- Botero esculturas (1998)
- Salmona (1998)
- El sabor de Colombia (1994)
- Wayuú. Cultura del desierto colombiano (1998)
- Semana Santa en Popayán (1999)
- Cartagena de siempre (1992)
- Palacio de las Garzas (1999)
- Juan Montoya (1998)
- Aves de Colombia. Grabados iluminados del Siglo XVIII (1993)
- Alta Colombia. El esplendor de la montaña (1996)
- Artefactos. Objetos artesanales de Colombia (1992)
- Carros. El automovil en Colombia (1995)
- Espacios Comerciales. Colombia (1994)
- Cerros de Bogotá (2000)
- El Terremoto de San Salvador. Narración de un superviviente (2001)
- Manolo Valdés. La intemporalidad del arte (1999)
- Casa de Hacienda. Arquitectura en el campo colombiano (1997)
- Fiestas. Celebraciones y Ritos de Colombia (1995)
- Costa Rica. Pura Vida (2001)
- Luis Restrepo. Arquitectura (2001)
- Ana Mercedes Hoyos. Palenque (2001)
- La Moneda en Colombia (2001)
- Jardines de Colombia (1996)
- Una jornada en Macondo (1995)
- Retratos (1993)
- Atavíos. Raíces de la moda colombiana (1996)
- La ruta de Humboldt. Colombia - Venezuela (1994)
- Trópico. Visiones de la naturaleza colombiana (1997)
- Herederos de los Incas (1996)
- Casa Moderna. Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana (1996)
- Bogotá desde el aire (1994)
- La vida en Colombia (1994)
- Casa Republicana. La bella época en Colombia (1995)
- Selva húmeda de Colombia (1990)
- Richter (1997)
- Por nuestros niños. Programas para su Proteccion y Desarrollo en Colombia (1990)
- Mariposas de Colombia (1991)
- Colombia tierra de flores (1990)
- Los países andinos desde el satélite (1995)
- Deliciosas frutas tropicales (1990)
- Arrecifes del Caribe (1988)
- Casa campesina. Arquitectura vernácula de Colombia (1993)
- Páramos (1988)
- Manglares (1989)
- Señor Ladrillo (1988)
- La última muerte de Wozzeck (2000)
- Historia del Café de Guatemala (2001)
- Casa Guatemalteca (1999)
- Silvia Tcherassi (2002)
- Ana Mercedes Hoyos. Retrospectiva (2002)
- Francisco Mejía Guinand (2002)
- Aves del Llano (1992)
- El año que viene vuelvo (1989)
- Museos de Bogotá (1989)
- El arte de la cocina japonesa (1996)
- Botero Dibujos (1999)
- Colombia Campesina (1989)
- Conflicto amazónico. 1932-1934 (1994)
- Débora Arango. Museo de Arte Moderno de Medellín (1986)
- La Sabana de Bogotá (1988)
- Casas de Embajada en Washington D.C. (2004)
- XVI Bienal colombiana de Arquitectura 1998 (1998)
- Visiones del Siglo XX colombiano. A través de sus protagonistas ya muertos (2003)
- Río Bogotá (1985)
- Jacanamijoy (2003)
- Álvaro Barrera. Arquitectura y Restauración (2003)
- Campos de Golf en Colombia (2003)
- Cartagena de Indias. Visión panorámica desde el aire (2003)
- Guadua. Arquitectura y Diseño (2003)
- Enrique Grau. Homenaje (2003)
- Mauricio Gómez. Con la mano izquierda (2003)
- Ignacio Gómez Jaramillo (2003)
- Tesoros del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. 350 años (2003)
- Manos en el arte colombiano (2003)
- Historia de la Fotografía en Colombia. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1983)
- Arenas Betancourt. Un realista más allá del tiempo (1986)
