sobre ellos nuevos hitos religiosos y culturales, su valor como elemento natural pasó a un segundo plano, primando ahora la creación humana y adquiriendo valor sólo en la medida en que pudiesen ser útiles a dichas creaciones.
Nuevos ojos miran el territorio
El 5 de abril de 1538, después de un viaje colosal, iniciado en Santa Marta once meses atrás, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres superaron la cordillera y, una vez en la cima, observaron por primera vez el espléndido escenario del país muisca y su sabana. “Un panorama lleno de numerosas labranzas y muchos humos en señal de población, comarca rica y bien abastecida, surcada por colinas, bosques, praderas y ríos”.(19)
Lo que maravilló a los conquistadores del territorio muisca, según crónicas al respecto, fue la sabana, no los cerros. De hecho los primeros campamentos españoles se levantaron en la sabana y sólo fue su preocupante desprotección lo que los llevó a cambiar de sitio. Así, pues, la primera valoración que los españoles dieron a los cerros orientales se debió a la posibilidad de aprovechar sus características topográficas para protegerse.
El microclima que proveían Guadalupe y Monserrate, sumado a la protección que ofrecían sus laderas, ayudaron a la valoración positiva de los cerros orientales y a tomar la decisión de establecer allí el campamento militar definitivo.
Todavía no había pensado Jiménez de Quesada en fundar una ciudad, cuando ocurrió su encuentro con Belalcázar y Federmán. En efecto fue Belalcázar, que contaba con experiencia en la fundación de ciudades y comprendía la importancia que para la campaña de la conquista y la evangelización tenía la fundación de una importante capital en este territorio, quien convenció a Jiménez de Quesada de proceder a la fundación de la ciudad, una vez cumplidos los requisitos legales y urbanísticos.
Desde la posición elevada de la zona de Teusaquillo, que permitía una observación panorámica y dominante de la sabana, convinieron Quesada y Belalcázar que el terreno ideal para proceder al trazado urbanístico era una porción casi del todo plana, con una suave pendiente, que quedaba justamente abajo de la guarnición militar, en el punto donde el cerro de Guadalupe se diluye en la sabana.
Una vez escogido y acordado el lugar, se procedió a darle un nombre y a iniciar el trazado sobre la tierra. En ese momento se evidencia su forma. Partiendo del lugar que hoy en día corresponde a la Plaza de Bolívar, se procedió a implantar un trazado en forma de damero –modelo implantado posteriormente por España en todos los territorios ocupados– que constaba de 27 manzanas cuadradas. La manzana central estaría destinada al poder religioso y civil, con un espacio vacío para la futura plaza mayor, cuya fachada oriental sería ocupada por la iglesia principal. De acuerdo con las Leyes de Indias, el centro del trazado urbano debía ser ocupado siempre por el poder religioso.
Los límites quedaron establecidos entonces por los accidentes topográficos existentes, con lo cual el papel de los cerros en la definición espacial de la ciudad fue fundamental. Se podría decir que los cerros y los accidentes naturales que les son propios contextualizaron y definieron los límites del trazado de Santafé.
El trazado en cuadrícula se acomodó a los accidentes naturales existentes, que se convirtieron en límites representativos del lugar hasta donde llegaba lo natural y comenzaba el escenario de lo artificial. Todo lo que no perteneciera a esta última condición quedaba afuera, en el mundo del “otro”. La naciente ciudad diluiría sus límites hacia la sabana –espacio domesticado desde los primeros años de la Colonia– y daría la espalda a los cerros, considerados como lugar agreste y hostil.
La ciudad colonial llegaba por el occidente hasta la actual carrera 10ª, que presentaba entonces un profundo barranco, producto de los desbordamientos periódicos del río Vichacá (hoy río San Francisco); por el norte y por el sur los linderos estaban conformados por los ríos Vichacá y Manzanares (hoy río San Agustín), respectivamente; y por el oriente el límite era la actual carrera 5ª, donde se incrementa la pendiente de los cerros orientales, en la falda de Guadalupe. De esta manera, la ladera de este cerro, que albergó inicialmente el campamento de Jiménez de Quesada, pasó de ser el espacio para la habitación y el campamento a ser el límite de la ciudad. Los terrenos hacia el oriente se convirtieron en la dehesa de esta zona y en el paisaje circundante, es decir, en territorio no incluido en el terreno de la urbanización de la naciente Santafé.
Cuando los cerros se consolidan como territorio no urbano y por ende no humano, se convierten también en un lugar no domesticado, que queda sometido a una distinta valoración.
Cabe anotar que en la escogencia de la tierra urbanizable se tuvieron en cuenta las más obvias condiciones de eficiencia, razón por la cual se descartó de entrada el sector pendiente de los cerros, no considerado apto para el desarrollo del trazado.
Por otra parte, como los trazados empleados por España consideraban la protección militar como una de las características importantes con que toda ciudad debía cumplir, los cerros orientales, además de servir como límite principal de la naciente ciudad, continuaron siendo la barrera defensiva más importante.
Murallas contra el viento
El trazado en damero fue un hecho de ocupación eminentemente artificial que se implantó sobre los elementos naturales del territorio, los cuales condicionaron las calles y manzanas de tal manera que este trazado cartesiano y abstracto –que permitía el crecimiento indefinido sobre el terreno–, en su acomodo a los accidentes naturales fue marcado en su forma y uso. Así, los cerros orientales no sólo definieron la forma de crecimiento de la ciudad sino que influyeron en aspectos fundamentales de la vida cotidiana como el clima. Monserrate y Guadalupe contribuyeron fundamentalmente en esto.
El carácter lluvioso de la ciudad se debe a su capacidad de detener las nubes preñadas de agua que llegan por el occidente, obligándolas a descargar su contenido en torrenciales aguaceros. Carlos Martínez explica que los factores y las características orográficas y atmosféricas de los cerros le fijan a Santafé tres microclimas perfectamente definidos.(20) En la época colonial esto tuvo una especial influencia sobre la ciudad, como lo comenta un importante geógrafo del siglo XIX:
“Los aires calientes de las selvas del Magdalena y de las tierras despejadas del Socorro y Vélez, levantan vapores acuosos, los cuales se dirigen después a Chiquinquirá y Muzo. La diferencia de temperatura que se encuentra en los páramos (de los cerros orientales), rompe el equilibrio de las capas atmosféricas y determina las corrientes del aire que se dirigen de Ubaté y de Pacho a Zipaquirá y luego a Bogotá. Lo propio sucede con las capas atmosféricas que se levantan en las tierras cálidas del Magdalena, y de los cerros de la Mesa de Juan Díaz y Guaduas, las cuales acarrean e introducen por los boquerones o depresiones de la cordillera, los torbellinos de vapores que producen las lluvias venidas del occidente”.(21)
De otra parte, los cerros de Monserrate y Guadalupe protegían entonces la ciudad de los vientos y nubes cargadas de humedad provenientes de oriente, y a la zona donde se implantó el trazado sólo la alcanzaba una fina llovizna; “a ésta le daban los bogotanos el nombre de páramo, la que se hacía pertinaz durante los meses de junio, julio y comienzos de agosto”.(22)
De los cerros orientales y más propiamente desde la zona de San Cristóbal, bajaba a la ciudad una corriente fría que los santafereños de entonces consideraban saludable; se conocía esta corriente en la época colonial como “los vientos de Ubaque”, pues bajaba del páramo ubicado en la parte sur del cerro de Guadalupe.
En 1810 José María Salazar se refirió también a este aspecto particular del clima: “La ciudad de Santafé está construida al pie de un ramo de la gran cordillera que atraviesa nuestras poblaciones y va a caer luego en las costas del Norte, a la falda de dos montañas escarpadas que la terminan por la parte oriental, cuya altura aunque bastante considerable no toca el término de la congelación. El aspecto de las montañas, aunque bastante sombrío cuando llega a cargarse de nieves, da en el buen tiempo un golpe de vista majestuoso, sirve de contraste a la igualdad de la campiña y proporciona a nuestros ojos el placer de la variedad. Por este medio la población está protegida de los vientos de oriente, que de otro modo la batirían sin intermisión quedando indefensa por sus cuatro costados, siendo su clima muy desapacible por esta circunstancia. Las aguas corren libremente en fuerza del declive de la posición.”(23)
Agua y madera en abundancia
Un importante número de cronistas de la época comentó la riqueza hídrica de Santafé, los espléndidos ríos en sus inmediaciones, todos provenientes de los cerros orientales, que conformaban un magnífico escenario natural y daban las condiciones adecuadas para la vida urbana.
“Los dos ríos que cruzaban la ciudad eran el San Francisco y el San Agustín. Otros dos riachuelos que también bajaban de los cerros por la zona sur eran el San Juanito y la Calera, los cuales influyeron de manera secundaria en la vida urbana. Además existían otros pequeños arroyos y quebradas, algunos de los cuales eran: las quebradas del Hoyo de Venado, la de Guadalupe, la de San Bruno, la de mi Padre Jesús, la del Zanjón, la del Aserrío, la del Teñidero y la del Soche. Finalmente, otros ríos como el Arzobispo, al norte y el Fucha al sur, sirvieron también como abasto de aguas desde épocas coloniales”.(24)
