- Botero esculturas (1998)
- Salmona (1998)
- El sabor de Colombia (1994)
- Wayuú. Cultura del desierto colombiano (1998)
- Semana Santa en Popayán (1999)
- Cartagena de siempre (1992)
- Palacio de las Garzas (1999)
- Juan Montoya (1998)
- Aves de Colombia. Grabados iluminados del Siglo XVIII (1993)
- Alta Colombia. El esplendor de la montaña (1996)
- Artefactos. Objetos artesanales de Colombia (1992)
- Carros. El automovil en Colombia (1995)
- Espacios Comerciales. Colombia (1994)
- Cerros de Bogotá (2000)
- El Terremoto de San Salvador. Narración de un superviviente (2001)
- Manolo Valdés. La intemporalidad del arte (1999)
- Casa de Hacienda. Arquitectura en el campo colombiano (1997)
- Fiestas. Celebraciones y Ritos de Colombia (1995)
- Costa Rica. Pura Vida (2001)
- Luis Restrepo. Arquitectura (2001)
- Ana Mercedes Hoyos. Palenque (2001)
- La Moneda en Colombia (2001)
- Jardines de Colombia (1996)
- Una jornada en Macondo (1995)
- Retratos (1993)
- Atavíos. Raíces de la moda colombiana (1996)
- La ruta de Humboldt. Colombia - Venezuela (1994)
- Trópico. Visiones de la naturaleza colombiana (1997)
- Herederos de los Incas (1996)
- Casa Moderna. Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana (1996)
- Bogotá desde el aire (1994)
- La vida en Colombia (1994)
- Casa Republicana. La bella época en Colombia (1995)
- Selva húmeda de Colombia (1990)
- Richter (1997)
- Por nuestros niños. Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia (1990)
- Mariposas de Colombia (1991)
- Colombia tierra de flores (1990)
- Los países andinos desde el satélite (1995)
- Deliciosas frutas tropicales (1990)
- Arrecifes del Caribe (1988)
- Casa campesina. Arquitectura vernácula de Colombia (1993)
- Páramos (1988)
- Manglares (1989)
- Señor Ladrillo (1988)
- La última muerte de Wozzeck (2000)
- Historia del Café de Guatemala (2001)
- Casa Guatemalteca (1999)
- Silvia Tcherassi (2002)
- Ana Mercedes Hoyos. Retrospectiva (2002)
- Francisco Mejía Guinand (2002)
- Aves del Llano (1992)
- El año que viene vuelvo (1989)
- Museos de Bogotá (1989)
- El arte de la cocina japonesa (1996)
- Botero Dibujos (1999)
- Colombia Campesina (1989)
- Conflicto amazónico. 1932-1934 (1994)
- Débora Arango. Museo de Arte Moderno de Medellín (1986)
- La Sabana de Bogotá (1988)
- Casas de Embajada en Washington D.C. (2004)
- XVI Bienal colombiana de Arquitectura 1998 (1998)
- Visiones del Siglo XX colombiano. A través de sus protagonistas ya muertos (2003)
- Río Bogotá (1985)
- Jacanamijoy (2003)
- Álvaro Barrera. Arquitectura y Restauración (2003)
- Campos de Golf en Colombia (2003)
- Cartagena de Indias. Visión panorámica desde el aire (2003)
- Guadua. Arquitectura y Diseño (2003)
- Enrique Grau. Homenaje (2003)
- Mauricio Gómez. Con la mano izquierda (2003)
- Ignacio Gómez Jaramillo (2003)
- Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. 350 años (2003)
- Manos en el arte colombiano (2003)
- Historia de la Fotografía en Colombia. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1983)
- Arenas Betancourt. Un realista más allá del tiempo (1986)
- Los Figueroa. Aproximación a su época y a su pintura (1986)
- Andrés de Santa María (1985)
- Ricardo Gómez Campuzano (1987)
- El encanto de Bogotá (1987)
- Manizales de ayer. Album de fotografías (1987)
- Ramírez Villamizar. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1984)
- La transformación de Bogotá (1982)
- Las fronteras azules de Colombia (1985)
- Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004 (2004)
- Gonzalo Ariza. Pinturas (1978)