- Los Figueroa. Aproximación a su época y a su pintura (1986)
- Andrés de Santa María (1985)
- Ricardo Gómez Campuzano (1987)
- El encanto de Bogotá (1987)
- Manizales de ayer. Album de fotografías (1987)
- Ramírez Villamizar. Museo de Arte Moderno de Bogotá (1984)
- La transformación de Bogotá (1982)
- Las fronteras azules de Colombia (1985)
- Botero en el Museo Nacional de Colombia. Nueva donación 2004 (2004)
- Gonzalo Ariza. Pinturas (1978)
- Grau. El pequeño viaje del Barón Von Humboldt (1977)
- Bogotá Viva (2004)
- Albergues del Libertador en Colombia. Banco de la República (1980)
- El Rey triste (1980)
- Gregorio Vásquez (1985)
- Ciclovías. Bogotá para el ciudadano (1983)
- Negret escultor. Homenaje (2004)
- Mefisto. Alberto Iriarte (2004)
- Suramericana. 60 Años de compromiso con la cultura (2004)
- Rostros de Colombia (1985)
- Flora de Los Andes. Cien especies del Altiplano Cundi-Boyacense (1984)
- Casa de Nariño (1985)
- Periodismo gráfico. Círculo de Periodistas de Bogotá (1984)
- Cien años de arte colombiano. 1886 - 1986 (1985)
- Pedro Nel Gómez (1981)
- Colombia amazónica (1988)
- Palacio de San Carlos (1986)
- Veinte años del Sena en Colombia. 1957-1977 (1978)
- Bogotá. Estructura y principales servicios públicos (1978)
- Colombia Parques Naturales (2006)
- Érase una vez Colombia (2005)
- Colombia 360°. Ciudades y pueblos (2006)
- Bogotá 360°. La ciudad interior (2006)
- Guatemala inédita (2006)
- Casa de Recreo en Colombia (2005)
- Manzur. Homenaje (2005)
- Gerardo Aragón (2009)
- Santiago Cárdenas (2006)
- Omar Rayo. Homenaje (2006)
- Beatriz González (2005)
- Casa de Campo en Colombia (2007)
- Luis Restrepo. construcciones (2007)
- Juan Cárdenas (2007)
- Luis Caballero. Homenaje (2007)
- Fútbol en Colombia (2007)
- Cafés de Colombia (2008)
- Colombia es Color (2008)
- Armando Villegas. Homenaje (2008)
- Manuel Hernández (2008)
- Alicia Viteri. Memoria digital (2009)
- Clemencia Echeverri. Sin respuesta (2009)
- Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias (2009)
- Agua. Riqueza de Colombia (2009)
- Volando Colombia. Paisajes (2009)
- Colombia en flor (2009)
- Medellín 360º. Cordial, Pujante y Bella (2009)
- Arte Internacional. Colección del Banco de la República (2009)
- Hugo Zapata (2009)
- Apalaanchi. Pescadores Wayuu (2009)
- Bogotá vuelo al pasado (2010)
- Grabados Antiguos de la Pontificia Universidad Javeriana. Colección Eduardo Ospina S. J. (2010)
- Orquídeas. Especies de Colombia (2010)
- Apartamentos. Bogotá (2010)
- Luis Caballero. Erótico (2010)
- Luis Fernando Peláez (2010)
- Aves en Colombia (2011)
- Pedro Ruiz (2011)
- El mundo del arte en San Agustín (2011)
- Cundinamarca. Corazón de Colombia (2011)
- El hundimiento de los Partidos Políticos Tradicionales venezolanos: El caso Copei (2014)
- Artistas por la paz (1986)
- Reglamento de uniformes, insignias, condecoraciones y distintivos para el personal de la Policía Nacional (2009)
- Historia de Bogotá. Tomo I - Conquista y Colonia (2007)
- Historia de Bogotá. Tomo II - Siglo XIX (2007)
- Academia Colombiana de Jurisprudencia. 125 Años (2019)
- Duque, su presidencia (2022)
Ocho