El San Francisco y el San Agustín determinaron en gran medida el ordenamiento espacial de la ciudad colonial, se convirtieron en sus límites morfológicos y fueron fundamentales para su sostenimiento, pues de ellos se sacaba el agua de consumo doméstico y con su fuerza se impulsaba la maquinaria de algunas formas de producción incipiente, entre ellas los molinos de trigo localizados en sus orillas, y las industrias de curtiembre.
No obstante, en 1557 la Real Audiencia, preocupada por el mal estado de las aguas del río San Francisco, que además eran usadas como lavandería pública, prohibió su uso para estos fines, “… de aquí en adelante, en ningún tiempo, se monte molino en el río San Francisco desde el puente hacia arriba… que no se lave río arriba ni se echen ningunas inmundicias para que dicho río esté limpio”.(25)
En muchos sectores de la ciudad el lecho de los ríos era profundo, y sus orillas separadas a tal distancia que se hacía necesaria la construcción de puentes para cruzarlos, materia en que la administración colonial no se mostró muy expedita.
En los primeros años de la Colonia, la provisión de agua en Santafé se hacía de manera rudimentaria por indios, que eran obligados a cargarla sobre sus hombros en pesados cántaros, por largos y difíciles trayectos. Una vez la ciudad fue creciendo, hubo necesidad de construir pilas y acueductos, aunque se contaba también con nacimientos que fueron convertidos en fuentes públicas.
El primer acueducto recogió las aguas del río San Agustín. Ante su fracaso, se ordenó un segundo acueducto con las aguas del río Fucha. Para un tercero se utilizó el río San Francisco. El cuarto, construido bajo el gobierno del Virrey Solís, aprovechaba también las aguas de este río.
“Para tal finalidad se construyó una bocatoma en el río San Francisco a la altura del Boquerón y se excavó la acequia que condujo el agua hasta el viejo estanque situado en inmediaciones de la iglesia de Egipto. Esta obra promovió la explanación de este recorrido, obra que por su ubicación y hermosa vista de la ciudad ascendió espontáneamente a la categoría de paseo. Paseo de la Agua Nueva se le llamó y, aunque no fue muy concurrido, recibió más tarde el distintivo de paseo Bolívar, distintivo que todavía conserva”.(26) Existió un quinto y último acueducto en la Santafé colonial, el de San Victorino, que tomaba aguas del río Arzobispo y llegaba a la plaza por medio de una acequia abierta.
La construcción de la ciudad colonial se logró con el aporte de los bosques de los cerros orientales, piedras, arenas, paja, maderas. “Bosques enteros, aledaños a Santafé, fueron descuajados para proveer maderas ordinarias destinadas a la construcción. Se emplearon rollizas y con resistencias apropiadas para andamios, entramados, cerchas, enmaderado de los techos y como vigas de entrepisos”.(27)
La leña extraída de los cerros orientales era un producto de primera necesidad en Santafé. Era tal su importancia para el sustento de la ciudad que, en la primera mitad del siglo XVI se fijó un servicio obligatorio a las comunidades indígenas para aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, que recibió el nombre de mita de leña. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos leñateros independientes, cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.(28)
La leña tomada de los cerros fue importante para varias industrias, entre ellas la fundición de metales, que utilizaba el carbón vegetal como recurso energético, y la de pólvora, actividad exclusivamente oficial, que se sirvió también del carbón vegetal como uno de los componentes primordiales para su proceso productivo. “De España vinieron los expertos polvoreros. También los loceros, porque el transporte de la pólvora a largas distancias requiere de ánforas torneadas y vidriadas, al calor del carbón vegetal”.(29)
Los ricos estratos de arcilla de los cerros orientales estimularon la fabricación de ladrillos para muros, pisos, tejas, utensilios y vasijas diversas, cuyas primeras fábricas y talleres se ubicaron en las laderas de Guadalupe, en el barrio de Santa Bárbara.
La conformación geológica de esta parte de los cerros orientales, sumada a la existencia de la chirca, permitió el desarrollo de los llamados chircales en esta parte de la ciudad. La palabra “chircal“, de legítimo arraigo santafereño, perdura hasta nuestros días para designar el lugar donde se fabrican adobes, ladrillos y tejas de elaboración manual.
Durante la Colonia, los árboles y arbustos eran el único medio posible para obtener energía calórica. Ello generó una tala tan indiscriminada de árboles, que llegó a agotar los recursos vegetales, como lo muestran diferentes iconografías de la época, condición de devastación que continuó hasta los primeros años del presente siglo. “…pero el aspecto de Bogotá es triste lo mismo de lejos que de cerca, pues sus alrededores están desprovistos de árboles que pudieran velar, hermoseándola, la monotonía de las laderas desnudas de las montañas que las enmarcan, cuyos tintes grises o sombríos se confunden con los de las pesadas techumbres de teja que tienen todas las casas…”.(30)
Salvo por el interés manifiesto de los naturalistas y el valor religioso de las montañas, los cerros del oriente no fueron para los residentes de la ciudad sitio de paseo sino de peregrinación.(31) Los paseos se realizaban hacia las llanuras, buscando la vega de los ríos, no los cerros, con excepción del boquerón del río San Francisco, que llamaba mucho la atención a los extranjeros.
“El paisaje que nos rodea es el más agreste y magnífico que recuerdo haber visto. Por más de una milla los desfiladeros son tan escarpados que no se puede pensar en escalarlos y la hondonada es demasiado estrecha para construir una carretera.” … “A través de esta estrecha garganta llega gran parte de las provisiones que se consumen en Bogotá, cargadas sobre los hombros de hombres y mujeres y sobre lomos de bueyes. A todas horas del día y en especial el viernes por la mañana (día de mercado), fluyen por la hondonada leña, carbón, trigo, aves, trementina de frailejón en los recipientes de las hojas y hasta plátanos de las regiones cálidas que hay al otro lado de las montañas”.(32)
Por el cañón pasaba una trocha bastante frecuentada por indios y mestizos que comunicaba a Santafé con los asentamientos de oriente y los páramos ubicados en las alturas de los cerros orientales.
De los caminos reales, se sabe con certeza que existían por lo menos tres que cruzaban precisamente los cerros orientales: uno que mandó construir Juan de Borja en 1605 entre Bogotá y los Llanos, a través de Cáqueza, siguiendo un camino indígena existente, que llegaba a la sabana por el boquerón del río San Francisco. Otro salía del boquerón del San Francisco y bajaba por Choachí, Fómeque y Quetame. Saliendo por Usme existía un tercer camino que comunicaba con los Llanos a través del río Blanco.(33) Posteriormente, existió un camino real más al norte, que subía por la cuenca de la quebrada La Vieja, y otro que subía a la altura de Usaquén, los cuales se unían en la cima con otro que iba de Choachí al sur de Sopó y Guasca.
Religión y culto
Monserrate y Guadalupe contribuyeron a formar el paisaje urbano de Santafé, un paisaje lleno de actividad. La relación de los habitantes con los cerros tutelares empezó a consolidarse al ritmo de las transformaciones urbanas. Aún más, la vinculación de los cerros con la urbe se fundamentó en profundas creencias y prácticas religiosas, originadas incluso en la época de la ocupación indígena.(34)
Los muiscas tenían una íntima relación de carácter ritual y mágico con los cerros orientales. La montaña, por su elevación, era para ellos lo más próximo al cielo, el centro del mundo y del cosmos; la montaña simbolizaba la residencia de las divinidades solares y las cualidades superiores del alma, por esto era sagrada. Las lagunas en lo alto de los cerros y los ríos eran motivo de adoración, lugar de múltiples rituales y significaban el nacimiento de su civilización. El árbol, a su vez, era el símbolo de la vida en perpetua evolución cósmica, muerte y regeneración. Los árboles eran símbolo de los poderes femeninos de la procreación. Toda la energía vital de la tierra estaba representada en la montaña, sus aguas y sus árboles.(35)
A los conquistadores, misioneros y cronistas les llamó la atención esta particular relación que mantenían los indios con los cerros y la naturaleza. Gonzalo Jiménez de Quesada en su Epítome comenta: “Cuanto a lo de la religión, digo que en su manera de errar, son religiosísimos…. Tienen sin esto infinidad de ermitas en montes, en caminos y en diversas partes. Tienen muchos bosques y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no dejan cortar un árbol ni tomar una poca agua, por todo el mundo. En estos bosques van a hacer sacrificios y entierran oro y esmeraldas”.(36)
La fundación de Santafé no puso fin a la creencia muisca de adorar ciertos lugares en las montañas, las prácticas mágico-religiosas continuaron y los senderos que conducían a las lagunas sagradas funcionaron hasta bien entrado el siglo XVII. Por ello fue preocupación esencial y prioritaria de las autoridades españolas el adoctrinamiento de los indígenas en la fe cristiana. Para ellos era claro que sólo difundiendo el cristianismo y la lengua, podría contarse con ellos como verdaderos vasallos de la corona.