- Grau. El pequeño viaje del Barón Von Humboldt (1977)
- Bogotá Viva (2004)
- Albergues del Libertador en Colombia. Banco de la República (1980)
- El Rey triste (1980)
- Gregorio Vásquez (1985)
- Ciclovías. Bogotá para el ciudadano (1983)
- Negret escultor. Homenaje (2004)
- Mefisto. Alberto Iriarte (2004)
- Suramericana. 60 Años de compromiso con la cultura (2004)
- Rostros de Colombia (1985)
- Flora de Los Andes. Cien especies del Altiplano Cundi-Boyacense (1984)
- Casa de Nariño (1985)
- Periodismo gráfico. Círculo de Periodistas de Bogotá (1984)
- Cien años de arte colombiano. 1886 - 1986 (1985)
- Pedro Nel Gómez (1981)
- Colombia amazónica (1988)
- Palacio de San Carlos (1986)
- Veinte años del Sena en Colombia. 1957-1977 (1978)
- Bogotá. Estructura y principales servicios públicos (1978)
- Colombia Parques Naturales (2006)
- Érase una vez Colombia (2005)
- Colombia 360°. Ciudades y pueblos (2006)
- Bogotá 360°. La ciudad interior (2006)
- Guatemala inédita (2006)
- Casa de Recreo en Colombia (2005)
- Manzur. Homenaje (2005)
- Gerardo Aragón (2009)
- Santiago Cárdenas (2006)
- Omar Rayo. Homenaje (2006)
- Beatriz González (2005)
- Casa de Campo en Colombia (2007)
- Luis Restrepo. construcciones (2007)
- Juan Cárdenas (2007)
- Luis Caballero. Homenaje (2007)
- Fútbol en Colombia (2007)
- Cafés de Colombia (2008)
- Colombia es Color (2008)
- Armando Villegas. Homenaje (2008)
- Manuel Hernández (2008)
- Alicia Viteri. Memoria digital (2009)
- Clemencia Echeverri. Sin respuesta (2009)
- Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias (2009)
- Agua. Riqueza de Colombia (2009)
- Volando Colombia. Paisajes (2009)
- Colombia en flor (2009)
- Medellín 360º. Cordial, Pujante y Bella (2009)
- Arte Internacional. Colección del Banco de la República (2009)
- Hugo Zapata (2009)
- Apalaanchi. Pescadores Wayuu (2009)
- Bogotá vuelo al pasado (2010)
- Grabados Antiguos de la Pontificia Universidad Javeriana. Colección Eduardo Ospina S. J. (2010)
- Orquídeas. Especies de Colombia (2010)
- Apartamentos. Bogotá (2010)
- Luis Caballero. Erótico (2010)
- Luis Fernando Peláez (2010)
- Aves en Colombia (2011)
- Pedro Ruiz (2011)
- El mundo del arte en San Agustín (2011)
- Cundinamarca. Corazón de Colombia (2011)
- El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei (2014)
- Artistas por la paz (1986)
- Reglamento de uniformes, insignias, condecoraciones y distintivos para el personal de la Policía Nacional (2009)
- Historia de Bogotá. Tomo I - Conquista y Colonia (2007)
- Historia de Bogotá. Tomo II - Siglo XIX (2007)
- Academia Colombiana de Jurisprudencia. 125 Años (2019)
- Duque, su presidencia (2022)
Douglas Botero Boshell

Texto de: Alfonso López Michelsen.
Por un error involuntario, en la nota necrológica publicada al día siguiente de su fallecimiento, se le atribuyó el carácter de militante del Partido Liberal a Douglas Botero Boshell. No lo era ni nunca lo fue, pero, en verdad, si algo lo singularizó fue una independencia personal que dejaba la impresión de estar tratando con el más liberal de los hombres en el sentido filosófico. Un ser escéptico, que ante un abrumador infortunio, como fue el haber perdido la vista durante 19 años, jamás desfalleció ni perdió su sentido crítico, que adornaba con una ironía elegante sobre su propia situación. Decía, por ejemplo: “Sigo oyendo las voces amigas en la televisión, pero tengo la suerte de no ver envejecer las caras por lo que ya no las veo”. Era todo un cumplido con las amigas, y, para entenderlo, se requería conocerlo y haber convivido con él parte de su historia.