Carnaval del diablo. Riosucio, Caldas. Mauricio Uribe.

Tausa, Cundinamarca. Juan David Giraldo.

Domingo de ramos. Barichara, Santander. Betty Elder.

Carnaval del diablo. Riosucio, Caldas. El Tiempo.

Bahía Málaga, Pacífico. Aldo Brando.

Fiesta de la cultura. Mompós, Bolívar. Alfonso Ángel.

Sáchica, Boyacá. Betty Elder.

Jenesano, Boyacá. Santiago Harker.

Sabanalarga, Atlántico. Nereo López.

Jardín, Antioquia. Jorge Eduardo Arango.

Usiacurí, Atlántico. Nereo López.

Corralejas. Sincelejo, Sucre. Mauricio Uribe.

Fiestas populares. Cartagena, Bolívar. Fabio Serrano.

Gallera. Archipiélago del Rosario, Bolívar. Cristina Uribe.

Copleros. Fómeque, Cundinamarca. Vicky Ospina.

Joropo. Maní, Casanare. Vicky Ospina.

Bambuco. Fómeque, Cundinamarca. Vicky Ospina.
¡Échele maíz a la balanza con la totuma grabada!, que luego seguirán los fríjoles y el tomate, la papa y la cebolla, el chocolate y la harina, el arroz y la sal. Llene la coca de la balanza para la fatiga de quien puede tener hambre, y el hambre hace largas todas las esperas. En el barrio suburbano, en la calle de puertas y ventanas tristes, en la desolación del campo esperan el alimento del hombre. Eche maíz a la balanza, eche al talego vacío el plátano y la yuca, toda comida también será una fiesta.
La Barca del Tesoro
Texto de: Juan Rodriguez Freile
Era costumbre entre estos naturales, que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba había de ayunar seis años, metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal, ni ají, y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol; sólo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese; y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían por su dios y señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes. Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo; la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera que el humo impedía la luz del día.
A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies deponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos muy aderezados de plumería, coronas de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía la señal del silencio.
Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían el nuevo electo y quedaba reconocido como señor y príncipe.
El Negocio de la Sal
Texto de: Lázaro Tobón
Uno de los negocios principales de los indios era el de la sal, y en él continuaron cuando fueron descubiertos, hasta que por Real Cédula de 5 de mayo de 1603 se ordenó que se les quitasen las salinas y fueran beneficiadas por cuenta del Rey. Se estableció, por tanto, el estanco de la sal y se pusieron en explotación las minas de Zipaquirá, Nemocón y Tausa, todavía hoy célebres, hasta que en cédula de 31 de diciembre de 1609 dijo el Rey: “He acordado y resuelto que se alce la mano del dicho arbitrio, y os mando que proveáis y ordenéis que así se haga en todo ese distrito y que se deje el uso de la sal libremente hasta que yo ordene y mande otra cosa, como se hacía antes que se asentase el dicho arbitrio, sin embargo de cualquier órdenes mías que en contrario a esto haya”.
El fiscal Moreno y Escandón encontró que las sales se beneficiaban en pro unos pocos y que los indios eran explotados, por lo cual propuso que a éstos se les dejase la salina de Nemocón y que a la Real Hacienda se incorporaran las de Zipaquirá y Tausa, para que fueran administradas por ella, como ramo particular suyo. La de Nemocón siguió explotándose por las autoridades, pero sus productos eran en beneficio de los indios.
Las Ganaderías del Llano
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
Pienso ahora en los hatos de los Llanos, donde el llanero marca el ganado mostrenco, si lo hay, o el de los corrales, a caballo en su potro cerril; donde tocan el cuatro y la maraca, el arpa y la bandola; donde bailan el joropo y sus derivados, zapateadamente, en un caney de palmas para el descanso a semanas de brega; donde entonan la saeta y la copla que aprendimos todos desde pequeños: Sobre los llanos la palma,/ sobre la palma los cielos; / sobre mi caballo, yo, / y sobre yo mi sombrero.
O la otra que vi y oí ya no sé dónde ni cómo, lo digo por decir y siento que la brisa se mete en los morichales y pongo en movimiento, para ventearme, un chinchorro hecho con fibra de palma cumare:
Arriba caimán goloso
quiuna niña va nadando;
cogerla, la cogerás
pero comértela, ¡cuándo!
Y pienso en las sabanas, la de Bogotá, extensa y fría, la de Bolívar y otras, extensísimas y calientes, donde al ganado se le canta y la canción lo guía y apacigua, El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río. Música del porro y la cumbia y el paseo vallenato. Música en la vida. Música.
A pie por los largos caminos que unían a los departamentos, a caballo en el galoperito, ojo a la res madrina, ojo a los centenares de animales que formaban un sendero andador rumbo a las ferias de otros pueblos, rumbo al interior, rumbo a una hacienda a otra, rumbo al matadero…
Y pienso en el ganado blanco orejinegro traído siglos atrás de España; y el cebú, originario de la India; el Santa Gertrudis, rojo y compacto, creado hacia mil novecientos veinte; el Holstein para tierra fría, fuerte y lechero como pocos; y variedades criollas como el Romosinuano y el Sanmartinero de los Llanos Orientales, y otros más que no han nacido todavía. Según dice el refrán, “Al que no sabe de ganado hasta la boñiga lo embiste”.
También pienso en los remansos de la cordillera, hacia arriba y donde el ganado —blanco orejinegro especialmente— ramonea bajo los árboles o rumia echado sobre la yerba. Vaquitas de poca leche, novillonas de mucho brío y toros de arranque, empujadores de verdad, no como aquel que hasta se sonrojaba según explicación que don Tino Henao daba a una castrada histórica:
—Hermano, volví buey a mi torito barcino, porque de vergüenza de las vacas se iba a orinar al rastrojo.
Región Atlántica
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
Desde el cabo Tiburón, frontera con Panamá, hasta Cocinetas, laguna limítrofe con Venezuela, angustia callada y canto al aire, nuestra costa caribe posee una longitud de mil ciento cincuenta kilómetros. Pero la región abarca un total de ciento treinta mil de superficie si se suman los departamentos de Bolívar, Atlántico, Cesar, Córdoba, Magdalena, La Guajira y Sucre, todo hacia el corazón de la patria, y el norte de Antioquia y Chocó, por donde se fundara Santa María la Antigua del Darién. Y el archipiélago de San Andrés y Providencia, mar adentro, hacia los bravos ciclones.
Región atlántica de Colombia, de las grandes ganaderías, del pescado y el ñame, del plátano y la yuca, del arroz con coco y el baile extrovertido a la hora de la parranda y por tiempos de Carnavales, o el ritmo apaciguado en la inminencia del reposo. Cultivos del algodón tejedor para las manos creadoras, para las máquinas textileras, cultivos de arroz en la desembocadura de sus ríos grandes o en sus riberas, Magdalena y Cauca, Sinú, Cesar y San Jorge, vegas fértiles del sol y de los vegetales.
Tierra del pez aprisionado en canoas y botes con las redes orilleras, con atarrayas lanzadas al agua como gritos al aire, desde el lugar donde el anzuelo mide pequeñas distancias entre la paciencia y el platear del agua móvil, o con el bárbaro taco de dinamita si los bancos de pesca abundan en la cercanía. Tierra de la canción lanzada como una alegría llena de ritmo ausente:
Me contaron los abuelos que hace tiempos
navegaba en el Cesar una piragua,
que salió de El Banco, viejo puerto,
a las playas de amor en Chimichagua…
O la también de José Barros con sabor de cumbia nativa, más indígena local que africana para su oscura lejanía:
En la playa blanca de arena caliente, / hay rumor de cumbia y olor de aguardiente…
Y la competencia versificada entre los decímeros, ganado adelante, sol y luna adelante para las amanecidas. El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río… Todo el folclor de Pelayo y San Jacinto, El Banco y La Guajira, canción y grito, espanto y mujer al lado, junto a la respiración.
Territorios ambulantes para el boga que recordara Candelario Obeso en la canción que sigue gimiendo cada una de sus letras: Qué trijte qu´éjtá la noche, / la noche qué trijt´ ejtá: / No hay en er cielo una ejtrella, / bogá, bogá… Y sabana adentro hacia el otro norte, la escasez de árboles que un día fueron abundantes, ceibas y caracolíes, robles y cedros, el mango frutecido, el mangle de entraña dura, alimento de animales acuáticos para el necesario equilibrio ecológico: camarones, peces grandes y chicos…
Y la pesca artesanal, pargo de mar, sierra, mojarra, róbalo, calamar, camarón y langostinos para el amor buscante, y bocachico y bagre de ríos donde lanzan el grito como una atarraya abierta.
Después gaitas y tambores y flautas y silbatos, toda la gama de los sonidos al viento de los acordeones. Y hamacas y gobelinos colgantes de Morroa y San Jacinto, el sombrero vueltiao lleno de magia en su decoración, abarcas de tres puntadas, cerámicas de San Sebastián, y hacia la costa, herencias milenarias que dejara el indio, su habitante primero. Y la explotación de la sal en Manaure, “el pueblo más bello del mundo” dice un personaje de García Márquez.
Y el níquel en Cerro Matoso y el carbón y el gas natural en La Guajira, salida a Puerto Bolívar, de nuevo libertador. Y otra vez tristeza y contento en músicas y danzas para el músculo, alma adentro, corazón adentro, acelerado y lento el
ritmo de la vida…
Los Artesanos
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
En el campo actual también el artesano de objetos y utensilios ligados a la tierra, que dan colorido a las fondas de carreteras y caminos, a calles y plazas en los pueblos, a las tiendas de exhibición, a los museos: productos que siguen la vieja tradición hallada por los españoles durante el Descubrimiento y la Conquista. Refiriéndose uno de ellos a las cerámicas de Ráquira y Chiquinquirá, dejó escrito: “Había en estos pueblos de olleros primorosos artífices de barro, tan atentos al oficio, que ni la entrada de los españoles pudo distraerlos de sus ocupaciones”.
En muchas regiones de Colombia se practica este arte y otros más, de sur a norte y de este a oeste en los más variados matices según características regionales. Loza pintada a mano en el Carmen de Viboral, terracotas de Chiquinquirá, caballitos de Ráquira, tejidos de Cauca, Boyacá y la costa norte, hamacas de San Jacinto, chinchorros de La Guajira, mochilas taironas, gualdrapas y alfombras, tapices y chumbes de Popayán y Silvia, cestería del Chocó y de las selvas del sur, máscaras en madera de Sibundoy, trabajos en cuero de Nariño, escultura, orfebrería, pintura, juguetería…
En su libro “Criele, criele son” (del Pacífico Negro), escribe Nina S. de Friedemann: “…Arte étnico es la cerámica precolombina de los tumacos, las obras arqueológicas de oro clásico de los quimbayas. Y en estos tiempos presentes, una batea exquisitamente tallada en chachajillo por los mineros negros del río Güelmambí en Nariño, o el adorno corporal en filigrana, realizado por un orfebre de Quibdó en el departamento del Chocó. Del mismo modo, el arte danzario o el escénico. En éstos, la creación colectiva juega con elementos coreográficos, lingüísticos, de parafernalia, musicales, para conmemorar o celebrar una deidad, un santo, un mito o un milagro. Muestras de arte escénico son la fiesta de San Francisco en Quibdó, o las balsadas de la Virgen de Atocha en Barbacoas. También los arrullos, los cantos funerarios, los cantos para adorar al Niño Dios, las coplas de pasión que se entonan el jueves y el viernes santos y los romances religiosos. Todas estas formas de arte verbal junto con los cuentos, las leyendas o las adivinanzas, son parte de la actuación a través de la cual el negro narra y recrea su historia y sus visiones cósmicas, manteniendo vibrante la tradición oral”.