La lenta pero incesante campaña de las autoridades por incorporar los aborígenes a los esquemas de la civilización occidental y cristiana, puso énfasis muy marcado en la erradicación de las prácticas rituales asociadas con el culto de las deidades prehispánicas. Una de las estrategias fue colonizar el paisaje de la ciudad con todo el poder constructivo y representativo del imaginario católico, que se impuso de manera monumental en todos los puntos cardinales de la ciudad y, de manera destacada, en los cerros orientales.
Las iglesias y conventos sobresalían con fuerza en la estructura de la ciudad, no sólo por su gran número sino por ser las únicas construcciones realmente diferenciadas dentro del conjunto de la arquitectura colonial. Varios de los principales edificios públicos apenas se distinguían de las casas y otros fueron ubicados en viviendas que se adaptaron para el fin institucional.
Además de influir sobre el paisaje urbano, las construcciones religiosas también tuvieron impacto sobre el paisaje natural. Al construir sobre espacios naturales como los cerros, se lograba reemplazar, mediante nuevos símbolos, unas prácticas mágico-religiosas por otras. Estos nuevos símbolos artificiales proponían cambiar la manera en que los indígenas se relacionaban con los accidentes naturales, con el fin de transformar el territorio y domesticarlo bajo los parámetros españoles por legitimar.
Los principales ríos de la ciudad cambiaron su nombre indígena por uno asociado al imaginario cristiano, lo que demuestra la manera contundente como los españoles impusieron su imaginario sobre el espacio prehispánico. Para éstos la importancia de los ríos radicaba en el sostenimiento de la ciudad, para los indígenas los ríos tenían un carácter sagrado. Al cambiar el nombre con el paso del tiempo y la consolidación de las nuevas costumbres religiosas, el importante significado muisca se fue diluyendo hasta desaparecer, quedando como legítimo y único el imaginario más fuerte, el católico.
Son también ejemplos de este proceso de imposición el de Juan de Castellanos, quien en 1520 consideró que el bosque nativo era un criadero de pestilencias y encargó a varias cuadrillas de su destrucción, o el del gobierno español que en 1575 emprendió una cacería contra los nogales, por ser el árbol que adoraban los indios(37). Otra forma de domesticar el territorio fue la costumbre cristiana de fundar ermitas en las soledades de los cerros.
Lo imponente y numeroso de las construcciones de carácter religioso en el trazado de la ciudad, sumado al cambio de nombre de los accidentes geográficos y las intervenciones en el paisaje de los cerros tutelares conformaron, en conjunto, la estrategia capaz de transformar el paisaje desconocido, hostil y ajeno, en el paisaje conocido, doméstico e hispánico. Estas intervenciones, así realizadas, aseguraban a los recién llegados la implantación, de una vez y para siempre, de su poder y sus costumbres.
Las asociaciones mágico-religiosas de los habitantes con los cerros explican esta abundancia de lugares de peregrinación y adoración. Monserrate y Guadalupe estaban rodeados de un halo de misterio, reproducido por las leyendas que se contaban una y otra vez, o por las fervientes creencias en tesoros ocultos. Los ejemplos de este tipo son interminables, pues, sin duda, la percepción de los habitantes estaba asociada con la idea de lo sobrenatural.
El paisaje colonial
Santafé fue un balcón sobre la sabana, a pesar de la importancia de los caminos que unían a la ciudad con las provincias de oriente. Cuando desde la ciudad se miraba al oriente sólo escarpadas montañas componían el paisaje y el mundo detrás de ellas desaparecía. Este hecho explica el nudo existente entre la ciudad y la sabana, pese a la relación de dependencia que existía con los llanos, los páramos y el piedemonte sobre el que estaba recostada la ciudad(38).
Al fin de cuentas la sabana predominaba sobre las montañas por ser la tierra plana, fértil y luminosa que tanto maravilló a los españoles a su llegada. El tan ponderado “valle de los alcázares” era descrito invariablemente como una comarca bella y “regalada de los favores de la primavera”. Innumerables textos desde la Colonia hasta el siglo XIX hablan sobre el verdor de sus praderas, la abundancia de sus cultivos, las enormes fincas ganaderas y la variedad de la fauna y la flora.
Sin embargo, el dominio visual que los cerros ofrecían llevó a los españoles a implantar la ciudad en el piedemonte. Desde el punto de vista militar, su ventaja comparativa estribaba en dos razones: la primera, el resguardo que los cerros proporcionaban al campamento militar de Teusaquillo, actual plaza del chorro de Quevedo; y la segunda, la posibilidad de mirar sin barreras hacia la planicie. Esa planicie fría, de vegetación pequeña, pletórica de ríos y lagunillas, que les recordaba en cierto modo algunos parajes de la añorada madre patria.
En resumen, el lugar escogido para la ciudad le otorgaba gran amplitud de horizonte. El plano inclinado de las estribaciones de Guadalupe permitía una magnífica vista de la sabana. El panorama sólo era interrumpido por una que otra casa, los muros de algún convento o las torres de las múltiples iglesias.
Los cerros, catalogados así como extramuro de la ciudad, fueron el sitio ocupado por las personas que se dedicaban a las actividades manuales y artesanales. Artesanos y agricultores para los españoles peninsulares, eran oficios de carácter manual propios de plebeyos y moros; en cambio, la ganadería, que se practicaba en la sabana, era oficio de señores, bien visto por las clases sociales altas. Así, pues, el habitante de los cerros será el otro, el indígena y el mestizo artesano, quienes para elevar su condición dentro del régimen colonial debieron emigrar a la ciudad y ocupar el lugar que les permitieron: los cerros, territorio de baja valoración para la clase dominante.
La ciudad se constituyó entonces exclusivamente en el lugar donde las leyes humanas y divinas se custodian y por ende se deslindan de lo natural, de lo primitivo, lo boscoso. Se introdujo así un aligeramiento de la densidad boscosa, en virtud de la cual apareció el escenario adecuado para que lo civilizado se produjera.
En este claro en el bosque se funda el centro del nuevo mundo, el civilizado, dejando afuera lo desconocido. El espacio civilizado es el lugar ya entendido, donde el habitante puede despojarse de sus miedos, dejándolos también afuera. Es el lugar donde se puede mirar sin temor, el espacio propio de lo doméstico.
Por tanto, desde la fundación de la ciudad los cerros fueron excluidos de la vida urbana. La definición del territorio de los conquistadores diferenciaba de forma drástica lo civilizado de lo desconocido, con lo cual los cerros se convirtieron en un territorio agreste, no doméstico, lo del otro, aquel lugar de donde extraer recursos, mas no el espacio digno de habitar y disfrutar.
Notas
- “En ella se destacaban numerosas aldeas –Suba, Tuna, Tibabuyes, Usaquén, Teusaquillo, Cota, Engativá, Funza, Fontibón, Techo, Bosa y Soacha…– y palacios compuestos por bohíos rodeados por dos o tres empalizadas concéntricas, semejantes a los alcázares árabes del sur de España… Este “Valle de los Alcázares” que con las sierras nevadas de la Cordillera Central en el horizonte dio pie para el nombre de Nuevo Reino de Granada. En: Londoño, Eduardo; “Los Muiscas: una reseña etnohistórica con base en las primeras descripciones”. Página de Internet Museo del Oro.
- Velandia relata la existencia de estos asentamientos: “En lugar no precisado hubo dos pueblos aborígenes; Teusacá y Suaque, los cuales en el siglo XVI fueron encomiendas…”. En: Velandia, Roberto; “Enciclopedia Histórica de Cundinamarca”. Biblioteca Autores Colombianos, Bogotá, 1979, pág. 1.452.
- Langebaek, Carl. “Los Muiscas siglo XVI”. Banco de la República, Bogotá, 1987, pág. 161.
- Martínez Carlos, “Santafé de Bogotá Capital del Nuevo Reino de Granada”. Fondo de Promoción de la Cultura Banco Popular, Bogotá, 1987, pág. 34.
- Martínez Carlos, “Bogotá reseñada por cronistas y viajeros”. Editorial Escala, Bogotá, 1978. Página 42
- Pérez, “Geografía física y política del Distrito Federal”, pág. 15.
- Pérez, Op. cit. 19, pág. 15.
- En Martínez Carlos, Bogotá reseñada por cronistas y viajeros. Editorial Escala, Bogotá, 1978, pág. 42
- Mejía Pavoni, Germán: “Los Años del Cambio”. Sin publicar, pág. 6.
- Fundación Misión Colombia. Historia de Bogotá. Salvat - Villegas Editores. Bogotá, 1.989. Tomo II, Colonia.
- Fundación Misión Colombia. Op. cit. Tomo I, Colonia, pág. 282.
- Martínez Carlos, Op. cit, pág. 201.
- Fundación Misión Colombia. Op. cit. Tomo 3, Colonia, pág. 26.
- En Martínez Carlos, Bogotá: sinopsis sobre su evolución urbana. Editorial Escala, Bogotá.
- Le Moyne Augusto: “Viajes y estancias en América del Sur”. Bogotá, 1834, pág. 78.
- Mejía, Germán: “Los años del cambio”, sin publicar, pág. 199.
- Holton, “La Nueva Granada, Banco de la República”, Bogotá, 1981, pág. 165.
- Langebaek, Carl: “Los Caminos del Piedemonte”. Universidad de los Andes. 1997. Sin publicar.
- Mejía, Germán. Op. cit. 23, pág. 199.
- Molina Luis F: “Cerros, Humedales y áreas Rurales”. DAMA, 1997.
- Parte del “Epítome de la conquista del nuevo Reino de Granada”, que se le atribuye a Gonzalo Jiménez de Quesada.
- Molina Sánchez, Gonzalo: “Guía de árboles”. DAMA. Editorial Tercer Milenio, Bogotá. 1997.
- Pérez. Op. cit. 19, pág. 10.
#AmorPorColombia
Conquista y Colonia