Su infancia transcurrió en la compañía de dos mujeres: Su madre, Kitty Boshell de Botero, y, Varinka, su hermana, sin ninguna intimidad masculina entre sus familiares. Su padre desaparece prematuramente y los jóvenes de su estirpe, contemporáneos suyos, se educan y residen en Europa. Un aura de leyenda circunda la figura del tío Willy, que vivió siempre en Londres y sólo vino, al final de sus días, a morir en Bogotá. Pasaba por ser uno de los hombres más elegantes de Londres, que formó parte del séquito del príncipe de Gales (el rey Eduardo VIII), con ocasión de su visita a los Estados Unidos, a raíz de la primera guerra mundial. Aspiró, sin éxito, a una curul en la Cámara de los Comunes y, parece que, se desempeñó como agente del servicio secreto inglés. Otros miembros de la familia de su madre vivieron en el extranjero y sólo, por breves espacios de tiempo, tres tíos de su madre, solterones, Gustavo, Ernesto y David Restrepo, visitaban a Bogotá, echaban una mirada a sus sobrinos nietos y revisaban la marcha del Banco de Bogotá, para disponer quiénes debían ser el gerente y los miembros de la junta directiva de la institución de la cual eran prácticamente dueños. Los legados de dos de entre ellos, porque don Ernesto contrajo matrimonio ya avanzado en años, brindan un testimonio del poderío económico de la familia, que jamás se tradujo en apoyo económico para los sobrinos.
Por el lado paterno, los Boteros, eran de estirpe antioqueña. Su abuelo fue gobernador de Antioquia durante la Regeneración, y, si la montaña era ya conservadora durante el predominio radical, fácil es imaginar cómo lo sería durante los años de Caro de Holguín, de Reyes. Es lo que explica su acentuada vena conservadora doctrinaria, tan distante de su modo de ser. Guardián celoso de la doctrina conservadora, pero sin extremismos, su vida transcurrió en un círculo de amigos liberales, contemporáneos suyos, que acabaron por constituirse en su verdadera familia. A ellos se entregó con tan total desprendimiento y afecto que, al contemplar sus rostros cariacontecidos en el día de su sepelio, era claro para mí que su pena trascendía al dolor de perder un amigo. Era más: era un hermano.
Cualquiera podría pensar que Douglas Botero fue un ejemplar de la oligarquía bogotana, con todo lo que tiene de favorable y de desfavorable este género humano conocido como “el cachaco”. Pero, no. La sangre antioqueña lo dotó de un sentido práctico, que debía servirle mucho a lo largo de su vida, y, la adversidad económica, a la que por muchos años su madre tuvo que enfrentarse, dictando clases de inglés a domicilio, le dio a conocer prontamente las duras realidades de una sociedad en la cual se veía obligado a alternar con amigos de familias prósperas, sin tener nunca que rebajarse a una condición servil, de áulico o de adulador. La conciencia prematura de su estrechez económica le modeló un carácter fuerte, sin complejos de ninguna clase, pero sí con una madurez superior a la de todo su entorno. Había que verlo, a los 22 años, como empleado del Ministerio de Industrias de la época, con un mísero sueldo, de ayudante de don Luis Nieto Torres, heredero del inmenso fundo de “Peñalisa” en la provincia del Tequendama, quien, ya venido a menos, después de haber dilapidado su inmensa fortuna, mantenía su estampa de gran señor bogotano e iniciaba a su joven ayudante en todos los intríngulis de la masculinidad de la época: la vida galante, la vida económica, la vida social, en el seno de una élite de la cual ambos formaban parte, pero con la cual Douglas no estaba familiarizado por no haber alternado nunca con varones de la experiencia del señor Nieto Torres, que le sirvió de mentor.
A la sombra de don Luis Nieto perfeccionó sus condiciones de hombre de mundo con unos gestos de cortesía que parecen anacrónicos, pero que las damas sabían apreciar debidamente. La vida lo tenía reservado para mejores destinos y fue así como hizo el tránsito al ejercicio de la profesión de abogado, en la cual se destacó en asocio del doctor Sánchez Amaya, experto como ninguno dentro de los juristas que a la sazón se ocupaban de la propiedad y tenencia de la tierra. Pronto pudo realizar sus sueños y disfrutar de todas las comodidades de las que se había visto privado hasta entonces.