En cierto tipo de artesanías interviene más la mujer —hasta el adolescente o el niño—, aunque también el hombre aprovecha su escaso tiempo que le permiten sus tareas habituales, ellos han recibido igualmente la enseñanza práctica que se transmite generación tras generación en las artes populares. Pues los campesinos de ciertas regiones conservan o han adquirido el casi instinto de la decoración en los objetos domésticos, certeros en la combinación de colores o la armonía de una forma inventada o transformada. Así se observa en la trama de una manta, una alfombra, un tapiz, o en la capellada de una alpargata o en el matiz para la elaboración de una máscara, una olla, una batea.
Así, con el fique trenzan cabuyas y lazos en una rústica cordelería, y retrancas, enjalmas, pecheras para el andante oficio de la arriería. Con el bejuco hacen las catangas de recoger café, los canastos del transporte. Y la paja, la caña brava, el esparto, las fibras de cumare, el mimbre en la elaboración de una cestería de riquísimos contornos, para adornar o para conservar frutas y legumbres, hasta para pantallas en sitios elegantes.
Pero hay algo más en esto de los tejidos: en su mayoría conservan un sentido religioso, restos de antiguos rituales, creencias y usos extraviados del tiempo. Así ocurre con las mochilas finísimas de los Kogis en la sierra nevada de Santa Marta, y con el sombrero vueltiao o sinuano de Sampués y otros sitios de la costa atlántica, hechos en trenzas tejidas para la combinación de tonos, y una forma artística y de precisión funcional.
Así continúa el milagro de las manos en el artesano nuestro. “La marimba —agrega la señora de Friedemann— por ejemplo, es un instrumento que muchos fabrican y no pocos interpretan a lo largo del litoral. No obstante, en el taller de música de José Torres, en una orilla del río Guapi, la fabricación de una marimba es apenas parte de un ejercicio de sabiduría y un ritual mágico de interpretación rítmica y poética. Que convierten a Torres en un artista”.
Siempre las manos del milagro en la madera o la arcilla, en la piedra y la chonta, en el bejuco y la hoja de palma, en la totuma y el cuero, en la plata y el oro. Filigranas de Mompox y Santa Fe de Antioquia, de Zaragoza y Remedios, de Silvia y Quibdó, o allá en Nariño finuras de Barbacoas, tan cerca de las viejas cerámicas quillacingas. Hamacas de Sampués y San Jacinto, sombreros de Aguadas hechos con la iraca nativa, o los de Suaza, Vélez y Sandoná.
Y las máscaras graciosas o azarosas de Sibundoy, cofres y animales cubiertos con el extraño barniz del Putumayo. ¿Quiénes fabrican los mejores sonajeros, los mejores tambores, las mejores marimbas de guadua, macana y calabacines, sino los habitantes de nuestra costa pacífica? ¿Quiénes las mochilas de fique y de lana sagrada y los gorros que saben encerrar el pensamiento extraño, sino los Kogis de la Sierra Nevada?
Guarnieles de Jericó y Envigado, y sus sillas jinetas y sus zamarras y cabezales; guitarras y tiples de Marinilla y Girardota, caballitos de Ráquira, preñaditas boyacenses, tiestos trabajados de La Chamba y Arcabuco, cintas tejidas y fundas de Silvia y Quilichao… Y la blanda lana de las ovejas cundiboyacenses para ruanas y mantas y edredones. Y las filigranas vegetates de Chiquinquirá, miniaturizadas hasta lo increíble en la tagua costera.
Eso, y otra vez la arcilla primigenia, que de barro somos y en barro nos habremos de convertir, así como que dijo el gran maestro de todas las alfarerías:
…Porque en la industria del barro
Dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro.
Después de la Tempestad
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
La vieja campesina empieza con voz iluminada:
—Gracias te damos, Señor, por lo que nos das. Por el solecito que calienta los montes y madura el café y el maíz. Por el pan que comemos de la tierra y l’agua que la moja pa que revienten prestico las semillas. Por las jlores del campo y los pajaritos que alegran la madrugada. Por el vientecito que se cuela por la sabana y arrulla la yerba pa dormirla, go el guerte quiarrastra las nubes pa que no haiga tormentas que dañen los sembraos.
—Favorecenos Señor del rayo y los volcanes, de las corrientes del río y los temblores. Danos el pan de cada día y el descanso cuando siarrime la noche escura. No permitás qu’el Enemigo Malo se aposesione de los cristianos. Hacenos compañía en la cama y en la sementera y en los caminos alrevesaos. Danos una asistencia sana y una buena muerte pa que nos topemos en el cielo y gocemos con tu gloria por los siglos de los siglos, amén.
Se fue calmando la tempestad. El viento de lo alto, con fortaleza de huracán, arrastró las nubes para limpiar el cielo. Nadie habla. Las palabras hervirían en la atmósfera fría de la tarde. La lluvia, menuda ya, va cayendo sobre el campo como el dolor sobre los corazones. Y, así diría la vieja, me va dictando el corazón:
—Gracias, Señor, por esta tarde que se abre como flor a la mañana. Gracias por la calma del paisaje y por esta sombra vaga que nos llega en frase arrulladora...
#AmorPorColombia
Ocho