Los lugares sagrados: laguna de Guatavita.

Peñascos que parecen hechos de metal, con vetas de azufre.

Bosque natural detrás de Monserrate. La ciudad tiene deudas con sus aves y el rocío.

Los farallones del cerro de La Peña se tiñen de dorado con las luces del atardecer.

Suelo tapizado de hojas de mano de león y gaques en los bosques de Palo Blanco.

Aguas fabulosas y cristalinas en el páramo de Cruz Verde.

Nacimiento del río Ariari. Páramo de Sumapaz.

Texturas y colores en los bosques secundarios de los cerros orientales.

Río San Agustín, ca. 1900. Fotografía de Henri Duperly.

Vista de San Victorino, ca. 1900. Fotografía de Henri Duperly.

Ramón Torres Méndez. Boquerón del río San Francisco. Óleo 49 x 89.5 cm. Museo 20 de Julio, Bogotá.

Gonzalo Ariza Camino de la Peña 1960. Óleo.

Gonzalo Ariza Barrio Egipto 1945. Óleo 59 x 91 cm.

Gonzalo Ariza La Peña. 1974. Aguatinta sobre papel 58 x 88.5 cm

Plano topográfico de Bogotá y sus alrededores, levantado en 1797 por Carlos Francisco Cabrer. Copiado por Indalecio Liévano. 1853. Archivo General de la Nación, Bogotá.

J. Santos Figueroa Día de mercado en la Plaza Mayor de Bogotá c.1830 Óleo sobre lienzo 54 x 94 cm.

Dibujo de Riou Vista panorámica de Bogotá c.1875 Grabado en madera 15.8 x 23.6 cm

Ricardo Moros Última ermita en el camino que conduce a la capilla de Monserrate 1884. Grabado 22.4 x 15.2 cm

Manuel Dositeo Carvajal Ruinas de Guadalupe en la cordillera de Bogotá, desde el costado occidental. c.1852. Acuarela Museo Siglo XIX, Bogotá.

Manuel Dositeo Carvajal Vista de Monserrate

J. Harris y C. Austin Vista de Bogotá c. 1820 Litografía coloreada 39 x 55 cm Museo 20 de Julio, Bogotá.

Gonzalo Ariza Inundación en la Sabana 1960. Óleo 39 x 58.5 cm

Edward W. Mark Cascada del Boquerón 1846 Acuarela 17 x 24.9 cm Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá.

Edward W. Mark Convento de San Diego, Bogotá (detalle) Acuarela sobre papel 17.3 x 25 cm Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá

Jorge Crane Iglesia y Convento de Las Aguas 1884 Grabado en madera 21.8 x 14.4 cm

José S. Castillo Plaza Mayor de Bogotá c.1838 Óleo sobre lienzo 51 x 92 cm Museo 20 de Julio, Bogotá

Mapa de la Provincia de Santafé, incluido en una petición presentada al Consejo de Indias por el cacique de Turmequé, don Diego de Torres, en 1586. Es el mapa más antiguo que se conoce de la provincia.