Su afortunado matrimonio con doña Irma Caicedo le permitió formar un hogar y proyectarse sobre toda Colombia, al estar vinculado con nuevas regiones del país que tenían por escenario las actividades económicas más diversas: el azúcar en el Valle, la Federación de Molineros (Fedemol) en toda la geografía colombiana, y el sector financiero nacional, al cual estuvo vinculado hasta en sus últimos días.
La vida pública sólo vino a tentarlo tardíamente. Douglas disponía de un tan hondo sentido de la autocrítica que su mente lo llevaba a temer el incurrir en inexactitudes, sin un documento previamente preparado, si hacía uso de la palabra en público. Fue lo que le ocurrió al ser designado Ministro de Gobierno durante la administración Lleras Restrepo. Por horas enteras deliberaba con sus amigos acerca de la mejor manera de terciar en el debate de Nacho Vives contra Fadul y Peñalosa, espectáculo parlamentario que hizo época en los años sesenta, pero nunca se atrevió a echarse al agua y prefirió renunciar. Un sentido de la discreción, un temor al protagonismo barato, lo inhibía para tareas de esta índole. En cambio, pocos ciudadanos le prestaron tantos servicios a la república y a la causa de sus convicciones como Douglas Botero Boshell, sin la menor publicidad, sin el menor crédito para su persona, ni la menor satisfacción de vanidad personal. Consejero del doctor Ospina Pérez, no obstante su gran diferencia de edades, sirvió de puente, en difíciles momentos, entre el presidente, del cual él era ministro, y el ex presidente, que atendía sus consejos. De igual manera, en las confrontaciones invisibles entre el presidente Lleras Restrepo y su designado Turbay Ayala, su participación permitió superar el ambiente de consejas, que hubiera podido perturbar irremediablemente las relaciones entre el presidente y el designado.
Un ciudadano de tales condiciones era el indicado para representar a Colombia ante los dos gobiernos claves para nuestro futuro, como se ha venido a comprobar con el transcurso del tiempo: el de Estados Unidos y el de Venezuela. Su versación sobre los temas, su tacto, sus finas maneras, el conocimiento que tenía de la idiosincrasia de sus interlocutores, todo contribuyó al buen éxito de su misión.
Muchas gentes se asombran de la entereza con que Botero Boshell le hizo frente, durante 19 años, a la pérdida de la vista. Era algo poco común que, quien aparecía como un consentido de la vida, nacido con la cuchara de plata en la boca, le hiciera frente a su tragedia con tanta dignidad y gracia. Seguía dando muestras de una gran beligerancia intelectual, escribiendo bajo el seudónimo de “Kerensky”, contra quienes se apartaban del credo de Caro y Ospina; asistía a la tertulia tradicional que manteníamos desde hacía 35 años y tenía tiempo para conservar intactas sus amistades, esforzándose por no hacer de su estado de salud un impedimento para cumplir con sus más elementales deberes sociales. Fue el caso con Nicolás Gómez Dávila, en sus últimos años, a quien él acompañó sin desmayo, hasta la hora de su muerte.
Sus maneras cordiales y afectuosas hacían que se pasaran por alto los tropiezos y carencias que, en sus orígenes, forjaron su carácter recio y su voluntad de superación. Diríase que la Providencia lo tenía predestinado para ponerlo a prueba con la pérdida de la vista, para demostrarle a sus compatriotas hasta qué punto era dueño de un perfil de entereza, de aquellos que describió John F. Kennedy, en su primera obra literaria Profile on courage.
Contó con sus convicciones religiosas para aceptar con resignación su condición de minusválido; pero, sobre todo, con el afecto y la solicitud de su familia, encabezada por doña Irma Caicedo de Botero, vivo ejemplo de devoción conyugal.
#AmorPorColombia
Douglas Botero Boshell

Texto de: Alfonso López Michelsen.