Carnaval del diablo. Riosucio, Caldas. Mauricio Uribe.

Tausa, Cundinamarca. Juan David Giraldo.

Domingo de ramos. Barichara, Santander. Betty Elder.

Carnaval del diablo. Riosucio, Caldas. El Tiempo.

Bahía Málaga, Pacífico. Aldo Brando.

Fiesta de la cultura. Mompós, Bolívar. Alfonso Ángel.

Sáchica, Boyacá. Betty Elder.

Jenesano, Boyacá. Santiago Harker.

Sabanalarga, Atlántico. Nereo López.

Jardín, Antioquia. Jorge Eduardo Arango.

Usiacurí, Atlántico. Nereo López.

Corralejas. Sincelejo, Sucre. Mauricio Uribe.

Fiestas populares. Cartagena, Bolívar. Fabio Serrano.

Gallera. Archipiélago del Rosario, Bolívar. Cristina Uribe.

Copleros. Fómeque, Cundinamarca. Vicky Ospina.

Joropo. Maní, Casanare. Vicky Ospina.

Bambuco. Fómeque, Cundinamarca. Vicky Ospina.
¡Échele maíz a la balanza con la totuma grabada!, que luego seguirán los fríjoles y el tomate, la papa y la cebolla, el chocolate y la harina, el arroz y la sal. Llene la coca de la balanza para la fatiga de quien puede tener hambre, y el hambre hace largas todas las esperas. En el barrio suburbano, en la calle de puertas y ventanas tristes, en la desolación del campo esperan el alimento del hombre. Eche maíz a la balanza, eche al talego vacío el plátano y la yuca, toda comida también será una fiesta.
La Barca del Tesoro
Texto de: Juan Rodriguez Freile
Era costumbre entre estos naturales, que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba había de ayunar seis años, metido en una cueva que tenían dedicada y señalada para esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal, ni ají, y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol; sólo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese; y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio, que tenían por su dios y señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían; metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina con otros muchos y diversos perfumes. Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo; la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal manera que el humo impedía la luz del día.
A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies deponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos muy aderezados de plumería, coronas de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía la señal del silencio.
Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban, hacían lo propio; lo cual acabado, abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían el nuevo electo y quedaba reconocido como señor y príncipe.
El Negocio de la Sal
Texto de: Lázaro Tobón
Uno de los negocios principales de los indios era el de la sal, y en él continuaron cuando fueron descubiertos, hasta que por Real Cédula de 5 de mayo de 1603 se ordenó que se les quitasen las salinas y fueran beneficiadas por cuenta del Rey. Se estableció, por tanto, el estanco de la sal y se pusieron en explotación las minas de Zipaquirá, Nemocón y Tausa, todavía hoy célebres, hasta que en cédula de 31 de diciembre de 1609 dijo el Rey: “He acordado y resuelto que se alce la mano del dicho arbitrio, y os mando que proveáis y ordenéis que así se haga en todo ese distrito y que se deje el uso de la sal libremente hasta que yo ordene y mande otra cosa, como se hacía antes que se asentase el dicho arbitrio, sin embargo de cualquier órdenes mías que en contrario a esto haya”.
El fiscal Moreno y Escandón encontró que las sales se beneficiaban en pro unos pocos y que los indios eran explotados, por lo cual propuso que a éstos se les dejase la salina de Nemocón y que a la Real Hacienda se incorporaran las de Zipaquirá y Tausa, para que fueran administradas por ella, como ramo particular suyo. La de Nemocón siguió explotándose por las autoridades, pero sus productos eran en beneficio de los indios.
Las Ganaderías del Llano
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
Pienso ahora en los hatos de los Llanos, donde el llanero marca el ganado mostrenco, si lo hay, o el de los corrales, a caballo en su potro cerril; donde tocan el cuatro y la maraca, el arpa y la bandola; donde bailan el joropo y sus derivados, zapateadamente, en un caney de palmas para el descanso a semanas de brega; donde entonan la saeta y la copla que aprendimos todos desde pequeños: Sobre los llanos la palma,/ sobre la palma los cielos; / sobre mi caballo, yo, / y sobre yo mi sombrero.
O la otra que vi y oí ya no sé dónde ni cómo, lo digo por decir y siento que la brisa se mete en los morichales y pongo en movimiento, para ventearme, un chinchorro hecho con fibra de palma cumare:
Arriba caimán goloso
quiuna niña va nadando;
cogerla, la cogerás
pero comértela, ¡cuándo!
Y pienso en las sabanas, la de Bogotá, extensa y fría, la de Bolívar y otras, extensísimas y calientes, donde al ganado se le canta y la canción lo guía y apacigua, El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río. Música del porro y la cumbia y el paseo vallenato. Música en la vida. Música.
A pie por los largos caminos que unían a los departamentos, a caballo en el galoperito, ojo a la res madrina, ojo a los centenares de animales que formaban un sendero andador rumbo a las ferias de otros pueblos, rumbo al interior, rumbo a una hacienda a otra, rumbo al matadero…
Y pienso en el ganado blanco orejinegro traído siglos atrás de España; y el cebú, originario de la India; el Santa Gertrudis, rojo y compacto, creado hacia mil novecientos veinte; el Holstein para tierra fría, fuerte y lechero como pocos; y variedades criollas como el Romosinuano y el Sanmartinero de los Llanos Orientales, y otros más que no han nacido todavía. Según dice el refrán, “Al que no sabe de ganado hasta la boñiga lo embiste”.