Leñadores bajando de los cerros. Grabado de Flórez sobre fotografía de Racines.
Texto de: Centro de Investigacions de la Facultad de Arquitectura, CIFA.
Universidad de los Andes
Antes de la Conquista, el territorio del actual Distrito Capital estaba ocupado por la sociedad muisca, que habitaba lo que hoy se conoce como el altiplano cundiboyacense, que abarca desde Pasca y Fusagasugá, al sur, hasta el cañón del Chicamocha, al norte. En cuanto a su distribución y organización política, hay tantas versiones como cronistas de la época, únicas fuentes primarias de estos hechos.
En la sabana de Bogotá dominaba el Cacique de Bacatá, que vivía en lo que hoy es Funza. Los cacicazgos menores y las capitanías que estaban bajo su dominio ocupaban el resto de la sabana en chozas aisladas y pequeñas aldeas, conformando el paisaje que Quesada a su llegada llamó “valle de los alcázares”(16) . La mayoría de la población habitaba la zona suroccidental de la sabana (Soacha, Bosa y Fontibón), dado que el resto del territorio era húmedo y pantanoso en exceso.
En el piedemonte de los “cerros orientales” no había, al parecer, asentamientos de importancia. Estudios arqueológicos y crónicas, tanto de la Colonia como de la República, han identificado algunos pequeños poblados, como aquel en la zona donde se fundó Santafé en 1538, en la falda del cerro de Guadalupe, llamado Teusaquillo, lugar de baño de los Zipas. También se han encontrado rastros arqueológicos en la zona de los actuales barrios del Chicó, Usaquén y Santa Ana, al nororiente de la ciudad.
Hacia el costado oriental de los cerros, es decir en los valles de Teusacá y Sopó, habitaban grupos sujetos al cacicazgo de Guatavita: Teusacá, Suaque(17) , Sopó y Guasca entre otros. Más al sur, hacia el boquerón del río Negro, estaban los cacicazgos de Ubaque, Choachí y Cáqueza.
El papel que los cerros y las montañas jugaban en la religión, mitos y ceremonias de esta cultura, da una idea de su importancia. Los indígenas ocupaban para sus viviendas y labranzas las zonas planas de la sabana. Los cerros rara vez eran ocupados por considerarse lugares sagrados donde se ubicaban los santuarios más importantes y los lugares ceremoniales, como se encuentra en muchas otras culturas. “Tres modos había de ofrendar: en los santuarios de los campos; en los templos y en las lagunas, arroyos, peñas y cerros”.(18)
Las lagunas revestían especial importancia, sobre todo aquellas ubicadas en las partes altas de las montañas, a donde los muiscas solían hacer peregrinaciones y competencias deportivas con el fin de visitar sus diversos santuarios. Esta importancia religiosa de las lagunas se compagina con el papel protagónico de la diosa del agua dentro del conjunto de deidades.
Pero los cerros eran también lugar de ceremonias y ritos de adoración a Xue, el sol. Los relatos indígenas contados por los cronistas de los siglos XVI y XVII reafirman la tesis sobre el papel religioso y místico de los cerros en la sociedad muisca. Además de los relatos, se han encontrado múltiples huellas de antiguos santuarios y tesoros escondidos en boquerones y peñascos al suroriente de los cerros orientales. Los cerros orientales de Santafé seguramente hacían parte de estos lugares sagrados, a pesar de que por la lejanía de los asentamientos no se hayan construido allí santuarios ni enterramientos, como en otros promontorios del territorio colombiano.
La sociedad muisca fue constantemente atacada por los conquistadores, que consideraban uno de sus principales deberes convertir los indígenas al cristianismo y salvarlos de las herejías que cometían al rendir culto al demonio, que era como consideraban todos sus ritos. Los santuarios existentes fueron saqueados y destruidos, en medio del angustioso afán por reunir riquezas para llevar a la metrópoli y perseguir sin tregua a los adoradores paganos.
Para apropiarse del papel sagrado de los cerros, los misioneros de la nueva religión construyeron santuarios cristianos en sus cimas, convirtiéndolos en lugares de peregrinación y símbolos del nuevo poder que regía sobre la zona. Simbología de los cerros que aún prevalece entre los habitantes de la ciudad.
Dentro de la sociedad muisca los cerros y las montañas hacían parte de una naturaleza viva, considerada superior a la raza humana, compuesta por dioses inspirados en los elementos naturales más representativos –agua, sol, luna, rana, árboles, entre otros–, a los cuales era necesario adorar, respetar y, en algunos casos, imitar.
Aquella era una sociedad totalmente distinta a la que implantaron los conquistadores. Éstos traían la visión occidental del siglo XVI, en donde la naturaleza era un elemento salvaje que el hombre debía dominar y moldear a su imagen y semejanza. Aunque los cerros siguieron siendo destino de peregrinaciones y se ubicaron sobre ellos nuevos hitos religiosos y culturales, su valor como elemento natural pasó a un segundo plano, primando ahora la creación humana y adquiriendo valor sólo en la medida en que pudiesen ser útiles a dichas creaciones.
Nuevos ojos miran el territorio
El 5 de abril de 1538, después de un viaje colosal, iniciado en Santa Marta once meses atrás, Gonzalo Jiménez de Quesada y sus hombres superaron la cordillera y, una vez en la cima, observaron por primera vez el espléndido escenario del país muisca y su sabana. “Un panorama lleno de numerosas labranzas y muchos humos en señal de población, comarca rica y bien abastecida, surcada por colinas, bosques, praderas y ríos”.(19)
Lo que maravilló a los conquistadores del territorio muisca, según crónicas al respecto, fue la sabana, no los cerros. De hecho los primeros campamentos españoles se levantaron en la sabana y sólo fue su preocupante desprotección lo que los llevó a cambiar de sitio. Así, pues, la primera valoración que los españoles dieron a los cerros orientales se debió a la posibilidad de aprovechar sus características topográficas para protegerse.
El microclima que proveían Guadalupe y Monserrate, sumado a la protección que ofrecían sus laderas, ayudaron a la valoración positiva de los cerros orientales y a tomar la decisión de establecer allí el campamento militar definitivo.
Todavía no había pensado Jiménez de Quesada en fundar una ciudad, cuando ocurrió su encuentro con Belalcázar y Federmán. En efecto fue Belalcázar, que contaba con experiencia en la fundación de ciudades y comprendía la importancia que para la campaña de la conquista y la evangelización tenía la fundación de una importante capital en este territorio, quien convenció a Jiménez de Quesada de proceder a la fundación de la ciudad, una vez cumplidos los requisitos legales y urbanísticos.
Desde la posición elevada de la zona de Teusaquillo, que permitía una observación panorámica y dominante de la sabana, convinieron Quesada y Belalcázar que el terreno ideal para proceder al trazado urbanístico era una porción casi del todo plana, con una suave pendiente, que quedaba justamente abajo de la guarnición militar, en el punto donde el cerro de Guadalupe se diluye en la sabana.
Una vez escogido y acordado el lugar, se procedió a darle un nombre y a iniciar el trazado sobre la tierra. En ese momento se evidencia su forma. Partiendo del lugar que hoy en día corresponde a la Plaza de Bolívar, se procedió a implantar un trazado en forma de damero –modelo implantado posteriormente por España en todos los territorios ocupados– que constaba de 27 manzanas cuadradas. La manzana central estaría destinada al poder religioso y civil, con un espacio vacío para la futura plaza mayor, cuya fachada oriental sería ocupada por la iglesia principal. De acuerdo con las Leyes de Indias, el centro del trazado urbano debía ser ocupado siempre por el poder religioso.
Los límites quedaron establecidos entonces por los accidentes topográficos existentes, con lo cual el papel de los cerros en la definición espacial de la ciudad fue fundamental. Se podría decir que los cerros y los accidentes naturales que les son propios contextualizaron y definieron los límites del trazado de Santafé.
El trazado en cuadrícula se acomodó a los accidentes naturales existentes, que se convirtieron en límites representativos del lugar hasta donde llegaba lo natural y comenzaba el escenario de lo artificial. Todo lo que no perteneciera a esta última condición quedaba afuera, en el mundo del “otro”. La naciente ciudad diluiría sus límites hacia la sabana –espacio domesticado desde los primeros años de la Colonia– y daría la espalda a los cerros, considerados como lugar agreste y hostil.