Por un error involuntario, en la nota necrológica publicada al día siguiente de su fallecimiento, se le atribuyó el carácter de militante del Partido Liberal a Douglas Botero Boshell. No lo era ni nunca lo fue, pero, en verdad, si algo lo singularizó fue una independencia personal que dejaba la impresión de estar tratando con el más liberal de los hombres en el sentido filosófico. Un ser escéptico, que ante un abrumador infortunio, como fue el haber perdido la vista durante 19 años, jamás desfalleció ni perdió su sentido crítico, que adornaba con una ironía elegante sobre su propia situación. Decía, por ejemplo: “Sigo oyendo las voces amigas en la televisión, pero tengo la suerte de no ver envejecer las caras por lo que ya no las veo”. Era todo un cumplido con las amigas, y, para entenderlo, se requería conocerlo y haber convivido con él parte de su historia.
Su infancia transcurrió en la compañía de dos mujeres: Su madre, Kitty Boshell de Botero, y, Varinka, su hermana, sin ninguna intimidad masculina entre sus familiares. Su padre desaparece prematuramente y los jóvenes de su estirpe, contemporáneos suyos, se educan y residen en Europa. Un aura de leyenda circunda la figura del tío Willy, que vivió siempre en Londres y sólo vino, al final de sus días, a morir en Bogotá. Pasaba por ser uno de los hombres más elegantes de Londres, que formó parte del séquito del príncipe de Gales (el rey Eduardo VIII), con ocasión de su visita a los Estados Unidos, a raíz de la primera guerra mundial. Aspiró, sin éxito, a una curul en la Cámara de los Comunes y, parece que, se desempeñó como agente del servicio secreto inglés. Otros miembros de la familia de su madre vivieron en el extranjero y sólo, por breves espacios de tiempo, tres tíos de su madre, solterones, Gustavo, Ernesto y David Restrepo, visitaban a Bogotá, echaban una mirada a sus sobrinos nietos y revisaban la marcha del Banco de Bogotá, para disponer quiénes debían ser el gerente y los miembros de la junta directiva de la institución de la cual eran prácticamente dueños. Los legados de dos de entre ellos, porque don Ernesto contrajo matrimonio ya avanzado en años, brindan un testimonio del poderío económico de la familia, que jamás se tradujo en apoyo económico para los sobrinos.
Por el lado paterno, los Boteros, eran de estirpe antioqueña. Su abuelo fue gobernador de Antioquia durante la Regeneración, y, si la montaña era ya conservadora durante el predominio radical, fácil es imaginar cómo lo sería durante los años de Caro de Holguín, de Reyes. Es lo que explica su acentuada vena conservadora doctrinaria, tan distante de su modo de ser. Guardián celoso de la doctrina conservadora, pero sin extremismos, su vida transcurrió en un círculo de amigos liberales, contemporáneos suyos, que acabaron por constituirse en su verdadera familia. A ellos se entregó con tan total desprendimiento y afecto que, al contemplar sus rostros cariacontecidos en el día de su sepelio, era claro para mí que su pena trascendía al dolor de perder un amigo. Era más: era un hermano.
Cualquiera podría pensar que Douglas Botero fue un ejemplar de la oligarquía bogotana, con todo lo que tiene de favorable y de desfavorable este género humano conocido como “el cachaco”. Pero, no. La sangre antioqueña lo dotó de un sentido práctico, que debía servirle mucho a lo largo de su vida, y, la adversidad económica, a la que por muchos años su madre tuvo que enfrentarse, dictando clases de inglés a domicilio, le dio a conocer prontamente las duras realidades de una sociedad en la cual se veía obligado a alternar con amigos de familias prósperas, sin tener nunca que rebajarse a una condición servil, de áulico o de adulador. La conciencia prematura de su estrechez económica le modeló un carácter fuerte, sin complejos de ninguna clase, pero sí con una madurez superior a la de todo su entorno. Había que verlo, a los 22 años, como empleado del Ministerio de Industrias de la época, con un mísero sueldo, de ayudante de don Luis Nieto Torres, heredero del inmenso fundo de “Peñalisa” en la provincia del Tequendama, quien, ya venido a menos, después de haber dilapidado su inmensa fortuna, mantenía su estampa de gran señor bogotano e iniciaba a su joven ayudante en todos los intríngulis de la masculinidad de la época: la vida galante, la vida económica, la vida social, en el seno de una élite de la cual ambos formaban parte, pero con la cual Douglas no estaba familiarizado por no haber alternado nunca con varones de la experiencia del señor Nieto Torres, que le sirvió de mentor.