También pienso en los remansos de la cordillera, hacia arriba y donde el ganado —blanco orejinegro especialmente— ramonea bajo los árboles o rumia echado sobre la yerba. Vaquitas de poca leche, novillonas de mucho brío y toros de arranque, empujadores de verdad, no como aquel que hasta se sonrojaba según explicación que don Tino Henao daba a una castrada histórica:
—Hermano, volví buey a mi torito barcino, porque de vergüenza de las vacas se iba a orinar al rastrojo.
Región Atlántica
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
Desde el cabo Tiburón, frontera con Panamá, hasta Cocinetas, laguna limítrofe con Venezuela, angustia callada y canto al aire, nuestra costa caribe posee una longitud de mil ciento cincuenta kilómetros. Pero la región abarca un total de ciento treinta mil de superficie si se suman los departamentos de Bolívar, Atlántico, Cesar, Córdoba, Magdalena, La Guajira y Sucre, todo hacia el corazón de la patria, y el norte de Antioquia y Chocó, por donde se fundara Santa María la Antigua del Darién. Y el archipiélago de San Andrés y Providencia, mar adentro, hacia los bravos ciclones.
Región atlántica de Colombia, de las grandes ganaderías, del pescado y el ñame, del plátano y la yuca, del arroz con coco y el baile extrovertido a la hora de la parranda y por tiempos de Carnavales, o el ritmo apaciguado en la inminencia del reposo. Cultivos del algodón tejedor para las manos creadoras, para las máquinas textileras, cultivos de arroz en la desembocadura de sus ríos grandes o en sus riberas, Magdalena y Cauca, Sinú, Cesar y San Jorge, vegas fértiles del sol y de los vegetales.
Tierra del pez aprisionado en canoas y botes con las redes orilleras, con atarrayas lanzadas al agua como gritos al aire, desde el lugar donde el anzuelo mide pequeñas distancias entre la paciencia y el platear del agua móvil, o con el bárbaro taco de dinamita si los bancos de pesca abundan en la cercanía. Tierra de la canción lanzada como una alegría llena de ritmo ausente:
Me contaron los abuelos que hace tiempos
navegaba en el Cesar una piragua,
que salió de El Banco, viejo puerto,
a las playas de amor en Chimichagua…
O la también de José Barros con sabor de cumbia nativa, más indígena local que africana para su oscura lejanía:
En la playa blanca de arena caliente, / hay rumor de cumbia y olor de aguardiente…
Y la competencia versificada entre los decímeros, ganado adelante, sol y luna adelante para las amanecidas. El vaquero va cantando una tonada / y la tarde va muriéndose en el río… Todo el folclor de Pelayo y San Jacinto, El Banco y La Guajira, canción y grito, espanto y mujer al lado, junto a la respiración.
Territorios ambulantes para el boga que recordara Candelario Obeso en la canción que sigue gimiendo cada una de sus letras: Qué trijte qu´éjtá la noche, / la noche qué trijt´ ejtá: / No hay en er cielo una ejtrella, / bogá, bogá… Y sabana adentro hacia el otro norte, la escasez de árboles que un día fueron abundantes, ceibas y caracolíes, robles y cedros, el mango frutecido, el mangle de entraña dura, alimento de animales acuáticos para el necesario equilibrio ecológico: camarones, peces grandes y chicos…
Y la pesca artesanal, pargo de mar, sierra, mojarra, róbalo, calamar, camarón y langostinos para el amor buscante, y bocachico y bagre de ríos donde lanzan el grito como una atarraya abierta.
Después gaitas y tambores y flautas y silbatos, toda la gama de los sonidos al viento de los acordeones. Y hamacas y gobelinos colgantes de Morroa y San Jacinto, el sombrero vueltiao lleno de magia en su decoración, abarcas de tres puntadas, cerámicas de San Sebastián, y hacia la costa, herencias milenarias que dejara el indio, su habitante primero. Y la explotación de la sal en Manaure, “el pueblo más bello del mundo” dice un personaje de García Márquez.
Y el níquel en Cerro Matoso y el carbón y el gas natural en La Guajira, salida a Puerto Bolívar, de nuevo libertador. Y otra vez tristeza y contento en músicas y danzas para el músculo, alma adentro, corazón adentro, acelerado y lento el
ritmo de la vida…
Los Artesanos
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
En el campo actual también el artesano de objetos y utensilios ligados a la tierra, que dan colorido a las fondas de carreteras y caminos, a calles y plazas en los pueblos, a las tiendas de exhibición, a los museos: productos que siguen la vieja tradición hallada por los españoles durante el Descubrimiento y la Conquista. Refiriéndose uno de ellos a las cerámicas de Ráquira y Chiquinquirá, dejó escrito: “Había en estos pueblos de olleros primorosos artífices de barro, tan atentos al oficio, que ni la entrada de los españoles pudo distraerlos de sus ocupaciones”.
En muchas regiones de Colombia se practica este arte y otros más, de sur a norte y de este a oeste en los más variados matices según características regionales. Loza pintada a mano en el Carmen de Viboral, terracotas de Chiquinquirá, caballitos de Ráquira, tejidos de Cauca, Boyacá y la costa norte, hamacas de San Jacinto, chinchorros de La Guajira, mochilas taironas, gualdrapas y alfombras, tapices y chumbes de Popayán y Silvia, cestería del Chocó y de las selvas del sur, máscaras en madera de Sibundoy, trabajos en cuero de Nariño, escultura, orfebrería, pintura, juguetería…