La ciudad colonial llegaba por el occidente hasta la actual carrera 10ª, que presentaba entonces un profundo barranco, producto de los desbordamientos periódicos del río Vichacá (hoy río San Francisco); por el norte y por el sur los linderos estaban conformados por los ríos Vichacá y Manzanares (hoy río San Agustín), respectivamente; y por el oriente el límite era la actual carrera 5ª, donde se incrementa la pendiente de los cerros orientales, en la falda de Guadalupe. De esta manera, la ladera de este cerro, que albergó inicialmente el campamento de Jiménez de Quesada, pasó de ser el espacio para la habitación y el campamento a ser el límite de la ciudad. Los terrenos hacia el oriente se convirtieron en la dehesa de esta zona y en el paisaje circundante, es decir, en territorio no incluido en el terreno de la urbanización de la naciente Santafé.
Cuando los cerros se consolidan como territorio no urbano y por ende no humano, se convierten también en un lugar no domesticado, que queda sometido a una distinta valoración.
Cabe anotar que en la escogencia de la tierra urbanizable se tuvieron en cuenta las más obvias condiciones de eficiencia, razón por la cual se descartó de entrada el sector pendiente de los cerros, no considerado apto para el desarrollo del trazado.
Por otra parte, como los trazados empleados por España consideraban la protección militar como una de las características importantes con que toda ciudad debía cumplir, los cerros orientales, además de servir como límite principal de la naciente ciudad, continuaron siendo la barrera defensiva más importante.
Murallas contra el viento
El trazado en damero fue un hecho de ocupación eminentemente artificial que se implantó sobre los elementos naturales del territorio, los cuales condicionaron las calles y manzanas de tal manera que este trazado cartesiano y abstracto –que permitía el crecimiento indefinido sobre el terreno–, en su acomodo a los accidentes naturales fue marcado en su forma y uso. Así, los cerros orientales no sólo definieron la forma de crecimiento de la ciudad sino que influyeron en aspectos fundamentales de la vida cotidiana como el clima. Monserrate y Guadalupe contribuyeron fundamentalmente en esto.
El carácter lluvioso de la ciudad se debe a su capacidad de detener las nubes preñadas de agua que llegan por el occidente, obligándolas a descargar su contenido en torrenciales aguaceros. Carlos Martínez explica que los factores y las características orográficas y atmosféricas de los cerros le fijan a Santafé tres microclimas perfectamente definidos.(20) En la época colonial esto tuvo una especial influencia sobre la ciudad, como lo comenta un importante geógrafo del siglo XIX:
“Los aires calientes de las selvas del Magdalena y de las tierras despejadas del Socorro y Vélez, levantan vapores acuosos, los cuales se dirigen después a Chiquinquirá y Muzo. La diferencia de temperatura que se encuentra en los páramos (de los cerros orientales), rompe el equilibrio de las capas atmosféricas y determina las corrientes del aire que se dirigen de Ubaté y de Pacho a Zipaquirá y luego a Bogotá. Lo propio sucede con las capas atmosféricas que se levantan en las tierras cálidas del Magdalena, y de los cerros de la Mesa de Juan Díaz y Guaduas, las cuales acarrean e introducen por los boquerones o depresiones de la cordillera, los torbellinos de vapores que producen las lluvias venidas del occidente”.(21)
De otra parte, los cerros de Monserrate y Guadalupe protegían entonces la ciudad de los vientos y nubes cargadas de humedad provenientes de oriente, y a la zona donde se implantó el trazado sólo la alcanzaba una fina llovizna; “a ésta le daban los bogotanos el nombre de páramo, la que se hacía pertinaz durante los meses de junio, julio y comienzos de agosto”.(22)
De los cerros orientales y más propiamente desde la zona de San Cristóbal, bajaba a la ciudad una corriente fría que los santafereños de entonces consideraban saludable; se conocía esta corriente en la época colonial como “los vientos de Ubaque”, pues bajaba del páramo ubicado en la parte sur del cerro de Guadalupe.
En 1810 José María Salazar se refirió también a este aspecto particular del clima: “La ciudad de Santafé está construida al pie de un ramo de la gran cordillera que atraviesa nuestras poblaciones y va a caer luego en las costas del Norte, a la falda de dos montañas escarpadas que la terminan por la parte oriental, cuya altura aunque bastante considerable no toca el término de la congelación. El aspecto de las montañas, aunque bastante sombrío cuando llega a cargarse de nieves, da en el buen tiempo un golpe de vista majestuoso, sirve de contraste a la igualdad de la campiña y proporciona a nuestros ojos el placer de la variedad. Por este medio la población está protegida de los vientos de oriente, que de otro modo la batirían sin intermisión quedando indefensa por sus cuatro costados, siendo su clima muy desapacible por esta circunstancia. Las aguas corren libremente en fuerza del declive de la posición.”(23)
Agua y madera en abundancia
Un importante número de cronistas de la época comentó la riqueza hídrica de Santafé, los espléndidos ríos en sus inmediaciones, todos provenientes de los cerros orientales, que conformaban un magnífico escenario natural y daban las condiciones adecuadas para la vida urbana.
“Los dos ríos que cruzaban la ciudad eran el San Francisco y el San Agustín. Otros dos riachuelos que también bajaban de los cerros por la zona sur eran el San Juanito y la Calera, los cuales influyeron de manera secundaria en la vida urbana. Además existían otros pequeños arroyos y quebradas, algunos de los cuales eran: las quebradas del Hoyo de Venado, la de Guadalupe, la de San Bruno, la de mi Padre Jesús, la del Zanjón, la del Aserrío, la del Teñidero y la del Soche. Finalmente, otros ríos como el Arzobispo, al norte y el Fucha al sur, sirvieron también como abasto de aguas desde épocas coloniales”.(24)
El San Francisco y el San Agustín determinaron en gran medida el ordenamiento espacial de la ciudad colonial, se convirtieron en sus límites morfológicos y fueron fundamentales para su sostenimiento, pues de ellos se sacaba el agua de consumo doméstico y con su fuerza se impulsaba la maquinaria de algunas formas de producción incipiente, entre ellas los molinos de trigo localizados en sus orillas, y las industrias de curtiembre.
No obstante, en 1557 la Real Audiencia, preocupada por el mal estado de las aguas del río San Francisco, que además eran usadas como lavandería pública, prohibió su uso para estos fines, “… de aquí en adelante, en ningún tiempo, se monte molino en el río San Francisco desde el puente hacia arriba… que no se lave río arriba ni se echen ningunas inmundicias para que dicho río esté limpio”.(25)
En muchos sectores de la ciudad el lecho de los ríos era profundo, y sus orillas separadas a tal distancia que se hacía necesaria la construcción de puentes para cruzarlos, materia en que la administración colonial no se mostró muy expedita.
En los primeros años de la Colonia, la provisión de agua en Santafé se hacía de manera rudimentaria por indios, que eran obligados a cargarla sobre sus hombros en pesados cántaros, por largos y difíciles trayectos. Una vez la ciudad fue creciendo, hubo necesidad de construir pilas y acueductos, aunque se contaba también con nacimientos que fueron convertidos en fuentes públicas.
El primer acueducto recogió las aguas del río San Agustín. Ante su fracaso, se ordenó un segundo acueducto con las aguas del río Fucha. Para un tercero se utilizó el río San Francisco. El cuarto, construido bajo el gobierno del Virrey Solís, aprovechaba también las aguas de este río.
“Para tal finalidad se construyó una bocatoma en el río San Francisco a la altura del Boquerón y se excavó la acequia que condujo el agua hasta el viejo estanque situado en inmediaciones de la iglesia de Egipto. Esta obra promovió la explanación de este recorrido, obra que por su ubicación y hermosa vista de la ciudad ascendió espontáneamente a la categoría de paseo. Paseo de la Agua Nueva se le llamó y, aunque no fue muy concurrido, recibió más tarde el distintivo de paseo Bolívar, distintivo que todavía conserva”.(26) Existió un quinto y último acueducto en la Santafé colonial, el de San Victorino, que tomaba aguas del río Arzobispo y llegaba a la plaza por medio de una acequia abierta.