A la sombra de don Luis Nieto perfeccionó sus condiciones de hombre de mundo con unos gestos de cortesía que parecen anacrónicos, pero que las damas sabían apreciar debidamente. La vida lo tenía reservado para mejores destinos y fue así como hizo el tránsito al ejercicio de la profesión de abogado, en la cual se destacó en asocio del doctor Sánchez Amaya, experto como ninguno dentro de los juristas que a la sazón se ocupaban de la propiedad y tenencia de la tierra. Pronto pudo realizar sus sueños y disfrutar de todas las comodidades de las que se había visto privado hasta entonces.
Su afortunado matrimonio con doña Irma Caicedo le permitió formar un hogar y proyectarse sobre toda Colombia, al estar vinculado con nuevas regiones del país que tenían por escenario las actividades económicas más diversas: el azúcar en el Valle, la Federación de Molineros (Fedemol) en toda la geografía colombiana, y el sector financiero nacional, al cual estuvo vinculado hasta en sus últimos días.
La vida pública sólo vino a tentarlo tardíamente. Douglas disponía de un tan hondo sentido de la autocrítica que su mente lo llevaba a temer el incurrir en inexactitudes, sin un documento previamente preparado, si hacía uso de la palabra en público. Fue lo que le ocurrió al ser designado Ministro de Gobierno durante la administración Lleras Restrepo. Por horas enteras deliberaba con sus amigos acerca de la mejor manera de terciar en el debate de Nacho Vives contra Fadul y Peñalosa, espectáculo parlamentario que hizo época en los años sesenta, pero nunca se atrevió a echarse al agua y prefirió renunciar. Un sentido de la discreción, un temor al protagonismo barato, lo inhibía para tareas de esta índole. En cambio, pocos ciudadanos le prestaron tantos servicios a la república y a la causa de sus convicciones como Douglas Botero Boshell, sin la menor publicidad, sin el menor crédito para su persona, ni la menor satisfacción de vanidad personal. Consejero del doctor Ospina Pérez, no obstante su gran diferencia de edades, sirvió de puente, en difíciles momentos, entre el presidente, del cual él era ministro, y el ex presidente, que atendía sus consejos. De igual manera, en las confrontaciones invisibles entre el presidente Lleras Restrepo y su designado Turbay Ayala, su participación permitió superar el ambiente de consejas, que hubiera podido perturbar irremediablemente las relaciones entre el presidente y el designado.
Un ciudadano de tales condiciones era el indicado para representar a Colombia ante los dos gobiernos claves para nuestro futuro, como se ha venido a comprobar con el transcurso del tiempo: el de Estados Unidos y el de Venezuela. Su versación sobre los temas, su tacto, sus finas maneras, el conocimiento que tenía de la idiosincrasia de sus interlocutores, todo contribuyó al buen éxito de su misión.
Muchas gentes se asombran de la entereza con que Botero Boshell le hizo frente, durante 19 años, a la pérdida de la vista. Era algo poco común que, quien aparecía como un consentido de la vida, nacido con la cuchara de plata en la boca, le hiciera frente a su tragedia con tanta dignidad y gracia. Seguía dando muestras de una gran beligerancia intelectual, escribiendo bajo el seudónimo de “Kerensky”, contra quienes se apartaban del credo de Caro y Ospina; asistía a la tertulia tradicional que manteníamos desde hacía 35 años y tenía tiempo para conservar intactas sus amistades, esforzándose por no hacer de su estado de salud un impedimento para cumplir con sus más elementales deberes sociales. Fue el caso con Nicolás Gómez Dávila, en sus últimos años, a quien él acompañó sin desmayo, hasta la hora de su muerte.
Sus maneras cordiales y afectuosas hacían que se pasaran por alto los tropiezos y carencias que, en sus orígenes, forjaron su carácter recio y su voluntad de superación. Diríase que la Providencia lo tenía predestinado para ponerlo a prueba con la pérdida de la vista, para demostrarle a sus compatriotas hasta qué punto era dueño de un perfil de entereza, de aquellos que describió John F. Kennedy, en su primera obra literaria Profile on courage.
Contó con sus convicciones religiosas para aceptar con resignación su condición de minusválido; pero, sobre todo, con el afecto y la solicitud de su familia, encabezada por doña Irma Caicedo de Botero, vivo ejemplo de devoción conyugal.