En su libro “Criele, criele son” (del Pacífico Negro), escribe Nina S. de Friedemann: “…Arte étnico es la cerámica precolombina de los tumacos, las obras arqueológicas de oro clásico de los quimbayas. Y en estos tiempos presentes, una batea exquisitamente tallada en chachajillo por los mineros negros del río Güelmambí en Nariño, o el adorno corporal en filigrana, realizado por un orfebre de Quibdó en el departamento del Chocó. Del mismo modo, el arte danzario o el escénico. En éstos, la creación colectiva juega con elementos coreográficos, lingüísticos, de parafernalia, musicales, para conmemorar o celebrar una deidad, un santo, un mito o un milagro. Muestras de arte escénico son la fiesta de San Francisco en Quibdó, o las balsadas de la Virgen de Atocha en Barbacoas. También los arrullos, los cantos funerarios, los cantos para adorar al Niño Dios, las coplas de pasión que se entonan el jueves y el viernes santos y los romances religiosos. Todas estas formas de arte verbal junto con los cuentos, las leyendas o las adivinanzas, son parte de la actuación a través de la cual el negro narra y recrea su historia y sus visiones cósmicas, manteniendo vibrante la tradición oral”.
En cierto tipo de artesanías interviene más la mujer —hasta el adolescente o el niño—, aunque también el hombre aprovecha su escaso tiempo que le permiten sus tareas habituales, ellos han recibido igualmente la enseñanza práctica que se transmite generación tras generación en las artes populares. Pues los campesinos de ciertas regiones conservan o han adquirido el casi instinto de la decoración en los objetos domésticos, certeros en la combinación de colores o la armonía de una forma inventada o transformada. Así se observa en la trama de una manta, una alfombra, un tapiz, o en la capellada de una alpargata o en el matiz para la elaboración de una máscara, una olla, una batea.
Así, con el fique trenzan cabuyas y lazos en una rústica cordelería, y retrancas, enjalmas, pecheras para el andante oficio de la arriería. Con el bejuco hacen las catangas de recoger café, los canastos del transporte. Y la paja, la caña brava, el esparto, las fibras de cumare, el mimbre en la elaboración de una cestería de riquísimos contornos, para adornar o para conservar frutas y legumbres, hasta para pantallas en sitios elegantes.
Pero hay algo más en esto de los tejidos: en su mayoría conservan un sentido religioso, restos de antiguos rituales, creencias y usos extraviados del tiempo. Así ocurre con las mochilas finísimas de los Kogis en la sierra nevada de Santa Marta, y con el sombrero vueltiao o sinuano de Sampués y otros sitios de la costa atlántica, hechos en trenzas tejidas para la combinación de tonos, y una forma artística y de precisión funcional.
Así continúa el milagro de las manos en el artesano nuestro. “La marimba —agrega la señora de Friedemann— por ejemplo, es un instrumento que muchos fabrican y no pocos interpretan a lo largo del litoral. No obstante, en el taller de música de José Torres, en una orilla del río Guapi, la fabricación de una marimba es apenas parte de un ejercicio de sabiduría y un ritual mágico de interpretación rítmica y poética. Que convierten a Torres en un artista”.
Siempre las manos del milagro en la madera o la arcilla, en la piedra y la chonta, en el bejuco y la hoja de palma, en la totuma y el cuero, en la plata y el oro. Filigranas de Mompox y Santa Fe de Antioquia, de Zaragoza y Remedios, de Silvia y Quibdó, o allá en Nariño finuras de Barbacoas, tan cerca de las viejas cerámicas quillacingas. Hamacas de Sampués y San Jacinto, sombreros de Aguadas hechos con la iraca nativa, o los de Suaza, Vélez y Sandoná.
Y las máscaras graciosas o azarosas de Sibundoy, cofres y animales cubiertos con el extraño barniz del Putumayo. ¿Quiénes fabrican los mejores sonajeros, los mejores tambores, las mejores marimbas de guadua, macana y calabacines, sino los habitantes de nuestra costa pacífica? ¿Quiénes las mochilas de fique y de lana sagrada y los gorros que saben encerrar el pensamiento extraño, sino los Kogis de la Sierra Nevada?
Guarnieles de Jericó y Envigado, y sus sillas jinetas y sus zamarras y cabezales; guitarras y tiples de Marinilla y Girardota, caballitos de Ráquira, preñaditas boyacenses, tiestos trabajados de La Chamba y Arcabuco, cintas tejidas y fundas de Silvia y Quilichao… Y la blanda lana de las ovejas cundiboyacenses para ruanas y mantas y edredones. Y las filigranas vegetates de Chiquinquirá, miniaturizadas hasta lo increíble en la tagua costera.
Eso, y otra vez la arcilla primigenia, que de barro somos y en barro nos habremos de convertir, así como que dijo el gran maestro de todas las alfarerías:
…Porque en la industria del barro
Dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro.
Después de la Tempestad
Texto de: Manuel Mejía Vallejo
La vieja campesina empieza con voz iluminada:
—Gracias te damos, Señor, por lo que nos das. Por el solecito que calienta los montes y madura el café y el maíz. Por el pan que comemos de la tierra y l’agua que la moja pa que revienten prestico las semillas. Por las jlores del campo y los pajaritos que alegran la madrugada. Por el vientecito que se cuela por la sabana y arrulla la yerba pa dormirla, go el guerte quiarrastra las nubes pa que no haiga tormentas que dañen los sembraos.
—Favorecenos Señor del rayo y los volcanes, de las corrientes del río y los temblores. Danos el pan de cada día y el descanso cuando siarrime la noche escura. No permitás qu’el Enemigo Malo se aposesione de los cristianos. Hacenos compañía en la cama y en la sementera y en los caminos alrevesaos. Danos una asistencia sana y una buena muerte pa que nos topemos en el cielo y gocemos con tu gloria por los siglos de los siglos, amén.
Se fue calmando la tempestad. El viento de lo alto, con fortaleza de huracán, arrastró las nubes para limpiar el cielo. Nadie habla. Las palabras hervirían en la atmósfera fría de la tarde. La lluvia, menuda ya, va cayendo sobre el campo como el dolor sobre los corazones. Y, así diría la vieja, me va dictando el corazón:
—Gracias, Señor, por esta tarde que se abre como flor a la mañana. Gracias por la calma del paisaje y por esta sombra vaga que nos llega en frase arrulladora...