La construcción de la ciudad colonial se logró con el aporte de los bosques de los cerros orientales, piedras, arenas, paja, maderas. “Bosques enteros, aledaños a Santafé, fueron descuajados para proveer maderas ordinarias destinadas a la construcción. Se emplearon rollizas y con resistencias apropiadas para andamios, entramados, cerchas, enmaderado de los techos y como vigas de entrepisos”.(27)
La leña extraída de los cerros orientales era un producto de primera necesidad en Santafé. Era tal su importancia para el sustento de la ciudad que, en la primera mitad del siglo XVI se fijó un servicio obligatorio a las comunidades indígenas para aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, que recibió el nombre de mita de leña. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos leñateros independientes, cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.(28)
La leña tomada de los cerros fue importante para varias industrias, entre ellas la fundición de metales, que utilizaba el carbón vegetal como recurso energético, y la de pólvora, actividad exclusivamente oficial, que se sirvió también del carbón vegetal como uno de los componentes primordiales para su proceso productivo. “De España vinieron los expertos polvoreros. También los loceros, porque el transporte de la pólvora a largas distancias requiere de ánforas torneadas y vidriadas, al calor del carbón vegetal”.(29)
Los ricos estratos de arcilla de los cerros orientales estimularon la fabricación de ladrillos para muros, pisos, tejas, utensilios y vasijas diversas, cuyas primeras fábricas y talleres se ubicaron en las laderas de Guadalupe, en el barrio de Santa Bárbara.
La conformación geológica de esta parte de los cerros orientales, sumada a la existencia de la chirca, permitió el desarrollo de los llamados chircales en esta parte de la ciudad. La palabra “chircal“, de legítimo arraigo santafereño, perdura hasta nuestros días para designar el lugar donde se fabrican adobes, ladrillos y tejas de elaboración manual.
Durante la Colonia, los árboles y arbustos eran el único medio posible para obtener energía calórica. Ello generó una tala tan indiscriminada de árboles, que llegó a agotar los recursos vegetales, como lo muestran diferentes iconografías de la época, condición de devastación que continuó hasta los primeros años del presente siglo. “…pero el aspecto de Bogotá es triste lo mismo de lejos que de cerca, pues sus alrededores están desprovistos de árboles que pudieran velar, hermoseándola, la monotonía de las laderas desnudas de las montañas que las enmarcan, cuyos tintes grises o sombríos se confunden con los de las pesadas techumbres de teja que tienen todas las casas…”.(30)
Salvo por el interés manifiesto de los naturalistas y el valor religioso de las montañas, los cerros del oriente no fueron para los residentes de la ciudad sitio de paseo sino de peregrinación.(31) Los paseos se realizaban hacia las llanuras, buscando la vega de los ríos, no los cerros, con excepción del boquerón del río San Francisco, que llamaba mucho la atención a los extranjeros.
“El paisaje que nos rodea es el más agreste y magnífico que recuerdo haber visto. Por más de una milla los desfiladeros son tan escarpados que no se puede pensar en escalarlos y la hondonada es demasiado estrecha para construir una carretera.” … “A través de esta estrecha garganta llega gran parte de las provisiones que se consumen en Bogotá, cargadas sobre los hombros de hombres y mujeres y sobre lomos de bueyes. A todas horas del día y en especial el viernes por la mañana (día de mercado), fluyen por la hondonada leña, carbón, trigo, aves, trementina de frailejón en los recipientes de las hojas y hasta plátanos de las regiones cálidas que hay al otro lado de las montañas”.(32)
Por el cañón pasaba una trocha bastante frecuentada por indios y mestizos que comunicaba a Santafé con los asentamientos de oriente y los páramos ubicados en las alturas de los cerros orientales.
De los caminos reales, se sabe con certeza que existían por lo menos tres que cruzaban precisamente los cerros orientales: uno que mandó construir Juan de Borja en 1605 entre Bogotá y los Llanos, a través de Cáqueza, siguiendo un camino indígena existente, que llegaba a la sabana por el boquerón del río San Francisco. Otro salía del boquerón del San Francisco y bajaba por Choachí, Fómeque y Quetame. Saliendo por Usme existía un tercer camino que comunicaba con los Llanos a través del río Blanco.(33) Posteriormente, existió un camino real más al norte, que subía por la cuenca de la quebrada La Vieja, y otro que subía a la altura de Usaquén, los cuales se unían en la cima con otro que iba de Choachí al sur de Sopó y Guasca.
Religión y culto
Monserrate y Guadalupe contribuyeron a formar el paisaje urbano de Santafé, un paisaje lleno de actividad. La relación de los habitantes con los cerros tutelares empezó a consolidarse al ritmo de las transformaciones urbanas. Aún más, la vinculación de los cerros con la urbe se fundamentó en profundas creencias y prácticas religiosas, originadas incluso en la época de la ocupación indígena.(34)
Los muiscas tenían una íntima relación de carácter ritual y mágico con los cerros orientales. La montaña, por su elevación, era para ellos lo más próximo al cielo, el centro del mundo y del cosmos; la montaña simbolizaba la residencia de las divinidades solares y las cualidades superiores del alma, por esto era sagrada. Las lagunas en lo alto de los cerros y los ríos eran motivo de adoración, lugar de múltiples rituales y significaban el nacimiento de su civilización. El árbol, a su vez, era el símbolo de la vida en perpetua evolución cósmica, muerte y regeneración. Los árboles eran símbolo de los poderes femeninos de la procreación. Toda la energía vital de la tierra estaba representada en la montaña, sus aguas y sus árboles.(35)
A los conquistadores, misioneros y cronistas les llamó la atención esta particular relación que mantenían los indios con los cerros y la naturaleza. Gonzalo Jiménez de Quesada en su Epítome comenta: “Cuanto a lo de la religión, digo que en su manera de errar, son religiosísimos…. Tienen sin esto infinidad de ermitas en montes, en caminos y en diversas partes. Tienen muchos bosques y lagunas consagradas en su falsa religión, donde no dejan cortar un árbol ni tomar una poca agua, por todo el mundo. En estos bosques van a hacer sacrificios y entierran oro y esmeraldas”.(36)
La fundación de Santafé no puso fin a la creencia muisca de adorar ciertos lugares en las montañas, las prácticas mágico-religiosas continuaron y los senderos que conducían a las lagunas sagradas funcionaron hasta bien entrado el siglo XVII. Por ello fue preocupación esencial y prioritaria de las autoridades españolas el adoctrinamiento de los indígenas en la fe cristiana. Para ellos era claro que sólo difundiendo el cristianismo y la lengua, podría contarse con ellos como verdaderos vasallos de la corona.
La lenta pero incesante campaña de las autoridades por incorporar los aborígenes a los esquemas de la civilización occidental y cristiana, puso énfasis muy marcado en la erradicación de las prácticas rituales asociadas con el culto de las deidades prehispánicas. Una de las estrategias fue colonizar el paisaje de la ciudad con todo el poder constructivo y representativo del imaginario católico, que se impuso de manera monumental en todos los puntos cardinales de la ciudad y, de manera destacada, en los cerros orientales.
Las iglesias y conventos sobresalían con fuerza en la estructura de la ciudad, no sólo por su gran número sino por ser las únicas construcciones realmente diferenciadas dentro del conjunto de la arquitectura colonial. Varios de los principales edificios públicos apenas se distinguían de las casas y otros fueron ubicados en viviendas que se adaptaron para el fin institucional.
Además de influir sobre el paisaje urbano, las construcciones religiosas también tuvieron impacto sobre el paisaje natural. Al construir sobre espacios naturales como los cerros, se lograba reemplazar, mediante nuevos símbolos, unas prácticas mágico-religiosas por otras. Estos nuevos símbolos artificiales proponían cambiar la manera en que los indígenas se relacionaban con los accidentes naturales, con el fin de transformar el territorio y domesticarlo bajo los parámetros españoles por legitimar.
Los principales ríos de la ciudad cambiaron su nombre indígena por uno asociado al imaginario cristiano, lo que demuestra la manera contundente como los españoles impusieron su imaginario sobre el espacio prehispánico. Para éstos la importancia de los ríos radicaba en el sostenimiento de la ciudad, para los indígenas los ríos tenían un carácter sagrado. Al cambiar el nombre con el paso del tiempo y la consolidación de las nuevas costumbres religiosas, el importante significado muisca se fue diluyendo hasta desaparecer, quedando como legítimo y único el imaginario más fuerte, el católico.
Son también ejemplos de este proceso de imposición el de Juan de Castellanos, quien en 1520 consideró que el bosque nativo era un criadero de pestilencias y encargó a varias cuadrillas de su destrucción, o el del gobierno español que en 1575 emprendió una cacería contra los nogales, por ser el árbol que adoraban los indios(37). Otra forma de domesticar el territorio fue la costumbre cristiana de fundar ermitas en las soledades de los cerros.
Lo imponente y numeroso de las construcciones de carácter religioso en el trazado de la ciudad, sumado al cambio de nombre de los accidentes geográficos y las intervenciones en el paisaje de los cerros tutelares conformaron, en conjunto, la estrategia capaz de transformar el paisaje desconocido, hostil y ajeno, en el paisaje conocido, doméstico e hispánico. Estas intervenciones, así realizadas, aseguraban a los recién llegados la implantación, de una vez y para siempre, de su poder y sus costumbres.
Las asociaciones mágico-religiosas de los habitantes con los cerros explican esta abundancia de lugares de peregrinación y adoración. Monserrate y Guadalupe estaban rodeados de un halo de misterio, reproducido por las leyendas que se contaban una y otra vez, o por las fervientes creencias en tesoros ocultos. Los ejemplos de este tipo son interminables, pues, sin duda, la percepción de los habitantes estaba asociada con la idea de lo sobrenatural.
El paisaje colonial
Santafé fue un balcón sobre la sabana, a pesar de la importancia de los caminos que unían a la ciudad con las provincias de oriente. Cuando desde la ciudad se miraba al oriente sólo escarpadas montañas componían el paisaje y el mundo detrás de ellas desaparecía. Este hecho explica el nudo existente entre la ciudad y la sabana, pese a la relación de dependencia que existía con los llanos, los páramos y el piedemonte sobre el que estaba recostada la ciudad(38).
Al fin de cuentas la sabana predominaba sobre las montañas por ser la tierra plana, fértil y luminosa que tanto maravilló a los españoles a su llegada. El tan ponderado “valle de los alcázares” era descrito invariablemente como una comarca bella y “regalada de los favores de la primavera”. Innumerables textos desde la Colonia hasta el siglo XIX hablan sobre el verdor de sus praderas, la abundancia de sus cultivos, las enormes fincas ganaderas y la variedad de la fauna y la flora.
Sin embargo, el dominio visual que los cerros ofrecían llevó a los españoles a implantar la ciudad en el piedemonte. Desde el punto de vista militar, su ventaja comparativa estribaba en dos razones: la primera, el resguardo que los cerros proporcionaban al campamento militar de Teusaquillo, actual plaza del chorro de Quevedo; y la segunda, la posibilidad de mirar sin barreras hacia la planicie. Esa planicie fría, de vegetación pequeña, pletórica de ríos y lagunillas, que les recordaba en cierto modo algunos parajes de la añorada madre patria.
En resumen, el lugar escogido para la ciudad le otorgaba gran amplitud de horizonte. El plano inclinado de las estribaciones de Guadalupe permitía una magnífica vista de la sabana. El panorama sólo era interrumpido por una que otra casa, los muros de algún convento o las torres de las múltiples iglesias.
Los cerros, catalogados así como extramuro de la ciudad, fueron el sitio ocupado por las personas que se dedicaban a las actividades manuales y artesanales. Artesanos y agricultores para los españoles peninsulares, eran oficios de carácter manual propios de plebeyos y moros; en cambio, la ganadería, que se practicaba en la sabana, era oficio de señores, bien visto por las clases sociales altas. Así, pues, el habitante de los cerros será el otro, el indígena y el mestizo artesano, quienes para elevar su condición dentro del régimen colonial debieron emigrar a la ciudad y ocupar el lugar que les permitieron: los cerros, territorio de baja valoración para la clase dominante.
La ciudad se constituyó entonces exclusivamente en el lugar donde las leyes humanas y divinas se custodian y por ende se deslindan de lo natural, de lo primitivo, lo boscoso. Se introdujo así un aligeramiento de la densidad boscosa, en virtud de la cual apareció el escenario adecuado para que lo civilizado se produjera.
En este claro en el bosque se funda el centro del nuevo mundo, el civilizado, dejando afuera lo desconocido. El espacio civilizado es el lugar ya entendido, donde el habitante puede despojarse de sus miedos, dejándolos también afuera. Es el lugar donde se puede mirar sin temor, el espacio propio de lo doméstico.
Por tanto, desde la fundación de la ciudad los cerros fueron excluidos de la vida urbana. La definición del territorio de los conquistadores diferenciaba de forma drástica lo civilizado de lo desconocido, con lo cual los cerros se convirtieron en un territorio agreste, no doméstico, lo del otro, aquel lugar de donde extraer recursos, mas no el espacio digno de habitar y disfrutar.
Notas
- “En ella se destacaban numerosas aldeas –Suba, Tuna, Tibabuyes, Usaquén, Teusaquillo, Cota, Engativá, Funza, Fontibón, Techo, Bosa y Soacha…– y palacios compuestos por bohíos rodeados por dos o tres empalizadas concéntricas, semejantes a los alcázares árabes del sur de España… Este “Valle de los Alcázares” que con las sierras nevadas de la Cordillera Central en el horizonte dio pie para el nombre de Nuevo Reino de Granada. En: Londoño, Eduardo; “Los Muiscas: una reseña etnohistórica con base en las primeras descripciones”. Página de Internet Museo del Oro.
- Velandia relata la existencia de estos asentamientos: “En lugar no precisado hubo dos pueblos aborígenes; Teusacá y Suaque, los cuales en el siglo XVI fueron encomiendas…”. En: Velandia, Roberto; “Enciclopedia Histórica de Cundinamarca”. Biblioteca Autores Colombianos, Bogotá, 1979, pág. 1.452.
- Langebaek, Carl. “Los Muiscas siglo XVI”. Banco de la República, Bogotá, 1987, pág. 161.
- Martínez Carlos, “Santafé de Bogotá Capital del Nuevo Reino de Granada”. Fondo de Promoción de la Cultura Banco Popular, Bogotá, 1987, pág. 34.
- Martínez Carlos, “Bogotá reseñada por cronistas y viajeros”. Editorial Escala, Bogotá, 1978. Página 42
- Pérez, “Geografía física y política del Distrito Federal”, pág. 15.
- Pérez, Op. cit. 19, pág. 15.
- En Martínez Carlos, Bogotá reseñada por cronistas y viajeros. Editorial Escala, Bogotá, 1978, pág. 42
- Mejía Pavoni, Germán: “Los Años del Cambio”. Sin publicar, pág. 6.
- Fundación Misión Colombia. Historia de Bogotá. Salvat - Villegas Editores. Bogotá, 1.989. Tomo II, Colonia.
- Fundación Misión Colombia. Op. cit. Tomo I, Colonia, pág. 282.
- Martínez Carlos, Op. cit, pág. 201.
- Fundación Misión Colombia. Op. cit. Tomo 3, Colonia, pág. 26.
- En Martínez Carlos, Bogotá: sinopsis sobre su evolución urbana. Editorial Escala, Bogotá.
- Le Moyne Augusto: “Viajes y estancias en América del Sur”. Bogotá, 1834, pág. 78.
- Mejía, Germán: “Los años del cambio”, sin publicar, pág. 199.
- Holton, “La Nueva Granada, Banco de la República”, Bogotá, 1981, pág. 165.
- Langebaek, Carl: “Los Caminos del Piedemonte”. Universidad de los Andes. 1997. Sin publicar.
- Mejía, Germán. Op. cit. 23, pág. 199.
- Molina Luis F: “Cerros, Humedales y áreas Rurales”. DAMA, 1997.
- Parte del “Epítome de la conquista del nuevo Reino de Granada”, que se le atribuye a Gonzalo Jiménez de Quesada.
- Molina Sánchez, Gonzalo: “Guía de árboles”. DAMA. Editorial Tercer Milenio, Bogotá. 1997.
- Pérez. Op. cit. 19, pág. 10.